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jueves, 18 de marzo de 2010

Benedicto XVI: el camino hacia Dios por San Buenaventura

San Buenaventura y la Teología: “La fe está en el intelecto, de manera tal que provoca el afecto. Por ejemplo: conocer que Cristo murió 'por nosotros' no se queda en conocimiento, sino que se convierte necesariamente en afecto, en amor” (Proemium in I Sent., q. 3).
(…) Quien ama quiere conocer cada vez mejor y más a lo amado; la verdadera teología no empeña la razón y su búsqueda motivada por la soberbia, sed propter amorem eius cui assentit – motivada por el amor de Aquel, al que ha dado su consenso" (Proemium in I Sent., q. 2), y quiere conocer mejor al amado: esta es la intención fundamental de la teología. Para san Buenaventura es por tanto determinante al final la primacía del amor.
(…) Es evidente que el acento específico de su teología, del que he dado solo un ejemplo, se explica a partir del carisma franciscano: el Pobrecillo de Asís, más allá de los debates intelectuales de su tiempo, había mostrado con toda su vida la primacía del amor: era un icono viviente y enamorado de Cristo y así hizo presente, en su tiempo, la figura del Señor – convenció a sus contemporáneos no con las palabras, sino con su vida.
(…) Las palabras conclusivas de su
"Itinerario de la mente en Dios", en una lectura superficial, pueden parecer como la expresión exagerada de una devoción sin contenido; leídas, en cambio, a la luz de la teología de la Cruz de san Buenaventura, son una expresión límpida y realista de la espiritualidad franciscana: "Si ahora anhelas saber cómo sucede esto (es decir, la subida hacia Dios), interroga a la gracia, no a la doctrina; al deseo, no al intelecto; al gemido de la oración, no al estudio de la letra;... no a la luz, sino al fuego que inflama y transporta todo en Dios” (VII, 6). Todo esto no es anti intelectual ni tampoco anti racional: supone el camino de la razón, pero lo trasciende en el amor de Cristo crucificado. Con esta transformación de la mística del Pseudo-Dionisio, san Buenaventura se coloca en los inicios de una gran corriente mística, que ha elevado y purificado mucho la mente humana: es un culmen en la historia del espíritu humano. (Benedicto XVI, Audiencia General, 10-III-2010).

jueves, 11 de marzo de 2010

¿Qué pasa en Nigeria? Mártires cristianos del siglo XXI


Mi sentida condolencia va también a las víctimas de la atroz violencia que ensangrienta a Nigeria y que no se ha detenido siquiera ante niños indefensos. Una vez más repito con ánimo dolorido, que la violencia no resuelve los conflictos, sino sólo acrecienta sus trágicas consecuencias. Hago un llamamiento a cuantos en el país tienen responsabilidades civiles y religiosas, para que trabajen por la seguridad y la convivencia pacífica de toda la población. Expreso finalmente ni cercanía a los pastores y a los fieles nigerianos y rezo para que, fuertes y firmes en la esperanza, sean testigos auténticos de reconciliación.

(Benedicto XVI, Audiencia General, 10-III-2010).

viernes, 10 de julio de 2009

El Papa habla de la Encíclica "Caritas in veritate" (Extractos del discurso de Benedicto XVI en la Audiencia General)

Mi nueva encíclica "Caritas in veritate", que ayer se presentó oficialmente, se inspira en su visión fundamental en un pasaje de la carta de san Pablo a los Efesios, en el que el apóstol habla del actuar según la verdad en la caridad: "Actuando --lo acabamos de escuchar-- según la verdad en la caridad, crecemos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo" (4, 15). La caridad en la verdad es, por tanto, la principal fuerza propulsora para el verdadero desarrollo de cada persona y de toda la humanidad.
La encíclica alude en seguida en la introducción a dos criterios fundamentales: la justicia y el bien común. (...) Y "amar a alguien es querer su bien y obrar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien ligado a la vida social de las personas... Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja" por el bien común. Por tanto, dos son los criterios operativos, la justicia y el bien común; gracias a éste último, la caridad adquiere una dimensión social. Todo cristiano --dice la encíclica-- está llamado a esta caridad, y añade: "Ésta es la vía institucional... de la caridad" (cfr n. 7).
La situación mundial, como ampliamente demuestra la crónica de los últimos meses, sigue presentando no pocos problemas y el "escándalo" de desigualdades clamorosas, que permanecen a pesar de los compromisos adoptados en el pasado. (...) El fenómeno de la globalización puede, en este sentido, constituir una oportunidad real, pero por esto es importante que se acometa una profunda renovación moral y cultural y un discernimiento responsable sobre las elecciones que hay que realizar para el bien común. Un futuro mejor para todos es posible, si se funda en el descubrimiento de los valores éticos fundamentales. Es necesaria por tanto una nueva proyección económica que vuelva a diseñar el desarrollo de forma global, basándose en el fundamento ético de la responsabilidad ante Dios y ante el ser humano como criatura de Dios.
Se necesitan hombres rectos tanto en la política cuanto en la economía, que estén sinceramente atentos al bien común. En particular, viendo las emergencias mundiales, es urgente llamar la atención de la opinión pública ante el drama del hambre y de la seguridad alimentaria, que afecta a una parte considerable de la humanidad. Un drama de tales dimensiones interpela a nuestra conciencia: es necesario afrontarlo con decisión, eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres.
La economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; necesita recuperar la importante contribución del principio de gratuidad y de la "lógica del don" en la economía de mercado, en el que la regla no puede ser el provecho propio. (OPINO: ESTO DEBE SER BIEN EXPLICADO, PORQUE ESCRITO ASÍ SE PUEDE DAR MUCHAS INTERPRETACIONES). (...) Es necesario, se repite cada vez más, un estilo diverso de vida por parte de toda la humanidad, en el que los deberes de cada uno hacia el ambiente se unan con los de la persona considerada en sí misma y en relación con los demás. (...) Como criterios-guía por esta interacción fraterna, en la encíclica indico los principios de subsidiariedad y de solidaridad, en estrecha conexión entre sí. He señalado finalmente, ante problemáticas tan vastas y profundas del mundo de hoy, la necesidad de una Autoridad política mundial regulada por el derecho, que se atenga a los mencionados principios de subsidiariedad y solidaridad y que esté firmemente orientada por la realización del bien común, en el respeto de las grandes tradiciones morales y religiosas de la humanidad. (OPINO: ESTO DE LA "AUTORIDAD POLÍTICA MUNDIAL" ME GENERA DUDAS, DE NUEVO DEBE SER ACLARADO PORQUE DA PARA INTERPRETACIONES DE TENDENCIA AUTORITARIA).
Oremos para que los creyentes, que trabajan en los sectores de la economía y de la política, adviertan cuán importante es la coherencia de su testimonio evangélico en el servicio que ofrecen a la sociedad.
(Benedicto XVI, Audiencia General, 08-VII-2009).

jueves, 2 de julio de 2009

¿Cuál es la identidad y la misión del sacerdote? (Extractos del Discurso de Benedicto XVI en la Audiencia General)

En verdad, precisamente considerando el binomio “identidad-misión”, cada sacerdote puede advertir mejor la necesidad de esa progresiva identificación con Cristo que le garantiza la fidelidad y la fecundidad del testimonio evangélico. El mismo título del Año Sacerdotal – Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote – evidencia que el don de la gracia divina precede toda posible respuesta humana y realización pastoral, y así, en la vida del sacerdote, anuncio misionero y culto no son separables nunca, como tampoco se separan la identidad ontológico-sacramental y la misión evangelizadora. Por lo demás, el fin de la misión de todo presbítero, podríamos decir, es “cultual”: para que todos los hombres puedan ofrecerse a Dios como hostia viva, santa, agradable a Él (Cf. Rm 12,1), que en la misma creación, en los hombres, se convierte en culto, alabanza del Creador, recibiendo aquella caridad que estan llamados a dispensarse abundantemente unos a otros. Lo advertimos claramente en los inicios del cristianismo. San Juan Crisóstomo decía, por ejemplo, que el sacramento del altar y el “sacramento del hermano”, o, como dice, el “sacramento del pobre”, constituyen dos aspectos del mismo misterio. El amor al prójimo, la atención a la justicia y a los pobres, no son solamente temas de una moral social, sino más bien expresión de una concepción sacramental de la moralidad cristiana, porque, a través del ministerio de los presbíteros, se realiza el sacrificio espiritual de todos los fieles, en unión con el de Cristo, único Mediador: sacrificio que los presbíteros ofrecen de forma incruenta y sacramental en espera de la nueva venida del Señor. Ésta es la principal dimensión, esencialmente misionera y dinámica, de la identidad y del ministerio sacerdotal: a través del anuncio del Evangelio engendran en la fe a aquellos que aún no creen, para que puedan unir el sacrificio de Cristo a su sacrificio, que se traduce en amor a Dios y al prójimo.

¿Quién es de hecho el presbítero, si no un hombre convertido y renovado por el Espíritu, que vive de la relación personal con Cristo, haciendo constantemente propios los criterios evangélicos? ¿Quién es el presbítero, si no un hombre de unidad y de verdad, consciente de sus propios límites y, al mismo tiempo, de la extraordinaria grandeza de la vocación recibida, la de ayudar a extender el Reino de Dios hasta los extremos confines de la tierra? ¡Sí! El sacerdote es un hombre todo del Señor, porque es Dios mismo quien le llama y le constituye en su servicio apostólico. Y precisamente siendo todo del Señor, es todo de los hombres, para los hombres.

La escasez numérica de ordenaciones sacerdotales en algunos países no sólo no debe desanimar, sino que debe empujar a multiplicar los espacios de silencio y de escucha de la Palabra, a cuidar mejor la dirección espiritual y el sacramento de la confesión, para que la voz de Dios, que siempre sigue llamando y confirmando, pueda ser escuchada y prontamente seguida por muchos jóvenes. Quien reza no tiene miedo; quien reza nunca está solo; ¡quien reza se salva! Modelo de una existencia hecha oración es sin duda san Juan María Vianney. María, Madre de la Iglesia, ayude a todos los sacerdotes a seguir su ejemplo para ser, como él, testigos de Cristo y apóstoles del Evangelio.

