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miércoles, 12 de octubre de 2011

Quiero conocer mejor los “nuevos movimientos eclesiales”

Son los que no conozco o sé de ellos muy poco: “cielinos”, focolares, “kikos”, Comunidad de San Egidio, Schoenstatt; y los que conozco bien: Opus Dei, Legionarios y Carismáticos.

Juan Pablo II valorizó la fuerza evangelizadora de 56 nuevos movimientos en el Congreso Internacional de los Movimientos Eclesiales celebrado en Roma en el día de Pentecostés de 1998; y de estos 56 resaltó a los 7 que he señalado por su "extensión y representatividad universal", y que ahora señalo con sus fundadores:

1) Kiko Argüello, del Camino Neocatecumenal;

2) Chiara Lubich, de los Focolares;

3) Luigi Giussani, de Comunión y Liberación;

4) Patti Mansfield, de la Renovación Carismática Católica;

5) Marcial Maciel, de los Legionarios de Cristo;

6) Andrea Riccardi, de la Comunidad de San Egidio;

7) Joaquín Allende, de Schoenstatt.

Me pregunto: ¿Qué ha pasado con la vitalidad de las grandes órdenes históricas de nuestra Iglesia?. Me refiero a los Jesuitas, Franciscanos, Dominicos, Carmelitas, entre otros.

Observo que las instituciones tradicionales tienen pocas vocaciones; en cambio estos nuevos movimientos señalados al principio, son fuertemente proselitistas y poseen gran número de miembros tanto laicos, consagrados célibes y sacerdotes.

sábado, 8 de mayo de 2010

Karol Wojtyla: Tesis doctoral "La doctrina de la fe según San Juan de la Cruz" (1948). Leyendo la biografía de Juan Pablo II de Weigel (XII)

El padre Garrigou-Lagrange se convirtió en director de la tesis doctoral de Karol Wojtyla, que examinaba la interpretación de la fe de San Juan de la Cruz. (…) Para Wojtyla como para Jan Tyranowski, los escritos del carmelita español trazaban el mapa del terreno de la experiencia mística. (…) La tesis es la tensión entre la especulación teológica de San Juan de la Cruz y la teología eclesiástica de Santo Tomás de Aquino.
En su tesis Wojtyla ponía énfasis en la naturaleza personal del encuentro humano con Dios, en el que los creyentes trascienden de tal modo los límites de su existencia como criaturas, que se tornan más auténticamente ellos mismos. Ese encuentro con el Dios viviente no está reservado tan sólo a los místicos. Es el centro de toda vida cristiana. La experiencia mística revela cosas acerca del camino hacia Dios y la comunión con Él; y que la mayor sabiduría que podemos alcanzar es la de saber que podemos “objetivizar” nuestro conocimiento de Dios, pues no llegamos a conocerle como conocemos un objeto, sino como conocemos a una persona, a través de la entrega mutua de uno mismo. Como dos personas que se aman llegan a vivir una “dentro” de la otra sin perder sus propias y únicas identidades. Dios llega a vivir en nuestro interior y, en cierto sentido, nosotros llegamos a habitar “Dentro de Dios”, sin que las diferencias radicales entre Creador y criatura se hayan perdido. El objetivo de la vida cristiana es convertirse en Dios por participación.
La tesis de Wojtyla extraía otras tres conclusiones:
1) Puesto que Dios no puede ser conocido como conocemos un objeto, existen límites para la racionalidad como aproximación al misterio de Dios. La razón puede saber que Dios existe, pero la razón natural es incapaz de explicarnos todos los atributos de Dios de la Biblia.
2) La fe es un encuentro personal con Dios, pero no nos permite su “aprehensión”, porque sería mayor que Dios. Porque es persona no es objeto.
3) La comunión mística, más que una “subida” emocional, es una experiencia de comunión, de “hallarse con”, que trasciende por completo las convenciones de nuestra existencia como criaturas.
Dada la naturaleza intensamente personal del encuentro con Dios, la persona humana debe disfrutar de libertad, pues a una relación de mutua autoofrenda sólo puede accederse libremente.
(…) El 14 de junio de 1948, aprobó los exámenes doctorales con puntuaciones altas, la tesis obtuvo una puntuación de dieciocho sobre veinte. Pero por no poder pagar la impresión de la tesis no se pudo graduar en la Angelicum, sino en la Facultad de Teología de la Jagelloniana en diciembre de ese año.

(Weigel, George; 1999, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de la esperanza, Pp. 127-129).

domingo, 25 de abril de 2010

Karol Wojtyla: doctorado en Roma (1946-1948). Leyendo la biografía de Juan Pablo II de Weigel (XI)


Se hospedó en el Colegio Belga donde se discutía sobre la nouvelle theologue, la nueva teología asociada a los dominicos Marie-Dminique Chenu e Yves Congar y los jesuitas Jean Daniélou y Henri de Lubac, que influyeron luego en el Concilio Vaticano II. También había debates sobre los experimentos de sacerdotes obreros que se llevaban a cabo en Francia y Bélgica. La experimentación pastoral en Francia estaba en auge. En el ambiente políglota pudo mejorar su francés, practicar el alemán, e iniciaba sus estudios de italiano e inglés.
(…) Viajó por Italia y se confesó con el Padre Pío y lo vio celebrar la misa, lo cual le generó gran impresión.
(…) Viajó por Europa, y en Holanda se admiró de su sólida estructura organizacional con activas comunidades eclesiales vivas.
(…) En Ars con el ejemplo del santo Cura Vianney se quedó convencido de que el sacramento de la penitencia constituía una parte indispensable del drama de una vida cristiana, Karol se propuso convertirse en un “prisionero del confesionario”. Se trataba de una convicción fortalecida por su observación del abismo cada vez mayor entre la Europa de catedrales góticas a través de la que viajaba y la Europa descristianizada que estaba emergiendo, ya fuera libremente o por decreto comunista, al terminar la guerra. Estaba convencido de que aquel abismo sólo podía llenarse mediante nuevas formas de pastoral abiertas a una presencia más amplia del laicado. (
Weigel, George; 1999, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de la esperanza, Pp. 123-125).

sábado, 24 de abril de 2010

Influencias en la juventud de Karol Wojtyla: siendo seminarista. Leyendo la biografía de Juan Pablo II de Weigel (X)

Biografìa de Juan Pablo II. Testigo de Esperanza de George Weigel.

Cuando era seminarista la metafísica le permitió:
El descubrimiento de las profundas razones por las que hasta entonces había tan sólo vivido y sentido… Lo que la intuición y la sensibilidad me habían ilustrado hasta entonces acerca del mundo encontró sólida confirmación.
Aristóteles y Santo Tomás de Aquino le confirmó que el mundo era inteligible. La guerra le había dado una experiencia real aunque cruel. Asumió el realismo (la inteligibilidad del mundo) en contra del escepticismo radical y de su pariente cercano, el relativismo moral.

Su compromiso personal a vivir en pobreza seguía causando impresión en sus compañeros del seminario. Entregó un jersey nuevo que le dieron a un mendigo que preguntó por Karol Wojtyla.
(…) Poco después de la guerra, Karol cobró conciencia del autosacrificio del padre Maximilian Kolbe al dar su vida por un hombre casado y con hijos en Auschwitz (…), se convirtió en un modelo del sacerdote como hombre que vive su vocación como un alter Christus, mediante el completo verterse al servicio de su gente. (…) La idea de autoofrenda surgiría una y otra vez en el trabajo de toda su vida, y se convertiría en uno de los conceptos cruciales de su filosofía del ser humano y el medio moral humano.
El 01 de noviembre de 1946 fue ordenado sacerdote por el Cardenal Sapieha en la capilla privada del Arzobispo en Franciszkanska
(Weigel, George; 1999, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de la esperanza, Pp. 107, 117-118).

miércoles, 17 de marzo de 2010

Influencias en la juventud de Karol Wojtyla: El "Teatro Rapsódico". Leyendo la biografía de Juan Pablo II de Weigel (IX)