(Benedicto XVI, Audiencia General, 01-VII-2009).

jueves, 25 de junio de 2009

¿Qué es un sacerdote? Nos responde Benedicto XVI en la Audiencia General

Mis extractos de la Audiencia.
¿Por qué un Año Sacerdotal? ¿Por qué precisamente en recuerdo del santo cura de Ars, que aparentemente no hizo nada de extraordinario?
(…) a san Juan María Vianney le gustaba repetir: "Si tuviésemos fe, veríamos a Dios escondido en el sacerdote como una luz tras el cristal, como el vino mezclado con el agua". El objetivo de este Año Sacerdotal, como he escrito en la carta enviada a los sacerdotes para esta ocasión, consiste en favorecer la tensión de todo presbítero "hacia la perfección espiritual de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio", y ayudar ante todo a los sacerdotes, y con ellos a todo el Pueblo de Dios, a redescubrir y revigorizar la conciencia del extraordinario e indispensable don de la Gracia que el ministerio ordinario representa para quien lo ha recibido, para la Iglesia entera y para el mundo, que sin la presencia real de Cristo estaría perdido.
También la mutación terminológica de la palabra "sacerdocio" hacia el sentido de "servicio, ministerio, encargo", es signo de esta concepción distinta. A la concepción ontológica-sacramental está ligado el primado de la Eucaristía, en el binomio "sacerdocio-sacrificio", mientras que a la otra correspondería el primado de la palabra y del servicio del anuncio.
(…) un auténtico servicio a la Palabra requiere por parte del sacerdote que tienda a una abnegación profunda de sí mismo, hasta decir con el Apóstol: "No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí". El presbítero no puede considerarse "amo" de la palabra, sino siervo. Él no es la palabra, sino que, como proclamaba Juan el Bautista, del que celebramos precisamente hoy su nacimiento, es "voz" de la Palabra: "Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezar sus sendas" (Marcos 1,3). (…) El anuncio, por tanto, comporta siempre también el sacrificio de sí, condición para que el anuncio sea auténtico y eficaz.
(Benedicto XVI, Audiencia General, 24-VI-2009).

jueves, 18 de junio de 2009

Cirilio y Metodio (Extractos del discurso de Benedicto XVI en la Audiencia General)

En Roma, Cirilo y Metodio fueron recibidos por el Papa Adriano II, que les salió al encuentro en procesión para acoger dignamente las reliquias de san Clemente. El Papa también había comprendido la gran importancia de su excepcional misión. Desde la mitad del primer milenio, de hecho, los eslavos se habían asentado en gran número en aquellos territorios situados entre las dos partes del Imperio Romano, el oriental y el occidental, que experimentaban tensiones entre sí. El Papa intuyó que los pueblos eslavos podrían desempeñar el papel de puente, contribuyendo de este modo a conservar la unión entre los cristianos de una y otra parte del Imperio. Por tanto, no dudó en aprobar la misión de los dos hermanos en la Gran Moravia, acogiendo y aprobando el uso del eslavo en la liturgia. Los libros eslavos fueron colocados en el altar de Santa María de Phatmé (Santa María la Mayor) y se celebró la liturgia eslava en las basílicas de San Pedro, San Andrés, San Pablo.

En realidad, ya años antes de que el príncipe de Moravia pidiera al emperador Miguel III el envío de misioneros a su tierra, parece que Cirilo y el hermano Metodio, rodeados por un grupo de discípulos, estaban trabajando en el proyecto de recoger los dogmas cristianos en libros escritos en eslavo. Entonces se constató con claridad la necesidad de contar con nuevos signos gráficos, que fueran más adecuados a la lengua hablada: nació así el alfabeto glagolítico que, posteriormente modificado, fue designado con el nombre de "cirílico" en honor de su inspirador. Fue un hecho decisivo para el desarrollo de la civilización eslava en general. Cirilo y Metodio estaban convencidos de que los diferentes pueblos no podían considerar que habían recibido plenamente la Revelación hasta que no la hubieran escuchado en su propio idioma y leído en los caracteres propios de su alfabeto.

A Metodio le corresponde el mérito de permitir que la obra emprendida por su hermano no quedara bruscamente interrumpida. Mientras Cirilo, el "filósofo", tendía a la contemplación, él se orientaba más bien a la vida activa. De este modo, pudo sentar los cimientos de la sucesiva afirmación de lo que podríamos llamar la "idea cirilo-metodiana", que acompañó en los diferentes períodos históricos a los pueblos eslavos, favoreciendo el desarrollo cultural, nacional y religioso. Lo reconoció ya el Papa Pío XI con la carta apostólica Quod Sanctum Cyrillum, en la que calificaba a los dos hermanos "hijos de Oriente, bizantinos de patria, griegos de origen, romanos por su misión, eslavos por los frutos apostólicos" (AAS 19 [1927] 93-96). El papel histórico que ellos desempeñaron fue después oficialmente proclamado por el Papa Juan Pablo II quien, con la carta apostólica Egregiae virtutis viri, les declaró copatronos de Europa junto a san Benito (AAS 73 [1981] 258-262).

En efecto, Cirilo y Metodio constituyen un ejemplo clásico de lo que hoy se indica con el término "enculturación": cada pueblo debe hacer que penetre en la propia cultura el mensaje revelado y expresar la verdad salvífica con su propio lenguaje. Esto supone un trabajo de "traducción" muy empeñativo, pues exige encontrar términos adecuados para volver a proponer, sin traicionarla, la riqueza de la Palabra revelada. Los dos santos hermanos han dejado en este sentido un testimonio particularmente significativo que la Iglesia sigue mirando hoy para inspirarse y orientarse.

(Benedicto XVI, Audiencia General, 17-06-2009)

miércoles, 10 de junio de 2009

Benedicto XVI: recapitula su viaje a Tierra Santa

Ahora bien, la historia de ayer y de hoy muestra que precisamente esta Tierra se ha convertido también en símbolo de lo contrario, es decir, de divisiones y de conflictos interminables entre hermanos. ¿Cómo es posible? Es justo que este interrogante interpele nuestro corazón, si bien sabemos que un misterioso designio de Dios concierne a aquella Tierra, donde Dios "ha enviado a su Hijo como víctima de expiación para nuestros pecados" (1 Juan 4, 10). Tierra Santa ha sido llamada un "quinto Evangelio", porque aquí podemos ver, es más tocar la realidad de la historia que Dios ha realizado con los hombres. Comenzando con los lugares de la vida de Abraham hasta los lugares de la vida de Jesús, desde la encarnación hasta la tumba vacía, signo de su resurrección. Sí, Dios ha entrado en esta tierra, ha actuado con nosotros en este mundo. Pero podemos decir más todavía: Tierra Santa, por su misma historia, puede ser considerada un microcosmos que resume en sí el esforzado camino de Dios con la humanidad. Un camino que incluye a causa del pecado también la Cruz, pero gracias la abundancia del amor divino también la alegría del Espíritu Santo, la Resurrección ya comenzada; es un camino entre los valles de nuestro sufrimiento hacia el Reino de Dios. Reino que no es de este mundo, sino que vive en este mundo y debe penetrarlo con su fuerza de justicia y de paz.

La historia de la salvación comienza con la elección de un hombre, Abraham, y de un pueblo, Israel, pero su intención es universal, la salvación de todos los pueblos. La historia de la salvación siempre está marcada por este enlace de particularidad y universalidad. En la primera lectura de hoy vemos bien esta relación: san Pedro, al ver en la casa de Cornelio la fe de los paganos y su deseo de Dios, dice: "Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato" (Hechos 10, 34-35).

(Benedicto XVI, “Discurso al rezar el Regina Caeli”, 17-V-2009).

¡Cuán importante es que los cristianos y los musulmanes convivan pacíficamente respetándose los unos a los otros! Gracias a Dios y al compromiso de los gobernantes, esto sucede en Jordania. Por eso, he rezado para que sea así también en otros lugares, pensando sobre todo en los cristianos que viven una situación difícil en el vecino Irak.
(...) Jerusalén es la encrucijada de las tres grandes religiones monoteístas, y su nombre mismo, "ciudad de la paz", expresa el designio de Dios sobre la humanidad: hacer de ella una gran familia. Este designio, anunciado a Abraham, se realizó plenamente en Jesucristo, al que san Pablo llama "nuestra paz", pues con la fuerza de su Sacrificio derribó el muro de la enemistad (cf. Ef 2, 14). Por tanto, todos los creyentes deben renunciar a los prejuicios y a la voluntad de dominio, y practicar concordes el mandamiento fundamental: amar a Dios con todo su ser y amar al prójimo como a nosotros mismos.


(…) Un momento de intenso recogimiento fue, además, la visita al Mausoleo de Yad Vashem, erigido en Jerusalén en honor de las víctimas del Holocausto. Allí rezamos en silencio y meditamos en el misterio del "nombre": toda persona humana es sagrada, y su nombre está escrito en el corazón del Dios eterno. No se debe olvidar jamás la tremenda tragedia del Holocausto. Al contrario, es necesario que esté siempre en nuestra memoria como advertencia universal al respeto sagrado de la vida humana, que tiene siempre un valor infinito.

De rodillas en el Calvario y en el Sepulcro de Jesús invoqué la fuerza del amor que brota del misterio pascual, la única fuerza capaz de renovar a los hombres y de orientar hacia su fin la historia y el cosmos.

(Benedicto XVI, “Audiencia General: El Viaje Apostólico a Tierra Santa”, 20-V-2009).

miércoles, 6 de mayo de 2009

¿Por qué los católicos y los ortodoxos veneran imágenes?

Damasceno (675-749) escribía: "En otros tiempos Dios no había sido representado nunca en imagen, siendo incorpóreo y sin rostro. Pero dado que ahora Dios ha sido visto en la carne y ha vivido entre los hombres, yo represento lo que es visible en Dios. Yo no venero la materia, sino al creador de la materia, que se ha hecho materia por mí y se ha dignado habitar en la materia y obrar mi salvación a través de la materia. Nunca cesaré por ello de venerar la materia a través de la cual me ha llegado la salvación. ¡Pero no la venero en absoluto como Dios! ¿Cómo podría ser Dios aquello que ha recibido la existencia a partir del no ser?... Sino que yo venero y respeto también todo el resto de la materia que me ha procurado la salvación, en cuanto que está llena de energías y de gracias santas. ¿No es quizás materia el madero de la cruz tres veces bendita?... ¿Y la tinta y el libro santísimo de los Evangelios no son materia? ¿El altar salvífico que nos dispensa el pan de vida no es materia?... Y antes que nada, ¿no son materia la carne y la sangre de mi Señor? O se debe suprimir el carácter sagrado de todo esto, o se debe conceder a la tradición de la Iglesia la veneración de las imágenes de Dios y la de los amigos de Dios que son santificados por el nombre que llevan, y que por esta razón están habitados por la gracia del Espíritu Santo. No se ofenda por tanto a la materia: ésta no es despreciable, porque nada de lo que Dios ha hecho es despreciable" (Contra imaginum calumniatores, I, 16, ed. Kotter, pp. 89-90). Vemos que, a causa de la encarnación, la materia aparece como divinizada, es vista como morada de Dios. Se trata de una nueva visión del mundo y de las realidades materiales. Dios se ha hecho carne y la carne se ha convertido realmente en morada de Dios, cuya gloria resplandece en el rostro humano de Cristo. Por tanto, las invitaciones del Doctor oriental son aún hoy de extrema actualidad, considerando la grandísima dignidad que la materia ha recibido en la Encarnación, pudiendo llegar a ser, en la fe, signo y sacramento eficaz del encuentro del hombre con Dios. (Benedicto XVI, Audiencia General, 06-V-2009).

En muchas ocasiones he explicado este principio de diferenciación entre el culto a Dios y a las imágenes: al primero se le adora a lo segundo se les venera, son medios que representan y que nos ayudan a acercarnos a Dios. A pesar de este principio no puedo negar que las religiones que no poseen imágenes parecieran transmitir un culto más perfecto por ser purificado de intermediaciones materiales, pero – siguiendo al Papa y a San Juan Damasceno -: ¿acaso esta idea no es producto de una tradición de rechazo al cuerpo y a la materia? ¿el católico con las imágenes no está valorando la obra de Dios, la creación y muy especialmente la encarnación?.

sábado, 2 de mayo de 2009

¿Por qué los católicos usan imágenes en su culto y espiritualidad?

Al final queda la pregunta: qué tiene que decirnos hoy este Santo (patriarca Germán de Constantinopla, siglo VIII), cronológicamente y también culturalmente bastante distante de nosotros. Creo sustancialmente tres cosas. La primera: hay una cierta visibilidad de Dios en el mundo, en la Iglesia, que debemos aprender a percibir. Dios ha creado al hombre a su imagen, pero esta imagen ha sido cubierta de tanta suciedad por el pecado, que en consecuencia Dios casi no se veía más en ella. Así el Hijo de Dios se hizo verdadero hombre, perfecta imagen de Dios: en Cristo podemos así contemplar también el rostro de Dios y aprender a ser nosotros mismos verdaderos hombres, verdaderas imágenes de Dios. Cristo nos invita a imitarle, a llegar a ser semejantes a Él, para que en cada hombre se transparente de nuevo el rostro de Dios, la imagen de Dios. A decir verdad, Dios había prohibido en el Decálogo hacer imágenes de Dios, pero esto era con motivo de las tentaciones de idolatría a las que el creyente podía estar expuesto en un contexto de paganismo. Sin embargo, cuando Dios se hizo visible en Cristo mediante la encarnación, se hizo legítimo reproducir el rostro de Cristo. Las imágenes santas nos enseñan a ver a Dios en la figuración del rostro de Cristo. Tras la encarnación del Hijo de Dios, se ha hecho por tanto posible ver a Dios en las imágenes de Cristo y también en el rostro de los santos, en el rostro de todos los hombres en los que resplandece la santidad de Dios. Lo segundo es la belleza y la dignidad de la liturgia. Celebrar la liturgia en la conciencia de la presencia de Dios, con esa dignidad y belleza que deja ver un poco su esplendor, es la tarea de todo cristiano formado en su fe. Lo tercero es amar a la Iglesia. (Benedicto XVI, Audiencia General, 29-IV-2009).

miércoles, 8 de octubre de 2008

Benedicto XVI: Audiencia General (08-10): “Pablo conocía a Cristo verdaderamente, con el corazón”

Hoy durante la audiencia general

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 8 de octubre de 2008 (
ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis que el Papa pronunció hoy ante los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, con motivo de la Audiencia General.

Queridos hermanos y hermanas,

en las últimas catequesis sobre san Pablo hablé de su encuentro con Cristo resucitado, que cambió profundamente su vida, y después de su relación con los Doce apóstoles llamados por Jesús -particularmente con Santiago, Pedro y Juan- y de su relación con la Iglesia de Jerusalén. Queda ahora la cuestión de qué sabía san Pablo del Jesús terreno, de su vida, de sus enseñanzas, de su pasión. Antes de entrar en esta cuestión puede ser útil tener presente que el mismo san Pablo distingue dos maneras de conocer a Jesús y, más en general, dos maneras de conocer a una persona. Escribe en la Segunda Carta a los Corintios: “Así que en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así” (5, 16). Conocer “según la carne”, de forma carnal, quiere decir conocer sólo exteriormente, con criterios externos: se puede haber visto a una persona muchas veces, conocer sus facciones y los diversos detalles de su comportamiento: cómo habla, cómo se mueve, etc. Y sin embargo, aun conociendo a alguien de esta forma, no se le conoce realmente, no se conoce el núcleo de la persona. Solo con el corazón se conoce verdaderamente a una persona. De hecho los fariseos, los saduceos, conocieron a Jesús externamente, escucharon su enseñanza, muchos detalles de él, pero no le conocieron en su verdad. Hay una distinción análoga en una palabra de Jesús. Después de la Transfiguración, él pregunta a los apóstoles: “¿Quién dice la gente que soy yo?” y “¿quién decís vosotros que soy yo?”. La gente le conoce, pero superficialmente; sabe muchas cosas de él, pero no le ha conocido realmente. En cambio los Doce, gracias a la amistad que llama a su causa al corazón, al menos habían entendido sustancialmente y empezaban a saber quién era Jesús. También hoy existe esta forma distinta de conocer: hay personas doctas que conocen a Jesús en muchos de sus detalles y personas sencillas que no conocen estos detalles, pero que lo conocen en su verdad: “el corazón habla al corazón”. Y Pablo quiere decir esencialmente que conoce a Jesús así, con el corazón, y que conoce así esencialmente a la persona en su verdad; y después, en un segundo momento, que conoce los detalles.

Dicho esto queda aún la cuestión: ¿qué supo san Pablo sobre la vida concreta, las palabras, la pasión, los milagros de Jesús? Parece seguro que nunca lo encontró durante su vida terrena. A través de los Apóstoles y la Iglesia naciente, conoció seguramente los detalles de la vida terrena de Jesús. En sus Cartas encontramos tres formas de referencia al Jesús pre-pascual. En primer lugar, hay referencias explícitas y directas. Pablo habla de la descendencia davídica de Jesús (cfr Rm 1,3), conoce la existencia de sus “hermanos” o consanguíneos (1 Cor 9,5; Ga 1, 19), conoce el desarrollo de la Última Cena (cfr 1 Cor 11,23), conoce otras palabras de Jesús, por ejemplo sobre la indisolubilidad del matrimonio (cfr 1 Cor 7, 10 con Mc 10, 11-12), sobre la necesidad de que quien anuncia el Evangelio sea sostenido por la comunidad en cuanto que el obrero merece su salario (cfr 1 Cor 9, 14 con Lc 10, 7); Pablo conoce las palabras pronunciadas por Jesús en la Última Cena (cfr 1 Cor 11, 24-25 co Lc 22, 19-20) y conoce también la cruz de Jesús. Estas son referencias directas a palabras y hechos de la vida de Jesús.

En segundo lugar, podemos entrever en algunas frases de las cartas paulinas varias alusiones a la tradición confirmada en los Evangelios Sinópticos. Por ejemplo, las palabras que leemos en la primera Carta a los Tesalonicenses, según la cual “el Día del Señor vendrá como un ladrón en la noche” (5,2), no se explicarían remitiéndonos a las profecías veterotestamentarias, porque la comparación con el ladrón nocturno sólo se encuentra en el Evangelio de Mateo y de Lucas, por tanto está tomado de la tradición sinóptica. Así, cuando leemos que Dios “ha escogido más bien lo necio del mundo” (1 Cor 1, 27-28) se nota el eco fiel de las enseñanzas de Jesús sobre los sencillos y los pobres (cfr Mt 5,3; 11, 25; 19, 30). Están también las palabras pronunciadas por Jesús en el júbilo mesiánico: “Te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños”. Pablo sabe -es su experiencia misionera- que estas palabras son ciertas, que precisamente los sencillos tienen el corazón abierto al conocimiento de Jesús. También la alusión a la obediencia de Jesús “hasta la mueerte”, que se lee en Fil 2,8, no puede dejar de señalar a la total disponibilidad del Jesús terreno a cumplir la voluntad de su Padre (cfr Mc 3, 35; Jn 4, 34). Pablo por tanto conoce la pasión de Jesús, su cruz, el modo en que vivió los últimos momentos de su vida. La cruz de Jesús y la tradición sobre este hecho de la cruz está en el centro del kerygma paulino. Otro pilar de la vida de Jesús conocido por san Pablo era el Discurso de la Montaña, del que cita algunos elementos casi literalmente, cuando escribe a los Romanos: “Amaos unos a otros... Bendecid a los que os persiguen... vivid en paz con todos... Venced al mal con el bien...” Por tanto en sus cartas hay un reflejo fiel del Discurso de la Montaña (cfr Mt 5-7).

Finalmente, es posible hallar un tercer modo de presencia de las palabras de Jessús en las Cartas de Pablo: es cuando realiza una forma de transposición de la tradición pre pascual a la situación después de la Pascua. Un caso típico es el tema del Reino de Dios. Éste está seguramente en el centro de la predicación del Jesús histórico (cfr Mt 3,2; Mc 1,15; Lc 4, 43). En Pablo se revela una transposición de este tema, pues tras la resurrección es evidente que Jesús en persona, el Resucitado, es el Reino de Dios. El reino por tanto llega allí a donde llega Jesús. Y así necesariamente el tema del Reino de Dios, en que se había anticipado el misterio de Jesús, se transforma en cristología. Y sin embargo las mismas disposiciones exigidas por Jesús para entrar en el Reino de Dios valen para Pablo a propósito de la justificación por la fe: tanto la entrada ene l Reino como la justificación requieren una actitud de gran humildad y disponibilidad, libre de presunciones, para acoger la gracia de Dios. Por ejemplo, la parábola del fariseo y del publicano (cfr Lc 18, 9-14) imparte una enseñanza que se encuentra tal cual en san Pablo, cuando insiste en que nadie debe gloriarse en presencia de Dios. También las frases de Jesús sobre los publicanos y las prostitutas, más dispuestos que los fariseos a acoger el Evangelio (cfr Mt 21,31; Lc 7, 36-50) y sus elecciones de compartir la mesa con ellos (cfr Mt 9, 10-13; Lc 15, 1-2) encuentran pleno seguimiento en la doctrina de Pablo sobre el amor misericordioso de Dios hacia los pecadores (cfr Rm 5, 8-10); y también Ef 2, 3-5). Así el tema del reino de Dios se propone de una forma nueva, pero siempre llena de fidelidad a la tradición del Jesús histórico.

Otro ejemplo de transformación fiel del núcleo doctrinal de Jesús se encuentra en los “títulos” referidos a él. Antes de Pascua él mismo se califica como Hijo del ho,bre; tras la Pascua se hace evidente que el Hijo del hombre es también el Hijo de Dios. Por tanto, el título preferido por Pablo para calificar a Jesús es Kyrios, “Señor” (cfr Fil 2, 9-11) que indica la divinidad de Jesús. El Señor Jesús, con este título, aparece en la plena luz de la resurrección. En el Monte de los Olivos, en el momento de la extrema angustia de Jesús (cfr Mc 14,36), los discípulos antes de dormirse habían oído cómo hablaba con el Padre y le llamaba “Abbà-Padre”. Es una palabra muy familiar equivalente a nuestro “papá”, usada solo por los niños en comunión con su padre. Hasta aquel momento era impensable que un hebreo utilizase una palabra semejante para dirigirse a Dios; pero Jesús, siendo verdadero hijo, en esta hora de intimidad habla así y dice “Abbà, Padre”. En las Cartas de san Pablo a los Romanos y a los Gálatas sorprendentemente esta palabra “Abbà”, que expresa la exclusividad de la filiación de Jesús, aparece en la boca de los bautizados (cfr Rm 8,15; Ga 4,6), porque han recibido el “Espíritu del Hijo” y ahora llevan en ellos este Espíritu y pueden hablar como Jesús y con Jesús como verdaderos hijos a su Padre, pueden decir “Abbà” porque se han convertido en hijos en el Hijo.
Y finalmente quisiera señalar la dimensión salvífica de la muerte de Jesús, como lla encontramos en el dicho evangélico según el cual “el Hijo del hombre no ha venido para ser servido sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45; Mt 20,28). El reflejo fiel de esta palabra de Jesús aparece en la doctrina paulina sobre la muerte de Jesús como rescate (cfr 1 Cor 6,20), como redención (cfr Rm 3,24), como liberación (cfr Ga 5,1) y como reconciliación (cfr Rm 5,10; 2 Cor 5,18-20). Aquí está el centro de la teología paulina, que se basa en esta palabra de Jesús.