El Teatro Rapsódico, teatro clandestino durante la ocupación nazi a Polonia, fue muy productivo: 22 representaciones y más de 100 ensayos. No era un pasatiempo que habría acabado por condenarles al aburrimiento. Los jóvenes actores se consideraban involucrados en un movimiento de resistencia. Su propósito era salvar la cultura polaca de la ocupación, y contribuir a restaurar el alma de la nación, lo cual se erigía en condición previa a su resurrección política. (Weigel, George; 1999, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de la esperanza, P. 101).
Señor, danos fuerzas a los que nos desempeñamos en el mundo de la cultura, para que logremos conservar y fortalecer los valores cristianos y democráticos en estos tiempos de violencia y autoritarismo. Ayúdanos a crear espacios de libertad y virtudes, los cuales nos permita reconstruir el país.

martes, 16 de marzo de 2010

Influencias en la juventud de Karol Wojtyla: Jan Tyranoswski. Leyendo la biografía de Juan Pablo II de Weigel (VIII)

Jan Tyranoswski un sastre laico que había hecho voto de castidad, y vivía según un programa diario de oración y meditación; Karol lo conoció en una reunión de la parroquia de San Estanislao de Kostka en Debniki llevada por los padres salesianos, que luego debió ser dejada la formación en manos de Tyranoswski debido a las redadas en 1941 de la Gestapo. Así nació el Rosario Viviente, grupo que se reunía cada tercer domingo de mes en pleno; y que buscaba la dirección espiritual de hombres jóvenes. La práctica de la presencia de Dios, debería conducir a una vida de intenso servicio a los demás. Los miembros se comprometían a una vida de intensa oración y ayuda mutua en todas las circunstancias vitales. Tyranowski representaba una única combinación laica de santidad personal y fervor apostólico. (…) Introdujo a Karol en las enseñanzas de San Juan de la Cruz. En medio de la locura de la ocupación, la imitación de Cristo a través del complejo despojarse de toda seguridad mundana para rendirse a la misericordiosa voluntad de Dios haría mella en la imaginación de Karol Wojtyla. Con el tiempo se convertiría en la característica más distintiva de su propia condición de discípulo. (Weigel, George; 1999, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de la esperanza, Pp. 93-97).
El personaje de Tyranowski me ha inspirado desde que supe de su existencia, por sentirme identificado con su espiritualidad solitaria como la mía. La que he llevado desde los noventa. Sólo depende de mi voluntad, no de exigencias de un grupo religioso. Me preocupa cierta soledad en este camino, sólo contigo y algunos curas y la misa semanal. Sólo mis lecturas y la vida de piedad, y este constante hablar contigo me mantiene en un camino que sólo Tú y más nadie me puede señalar las metas y adaptaciones. Señor, ayúdame a mejorar, y a ser santo sin tener grupo. Pienso en esta frase Señor “la imitación de Cristo a través del complejo despojarse de toda seguridad mundana para rendirse a la misericordiosa voluntad de Dios”, cuánta verdad en la realidad que vivo en este país que parece ocupado por unos locos tal como lo estuvo Polonia. Donde la muerte es un peligro permanente con los altos niveles de inseguridad. Estamos en tus manos Señor, concédenos Tu gracia y Amor.

lunes, 15 de marzo de 2010

Influencias en la juventud de Karol Wojtyla: visión mariana y del trabajo. Leyendo la biografía de Juan Pablo II de Weigel (VII)



Al iniciarse el año de 1942 la Universidad Jagelloniana, con una desafiante intento de supervivencia, se había reconstituido y funcionaba en la clandestinidad con cinco facultades, incluyendo los departamentos que operaran antes de la guerra. Durante los tres años de existencia clandestina de la universidad, 136 profesores se arriesgarían a una muerte inmediata al impartir clases a 800 estudiantes (incluido Karol Wojtyla), a menudo por las noches en casas privadas.
De 1941 a 1944 trabajó como obrero en la empresa química Solvay en una cantera. Aprendió que el trabajo no era un castigo por el pecado original.
Karol Wojtyla llegaría a apreciar de un modo nuevo la piedad mariana que desde tiempos atrás caracterizaba el catolicismo polaco. (…) Leyó la obras de San Luis Grignon de Monfort, del que aprendería que “la verdadera devoción mariana” se centraba siempre en Cristo. María fue la primera discípula; de hecho, el decreto de María (“Hágase en mí según Tú palabra”, Lc 1, 38) y su papel excepcional en la Encarnación del Hijo de Dios haría posible que otros fueran discípulos. Ser discípulo de Cristo significaba ser como María: estar dispuesto a entregarse totalmente a la voluntad de Dios.
(…)El trabajo con todos sus rigores y privaciones, era una participación en la creatividad de Dios, ya que aquél incidía en la mismísima esencia del ser humano como criatura a la que Dios había otorgado el dominio sobre la Tierra.
(…) Los animales actúan; sólo las personas trabajan. Trabajamos porque amamos, a nuestras familias, nuestros hijos, a todos aquellos por quienes trabajamos y que dependen de nuestro trabajo.
(
Weigel, George; 1999, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de la esperanza, Pp. 87, 91).
Recuerdo que estas enseñanzas sobre el trabajo las aprendí del Opus Dei en los noventa, leyendo biografías de San Josemaría. Señor, has que mi trabajo agotador y que me quita tiempo para lo que más me gusta laboralmente, lo aceptes como cruz para la felicidad de los míos.
Imágenes: Universidad Jagelloniana y Wojtyla obrero.

domingo, 14 de marzo de 2010

Influencias en la juventud de Karol Wojtyla. Leyendo la biografía de Juan Pablo II de Weigel (VI)

Influencia del poeta romántico polaco Cyprian Kamil Norwid (1821-1883): “un hombre nace en este planeta para dar testimonio de la verdad (…) Cristo había guiado al hombre para salir del reino de la fatalidad e internarse en el reino de la libertad”. La poesía de Norwid (ver imagen) constituía un esfuerzo por la explorar la verdad de las cosas a través del arte, y un deliberado rechazo de la noción del arte por el arte.

Influencia de Miezcylaw Kotlarczyk, profesor de historia y director de un grupo de teatro al cual se incorporó Karol. Kotlarczyk en Wadowice. Era un profundo cristiano, el teatro era un medio de perfección y de transmitir la palabra de Dios.
Para Karol había empezado a pensar en el poder de la palabra para transformar la historia a pesar de los enormes obstáculos materiales.
(Weigel, George; 1999, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de la esperanza, P. 63, 65, 66).

martes, 9 de marzo de 2010

Influencias en la juventud de Karol Wojtyla. Leyendo la biografía de Juan Pablo II de Weigel (V)


El gran poeta polaco Adam Mickiewicz describía a los judíos como “hermanos mayores” en la fe, y la experiencia de JPII en Wadowice en sus palabras fue verlos rezando en sábado, teniendo la certeza de que rezaban al mismo Dios.
Otra gran influencia de su niñez y adolescencia fue el peregrinar al santuario mariano de Kalwaria a 10 kms de su pueblo.

(...) El capitán Karol Wojtyla le enseñó la constancia en la oración, la lectura de la Biblia y el rezo del rosario. Y muy especialmente que “la Iglesia es algo más que una institución visible!. La vida en la fe es más una conversión interior que exterior.

(Weigel, George; 1999, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de la esperanza, Pp. 48-49, y 56).

Imagen del excelente blog de nuestra amiga Ludmila.

martes, 23 de febrero de 2010

El concepto polaco de la historia. Leyendo la biografía de Juan Pablo II de Weigel (IV)

La situación de Polonia en la encrucijada de la Europa latina y la Europa bizantina, su geografía y sus repetidas experiencias de invasión, ocupación, resistencia y resurrección, darían lugar a un modo característicamente polaco de considerar la historia. (…) La nación polaca sobrevivió a la destrucción del Estado polaco, porque los polacos llegaron a creer que el poder espiritual era, con el tiempo más eficaz en la historia que la fuerza bruta. Una nación privada de su autonomía política podría sobrevivir como nación a través de su lengua, su literatura, su música, su religión; en una palabra, a través de su cultura. Ésta, no la política o la economía, era la fuerza motriz de la historia. (Weigel, George; 1999, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de la esperanza, P. 45).

domingo, 21 de febrero de 2010

El cristiano NO PUEDE NI DEBE ser intolerante. Leyendo la biografía de Juan Pablo II de Weigel (III)


A causa de la radiante humanidad de Cristo, nada hay genuinamente humano que no afecte a los corazones de los cristianos. La fe en Cristo no nos aboca a la intolerancia. Por el contrario, nos obliga a inducir a los demás a un diálogo respetuoso. El amor a Cristo no nos distrae de interesarnos por los demás, sino que nos invita a responsabilizarnos de ellos, a no excluir nadie…” (Juan Pablo II, Discurso ante las Naciones Unidas, 1995). Su fe es Karol Wojtyla, en el más profundo nivel de su condición de persona. (…) es la convicción de que Jesucristo constituye la respuesta al interrogante que entraña cada vida humana. (Pp. 26-27).