En conclusión, san Pablo no pensaba en Jesús como algo histórico, como una persona del pasado. Conoce ciertamente la gran tradición sobre la vida, las palabras, la muerte y la resurrección de Jesús, pero no los trata como algo del pasado; lo propone como realidad del Jesús vivo. Las palabras y las acciones de Jesús para Pablo no pertenecen al tiempo histórico, al pasado. Jesús vive ahora y habla ahora con nosotros y vive para nosotros. Esta es la verdadera forma de conocer a Jesús y de acoger la tradición sobre él. Debemos también nosotros aprender a conocer a Jesús, no según la carne, como una persona del pasado, sino como nuestro Señor y Hermano, que hoy está con nosotros y nos muestra cómo vivir y como morir.

[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

Aunque San Pablo sólo se encontró con Cristo resucitado en el camino de Damasco, consideramos hoy su relación con el llamado "Jesús histórico". Cuando dice en la Segunda carta a los Corintios que conoció a Cristo "según la carne" (5,16), no se refiere a que hubiera estado con Él en la tierra, sino que lo había considerado con criterios humanos. Al Jesús histórico, Pablo lo conoció a través de la primera comunidad cristiana, es decir, por la mediación de la Iglesia. En los escritos paulinos hay numerosas referencias directas y explícitas de lo que él había oído sobre la figura y la predicación del Maestro, que ahora, como dice Pablo, es el "Señor". Además, hay también otras alusiones claras a enseñanzas de Jesús transmitidas por los Evangelios sinópticos, así como temas que remiten a la predicación de Jesús, cambiando a veces el contexto para aplicarlos a quienes, sin haber conocido al Jesús terreno, reconocen al Señor resucitado como nuestro Redentor y Salvador. Más que contar muchas cosas de Jesús como alguien del pasado, Pablo las presupone, y proclama que Él es para cada uno, ahora y siempre, la vida de nuestra vida. Este es su magnífico mensaje para nosotros.

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, y a los grupos de Argentina, Ecuador, España, México y otros Países latinoamericanos. Os invito, con san Pablo, a tener los sentimientos de una vida en Cristo. Muchas gracias.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

jueves, 2 de octubre de 2008

Benedicto XVI: Audiencia General (01-10): “La verdadera libertad consiste en el amor al prójimo”

Hoy durante la audiencia general

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 1 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis que el Papa pronunció hoy ante los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, con motivo de la Audiencia General.

* * *

Queridos hermanos y hermanas,

el respeto y la veneración que Pablo ha cultivado siempre hacia los Doce no disminuyen cuando él defendió con franqueza la verdad del Evangelio, que no es otro que Jesucristo, el Señor. Queremos hoy detenernos en dos episodios que demuestran la veneración y, al mismo tiempo, la libertad con la que el Apóstol se dirige a Cefas y a los otros Apóstoles: el llamado "Concilio" de Jerusalén y el incidente de Antioquía de Siria, relatados en la Carta a los Gálatas (cfr 2,1-10; 2,11-14).

Todo Concilio y Sínodo de la Iglesia es "acontecimiento del Espíritu" y reúne en su realización las solicitudes de todo el Pueblo de Dios: lo han experimentado en primera persona quienes tuvieron el don de participar en el Concilio Vaticano II. Por esto san Lucas, al informarnos sobre el primer Concilio de la Iglesia, que tuvo lugar en Jerusalén, introduce así la carta que los Apóstoles enviaron en esta circunstancia a las comunidades cristianas de la diáspora: "Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros..." (Hch 15, 28). El Espíritu, que obra en toda la Iglesia, conduce de la mano a los Apóstoles a la hora de tomar nuevos caminos para realizar sus proyectos: Él es el artífice principal de la edificación de la Iglesia.

Y sin embargo, la asamblea de Jerusalén tuvo lugar en un momento de no poca tensión dentro de la Comunidad de los orígenes. Se trataba de responder a la pregunta de si era oportuno exigir a los paganos que se estaban convirtiendo a Jesucristo, el Señor, la circuncisión, o si era lícito dejarlos libres de la Ley mosaica, es decir, de la observación de las normas necesarias para ser hombres justos, obedientes a la Ley, y sobre todo libres de las normas relativas a las purificaciones rituales, los alimentos puros e impuros y el sábado. A la Asamblea de Jerusalén se refiere también san Pablo en Ga 2, 1-10: tras catorce años de su encuentro con el Resucitado en Damasco -estamos en la segunda mitad de los años 40 d.C.- Pablo parte con Bernabé desde Antioquía de Siria y se hace acompañar de Tito, su fiel colaborador que, aún siendo de origen griego, no había sido obligado a hacerse circuncidar cuando entró en la Iglesia. En esta ocasión Pablo expuso a los Doce, definidos como las personas más relevantes, su evangelio de libertad de la Ley (cfr Ga 2,6). A la luz del encuentro con Cristo resucitado, él había comprendido que en el momento del paso al Evangelio de Jesucristo, a los paganos ya no les eran necesarios la circuncisión, las leyes sobre el alimento, y sobre el sábado, como muestra de justicia: Cristo es nuestra justicia y "justo" es todo lo que está conforme a Él. No son necesarios otros signos para ser justos. En la Carta a los Gálatas refiere, con pocas palabras, el desarrollo de la Asamblea: recuerda con entusiasmo que el evangelio de la libertad de la Ley fue aprobado por Santiago, Cefas y Juan, "las columnas", que le ofrecieron a él y a Bernabé la mano derecha en signo de comunión eclesial en Cristo (Gal 2,9). Si, como hemos notado, para Lucas el Concilio de Jerusalén expresa la acción del Espíritu Santo, para Pablo representa el reconocimiento de la libertad compartida entre todos aquellos que participaron en él: libertad de las obligaciones provenientes de la circuncisión y de la Ley; esa libertad por la que "Cristo nos ha liberado, para que seamos libres" y no nos dejemos imponer ya el yugo de la esclavitud (cfr Ga 5,1). Las dos modalidades con que Pablo y Lucas describen la Asamblea de Jerusalén se unen por la acción liberadora del Espíritu, porque "donde está el Espíritu del Señor hay libertad", dirá en la Segunda Carta a los Corintios (cfr 3,17).

Con todo, como aparece con gran claridad en las Cartas de san Pablo, la libertad cristiana no se identifica nunca con el libertinaje o con el arbitrio de hacer lo que se quiere; esta se realiza en conformidad con Cristo y por eso, en el auténtico servicio a los hermanos, sobre todo a los más necesitados. Por esto, el relato de Pablo sobre la asamblea se cierra con el recuerdo de la recomendación que le dirigieron los Apóstoles: "sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobre, cosa que he procurado cumplir con todo esmero" (Ga 2, 10). Cada Concilio nace de la Igelsia y vuelve a la Iglesia: en aquella ocasión vuelve con la atención a los pobres que, de las diversas anotaciones de Pablo en sus Cartas, son sobre todo los de la Iglesia de Jerusalén. En la preocupación por los pobres, atestiguada particularmente por la segunda Carta a los Corintios (cfr 8-9) y en la conclusión de la Carta a los Romanos (cfr. Rm 15), Pablo demuestra su fidelidad a las decisiones maduradas durante la Asamblea.

Quizás ya no estemos en grado de comprender plenamente el significado que Pablo y sus comunidades atribuyeron a la colecta para los pobres de Jerusalén. Se trató de una iniciativa del todo nueva en el panorama de las actividades religiosas: no fue obligatoria, pero libre y espontánea; tomaron parte todas las Iglesias fundadas por Pablo en Occidente. La colecta expresaba la deuda de sus comunidades a la Iglesia madre de Palestina, de la que habían recibido el don inenarrable del Evangelio. Tan grande es el valor que Pablo atribuye a este gesto de participación que raramente la llama "colecta": es más bien "servicio", "bendición", "amor", "gracia", es más, "liturgia" (2 Cor, 9). Sorprende, particularmente, este último término, que confiere a la recogida de dinero un valor incluso de culto: por una parte es un gesto litúrgico o "servicio", ofrecido por cada comunidad a Dios, y por otra es acción de amor cumplida a favor del pueblo. Amor por los pobres y liturgia divina van juntas, el amor por los pobres es liturgia. Los dos horizontes están presentes en toda liturgia celebrada y vivida en la Iglesia, que por su naturaleza se opone a la separación entre el culto y la vida, entre la fe y las obras, entre la oración y la caridad a los hermanos. Así el Concilio de Jerusalén nace para dirimir la cuestión sobre cómo comportarse con los paganos que llegaban a la fe, eligiendo la libertad de la circuncisión y por las observancias impuestas por la Ley, y se resuelve en la solicitud pastoral que pone en el centro la fe en Cristo Jesús y el amor por los pobres de Jerusalén y de toda la Iglesia.

El segundo episodio es el conocido incidente de Antioquía, en Siria, que da a entender la libertad interior de que gozaga Pablo: ¿cómo comportarse en ocasión de la comunión en la mesa entre creyentes de origen judío y los de matriz gentil? Aquí se pone de manifiesto el otro epicentro de la observancia mosaica: la distinción entre alimentos puros e impuros, que dividía profundamente a los hebreos observantes de los paganos. Inicialmente Cefas, Pedro, compartía la mesa con unos y con otros: pero con la llegada de algunos cristianos ligados a Santiago, "el hermano del Señor" (Ga 1,19), Pedro había empezado a evitar los contactos en la mesa con los paganos, para no escandalizar a los que continuaban observando las leyes de pureza alimentaria; y la elección era compartida por Bernabé. Tal elección dividía profundamente a los cristianos venidos de la circuncisión y los cristianos venidos del paganismo. Este comportamiento, que amenazaba realmente la unidad y la libertad de la Iglesia, suscitó encendidas reacciones de Pablo, que llegó a acusar a Pedro y a los demás de hipocresía: "Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?" (Ga 2, 14). En realidad, las preocupaciones de Pablo, por una parte, y de Pedro y Bernabé, por otro, eran distintas: para los últimos la separación de los paganos representaba una modalidad para tutelar y para no escandalizar a los creyentes provenientes del judaísmo; para Pablo constituía, en cambio, un peligro de malentendimiento de la salvación universal en Cristo ofrecida tanto a los paganos como a los judíos. Si la justificación se realiza sólo en virtud de la fe en Cristo, de la conformidad con Él, sin obra alguna de la Ley, ¿qué sentido tiene observar aún la pureza alimentaria con ocasión de la participación en la mesa? Muy probablemente las perspectivas de Pedro y de Pablo eran distintas: para el primero, no perder a los judíos que se habían adherido al Evangelio, para el segundo no disminuir el valor salvífico de la muerte de Cristo para todos los creyentes.

Es extraño decirlo, pero escribiendo a los cristianos de Roma, algunos años después (hacia la mitad de los años 50) Pablo mismo se encontrará ante una situación análoga y pedirá a los fuertes que no coman comida impura para no perder o para no escandalizar a los débiles: "Lo bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad" (Rm 14, 21). El incidente de Antioquía se reveló así como una lección tanto para Pedro como para Pablo. Solo el diálogo sincero, abierto a la verdad del Evangelio, pudo orientar el camino de la Iglesia: "Que el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo (Rm 14,17). Es una lección que debemos aprender también nosotros: con los diversos carismas confiados a Pedro y a Pablo, dejémonos todos guiar por el Espíritu, intentando vivir en la libertad que encuentra su orientación en la fe en Cristo y se concreta en el servicio a los hermanos. Es esencial ser cada vez más conformes a Cristo. Es así que se es realmente libre, así se expresa en nosotros el núcleo más profundo de la Ley: el amor a Dios y al prójimo. Pidamos al Señor que nos enseñe a compartir sus sentimientos, para aprender de Él la verdadera libertad y el amor evangélico que abraza a todo ser humano.

[Al final de la audiencia el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:

Hoy contemplamos dos episodios que demuestran la fidelidad de san Pablo a la verdad del Evangelio. Uno es el Concilio de Jerusalén, en que se trató de si era lícito exigir la circuncisión a los gentiles que llegan a la fe. Allí recibió aprobación la predicación de Pablo, sobre la libertad con respecto a las obligaciones de la Ley judaica. Al exhortar al Apóstol Pablo a no olvidar a los pobres, el Concilio puso de manifiesto que la libertad cristiana no se confunde con el libertinaje, sino que se realiza en el servicio auténtico a los hermanos, especialmente a los más necesitados. Además, la colecta que san Pablo organizó para los pobres de Jerusalén expresaba la deuda que las comunidades fundadas por él tenían con la Iglesia que les había dado el don del Evangelio. El segundo episodio es el incidente, en Antioquia, entre Pedro y Pablo, provocado por la decisión del primero de no compartir la mesa con los cristianos de origen gentil para no escandalizar a los de origen judío. En cambio, Pablo defendía el valor universal de la salvación que se ofrece a todos, gentiles y judíos, ya que la justificación no es obra de la Ley sino de la fe en Cristo. Sin embargo, poco después, en su carta a los Romanos y ante una situación similar, san Pablo recomendará a los fuertes en la fe no tomar alimentos impuros si esto supone un escándalo para los más débiles.

Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En particular, a los peregrinos y grupos parroquiales venidos de Alemania, Chile, Colombia, España, México y de otros países latinoamericanos. Os invito a que, siguiendo el ejemplo de San Pablo, os dejéis guiar por el Espíritu Santo para comportaros siempre en vuestra vida según la verdad del Evangelio. Que Dios os bendiga

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Benedicto XVI: Audiencia General (24 de septiembre): san Pablo estaba en comunión con el resto de los Apóstoles

El subrayado es nuestro.
Intervención en la audiencia general de este miércoles

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 24 de septiembre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos la intervención que pronunció este miércoles Benedicto XVI durante la audiencia general que concedió a los peregrinos congregados en la plaza de San Pedro para la audiencia general, en la que continuó con el ciclo de catequesis dedicadas a la figura de san Pablo. En esta ocasión, la dedicó a su relación con los demás Apóstoles.

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Queridos hermanos y hermanas,

Hoy quisiera hablar sobre la relación entre san Pablo y los Apóstoles que lo habían precedido en el seguimiento de Jesús. Estas relaciones estuvieron siempre marcadas por un profundo respeto y por la franqueza que en Pablo derivaba de la defensa de la verdad del Evangelio. Aunque él era prácticamente contemporáneo de Jesús de Nazaret, nunca tuvo la oportunidad de encontrarle, durante su vida pública. Por esto, tras el deslumbramiento en el camino de Damasco, advirtió la necesidad de consultar a los primeros discípulos del Maestro, que Él había elegido para que llevaran el Evangelio hasta el confín del mundo.

En la Carta a los Gálatas, Pablo desarrolla un importante informe sobre los contactos mantenidos con algunos de los Doce: ante todo con Pedro, que había sido elegido como Kephas, palabra aramea que significa roca, sobre la que se estaba edificando la Iglesia (cfr Gal 1,18), con Santiago, "el hermano del Señor" (cfr Gal 1,19), y con Juan (cfr Gal 2,9): Pablo no duda en reconocerles como las "columnas" de la Iglesia. Particularmente significativo es el encuentro con Cefas (Pedro), que tuvo lugar en Jerusalén: Pablo se quedó con él 15 días para "consultarle" (cfr Gal 1,19), es decir, para informarse sobre la vida terrena del Resucitado, que le había "atrapado" en el camino de Damasco y le estaba cambiando la existencia de modo radical: de perseguidor hacia la Iglesia de Dios había legado a ser evangelizador de que la fe en el Mesías crucificado e Hijo de Dios, que en el pasado habían intentado destruir (cfr Gal 1,23).

¿Qué tipo de información obtuvo Pablo sobre Jesús en los tres años sucesivos al encuentro de Damasco? En la primera Carta a los Corintios podemos encontrar dos pasajes, que Pablo había conocido en Jerusalén, y que ya habían sido formulados como elementos centrales de la tradición cristiana, tradición constitutiva. Él los transmite verbalmente, tal y como los ha recibido, con una fórmula muy solemne: "Os transmito cuanto he recibido". Insiste, por tanto, en la fidelidad a cuanto él mismo ha recibido y fielmente transmite a los nuevos cristianos. Son elementos constitutivos y conciernen a la Eucaristía y a la Resurrección; se trata de textos ya formulados en los años treinta. Llegamos así a la muerte, sepultura en el seno de la tierra y a la resurrección de Jesús. (cfr 1 Cor 15,3-4). Tomemos uno y otro: las palabras de Jesús en la Última Cena (cfr 1 Cor 11,23-25) son realmente para Pablo centro de la vida de la Iglesia: la Iglesia se edifica a partir de este centro, siendo así ella misma. Además de este centro eucarístico, del que vuelve a nacer siempre la Iglesia -también para toda la teología de Pablo, para todo su pensamiento- estas palabras tienen un notable impacto sobre la relación personal de Pablo con Jesús. Por una parte atestiguan que la Eucaristía ilumina la maldición de la cruz, convirtiéndola en bendición (Gal 3,13-14), y por otra, explican el alcance de la misma muerte y resurrección de Jesús. En sus Carta el "por vosotros" de la institución se convierte en el "por mí" (Gal 2,20), personalizando, sabiendo que en ese "vosotros" él mismo era conocido y amado por Jesús y por otra parte "por todos" (2 Cor 5,14): este "por vosotros" se convierte en "por mí" y "por la Iglesia" (Ef 5, 25), es decir, también "por todos" del sacrificio expiatorio de la cruz (cfr Rm 3,25). Por y en la Eucaristía, la Iglesia se edifica y se reconoce como "Cuerpo de Cristo" (1 Cor 12,27), alimentado cada día por la fuerza del Espíritu del Resucitado.

El otro texto, sobre la Resurrección, nos transmite de nuevo la misma fórmula de fidelidad. San Pablo escribe: "Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce" (1 Cor 15,3-5). También en esta tradición transmitida a Pablo vuelve a mencionar la expresión "por nuestros pecados", que subraya el don que Jesús ha hecho de sí mismo al Padre, para liberarnos del pecado y de la muerte. De este don de sí mismo, Pablo saca las expresiones más conmovedoras y fascinantes de nuestra relación con Cristo: "A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Cor 5,21); "Conocéis la generosidad de Nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza" (2 Cor 8,9). Vale la pena recordar el comentario con el que el entonces monje agustino, Martín Lutero, acompañaba estas expresiones paradójicas de Pablo: "Éste es el grandioso misterio de la gracia divina hacia los pecadores: por un admirable intercambio nuestros pecados ya no son nuestros, sino de Cristo, y la justicia de Cristo ya no es de Cristo, sino nuestra" (Comentario a los Salmos del 1513-1515). Y así hemos sido salvados.

En el kerygma original (anuncio), transmitido de boca a boca, merece señalarse el uso del verbo "ha resucitado", en lugar del "resucitó" que habría sido más lógico utilizar, en continuidad con el "murió" y "fue sepultado". La forma verbal "ha resucitado" se ha elegido para subrayar que la resurrección de Cristo incide hasta el presente de la existencia de los creyentes: podemos traducirlo por "ha resucitado y sigue vivo" en la Eucaristía y en la Iglesia. Así todas las Escrituras dan testimonio de la muerte y resurrección de Cristo, porque --como escribió Hugo de San Víctor-- "toda la divina Escritura constituye un único libro, y este libro es Cristo, porque toda la escritura habla de Cristo y encuentra en Cristo su cumplimiento" (De arca Noe, 2,8). Si san Ambrosio de Milán puede decir que "en la Escritura leemos a Cristo", es porque la Iglesia de los orígenes ha releído todas las Escrituras de Israel partiendo y volviendo a Cristo.

La enumeración de las apariciones del Resucitado a Cefas, a los Doce, a más de quinientos hermanos, y a Santiago se cierra con la referencia a la aparición personal, recibida por Pablo en el camino de Damasco: "Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo" (1 Cor 15,8). Debido a que él ha perseguido a la Iglesia de Dios, en esta confesión expresa su indignidad de ser considerado apóstol, al mismo nivel que aquellos que le han precedido: pero la gracia de Dios no ha sido vana en él (1 Cor 15,10). Por tanto, la afirmación prepotente de la gracia divina une a Pablo con los primeros testigos de la resurrección de Cristo: "Tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído" (1 Cor 15,11). Es importante la identidad y la unicidad del anuncio del Evangelio: tanto ellos como yo predicamos la misma fe, el mismo Evangelio de Jesucristo muerto y resucitado que se entrega en la Santísima Eucaristía.

La importancia que él confiere a la Tradición viva de la Iglesia, que transmite a sus comunidades, demuestra cuán equivocada está la visión de quienes atribuyen a Pablo el invento del cristianismo: antes de proclamar el evangelio de Jesucristo, le encontró en el camino de Damasco y le conoció en la Iglesia, observando su vida en los Doce y en aquéllos que le habían seguido por los caminos de Galilea. En las próximas catequesis tendremos la oportunidad de profundizar en las contribuciones que Pablo ha dado a la Iglesia de los orígenes; pero la misión recibida por parte del Resucitado en orden a la evangelización de los gentiles necesita ser confirmada y garantizada por aquéllos que le dieron a él y a Bernabé la mano derecha, en signo de aprobación de su apostolado y de su evangelización, y de acogida en la única comunión de la Iglesia de Cristo (cfr Gal 2,9). Se comprende entonces que la expresión "Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así" (2 Cor 5,16) no significa que su existencia terrena tenga una escasa relevancia para nuestra maduración en la fe, sino que desde el momento de la Resurrección, cambia nuestra forma de relacionarnos con Él. Él es, al mismo tiempo, el hijo de Dios, "nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos", como recordará Pablo al principio de la Carta a los Romanos (1, 3-4).

Cuanto más intentamos seguir las huellas de Jesús de Nazaret por los caminos de Galilea, tanto más podemos comprender que él ha tomado a cargo nuestra humanidad, compartiéndola en todo excepto en el pecado. Nuestra fe no nace de un mito, ni de una idea, sino del encuentro con el Resucitado, en la vida de la Iglesia.