¿Yo soy mi fe?. No lo sé. Todo cristiano debe temer el caer en el fundamentalismo. Pero Juan Pablo II nos dice que no hay en ese peligro, porque la humanidad de Cristo es todo caridad.

viernes, 19 de febrero de 2010

La vida es un drama moral. Leyendo la biografía de Juan Pablo II de Weigel (II)

Biografìa de Juan Pablo II. Testigo de Esperanza de George Weigel. Empezamos a dejar nuestros extractos y comentarios por acà.

JPII pensó en su adolescencia que la crisis del mundo moderno es una crisis de ideas, una crisis de las mismísimas ideas del ser humano. La historia se escribía a partir de la cultura y de las ideas que conformaban las distintas culturas. Las ideas entrañaban consecuencias. Ya así la idea del ser humano que dominaba una cultura era defectuosa, podían suceder dos cosas: que esa cultura originara aspiraciones destructivas, o bien que resultara incapaz de comprender sus más íntimas esperanzas, incluso aunque fueran expresadas en los términos más noblemente humanísticos.

Ser humano supone ser un agente moral, lo que significa a su vez que vivimos en un universo humano cuya mismísima estructura es dramática. Y el gran drama de cualquier vida es la lucha por rendir “la persona que soy” a “la persona que debo ser”. Esa lucha significa enfrentarse a la realidad del maligno, no evitarlo (…). Pero lo maligno no ha tenido la última palabra, pues en el centro del drama humano está Cristo, la imagen del Dios invisible, cuya participación en la condición humana y cuya conquista sobre la muerte significarán que la esperanza no es ni vana ilusión ni una fantasía (…). Esta esperanza es la verdad de nuestro mundo (P. 24).

Si pensamos al ser humano como persona única e irrepetible, las cosas podrían cambiar; pero ¿Cuántos pueden descubrir y valorar esta definición y puede hacer conducta las consecuencias de esta Verdad?. Desde que conocí estas definiciones, no he dejado de repetirlas a mis alumnos, ¿Cuántos las han hecho suyas?. ¿Las hago mías cuando pienso en los diferentes a mi y tanto tirano que hay por el mundo?

jueves, 18 de febrero de 2010

Leyendo la biografía de Juan Pablo II de Weigel (I) Mètodo de la biografía

Gracias a la recomendación de la buena amiga Ludmila, hemos empezado a leer la Biografìa de Juan Pablo II. Testigo de Esperanza de George Weigel. Me tiene muy pero muy pegado a la lectura, me encanta esta biografìa. Me està ayudando a repensar el peso de Karol Wotyla/Juan Pablo II en mi cristianismo y forma de pensar. Empezamos a dejar nuestros extractos y comentarios por acà.

Leyendo la explicación de Wiegel sobre lo polémico de la visión que tiene el mundo de JPII, señala que contra “el establecimiento de la utilidad como el único criterio para la valoración de cualquiera, ha insistido en que todo ser humano posee dignidad y valía inherentes e inalienables” (p. 23). Pienso en que debemos buscar más el escuchar a los humildes, a los menos queridos por nuestra sociedad... es algo que olvidamos siempre, admirados por los famosos, ricos y poderosos.

Wiegel busca hacer un análisis desde el interior de las convicciones y compromisos de JPII.

En las mismísimas raíces de nuestra humanidad se halla un elemento extrahistórico, y cualquier intento de comprender a alguien implica penetrar hasta esas raíces (Karol Wojtyla, El hermano de nuestro Dios).

sábado, 16 de enero de 2010

Benedicto XVI nos habla de las Encíclicas de Juan Pablo II

La amiga Ljudmila nos recomienda el siguiente escrito del Papa Benedicto XVI para comprender las Encíclicas de Juan Pablo II.
CONGRESO "JUAN PABLO II: 25 AÑOS DE PONTIFICADO. LA IGLESIA AL SERVICIO DEL HOMBRE"
PONTIFICIA UNIVERSIDAD LATERANENSE(ROMA, 8-10 DE MAYO)
CONFERENCIA DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER
LAS CATORCE ENCÍCLICAS DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Sería absurdo pensar que se puede hablar en media hora de las catorce encíclicas de nuestro Santo Padre. Sería preciso examinar cada una detalladamente, para poder comprender la estructura del conjunto y para captar sus temas centrales y la línea de su enseñanza. En media hora sólo se puede brindar una panorámica aproximada y superficial. La elección de los puntos que subrayamos es necesariamente unilateral y podría hacerse también de modo diverso. Además, una valoración conjunta debería incluir también los demás textos magisteriales del Papa, que a menudo son de gran trascendencia y pertenecen sin duda al conjunto de las afirmaciones doctrinales del Santo Padre.
Dicho esto, las encíclicas se deben dividir por grupos de temas afines. Conviene recordar ante todo el tríptico trinitario de los años 1979-1986, que abarca las encíclicas Redemptor hominis, Dives in misericordia y Dominum et vivificantem. A la década 1981-1991 pertenecen las tres encíclicas sociales: Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis y Centesimus annus. Luego están las encíclicas que tratan temas de eclesiología: Slavorum apostoli (1985), Redemptoris missio (1990) y Ut unum sint (1995). En el ámbito eclesiológico se puede situar también la última encíclica, hasta ahora, del Papa: Ecclesia de Eucharistia (2003), así como en cierto sentido, la encíclica mariana Redemptoris Mater (1987).
Ya en su primera encíclica el Papa había unido íntimamente los temas de la madre Iglesia y de la Madre de la Iglesia, ensanchándolos al ámbito histórico-teológico y pneumatológico: "Suplico sobre todo a María, la celestial Madre de la Iglesia, que se digne, en esta oración del nuevo Adviento de la humanidad, perseverar con nosotros que formamos la Iglesia, es decir, el Cuerpo místico de su Hijo unigénito. Espero que, gracias a esta oración, podamos recibir al Espíritu Santo que desciende sobre nosotros (cf. Hch 1, 8) y convertirnos de este modo en testigos de Cristo "hasta los últimos confines de la tierra"" (Redemptor hominis, 22). En la mariología, para el Papa, se encuentran todos los grandes temas de la fe: no hay encíclica que no concluya con una referencia a la Madre del Señor.
Y, por último, tenemos tres grandes textos doctrinales, que pueden situarse en el ámbito antropológico: Veritatis splendor (1993), Evangelium vitae (1995) y Fides et ratio (1998). La primera encíclica, Redemptor hominis, es la más personal, el punto de partida de todas las demás. Sería fácil demostrar que todos los temas sucesivos ya se hallaban anticipados en ella: el tema de la verdad y el vínculo entre verdad y libertad se afronta según toda la importancia que tiene en un mundo que quiere libertad pero considera la verdad una pretensión y lo contrario de la libertad. El celo ecuménico del Papa se aprecia ya en este primer gran texto magisterial. Los principales rasgos de la encíclica eucarística -Eucaristía y sacrificio, sacrificio y redención, Eucaristía y penitencia- ya se hallan presentes en sus grandes líneas. El imperativo "no matarás", que es el gran tema de la Evangelium vitae, es anunciado con gran fuerza al mundo. Como hemos visto, la orientación del cristianismo hacia el futuro, típica del Papa, está relacionada con el tema mariano. Para el Papa, el vínculo entre la Iglesia y Cristo no es un vínculo con el pasado, una orientación hacia atrás, sino más bien el vínculo de quien es y da futuro, y que invita a la Iglesia a abrirse a un nuevo período de la fe. Su compromiso personal, su esperanza, pero también su profundo deseo de que el Señor nos conceda un nuevo presente de fe y de plenitud de vida, un nuevo Pentecostés, resulta evidente cuando, casi como una explosión, prorrumpe en una invocación: "La Iglesia de nuestro tiempo parece repetir cada vez con mayor fervor y con santa insistencia: ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven! ¡Ven!" (Redemptor hominis, 18).
Todos estos temas que, como ya hemos dicho, anticipan toda la obra magisterial del Papa, están conectados por una visión cuya dirección fundamental debemos tratar de describir. Con ocasión de los ejercicios que, como cardenal arzobispo de Cracovia, predicó en 1976 a Pablo VI y a la Curia romana, explicaba que los intelectuales católicos polacos, en los primeros años de la posguerra, al inicio habían tratado de confutar, contra el materialismo marxista convertido ya en doctrina oficial, el valor absoluto de la materia. Pero pronto se desplazó el centro del debate: ya no versaba sobre las bases filosóficas de las ciencias naturales (aunque este tema mantiene siempre su importancia), sino sobre la antropología. El núcleo de la discusión pasó a ser: ¿qué es el hombre? La cuestión antropológica no es una teoría filosófica sobre el hombre; tiene un carácter existencial. Bajo esa cuestión subyace la cuestión de la redención. ¿Cómo puede vivir el hombre? ¿Quién tiene la respuesta a la cuestión sobre el hombre?, una cuestión muy concreta. ¿Quién puede enseñarnos a vivir: el materialismo, el marxismo o el cristianismo?
Así pues, la cuestión antropológica es una cuestión científica y racional, pero, al mismo tiempo, es también una cuestión pastoral: ¿cómo podemos mostrar a los hombres el camino que lleva a la vida y ayudarles a comprender también a los no creyentes que sus interrogantes son también los nuestros y que, frente al dilema del hombre de hoy y de entonces, Pedro tenía razón cuando dijo al Señor: "Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Filosofía, pastoral y fe de la Iglesia se funden en esta tensión antropológica.
En su primera encíclica, Redemptor hominis, Juan Pablo II resumió, por decirlo así, los frutos del camino recorrido hasta entonces en su calidad de pastor de la Iglesia y como pensador de nuestro tiempo. Esa primera encíclica gira en torno a la cuestión del hombre. La expresión: "el hombre es el camino primero y fundamental de la Iglesia" (ib., 14) se ha convertido casi en un lema. Pero, al citarla, a menudo nos olvidamos de que poco antes el Papa había dicho: "Jesucristo es el camino principal de la Iglesia. Él mismo es nuestro camino "hacia la casa del Padre" (cf. Jn 14, 1 ss) y es también el camino hacia cada hombre" (ib., 13). Por consiguiente, también la fórmula del hombre como primer camino de la Iglesia prosigue así: "camino trazado por Cristo mismo, camino que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención" (ib., 14).
Para el Papa, antropología y cristología son inseparables. Precisamente Cristo nos ha revelado qué es el hombre y a dónde debe ir para encontrar la vida. Este Cristo no es sólo un modelo de existencia humana, un ejemplo de cómo se debe vivir, sino que "está unido, en cierto modo, a todo hombre" (ib.). Cristo nos toca en nuestro interior, en la raíz de nuestra existencia, transformándose así, desde el interior, en el camino para el hombre. Rompe el aislamiento del yo; es garantía de la dignidad indestructible de cada persona y, al mismo tiempo, es quien supera el individualismo en una comunicación a la que aspira toda la naturaleza del hombre.
Para el Papa, el antropocentrismo es al mismo tiempo cristocentrismo, y viceversa. Contra la opinión según la cual sólo a través de las formas primitivas del ser humano (partiendo de abajo, por decirlo así) se puede explicar qué es el hombre, el Papa sostiene que solamente partiendo del hombre perfecto se puede comprender lo que es el hombre, y que desde este punto de vista se puede vislumbrar el camino del ser humano. A este respecto, habría podido referirse a Teilhard de Chardin, que decía: "La solución científica del problema humano no deriva exclusivamente del estudio de los fósiles, sino de una atenta observación de las características y de las posibilidades del hombre de hoy, que determinarán al hombre de mañana".
Naturalmente, Juan Pablo II va mucho más allá de ese diagnóstico: en definitiva, sólo podemos comprender qué es el hombre mirando a Aquel que realiza plenamente la naturaleza del hombre, que es imagen de Dios, el Hijo de Dios, Dios de Dios y Luz de Luz. Así corresponde perfectamente a la orientación intrínseca de la primera encíclica, la cual, en la prosecución del Magisterio papal, se desarrolló formando, juntamente con otras dos encíclicas, el tríptico trinitario. La cuestión del hombre no se puede separar de la cuestión de Dios. La tesis de Guardini, según el cual sólo conoce al hombre quien conoce a Dios, encuentra una clara confirmación en esta fusión de la antropología con la cuestión de Dios.
Echemos ahora una mirada a las otras dos tablas del tríptico trinitario. El tema de Dios Padre aparece velado, por decirlo así, en primer lugar, bajo el título Dives in misericordia. Se puede creer que la idea de tratar esta temática le vino al Papa de la devoción de la religiosa de Cracovia Faustina Kowalska, a la que posteriormente elevó al honor de los altares. Poner en el centro de la fe y de la vida cristiana la misericordia de Dios fue el gran deseo de esta santa mujer. Con la fuerza de su vida espiritual, ella puso de relieve la novedad del cristianismo, precisamente en nuestro tiempo, marcado por la irreligiosidad de sus ideologías. Basta recordar que Séneca, un pensador del mundo romano en muchos aspectos bastante cercano al cristianismo, dijo una vez: "La compasión es una debilidad, una enfermedad". Mil años después, san Bernardo de Claraval, con el espíritu de los santos Padres, encontró la admirable fórmula: "Dios no puede padecer, pero puede compadecer".
Considero muy acertado que el Papa haya centrado su encíclica sobre Dios Padre en el tema de la misericordia divina. El primer subtítulo de la encíclica es: "Quien me ve a mí, ve al Padre" (Jn 14, 9). Ver a Cristo significa ver al Dios misericordioso. Conviene subrayar que en esta encíclica la digresión sobre la terminología bíblica de la misericordia divina en el Antiguo Testamento ocupa nada menos que tres páginas. En ella se explica también la palabra rahamim, que proviene de la palabra rehem (vientre materno), y confiere a la misericordia de Dios los rasgos del amor materno. El otro punto central de la encíclica es su profunda interpretación de la parábola del hijo pródigo, en la que la imagen del Padre resplandece en toda su grandeza y belleza.
Quiero dedicar también unas pocas palabras a la encíclica sobre el Espíritu Santo, en la cual se trata el tema de la verdad y de la conciencia. Según el Papa, el auténtico don del Espíritu Santo es "el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención" (Dominum et vivificantem, 31). Así pues, en la raíz del pecado está la mentira, el rechazo de la verdad. "La "desobediencia", como dimensión originaria del pecado, significa rechazo de esta fuente por la pretensión del hombre de llegar a ser fuente autónoma y exclusiva en decidir sobre el bien y el mal" (ib., 36). La perspectiva fundamental de la encíclica Veritatis splendor ya aparece aquí muy claramente. Es evidente que el Papa, precisamente en la encíclica sobre el Espíritu Santo, no se detiene en el diagnóstico de nuestra situación de peligro, sino que hace ese diagnóstico para preparar el camino a la curación. En la conversión, el afán de la conciencia se transforma en amor que sana, que sabe sufrir: "El dispensador oculto de esa fuerza salvadora es el Espíritu Santo" (ib., 5).