[Al final de la audiencia, Benedicto XVI saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

San Pablo, aunque fue contemporáneo de Jesús, no lo conoció durante su ministerio público. Por eso sintió la necesidad de consultar a los primeros discípulos, elegidos por el Maestro para llevar el Evangelio hasta los confines del mundo. El mismo Pablo habla de su encuentro con Santiago, Juan y, sobre todo con Pedro, para que le informaran sobre la vida terrena del Resucitado (cf. Ga 1,19), que a él lo había "atrapado" en el camino de Damasco. Así, su tarea como Apóstol de los gentiles se confirmaba y garantizaba por los que, antes de él, habían seguido a Jesús por los caminos de Galilea. Del contenido de estas informaciones destacan las palabras en la Última Cena, con la institución de la Eucaristía, que iluminan el misterio de la cruz, que de maldición se convierte en bendición y en sacrificio de salvación "por todos", en el que la Iglesia se edifica y reconoce como "Cuerpo de Cristo". También adquiere un especial sentido la resurrección del Señor, que no sólo "fue" resucitado, sino que sigue viviendo en la Eucaristía y en la Iglesia. Así, pues, nuestra fe no nace de un mito o una idea, sino del encuentro con Cristo resucitado y vivo en la vida de la Iglesia.

Saludo a los peregrinos y visitantes de España y Latinoamérica, en particular a los sacerdotes de San Juan de Puerto Rico, con el Cardenal Luis Aponte y el Arzobispo Metropolitano Roberto González, así como a los alumnos del Colegio Sacerdotal Argentino, en Roma, a los venidos de Paraná, con su Arzobispo, Mons. Mario Mauleón y a los demás grupos de Puerto Rico, México, Panamá, El Salvador, Venezuela, Argentina y otros Países latinoamericanos. Muchas gracias por vuestra visita.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Benedicto XVI: Audiencia General (11 de septiembre): Balance de su viaje a Francia


Imagen de ACIPRENSA. El subrayado es nuestro.
Benedicto XVI hace un balance de su viaje a Francia
Intervención en la audiencia general de este miércoles

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 17 de septiembre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos la intervención que pronunció este miércoles Benedicto XVI durante la audiencia general que concedió a los peregrinos congregados en el Aula Pablo VI para la audiencia general en la que hizo un balance de su décimo viaje apostólico internacional que tuvo como destino París y Lourdes del 12 al 15 de septiembre.

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Queridos hermanos y hermanas,

El encuentro de hoy me ofrece la oportunidad de volver a recorrer los momentos de la visita pastoral que he llevado a cabo en los días pasados a Francia; visita culminada con la peregrinación a Lourdes, con ocasión del 150 aniversario de las apariciones de la Virgen a santa Bernadette. Mientras doy fervientes gracias al Señor que me ha concedido una tan providencial posibilidad, expreso nuevamente un vivo reconocimiento al arzobispo de París, al obispo de Tarbes y Lourdes, a los respectivos colaboradores y a todos aquellos que de diversas formas han cooperado al éxito de mi peregrinación. Doy las gracias cordialmente también al presidente de la República y a las demás autoridades que me han acogido con tanta cortesía.

La visita empezó en París, donde he encontrado idealmente a todo el pueblo francés, honrando así a una amada nación en la que la Iglesia, ya desde el II siglo, ha desarrollado un fundamental papel civilizador. Es interesante que, precisamente en este contexto, haya madurado la exigencia de una sana distinción entre la esfera política y la religiosa, según el célebre dicho de Jesús: "Dad al César lo que es el César y a Dios lo que es de Dios" (Mc 12,17). Si en las monedas romanas estaba impresa la efigie del César y por esto se le debían dar, en el corazón del hombre está la impronta del Creador, único Señor de nuestra vida. La auténtica laicidad no es por tanto prescindir de la dimensión espiritual, sino reconocer que precisamente ésta, radicalmente, es garante de nuestra libertad y de la autonomía de las realidades terrenas, gracias a los dictados de la Sabiduría creadora que la conciencia humana sabe acoger y realizar.

En esta perspectiva se enmarca la amplia reflexión sobre el tema: "Los orígenes de la teología occidental y las raíces de la cultura europea", que desarrollé en el encuentro con el mundo de la cultura, en un lugar elegido por su valor simbólico. Se trata del Collège des Bernardins (Colegio de los Bernardinos, nde.), que el fallecido cardenal Jean-Marie Lustiger quiso revalorar como centro de diálogo cultural, un edificio del siglo XII construido por los cistercienses, donde han estudiado los jóvenes. Por tanto, allí está la presencia de esta teología monástica que ha originado nuestra cultura occidental. El punto de partida de mi discurso fue una reflexión sobre el monaquismo, cuya finalidad era buscar a Dios, quaerere Deum. En una época de crisis profunda de la civilización antigua, los monjes, orientados por la luz de la fe, eligieron la vía maestra: la vía de la escucha de la Palabra de Dios. Fueron, por tanto, los grandes cultivadores de la Sagrada Escritura, y los monasterios se convirtieron en escuela de sabiduría y escuelas dominici servitii, "del servicio del Señor", como los llamaba san Benito. La búsqueda de Dios llevaba a los monjes, por su naturaleza, a una cultura de la palabra. Quaerere Deum, buscar a Dios, lo buscaban en el surco de su Palabra y debían por tanto conocer cada vez más en profundidad esta Palabra. Era necesario penetrar en el secreto de la lengua, comprenderla en su estructura. Para buscar a Dios, que se nos ha revelado en la Sagrada Escritura, eran muy importantes las ciencias profanas, de cara a profundizar en el secreto de las lenguas. Se desarrolla en consecuencia en los monasterios aquella eruditio que habría consentido la formación de la cultura. Precisamente por esto, quaerere Deum - buscar a Dios, estar en camino hacia Dios, sigue siendo hoy como ayer la vía maestra y el fundamento de toda verdadera cultura.

De la búsqueda de Dios es expresión artística también la arquitectura, y no hay duda de que la catedral de Notre-Dame en París constituye un ejemplo de valor universal. Dentro de este magnífico templo, donde tuve la alegría de presidir la celebración de las Vísperas de la Beata Virgen María, exhorté a los sacerdotes, los diáconos, los religiosos, las religiosas y los seminaristas venidos de todas partes de Francia, a dar prioridad a la escucha religiosa de la divina Palabra, mirando a la Virgen María como modelo sublime. En el pórtico de Notre-Dame saludé después a los jóvenes, que habían acudido numerosos y entusiastas. A ellos, que iban a dar comienzo a una larga vigilia de oración, les entregué dos tesoros de la fe cristiana: el Espíritu Santo y la Cruz. El Espíritu abre la inteligencia humana a horizontes que la superan y le hace comprender la belleza y la verdad del amor de Dios revelado precisamente en la Cruz. Un amor del que nada podrá separarnos, y que se experimenta entregando la propia vida a ejemplo de Cristo. Tras una breve parada en el Instituto de Francia, sede de las cinco Academias nacionales: siendo yo miembro de una de las Academias, pude ver con gran alegría a mis colegas. Y después mi visita culminó con la celebración eucarística en la Explanada de los Inválidos. Haciéndome eco de las palabras del Apóstol Pablo a los Corintios, invité a los fieles de París y de toda Francia a buscar al Dios vivo, que nos ha mostrado su verdadero rostro en Jesús presente en la Eucaristía, alentándonos a amar a nuestros hermanos así como Él nos ha amado a nosotros.

Después me dirigí a Lourdes, donde pude unirme a miles de fieles en el "Camino del Jubileo", que recorre los lugares de la vida de santa Bernadette: la iglesia parroquial con la fuente bautismal donde fue bautizada; el "Cachot" (la cárcel, nde.) donde vivió de niña en gran pobreza; la Gruta de Massabielle, donde la Virgen se le apareció 18 veces. Por la tarde participé en la tradicional Procesión de las antorchas, estupenda manifestación de fe en Dios y de devoción a su y nuestra Madre. Lourdes es verdaderamente un lugar de luz, de oración, de esperanza y de conversión, fundadas sobre la roca del amor de Dios, que ha tenido su revelación culminante en la Cruz gloriosa de Cristo.

Por una feliz coincidencia, el domingo pasado la liturgia recordaba la Exaltación de la Santa Cruz, signo de esperanza por excelencia, porque es el máximo testimonio del amor. En Lourdes, en la escuela de María, primera y perfecta discípula de Cristo, los peregrinos aprenden a considerar las cruces de su propia vida a la luz de la Cruz gloriosa de Cristo. Apareciéndose a Bernadette, en la Gruta de Massabielle, el primer gesto que hizo María fue precisamente el Signo de la Cruz, en silencio y sin palabras. Y Bernadette la imitó haciendo a su vez el Signo de la Cruz, aunque temblándole la mano. Y así la Virgen dio una primera iniciación en la esencia del cristianismo: el Signo de la Cruz es la suma de nuestra fe, y haciéndolo con corazón atento entramos en el pleno misterio de nuestra salvación. ¡En ese gesto de la Virgen está todo el mensaje de Lourdes! Dios nos ha amado que se ha dado a sí mismo por nosotros: éste es el mensaje de la Cruz, "misterio de muerte y de gloria". La Cruz nos recuerda que no existe verdadero amor sin sufrimiento, no hay don de la vida sin dolor. Muchos aprenden esta verdad en Lourdes, que es una escuela de fe y esperanza, porque es también escuela de caridad y de servicio a los hermanos. Es en este contexto de fe y de oración donde se ha celebrado el importante encuentro con el episcopado francés: ha sido un momento de intensa comunión espiritual, en el que hemos confiado juntos a la Virgen las esperanzas comunes y las preocupaciones pastorales.

La etapa sucesiva fue la procesión eucarística con miles de fieles, entre los cuales, como siempre, muchos enfermos. Ante el Santísimo Sacramento, nuestra comunión espiritual con María he ha hecho aún más intensa y profunda porque Él nos da ojos y corazón capaces de contemplar a su Hijo Divino en la santa Eucaristía. Era conmovedor el silencio de estos miles de personas ante el Señor; un silencio no vacío, sino lleno de oración y de conciencia de la presencia del Señor, que nos ha amado hasta subir a la cruz por nosotros. La jornada del lunes 15 de septiembre, memoria litúrgica de la Beata Virgen de los Dolores, estuvo dedicada de forma especial a los enfermos. Tras una breve visita a la Capilla del Hospital, donde Bernadette recibió la Primera Comunión, en el pórtico de la basílica del Rosario, presidí la celebración de la Santa Misa, durante la cual administré el sacramento de la Unción de los enfermos. Con los enfermos y con cuantos los cuidan, quise meditar sobre las lágrimas de María derramadas bajo la Cruz, y sobre su sonrisa, que ilumina la mañana de Pascua.

Queridos hermanos y hermanas, damos gracias juntos al Señor por este viaje apostólico rico de tantos dones espirituales. Particularmente, le alabamos porque María, apareciéndose a santa Bernadette, ha abierto en el mundo un espacio privilegiado para encontrar el amor divino que cura y salva. En Lourdes, la Virgen Santa invita a todos a considerar a a tierra como lugar de peregrinación hacia la patria definitiva, que es el Cielo. En realidad todos somos peregrinos, tenemos necesidad de la Madre que nos guía; y en Lourdes, su sonrisa nos invita a seguir adelante con gran confianza en la conciencia de que Dios es bueno, Dios es amor.