He comentado ampliamente -tal vez demasiado ampliamente- el tríptico trinitario, porque contiene todo el programa de las encíclicas sucesivas y lo relaciona con la fe en Dios. Ahora no tendré más remedio que limitarme a algunos rasgos esquemáticos de las demás encíclicas.
Las tres grandes encíclicas sociales aplican la antropología del Papa a la problemática social de nuestro tiempo. Juan Pablo II subraya la primacía del hombre sobre los medios de producción, la primacía del trabajo sobre el capital y la primacía de la ética sobre la técnica. En el centro está la dignidad del hombre, que es siempre un fin y jamás un medio. A partir de aquí se esclarecen las grandes cuestiones actuales de la problemática social en contraposición crítica tanto con el marxismo como con el liberalismo.
Las encíclicas eclesiológicas merecerían una reflexión profunda, que no puedo hacer aquí. Ecclesia de Eucharistia considera a la Iglesia desde el interior y desde lo alto, y así capta su capacidad de crear comunión; Redemptoris Mater trata de la prefiguración de la Iglesia en María y del misterio de su maternidad; las otras tres encíclicas de este grupo presentan los dos grandes ámbitos relacionales en los que vive la Iglesia: el diálogo ecuménico -como búsqueda de la unidad de los bautizados en obediencia al mandato del Señor, según la lógica intrínseca de la fe, que ha sido enviada al mundo por Dios como fuerza de unidad- es el primer ámbito relacional que el Papa, con toda la fuerza de su celo ecuménico, introduce en la conciencia de la Iglesia con la Ut unum sint. También Slavorum apostoli es un texto ecuménico de particular belleza. Por una parte, se sitúa en la relación entre Oriente y Occidente; y, por otra, muestra la vinculación entre la fe y la cultura, y la capacidad que tiene la fe para crear cultura, pues llega al fondo y experimenta una nueva dimensión de la unidad.
El otro ámbito relacional atañe a los hombres que profesan religiones no cristianas o viven sin religión, para anunciarles a Jesús, del que Pedro dijo a los fariseos: "En ningún otro hay salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos" (Hch 4, 12). En la Redemptoris missio el Papa explica la relación entre diálogo y anuncio. Muestra que la misión, el anuncio de Cristo a todos los que no lo conocen, sigue siendo siempre una obligación, pues todo hombre espera en su interior a aquel que es a la vez Dios y hombre, al "Redentor del hombre".
Veamos, por último, las tres grandes encíclicas en las que la temática antropológica se desarrolla bajo diversos aspectos. Veritatis splendor no sólo afronta la crisis interna de la teología moral en la Iglesia, sino que pertenece al debate ético de dimensiones mundiales, que hoy se ha transformado en una cuestión de vida o muerte para la humanidad. Contra una teología moral que en el siglo XIX se había reducido de modo cada vez más preocupante a casuística, ya en los decenios anteriores al Concilio se había puesto en marcha un decidido movimiento de oposición. La doctrina moral cristiana se debía formular nuevamente desde su gran perspectiva positiva a partir del núcleo de la fe, sin considerarla como una lista de prohibiciones.
La idea de la imitación de Cristo y el principio del amor se desarrollaron como las directrices fundamentales, a partir de las cuales podían organizarse los diversos elementos de la doctrina. La voluntad de dejarse inspirar por la fe como luz nueva que hace transparente la doctrina moral había llevado a alejarse de la versión iusnaturalista de la moral en favor de una construcción de perfil bíblico e histórico-salvífico.
El concilio Vaticano II había confirmado y reafirmado estos enfoques. Pero el intento de construir una moral puramente bíblica resultó imposible ante las demandas concretas de la época. El puro biblicismo, precisamente en la teología moral, no es un camino posible. Así, de modo sorprendentemente rápido, después de una breve fase en la que se trató de dar a la teología moral una inspiración bíblica, se intentó una explicación puramente racional del ethos, pero la vuelta al pensamiento iusnaturalista resultó imposible: la corriente antimetafísica, que tal vez ya había contribuido al intento biblicista, hacía que el derecho natural pareciera un modelo anticuado y ya inadecuado.
Se quedó a merced de una racionalidad positivista que ya no reconocía el bien como tal. "El bien es siempre -así decía entonces un teólogo moral- sólo mejor que...". Quedaba como criterio el cálculo de las consecuencias. Moral es lo que parece más positivo, teniendo en cuenta las consecuencias previsibles. No siempre el consecuencialismo se aplicó de modo tan radical. Pero al final se llegó a una construcción tal, que se disuelve lo que es moral, pues el bien como tal no existe. Para ese tipo de racionalidad ni siquiera la Biblia tiene algo que decir. La sagrada Escritura puede proporcionar motivaciones, pero no contenidos.
Pero si las cosas fueran así, el cristianismo como "camino" -así debería y quisiera ser- resultaría un fracaso. Y si antes desde la ortodoxia se había llegado a la ortopraxis, ahora la ortopraxis se convierte en una trágica ironía: porque en el fondo no existe.
El Papa, por el contrario, con gran decisión volvió a dar legitimidad a la perspectiva metafísica, que es sólo una consecuencia de la fe en la creación. Una vez más, partiendo de la fe en la creación, logra vincular y fundir antropocentrismo y teocentrismo: "la razón encuentra su verdad y su autoridad en la ley eterna, que no es otra cosa que la misma sabiduría divina. (...) En efecto, la ley natural (...) no es otra cosa que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios" (Veritatis splendor, 40). Precisamente porque el Papa es partidario de la metafísica en virtud de la fe en la creación, puede comprender también la Biblia como Palabra presente, unir la construcción metafísica y bíblica del ethos. Una perla de la encíclica, significativa tanto filosófica como teológicamente, es el gran pasaje sobre el martirio. Si ya no hay nada por lo que valga la pena morir, entonces también la vida resulta vacía. Sólo si existe el bien absoluto, por el que vale la pena morir, y el mal eterno que nunca se transforma en bien, el hombre es confirmado en su dignidad y nosotros nos vemos protegidos de la dictadura de las ideologías.
Este punto es fundamental también para la encíclica Evangelium vitae, que el Papa escribió a petición apremiante del Episcopado mundial, pero que es igualmente expresión de su apasionada lucha por el respeto absoluto de la dignidad de la vida humana. La vida humana, donde se la trata como mera realidad biológica, se convierte en objeto del cálculo de las consecuencias. Pero el Papa, con la fe de la Iglesia, ve la imagen de Dios en el hombre, en todo hombre, sea pequeño o grande, sea débil o fuerte, sea útil o parezca inútil. Cristo, el Hijo mismo de Dios hecho hombre, murió por todo hombre. Esto confiere a cada hombre un valor infinito, una dignidad absolutamente intocable.
Precisamente porque en el hombre hay algo más que mera bios, también su vida biológica resulta infinitamente valiosa. No queda a disposición de cualquiera, pues está revestida de la dignidad de Dios. No hay consecuencias, por más nobles que sean, que puedan justificar experimentos sobre el hombre.
Después de todas las experiencias crueles de abuso del hombre, aunque las motivaciones pudieran parecer muy elevadas moralmente, esas palabras eran y son necesarias. Resulta evidente que la fe es la defensa de la humanidad. En la situación de ignorancia metafísica en la que nos encontramos, y que resulta a la vez atrofia moral, la fe se muestra como lo humano que salva. El Papa, como portavoz de la fe, defiende al hombre contra una moral aparente que amenaza con aplastarlo.
Por último, debemos considerar la gran encíclica Fides et ratio, sobre la fe y la filosofía. El tema de la verdad, que marca toda la obra magisterial del Santo Padre, se desarrolla aquí en todo su dramatismo. Afirmar la cognoscibilidad de la verdad, o sea, anunciar el mensaje cristiano como verdad reconocida, se ve hoy en gran medida como un ataque a la tolerancia y al pluralismo. La verdad se convierte incluso en una palabra prohibida.
Pero precisamente aquí entra en juego, una vez más, la dignidad del hombre. Si el hombre no es capaz de llegar a la verdad, entonces todo lo que piensa y hace es puro convencionalismo, mera tradición. Como hemos visto, no le queda sino el cálculo de las consecuencias. Pero, ¿quién puede abarcar realmente con la mirada las consecuencias de las acciones humanas? Si es así, todas las religiones son sólo tradiciones, y naturalmente también el anuncio de la fe cristiana es una pretensión colonialista o imperialista. El cristianismo no está en contradicción con la dignidad del hombre únicamente si la fe es verdad, pues no daña a nadie; más aún, es el bien lo que nos debemos recíprocamente. Como resultado de los grandes éxitos en el ámbito de las ciencias naturales y de la técnica, la razón ha perdido la valentía ante los grandes interrogantes del hombre: sobre Dios, sobre la muerte, sobre la eternidad, sobre la vida moral. El positivismo se extiende sobre el ojo interior del hombre como una catarata. Pero si estos interrogantes, decisivos al final para nuestra vida, quedan relegados al ámbito de la pura subjetividad y, por tanto, en definitiva, de la arbitrariedad, nos hemos quedado ciegos por lo que atañe a nuestra realidad de hombres. Partiendo de la fe, el Papa pide a la razón que tenga la valentía de reconocer las realidades fundamentales. Si la fe no tiene la luz de la razón, se reduce a pura tradición, y con ello declara su profunda arbitrariedad. La fe no necesita la valentía de la razón por sí misma. No está contra ella, sino que la impulsa a pretender de sí las grandes cosas para las cuales ha sido creada. Sapere aude: con este imperativo Kant describió la naturaleza del iluminismo. Se podría decir que el Papa, de un modo nuevo, apela a una razón que se ha hecho metafísicamente pusilánime: Sapere aude! Pretende de ti misma poder hacer grandes cosas. A esto estás destinada. La fe -así nos dice el Papa- no quiere hacer que calle la razón, sino que la quiere liberar del velo de la catarata que, frente a los grandes interrogantes de la humanidad, está ampliamente extendido sobre ella. Una vez más, se ve que la fe defiende al hombre en su realidad de ser humano. Josef Pieper expresó una vez este pensamiento: "En la época final de la historia, bajo el señorío de la sofística y de una pseudofilosofía corrupta, la verdadera filosofía se podrá unir en la unidad primordial con la teología" y afirmó que así, al final de la historia, "la raíz de todas las cosas y el sentido último de la existencia -que quiere decir: el objeto específico de la filosofía- será visto y considerado sólo por los que creen". Ahora bien, nosotros no estamos, en la medida en que se puede saber, al final de la historia. Pero corremos el peligro de negar a la razón su auténtica grandeza. Y el Papa considera, con razón, que la fe está llamada a impulsar a la razón a tener nuevamente la valentía de la verdad. Sin la razón, la fe fracasa; sin la fe, la razón corre el riesgo de atrofiarse. Está en juego el hombre. Pero, para que el hombre sea redimido, hace falta el Redentor. Necesitamos a Cristo, hombre, que es hombre y Dios, "sin confusión ni división" en una única persona, Redemptor hominis.

jueves, 7 de enero de 2010

¿Cómo leer la obra de Karol Wojtyla/Juan Pablo II?

La buena amiga Ljudmila del excelente blog sobre Juan Pablo II responde a la pregunta:
¿Tiene un sentido leer la obra de JPII cronològicamente? ¿Se pueden identificar etapas en su pensamiento? ¿Cuàl serìa el mejor orden para leer sus obras? . Mil gracias!
Hacemos esta pregunta, por el deseo que tenemos en el 2010 de releer y leer la obra de nuestro querido y admirado Juan Pablo II.
Ljudmila me responde:
Si para alguien que quiere encarar vida y escritos de Karol Wojtyla/Juan Pablo II de manera sistemática e ir descubriendo/siguiendo la evolución de su crecimiento y maduración literaria/espiritual.. Yo misma me lo he planteado una y otra vez pero siempre vuelvo a lo mismo. Tengo como una idea grafica de una gran pantalla, o mejor dicho una combinación de grandes pantallas donde necesitaría ir ubicando sus escritos dentro de una composición y momento históricos. Porque por ej. No se puede separar toda su obra (incluidas sus homilías) de pre pontificado de la compleja historia de Polonia, de Europa misma. Karol Wojtyla era eminentemente un europeo, pero de corazon grande y generoso donde tenían cabida todas las personas y todas las gentes, ideas y culturas.A grandes rasgos dividiria su vida en etapas: en su Wadowice natal, su amada Cracovia subdividida en:: pre seminario, seminario y ordenación, sacerdote Niegowic, San Florian y ya obispo/arzobispo/cardenal y los estudios y enseñanza entre medio), con un amplio mosaico de facetas en cada uno de estos periodos.De su pontificado que es el material mas fácilmente accesible aquí si lo encararía mas sistemáticamente dependiendo de necesidad e interés. Por eje. Alguien trabajando con los jóvenes encararía sus Mensajes/discursos/homilías para y de las Jornadas Mundiales de la Juventud, para reuniones espirituales sus catequesis. Quizás trataría por separado sus viajes apostólicos durante los cuales reveló muchas de sus inquietudes y aspiraciones y merecen especial atención sus viajes a Polonia, donde no pudo y supongo que tampoco quiso esconder su amor por su patria de origen, dándonos una buena lección que debemos amar nuestras raíces, aunque amaba Roma profundamente..Indudablemente se pueden identificar etapas en su pensamiento y vocación: su amor por el teatro, sus primeros escritos juveniles, sus obras mas espirituales, sus homilías durante la difícil época del régimen, su filosofía personalista.En algún momento George Weigel decia que con el correr de los años su lenguaje difícil se fue volviendo mas sencillo y sus homilías mas profundas, mas accesibles. Y Adam Boniecki, sacerdote y autor, alumno suyo en la Universidad de Lublin reconocía que en sus primeras lecciones sencillamente no le entendía nada.De todas maneras creo que tampoco se puede separar de la vida de este gran sacerdote, hombre de intensa oración y maestro en el sufrimiento y la entrega, la obra de la Divina Providencia que le fue abriendo camino a pasos agigantados. De la misma manera que no se la puede puede ignorar con el Santo Padre Benedicto XVI. Estoy segura que su sucesor y amigo estaba preparado para sucederlo y que ambos de alguna manera lo sabian.

martes, 1 de septiembre de 2009

El testimonio de Juan Pablo II sobre el inicio de la II Guerra Mundial

El excelente blog de Ljudmila Hribar sobre nuestro querido Papa: el siervo de Dios Juan Pablo II, nos permite leer sus impresiones sobre el inicio de la IIGM. Acá lo transcribimos.

1ro de septiembre de 1939 Alemania invade Polonia por el norte.
Juan Pablo II recuerda esos dias en Don y Misterio de esta manera:“Aquel 1 de septiembre de 1939 no se borrará nunca de mi recuerdo: era el primer viernes de mes. Había ido a Wawel para confesarme. La catedral estaba vacía. Fue, quizás, la última vez que pude entrar libremente en el templo. Después fue cerrado. El castillo real de Wawel se convirtió en la sede del Gobernador General Hans Frank. El P. Figlewicz era el único sacerdote que podía celebrar la Santa Misa, dos veces por semana, en la catedral cerrada y bajo la vigilancia de policías alemanes…..La maduración definitiva de mi vocación sacerdotal.. tuvo lugar en el período de la segunda guerra mundial, durante la ocupación nazi. ¿Fue una simple coincidencia temporal? o ¿había un nexo más profundo entre lo que maduraba dentro de mí y el contexto histórico? Es difícil responder a tal pregunta. Es cierto que en los planes de Dios nada es casual. Lo que puedo afirmar es que la tragedia de la guerra dio un tinte particular al proceso de maduración de mi opción de vida. Me ayudó a percibir desde una nueva perspectiva el valor y la importancia de la vocación. Ante la difusión del mal y las atrocidades de la guerra era cada vez más claro para mí el sentido del sacerdocio y de su misión en el mundo…..El estallido de la guerra me alejó de los estudios y del ambiente universitario. En aquel período perdí a mí padre, la última persona que me quedaba de los familiares más íntimos. También esto suponía, objetivamente, un proceso de alejamiento de mis proyectos precedentes; en cierto modo era como desarraigarse del suelo en el cual hasta ese momento había crecido mi humanidad.Pero no se trataba de un proceso únicamente negativo. En efecto, en mi conciencia contemporáneamente se manifestaba cada vez más una luz: el Señor quiere que yo sea sacerdote. Un día lo percibí con mucha claridad: era como una iluminación interior que traía consigo la alegría y la seguridad de una nueva vocación. Y esta conciencia me llenó de gran paz interior….Esto ocurría durante los terribles acontecimientos que iban desarrollándose a mi alrededor en Cracovia, en Polonia, en Europa y en el mundo”.
Se habia desatado la II Guerra Mundial, la guerra que los polacos llamaron la guerra que perdieron dos veces…seis millones de muertos de entre una población de 35 millones, un 18% de la población… “liberados” de los alemanes por los rusos en 1945 fueron después sometidos al yugo del comunismo durante largas decadas…

viernes, 15 de mayo de 2009

¿Quién dijo que los católicos estamos en contra del buen sexo?