[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión del 150 aniversario de las apariciones de la Virgen a santa Bernadette, he realizado una visita pastoral en Francia. En esta nación, en que la Iglesia ha tenido un papel civilizador fundamental, ha madurado la exigencia de una sana laicidad, que no significa prescindir de la dimensión espiritual sino reconocer que ésta es garante de la libertad y de la autonomía terrena. Con el mundo de la cultura he podido reflexionar sobre cómo la búsqueda de Dios es la vía maestra y el fundamento de toda verdadera cultura. A los sacerdotes, religiosos y religiosas, y a los seminaristas, les he exhortado a dar prioridad a la escucha de la palabra divina y, a los jóvenes, les he confiado dos tesoros de la fe cristiana: el Espíritu Santo, que abre la inteligencia a horizontes más amplios, y la Cruz, que revela la verdad del amor de Dios, e invité a los fieles a buscar a Dios presente en la Eucaristía. En Lourdes he podido recorrer el "Camino del Jubileo". Lourdes es verdaderamente un lugar de luz, de oración, de esperanza y de conversión, donde los peregrinos, en esta escuela de caridad y de servicio a los hermanos, aprenden a ver sus propias cruces a la luz de la Cruz de Cristo.

Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En particular, al Capítulo de Caballeros del Corpus Christi, de Toledo, a los Seminaristas de El Salvador y a los estudiantes de Salta. Saludo también a los peregrinos y grupos parroquiales venidos de Costa Rica, España, México, Paraguay, y de otros países latinoamericanos. Os invito a acudir con fe y devoción a la Virgen María para que Ella os enseñe en vuestra vida a ser expresión de caridad y de servicio a los hermanos, siguiendo el ejemplo de Cristo en la Cruz. Que Dios os bendiga.

[Traducción del original italiano realizada por Inma Álvarez.
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Benedicto XVI: Audiencia General (11 de septiembre): ¿Qué es ser apóstol para San Pablo?

El subrayado es nuestro.
Benedicto XVI presenta a san Pablo como apóstol
Intervención en la audiencia general de este miércoles

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 10 de septiembre de 2008 (
ZENIT.org).- Ofrecemos la intervención que pronunció este miércoles Benedicto XVI durante la audiencia general que concedió a los peregrinos congregados en el Aula Pablo VI para la audiencia general.

* * *

Queridos hermanos y hermanas

El miércoles pasado hablé del gran cambio que se produjo en la vida de San Pablo tras su encuentro con Cristo crucificado. Jesús entró en su vida y lo transformó de perseguidor en apóstol. Este encuentro marcó el inicio de su misión: Pablo no podía continuar viviendo como antes, ahora se sentía investido por el Señor del encargo de anunciar su Evangelio en calidad de apóstol. Es precisamente de esta su nueva condición de vida, es decir, de ser apóstol de Cristo, que quisiera hablar hoy. Nosotros normalmente, siguiendo a los Evangelios, identificamos a los Doce con el título de apóstoles, para indicar a aquellos que eran compañeros de vida y oyentes de las enseñanzas de Jesús. Pero también Pablo se siente verdadero apóstol y parece claro, por tanto, que el concepto paulino de apostolado no se restringe al grupo de los Doce. Obviamente, Pablo sabe distinguir su propio caso del de aquellos "que habían sido apóstoles anteriores" a él (Gálatas 1, 17): a ellos les reconoce un lugar totalmente especial en la vida de la Iglesia. Sin embargo, como todos saben, también san Pablo se interpreta a sí mismo como apóstol en sentido estricto. Es cierto que, en el tiempo de los orígenes cristianos, nadie recorrió tantos kilómetros como él, por tierra y por mar, con el único objetivo de anunciar el Evangelio.

Por tanto, él tenía un concepto de apostolado que iba más allá del relacionado sólo con el grupo de los Doce y transmitido sobre todo por san Lucas en los Hechos de los Apóstoles (Cf. Hch 1,2.26;6,2). De hecho, en la primera carta a los Corintios Pablo hace una clara distinción entre "los Doce" y "todos los apóstoles", mencionados como dos grupos distintos de beneficiarios de las apariciones del Resucitado (cfr 1Cor 15, 5.7). En este mismo texto él pasa a llamarse a sí mismo humildemente como "el último de los apóstoles", comparándose incluso con un aborto y afirmando textualmente: "indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo" (1 Cor 15, 9-10). La metáfora del aborto expresa una humildad extrema; se la vuelve a encontrar también en la Carta a los Romanos de san Ignacio de Antioquía: "Soy el último de todos, soy un aborto; pero me será concedido ser algo, si alcanzo a Dios" (9,2). Lo que el obispo de Antioquía dirá en relación a su martirio inminente, previendo que éste daría la vuelta a su condición de indignidad, san Pablo lo dice en relación a su propio trabajo apostólico: es en él donde se manifiesta la fecundidad de la gracia de Dios, que sabe transformar un hombre malogrado en un apóstol espléndido. De perseguidor a fundador de Iglesias: ¡esto ha hecho Dios en uno que, desde el punto de vista evangélico, habría podido considerarse un deshecho!

¿Qué es, por tanto, según la concepción de san Pablo, lo que hace apóstoles de él y de los demás? En sus cartas aparecen tres características principales que constituyen al apóstol. La primera es "haber visto al Señor" (cfr 1 Cor 9,1), es decir, haber tenido con él un encuentro determinante para la propia vida. Análogamente, en la Carta a los Gálatas (cfr 1, 15-16), dirá que ha sido llamado, casi seleccionado, por gracia de Dios con la revelación de su Hijo de cara al anuncio a los paganos. En definitiva, es el Señor el que constituye el apostolado, no la propia presunción. El apóstol no se hace a sí mismo, sino que lo hace el Señor; por tanto, necesita referirse constantemente al Señor. No es casualidad Pablo dice ser "apóstol por vocación" (Rm 1,1), es decir, "no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre" (Gal 1,1). Esta es la característica: haber visto al Señor, haber sido llamado por Él.

La segunda característica es la de "haber sido enviado". El mismo término griego apóstolos significa precisamente "enviado, mandado", es decir, embajador y portador de un mensaje; debe actuar por tanto como encargado y representante de un mandante. Por eso Pablo se define "apóstol de Jesucristo" (1 Cor 1,1; 2 Cor 1,1), o sea, delegado suyo, puesto totalmente a su servicio, hasta el punto de llamarse "siervo de Jesucristo" (Rm 1,1). Una vez más sale a primer plano la idea de una iniciativa de otro, la de Dios en Jesucristo, a la que se está plenamente obligado; pero sobre todo subraya el hecho de que se ha recibido una misión de parte de Él que hay que cumplir en su nombre, poniendo absolutamente en segundo plano cualquier interés personal.

El tercer requisito es el ejercicio del "anuncio del Evangelio", con la consiguiente fundación de iglesias. El de "apóstol", por tanto, no es y no puede ser un título honorífico, sino que empeña concretamente y también dramáticamente toda la existencia del sujeto interesado. En la primera carta a los Corintios, Pablo exclama: "¿No soy yo apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? (9,1). Análogamente, en la segunda carta a los Corintios, afirma: "Vosotros sois nuestra carta..., sois una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo" (3,2-3).
No nos sorprende, por tanto, si el Crisóstomo habla de Pablo como de "un alma de diamante" (Panegíricos, 1,8), y sigue diciendo: "Del mismo modo que el fuego, aplicándose a materiales distintos, se refuerza aún más..., así la palabra de Pablo ganaba a su causa a todos aquellos con los que entraba en relación, y aquellos que le hacían la guerra, atrapados por sus discursos, se convertñian en alimento para este fuego espiritual" (ibid., 7,11). Esto explica por qué Pablo define a los apóstoles como "colaboradores de Dios" (1 Cor 3,9; 2 Cor 6,1), cuya gracia actúa en ellos. Un elemento típico del verdadero apóstol, sacado a la luz por san Pablo, es una especie de identificación entre Evangelio y evangelizador, ambos destinados a la misma suerte. Nadie como Pablo, de hecho, ha puesto en evidencia cómo el anuncio de la cruz aparece como "escándalo y necedad (1 Cor 1,23), al que muchos reaccionan con incomprensión y rechazo. Esto sucedía en aquel tiempo, y no debe extrañarnos que suceda también hoy. En este destino, de aparecer como "escándalo y necedad", participa también el apóstol y Pablo lo sabe: es la experiencia de su vida. A los Corintios les escribe, no sin una vena irónica: "Porque pienso que a nosotros, los apóstoles, Dios nos ha asignado el último lugar, como condenados a muerte, puestos a modo de espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres. Nosotros, necios por seguir a Cristo; vosotros, sabios en Cristo. Débiles nosotros, mas vosotros, fuertes. Vosotros, llenos de glorias; mas nosotros, despreciados. Hasta el presente, pasamos hambre, sed, desnudez. Somos abofeteados, y andamos errantes. Nos fatigamos trabajando con nuestras manos. Si nos insultan, bendecimos. Si nos persiguen, lo soportamos. Si nos difaman, respondemos con bondad. Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el deshecho de todos" (1 Cor 4,9-13). Es un autorretrato de la vida apostólica de San Pablo: en todos estos sufrimientos prevalece la alegría de ser portados de la bendición de Dios y de la gracia del Evangelio.

Pablo, por otro lado, comparte con la filosofía estoica de su tiempo una tenaz constancia en todas las dificultades que se le presentan: pero él supera la perspectiva meramente humanística, reclamando el componente del amor de Dios y de Cristo: "¿Quien nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquél que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm 8,35-39). Esta es la certeza, la alegría profunda que guía al apóstol Pablo en todas estas vicisitudes: nada puede separarnos del amor de Dios. Y este amor es la verdadera riqueza de la vida humana.

Como se ve, san Pablo se había entregado al Evangelio con toda su existencia; ¡podríamos decir las veinticuatro horas! Y cumplía su ministerio con fidelidad y con alegría, "para salvar a toda costa a alguno" (1 Cor 9,22). Y respecto a las Iglesias, incluso sabiendo que tenía con ellas una relación de paternidad (cfr 1 Cor 4,15), incluso de maternidad (cfr Gal 4,19), se ponía en actitud de completo servicio, declarando admirablemente: "No es que pretendamos dominar sobre vuestra fe, sino que contribuimos a vuestro gozo" (2 Cor 1,24). Ésta es la misión de todos los apóstoles de Cristo en todos los tiempos:: ser colaboradores de la verdadera alegría.

[Al final de la audiencia, Benedicto XVI saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

La tradición ha denominado a San Pablo como "el Apóstol" por excelencia. También él en sus cartas se dio a sí mismo este título. Ahora bien, Pablo distinguió entre los apóstoles que le precedieron y su propio caso. Su concepto de apostolado, por tanto, no quedó restringido al grupo de los Doce Apóstoles. ¿Qué es lo que, según san Pablo, permitió a otros y a él llamarse apóstoles? Ante todo, haber visto al Señor. Se debió dar un encuentro determinante con Jesucristo, lo cual quiere decir que el apostolado es un don, no una presunción. En segundo lugar, el apóstol es un enviado, el portador de un mensaje. Por este motivo, san Pablo se define como "apóstol de Jesucristo". El tercer requisito es anunciar el Evangelio, con la consiguiente fundación de Iglesias. El apostolado no es un privilegio, sino un encargo que compromete la entera existencia del que lo desempeña. Hay una especie de identificación entre el Evangelio y el evangelizador. Ambos corren la misma suerte. Es la fuerza de los hechos lo que revela la identidad del apóstol. Esto se verificó magníficamente en San Pablo, que dedicó a su misión apostólica toda su energía, cumpliendo su ministerio con fidelidad y alegría. Buscó en todo momento, como afirma en su primera carta a los Corintios, hacerse "todo a todos para salvar a toda costa a algunos" (9,22). Que este formidable ejemplo nos sirva siempre de provecho y estímulo.