Una vez le escuché en España a un cura del Opus Dei, que mientras más "cachondo" (lleno de deseo sexual) estaban los esposos mejor era el sexo y por tanto el matrimonio se fortalecía; y agregaba que San Josemaría Escrivá "bendecía con las dos manos por no tener cuatro el lecho conyugal; que además consideraba un altar". Nunca he pensado lo contrario, es por ello que acá les dejo esta noticia.

Publican el "Kama Sutra católico"
Redacción
BBC Mundo

La editorial Sw. Pawel ha pedido una reedición y maneja la posibilidad de traducir el libro a otros idiomas.
El libro de un sacerdote católico polaco que defiende el "sexo divino" se ha convertido en éxito de ventas y ya ha sido bautizado el "Kama Sutra católico". Brinda consejos teológicos -pero también muy prácticos- a los esposos que quieren darle un toque más "picante" a su vida sexual.
En el libro, titulado "El sexo que no conoces: para parejas casadas que aman a Dios", el padre franciscano Ksawery Knotz intenta mejorar la relación sexual de maridos y esposas creyentes, reforzando la idea de que tener buen sexo es clave para tener un buen matrimonio.
Knotz busca evitar que el sexo se convierta para los casados en algo aburrido, puesto que -dice- es algo santo, que "debería ser picante, sorprendente y estar cargado de fantasías".

En su página en internet, en un apartado titulado "la teología del orgasmo", el monje afirma que éste puede asemejarse a la felicidad del cielo.
Este abordaje novedoso de "El sexo que no conoces..." mereció comentarios positivos de un jesuita en Argentina, quien en conversación con BBC Mundo dijo coincidir "plenamente" con la visión del sexo que predica Knotz. Por su parte, un sacerdote del Opus Dei en México resaltó la importancia del tema, pero dijo que él no entraría en detalles.
"Las caricias más deseadas"
El matrimonio puede demostrar su amor de todas las formas posibles. Esto puede incluir estimulación manual u oral
Padre Ksawery Knotz
Es que el padre Knotz es bastante gráfico a la hora de describir la "divina unión", y se aventura en un territorio que muchos católicos consideran tabú.
"Algunos, cuando escuchan hablar de la santidad de la relación sexual de los esposos, inmediatamente se imaginan que ese sexo está desprovisto de placer, juegos frívolos, fantasías o posiciones atractivas", escribe.
"Piensan que debe ser triste, como una vieja canción de iglesia", agrega.
"Todo acto -caricia, posición sexual- que tiene como objetivo la exitación del cónyuge está permitido, y agrada a Dios. Durante el acto sexual, el matrimonio puede demostrar su amor de todas las formas posibles, y brindarle al otro las caricias más deseadas", reza Knotz en su libro.
"Esto puede incluir estimulación manual u oral", afirma.
Los detalles, a los médicos

Muchos de los consejos de Knotz se pueden leer también en su página web, donde asesora a matrimonios.
Este tipo de precisiones "competen más a un médico, o un consejero matrimonial", dijo a BBC Mundo el sacerdote del Opus Dei Gustavo Ruiz, capellán de la Universidad Panamericana.
El padre Ruiz afirmó que la doctrina de la Iglesia Católica recomienda a los sacerdotes atenerse a "lo doctrinal, lo pastoral o lo relacionado con la conciencia", puesto que "no somos médicos, abogados ni psicólogos".
De todas formas, coicidió en que "es una necesidad, un bien y un valor" que se traten las relaciones sexuales del matrimonio, ya que "son muy importantes para que los esposos mejoren su trato y cuando falta esta intimidad pueden surgir una serie de problemas".
Con Knotz y Ruiz coincidió el cura jesuita Enrique Fabbri, capellán del Colegio El Salvador, en Buenos Aires. Fabbri, quien lleva cerca de 50 años aconsejando a matrimonios, recordó que el sexo es parte "constitutiva del sacramento", hasta el punto que la Iglesia Católica llega a anular los matrimonios en que la unión sexual no se da.
El acto sexual debe ser "pleno, alegre, generoso, juguetón y hasta con una pizca de humor. Respetando siempre al otro, se podrán sobrellevar esos momentos en que las cosas no salen bien", dijo Fabbri.
El sexo y Dios
La iglesia somos todos y algunos han estado demasiado centrados en el hijo, hasta el punto que llegan a ver como peligrosa esa entrega corporal. No así el Papa Juan Pablo II. Yo tampoco
P. Enrique Fabbri
El papa Juan Pablo II y Benedicto XVI han escrito sobre la ética del amor, el matrimonio y la familia, y algunos laicos incluso han publicado guías sexuales para católicos. Pero pocos han abordado el tema de forma tan explícita como Knotz.
"Las parejas casadas celebran el sacramento y su vida en Cristo durante el acto sexual", asegura Knotz.
"Decir que el sexo es una celebración del sacramento del matrimonio eleva su dignidad en una forma excepcional. Semejante afirmación sorprende a la gente que ha aprendido a ver la sexualidad con malos ojos. Es difícil hacerlos comprender que Dios también está interesado en que lleven una vida sexual feliz, y que les ha dado un regalo en esto", agregó el fraile polaco.
El padre Ruiz explicó que "hace unas décadas estos temas no se trataban abiertamente, antes quizá eran un tabú o incluso se satanizaban las relaciones sexuales. No estaba proscrito sólo en el ámbito eclesial, sino también en otros ámbitos".
Según este sacerdote del Opus Dei, "ha habido un giro en el derecho canónico, que antes se centraba más en el aspecto procreativo y ahora matiza, e incluye más la relación de pareja". A su entender, esto se debe a que en los últimos dos siglos se abordaron distintos campos del conocimiento con ópticas nuevas, de forma que el desarrollo científico y tecnológico, de la mano del avance teológico, contribuyó a ver este tema con otros ojos.
El sacerdote juesuita lo formula así: "La iglesia somos todos y algunos han estado demasiado centrados en el hijo, hasta el punto que llegan a ver como peligrosa esa entrega corporal. No así el Papa Juan Pablo II. Yo tampoco".
"Yo no creo que el hijo sea el objetivo central de esa entrega, sino que es fruto de ese acto, que es generoso, juguetón y chispeante, y al mismo tiempo, con fair play, sin trampas ni infidelidades", dice el padre Fabbri.
Kama Sutra sí, condón no
El padre Knotz enfatiza que su libro no se aparta de la postura de la iglesia Católica. Desaconseja el uso de preservativos, afirmando que "llevan al matrimonio fuera de la cultura católica, y promueven un estilo de vida completamente distinto".
En cuanto a aquellos que ponen en duda la experiencia de un monje célibe en materia sexual, Knotz desestima su argumento, explicando que ha asesorado a muchos matrimonios y que incluso administra una página de internet en la que se brindan consejos sexuales.
"No se requiere tener una insuficiencia cardíaca para ser cardiólogo, ni ser alcohólico para trabajar como terapeuta", se defiende.
Su condición de fraile parece no haberle importado a muchos. De hecho, su libro, que ha sido respaldado por la iglesia Católica polaca, se ha convertido en un éxito de ventas.
La editorial Sw. Pawel ha encargado una redición luego de que la primera tirada desapareciera de los estantes de las librerías, y maneja la posibilidad de traducirlo a otros idiomas
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miércoles, 2 de abril de 2008

Benedicto XVI: Homilía en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II

Homilía de Benedicto XVI en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 2 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI este miércoles al presidir la celebración eucarística en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

La fecha del 2 de abril ha quedado grabada en la memoria de la Iglesia como el día del adiós a este mundo del siervo de Dios el Papa Juan Pablo II. Revivamos con emoción las horas de aquel sábado por la tarde, cuando la noticia del fallecimiento fue acogida por una gran muchedumbre en oración que llenaba la Plaza de San Pedro. Durante varios días, la Basílica Vaticana y esta Plaza se convirtieron verdaderamente en el corazón del mundo. Un río ininterrumpido de peregrinos rindió homenaje a los restos del venerado pontífice y sus funerales supusieron un ulterior testimonio de la estima y del afecto que se había conquistado en el espíritu de tantos creyentes y personas de todos los rincones de la tierra.

Al igual que hace tres años, tampoco hoy ha pasado mucho tiempo tras la Pascua. El corazón de la Iglesia se encuentra todavía sumergido en el misterio de la Resurrección del Señor. En verdad, podemos leer toda la vida de mi querido predecesor, en particular su ministerio petrino, según el signo de Cristo Resucitado. Él sentía una fe extraordinaria en Él, y con Él mantenía una conversación íntima, singular, ininterrumpida. Entre sus muchas cualidades humanas y sobrenaturales, tenía una excepcional sensibilidad espiritual y mística.

Bastaba observarle mientras rezaba: se sumergía literalmente en Dios y parecía que todo lo demás en aquellos momentos fuera ajeno. En las celebraciones litúrgicas estaba atento al misterio en acto, con una aguda capacidad para percibir la elocuencia de la Palabra de Dios en el devenir de la historia, penetrando en el nivel profundo del designio de Dios. La santa misa, como repitió con frecuencia, era para él el centro de cada día y de toda la existencia. La realidad «viva y santa» de la Eucaristía que le daba energía espiritual para guiar al Pueblo de Dios en el camino de la historia.

Juan Pablo II expiró en la vigilia del segundo domingo de Pascua, «el día que hizo el Señor». Toda su agonía tuvo lugar en ese «día», en un espacio-tiempo nuevo, que es el «octavo día», querido por la Santísima Trinidad a través de la obra del Verbo encarnado, muerto y resucitado. El Papa Juan Pablo II demostró en varias ocasiones que ya antes, durante su vida, y especialmente en el cumplimiento de la misión de Sumo Pontífice, se encontraba de alguna manera sumergido en esta dimensión espiritual.

Su pontificado, en su conjunto y en muchos momentos específicos, se nos presenta como un signo y un testimonio de la Resurrección de Cristo. El dinamismo pascual, que ha hecho de la existencia de Juan Pablo II una respuesta total a la llamada del Señor, no podía expresarse sin participar en los sufrimientos y en la muerte del divino Maestro y Redentor. «Es cierta esta afirmación --afirma el apóstol Pablo--: Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él» (2 Timoteo 2, 11-12).

Desde niño, Karol Wojtyla había experimentado la verdad de estas palabras, al encontrar en su camino la cruz, en su familia y en su pueblo. Muy pronto decidió llevarla junto a Jesús, siguiendo sus huellas. Quiso ser un servidor fiel suyo hasta acoger la llamada al sacerdocio como don y compromiso de toda la vida. Con Él vivió y con Él quiso morir. Y todo esto a través de la singular mediación de María santísima, madre de la Iglesia, madre del Redentor íntima y realmente asociada a su misterio salvífico de muerte y de resurrección.

En esta reflexión evocativa nos guían las lecturas bíblicas que se acaban de proclamar: «¡No tengáis miedo!» (Mateo 28, 5). Las palabras del ángel de la resurrección, dirigidas a las mujeres ante el sepulcro vacío, que acabamos de escuchar, se han convertido en una especie de lema en los labios del Papa Juan Pablo II, desde el solemne inicio de su ministerio petrino. Las repitió en varias ocasiones a la Iglesia y a la humanidad en el camino hacia el año 2000, y después al atravesar aquella histórica etapa, así como después, en la aurora del tercer milenio. Las pronunció siempre con inflexible firmeza, primero enarbolando el báculo pastoral coronado por la Cruz y, después, cuando las energías físicas se iban debilitando, casi agarrándose a él, hasta aquel último Viernes Santo, en el que participó en el Vía Crucis desde su capilla privada, apretando entre sus brazos la Cruz. No podemos olvidar aquel último y silencioso testimonio de amor a Jesús. Aquella elocuente escena de sufrimiento humano y de fe, en aquel último Viernes Santo, también indicaba a los creyentes y al mundo el secreto de toda la vida cristiana. Aquel «No tengáis miedo» no se basaba en las fuerzas humanas, ni en los éxitos logrados, sino únicamente en la Palabra de Dios, en la Cruz y en la Resurrección de Cristo. En la medida en la que iba desnudándose de todo, al final, incluso de la misma palabra, esta entrega total a Cristo se manifestó con creciente claridad. Como le sucedió a Jesús, también en el caso de Juan Pablo II las palabras dejaron lugar al final al último sacrificio, la entrega de sí. Y la muerte fue el sello de una existencia totalmente entregada a Cristo, conformada con Él incluso físicamente con los rasgos del sufrimiento y del abandono confiado en los brazos del Padre celestial. «Dejad que vaya al Padre», estas palabras --testimonia quien estuvo a su lado-- fueron sus últimas palabras, cumplimiento de una vida totalmente orientada a conocer y contemplar el rostro del Señor.

Venerados y queridos hermanos: os doy las gracias a todos por haberos unidos a mí en esta misa de sufragio por el amado Juan Pablo II. Dirijo un pensamiento particular a los participantes en el primer congreso mundial sobre la Divina Misericordia, que comienza precisamente hoy, y que quiere profundizar en su rico magisterio sobre este tema. La misericordia de Dios, lo dijo él mismo, es una clave de lectura privilegiada de su pontificado. Él quería que el mensaje del amor misericordioso de Dios alcanzara a todos los hombres y exhortaba a los fieles a ser sus testigos (Cf.
Homilía en Cracovia-Lagiewniki, 17 de agosto de 2002).

Por este motivo, quiso elevar al honor de los altares a sor Faustina Kowalska, humilde religiosa convertida por un misterioso designio divino en la mensajera profética de la Divina Misericordia. El siervo de Dios Juan Pablo II había conocido y vivido personalmente las terribles tragedias del siglo XX, y se preguntó durante mucho tiempo qué podría detener al avance del mal. La respuesta sólo podía encontrarse en el amor de Dios. Sólo la Divina Misericordia, de hecho, es capaz de poner límites al mal; sólo el amor omnipotente de Dios puede derrotar la prepotencia de los malvados y el poder destructor del egoísmo y del odio. Por este motivo, durante su última visita a Polonia, al regresar a su tierra natal, dijo: «Fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre» (ibídem).

Demos gracias al Señor porque ha entregado a la Iglesia este servidor suyo fiel y valiente. Alabemos y bendigamos a la Virgen María por haber velado incesantemente sobre su persona y su ministerio para beneficio del pueblo cristiano y de toda la humanidad. Y mientras ofrecemos por su alma elegida el Sacrificio redentor, le pedimos que siga intercediendo desde el Cielo por cada uno de nosotros, por mí de manera especial, a quien la Providencia ha llamado a recoger su inestimable herencia espiritual. Que la Iglesia, siguiendo sus enseñanzas y ejemplos, pueda continuar fielmente sin compromisos su misión evangelizadora, difundiendo sin cansarse el amor misericordioso de Cristo, manantial de verdadera paz para el mundo entero.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

martes, 1 de abril de 2008

3 años sin nuestro Juan Pablo II

Nunca olvidaré ese día... yo estaba haciendo el curso de componente docente, que era la mar de fastidioso y no podía estar pendiente de las noticias, no tenía cómo. Por el celular mi esposa (novia para ese momento) me mantenía informado; yo estaba con la mente en Roma, un lugar donde lamentablemente nunca he estado; pero allí estaba con toda esa multitud que rezaba. Al regresar en mi casa en transporte público, a las 4 de la tarde, recibí el mensaje: "murió". Era lo que esperaba de un momento a otro, pero me sentí extraño; algo me faltaba.



Juan Pablo II fue el Papa que conocí de siempre, porque sólo tenía 8 años cuando fue nombrado, podría decirse que pertenezco a la “generación Juan Pablo II”. Paulo VI no lo recuerdo, y Juan Pablo I fue muy fugaz. Del Papa tengo muchos recuerdos, los más importantes: el día de su atentado (1981), las dos visitas a Caracas en 1985 y luego en 1996; y mi formación cristiana en su espiritualidad (al leer sus Encíclicas). Nunca olvidaré la impresión que me causó cuando llamé a mi abuela para avisarle que el Santo Padre había sufrido un atentado, ella inmediatamente se puso a llorar, y pedirle a todo el mundo que rezara porque sobreviviera al atentado. Era un niño de diez años y me impactó el hecho de que mi abuela llorara por alguien que no conocía personalmente, ¿qué vínculo unía a mi abuela con el Santo Padre para que llorara?. De algún modo entendí que el Papa era el papá de toda la Iglesia, y por tanto mi abuelita le dolía la suerte de su padre espiritual. No estaba tan lejos, Caracas del Vaticano.

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