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular, a los "Pueri cantores" de la Escolanía de la Catedral de Burgos, a los Amigos del Hogar de Minusválidos, de La Guardia, a los fieles de la Parroquia de Santa María de Mataró y a los miembros del Colegio San Francisco de Asís, de Santiago de Chile. Que Dios os bendiga.

[Traducción realizada por Inmaculada Álvarez
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

jueves, 4 de septiembre de 2008

Benedicto XVI: Audiencia General (03 de septiembre): "El cristianismo no es una filosofía o una moral, es un encuentro con Cristo"

El subrayado es nuestro. Dios quiera pueda reencontrarme con Cristo y transformar todos los deseos que hay en mí en fuerza para hacer siempre el bien.
Benedicto XVI: “El acontecimiento que cambió la vida de san Pablo”Intervención en la audiencia general de este miércoles

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 3 septiembre 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos la intervención que pronunció este miércoles Benedicto XVI durante la audiencia general que concedió a los peregrinos congregados en el Aula Pablo VI del Vaticano.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

La catequesis de hoy estará dedicada a la experiencia que san Pablo tuvo en el camino de Damasco, y por tanto a su comúnmente llamada conversión. Precisamente en el camino de Damasco, en los primeros 30 años del siglo I, y tras un periodo en el que había perseguido a la Iglesia, se verificó el momento decisivo de la vida de Pablo. Sobre él se ha escrito mucho y naturalmente desde diversos puntos de vista. Lo cierto es que allí tuvo lugar un giro, un cambio total de perspectiva. A partir de entonces, inesperadamente, empezó a considerar "pérdida" y "basura" todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal, casi la razón de ser de su existencia (Filipenses 3, 7-8) ¿Qué había sucedido?

Tenemos al respecto dos tipos de fuentes. El primer tipo, el más conocido, son los relatos debidos a la pluma de Lucas, que en tres ocasiones narra el acontecimiento en los Hechos de los Apóstoles (Cf. 9,1-19; 22,3-21; 26,4-23). El lector medio tendrá quizás la tentación de detenerse demasiado en algunos detalles, como la luz del cielo, la caída a tierra, la voz que llama, la nueva condición de ceguera, la curación por la caída de una especie de escamas de los ojos y el ayuno. Pero todos estos detalles hacen referencia al corazón del acontecimiento: Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida y se dirige a Saulo, transforma su pensamiento y su misma vida. El esplendor del Resucitado le deja ciego: se presenta también exteriormente lo que era la realidad interior, su ceguera respecto a la verdad, a la luz, que es Cristo. Y después su definitivo "sí" a Cristo en el bautismo reabre de nuevo sus ojos, le hace ver realmente.

En la Iglesia antigua el bautismo era llamado también "iluminación", porque este sacramento da la luz, hace ver realmente. Todo lo que se indica teológicamente, en Pablo se realizó también físicamente: una vez curado de su ceguera interior, ve bien. San Pablo, por tanto, no fue transformado por un pensamiento sino por un acontecimiento, por la presencia irresistible del Resucitado, de la cual ya nunca podrá dudar, tan fuerte había sido la evidencia del evento, de este encuentro. Éste cambió fundamentalmente la vida de Pablo; en este sentido se puede y se debe hablar de una conversión. Este encuentro es el centro del relato de san Lucas, el cual es muy posible que utilizara un relato nacido probablemente en la comunidad de Damasco. Lo da a entender el colorido local dado por la presencia de Ananías y por los nombres, tanto de la calle como del propietario de la casa en la que Pablo se alojó (Cf. Hechos 9,11).

El segundo tipo de fuentes sobre la conversión está constituido por las mismas Cartas de san Pablo. Nunca habló con detalle de este acontecimiento, pienso que podía suponer que todos conocían lo esencial de esta historia suya, todos sabían que de perseguidor había sido transformado en apóstol ferviente de Cristo. Y esto no había sucedido al cabo de una reflexión propia, sino de un acontecimiento fuerte, de un encuentro con el Resucitado. Incluso sin hablar de los detalles, él señala en muchas ocasiones este hecho importantísimo, es decir, que él también es testigo de la resurrección de Jesús, de la que ha recibido la revelación directamente del mismo Jesús, junto con la misión de apóstol. El texto más claro sobre este aspecto se encuentra en su relato sobre lo que constituye el centro de la historia de la salvación: la muerte y la resurrección de Jesús y las apariciones a los testigos (Cf. 1 Corintios 15). Con palabras de antiquísima tradición, que él también ha recibido de la Iglesia de Jerusalén, dice que Jesús murió crucificado, fue sepultado, y tras su resurrección se apareció primero a Cefas, es decir a Pedro, después a los Doce, después a quinientos hermanos que en gran parte en aquel tiempo aún vivían, después a Santiago, y después a todos los Apóstoles. Y a este relato recibido de la tradición añade: "Y por último se me apareció también a mí" (1 Corintios 15,8). Así da a entender que éste es el fundamento de su apostolado y de su nueva vida. Hay también otros textos en los que aparece lo mismo: "Por medio de Jesucristo hemos recibido la gracia del apostolado" (Cf. Romanos 1,5); y en otra parte: "¿Acaso no he visto a Jesús, Señor nuestro?" (1 Corintios 9,1), palabras con las cuales alude a algo que todos saben. Y finalmente el texto más difundido se lee en Gálatas 1,15-17: "Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco". En esta "autoapología" subraya decididamente que también él es verdadero testigo del Resucitado, que tiene una misión recibida directamente el Resucitado.

Podemos ver que las dos fuentes, los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de San Pablo, convergen en un punto fundamental: el Resucitado ha hablado con Pablo, lo ha llamado al apostolado, ha hecho de él un verdadero apóstol, testigo de la resurrección, con el encargo específico de anunciar el Evangelio a los paganos, al mundo greco-romano. Y al mismo tiempo Pablo ha aprendido que, a pesar de la inmediatez de su relación con el Resucitado, él debe entrar en la comunión de la Iglesia, debe hacerse bautizar, debe vivir en sintonía con los demás apóstoles. Sólo en esta comunión con todos él podrá ser un verdadero apóstol, como escribe explícitamente en la primera Carta a los Corintios: "Tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído" (15, 11). Sólo existe un anuncio del Resucitado, porque Cristo es uno solo.

Como se ve en todos estos pasajes, Pablo no interpreta nunca este momento como un hecho de conversión. ¿Por qué? Hay muchas hipótesis, pero el motivo es muy evidente. Este giro de su vida, esta transformación de todo su ser no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración o evolución intelectual y moral, sino que vino desde fuera: no fue el fruto de su pensamiento, sino del encuentro con Jesucristo. En este sentido no fue sencillamente una conversión, una maduración de su "yo", sino que fue muerte y resurrección para él mismo: murió una existencia suya y nació otra nueva con Cristo Resucitado. De ninguna otra forma se puede explicar esta renovación de Pablo. Todos los análisis psicológicos no pueden aclarar ni resolver el problema. Solo el acontecimiento, el encuentro fuerte con Cristo, es la llave para entender qué sucedió: muerte y resurrección, renovación por parte de Aquél que se había revelado y había hablado con él. En este sentido más profundo podemos y debemos hablar de conversión. Este encuentro es una renovación real que ha cambiado todos sus parámetros. Ahora se puede decir que lo que para él era antes esencial y fundamental, se ha convertido para él en "basura"; no hay ya "ganancia" sino pérdida, porque ahora cuenta solo la vida en Cristo.

Sin embargo no debemos pensar que Pablo se haya cerrado ciegamente en un acontecimiento. En realidad sucede lo contrario, porque el Cristo resucitado es la luz de la verdad, de la luz de Dios mismo. Esto engrandeció su corazón, lo abrió a todos. En este momento no perdió cuanto había de bueno y de verdadero en su vida, en su heredad, sino que comprendió de forma nueva la sabiduría, la verdad, la profundidad de la ley y de los profetas, se apropió de ellos de modo nuevo. Al mismo tiempo, su razón se abrió a la sabiduría de los paganos; habiéndose abierto a Cristo con todo su corazón, se convirtió en capaz de entablar un diálogo amplio con todos, se hizo capaz de hacerse todo con todos. Así realmente podía ser el apóstol de los paganos.

Pasemos ahora a nuestra situación, ¿qué quiere decir esto para nosotros? Quiere decir que también para nosotros el cristianismo no es una filosofía nueva o una nueva moral. Sólo somos cristianos si encontramos a Cristo. Ciertamente Él no se muestra a nosotros de esa forma irresistible, luminosa, como lo hizo con Pablo para hacerle Apóstol de todas las gentes. Pero también nosotros podemos encontrar a Cristo, en la lectura de la Sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia. Podemos tocar el corazón de Cristo y sentir que Él toca el nuestro. Sólo en esta relación personal con Cristo, sólo en este encuentro con el Resucitado nos convertimos realmente en cristianos. Y así se abre nuestra razón, se abre toda la sabiduría de Cristo y toda la riqueza de la verdad. Por tanto oremos al Señor para que nos ilumine, para que nos conceda en nuestro mundo el encuentro con su presencia: y así nos dé una fe viva, un corazón abierto, una gran caridad para todos, capaz de renovar al mundo.

[Al final de la audiencia, Benedicto XVI saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

Nos detenemos hoy en un acontecimiento decisivo de la vida de San Pablo. Mientras se dirigía a Damasco, Pablo se encontró con Cristo y su vida cambió. De perseguidor de la Iglesia, pasó a ser Apóstol del Evangelio. ¿Qué le sucedió a Pablo camino de Damasco? En el libro de los Hechos de los Apóstoles, San Lucas nos brinda tres relatos de lo acaecido. También el mismo Pablo nos informa de ello en sus cartas. Más que una conversión, Pablo entendió aquel suceso como el fundamento de su apostolado, como el encargo de la evangelización y la misión. No fue un evento que pueda interpretarse con categorías meramente psicológicas. El Apóstol fue conquistado por Cristo en ese momento, y esa convicción remodeló su entero patrimonio espiritual y orientó sus fuerzas hacia un nuevo propósito. Pablo no se encontró con un personaje histórico, sino con Jesús, Persona viva que se le presentó como único Salvador y Señor. Esto tiene validez igualmente para nosotros, que no seguimos un ideario filosófico o un código moral, sino a Jesucristo. A ejemplo de san Pablo, no nos reservemos a Cristo para nosotros solos. Sintamos, más bien, la exigencia de anunciarlo a los demás.

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular, a los fieles de la Parroquia de la Resurrección del Señor, de Madrid, y de San Pablo Apóstol, de Managua, así como a los profesores y alumnos del Colegio "The Mackay School", de Viña del Mar. Que Dios os bendiga.

[Traducción del original italiano por Inmaculada Álvarez
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

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