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domingo, 25 de diciembre de 2011

Decálogo para que los tiempos navideños logren su esencia originaria

Decálogo de la buena Noche Buena, para que la Navidad no sea una fiesta más sino lo que realmente significa: EL NACIMIENTO DE DIOS. Este debe ser el espíritu de todo el tiempo decembrino.

1.- Poner en primer lugar a Dios que se Encarna

 ‎2.- Dedicar un tiempo a la contemplación del gran misterio de la Navidad, eso significa estar solo un rato y meditar el nacimiento de Jesús y todo lo que esto significa. Darle un regalo espiritual a Jesús: la promesa de amarlo más amando a los demás.

3.- Vivir el espíritu de la Navidad compartiendo con nuestros seres queridos  (especialmente tratar de hacerlo con los más necesitados). El día de Navidad (el 25) debe ser para compartir con los niños, la familia y las personas solitarias.

4.- No ceder ante el consumismo, saber que no podemos regalar a todos ni debemos dar los regalos más caros. La sencillez y el compartir es lo más importante.

5.- Vivir una Noche Buena alegre pero sobria, para celebrar no debes emborracharte y hacer cosas de las cuales luego te arrepentirás.

6.- Hoy el cumpleañero es Jesús, no tienes que buscar que las miradas se centren en ti; para ello al vestirte ten como meta la sencillez y elegancia, no el “mostrar piel” o la ostentación.

7.- Recuérdale a todos, de manera amable, el gran misterio que se celebra hoy. No te preocupes por lo políticamente correcto, di con seguridad y alegría: “¡Feliz Navidad!” y no el insípido: “Felices fiestas”.

8.- Organice bien todas las actividades incluyendo la misa de gallo, recuerde que esta es la mejor forma de celebrarlo.  Si no es cristiano, respete la celebración religiosa de los que lo son, y dedique un pensamiento a la fraternidad y el papel del misterio del Amor Absoluto en la vida humana.

9.- En la calle se amable con todos, no te apures, no corras, no grites, no insultes. Y si te ofenden no respondas al mal con mal sino con bien, recuerda que ese fue el ejemplo del que estás celebrando el cumpleaños. Sé paciente y desea a todos una Feliz Navidad.

10.- No hagas de la Navidad un nuevo motivo de enemistad entre las personas que te rodean, acepta las limitaciones de los demás como ellos deben tolerar tus defectos.

Al seguir estos humildes consejos buscas ser feliz haciendo feliz a los demás, celebrando el cumpleaños del Dios de la vida. Que tengas una santa Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo. Y que tu gran meta sea la misma de Scrooge - en el famoso “Cuento de Navidad” de Dickens - al lograr su conversión, palabras menos palabras más: “Prometo que todos los días del año serán como el día de Navidad”. 

domingo, 4 de diciembre de 2011

Romano Guardini: la conversión (I)

Artículo de Carlos Balladares en Código Venezuela.

Hace dos semanas decidí apartarme por un tiempo de mi lectura espiritual (práctica de piedad católica que consiste en leer 10 minutos como mínimo al día de un texto religioso) las vidas de San Francisco, y leer algunas biografías sobre Jesucristo. Esto debido a que se acerca la Navidad, y quiero vivir con más intensidad estos tiempos de espera (Adviento) de Nuestro Señor. Por ello retomé la lectura de la obra de Benedicto XVI: Jesús de Nazaret (2007), para luego seguir con su segunda parte publicada este año. Al leer su prólogo, el Papa señala que en sus “tiempos de juventud había toda una serie de obras fascinantes sobre Jesús”, señalando los autores entre los cuales está Romano Guardini (1885-1968).

No era la primera vez que escuchaba de este autor, sabía que era uno de los exponentes del personalismo cristiano del siglo XX y que fue profesor del joven Ratzinger. Lleno de curiosidad busqué sus libros, y el primero que me llamó la atención no fue el recomendado por el Papa, sino un pequeño texto titulado: “La aceptación de sí mismo”. Lo leí rápidamente, descubriendo que era el escrito preferido de Guardini. La razón de esta preferencia, es que la lectura del mismo le hizo desistir del suicidio a uno de sus lectores. Impresionado por su lectura, anhelé conocer la vida de este gran pensador, y seguí con la lectura de sus “Apuntes para una autobiografía” (1943-45). Fue así como descubrí un intelectual que posee una gran sencillez y humildad, junto a una prosa atractiva. No escondía sus defectos, se mostraba tal cual era. Siendo su meta de vida, no tanto la investigación, sino el “descubrir nuevos métodos de apostolado, formas de predicación adecuadas al hombre de su tiempo, modos más fecundos de búsqueda de la verdad” (tal como explica su biógrafo: Alfonso López Quintás: “Romano Guardini, maestro de vida”, 1998).

Su autobiografía es escrita en tiempos de incertidumbre, cuando Alemania era bombardeada por los aliados. En ella nos cuenta cómo nace su vocación sacerdotal, después de empezar estudios en dos carreras (química y ciencias políticas) y no continuarlos. Fue italiano-alemán y no provenía de un estricto ambiente religioso sino de uno que llamaríamos de misa dominical, algunas oraciones y sacramentos, pero no más. La universidad lo fue alejando de su fe, pero nunca odió la Iglesia Católica y pudo tener amistades con creyentes que enseñaban con el ejemplo: su amigo Karl Neundörfer, y los esposos Josefine y Wilhelm Schleussner. Es así cómo en un momento dado se topa con la frase del Evangelio que dice: “Quien quiera conservar su alma la perderá, quien la dé la salvará» (Mt 10, 39), y esta fue la impresión que le generó en sus propias palabras: “Poco a poco me había ido quedando claro que existe una ley según la cual el hombre, cuando «conserva su alma», es decir, cuando permanece en sí mismo y acepta como válido únicamente lo que le parece evidente a primera vista, pierde lo esencial. Si por el contrario quiere alcanzar la verdad y en ella su auténtico yo, debe darse.” (“Apuntes para una autobiografía”, págs. 98-99).

Guardini había descubierto el sentido fundamental del cristianismo: la donación gratuita. Dios nos ha dado la vida gratuitamente, se hizo humano para redimirnos y se ha quedado en Espíritu para que lo conozcamos. La siguiente pregunta que se hizo fue: “Dar mi alma, pero ¿a quién? ¿Quién puede pedírmela, pedírmela de tal modo que ya no sea yo quien pueda disponer de ella? No simplemente “Dios”, ya que, cuando el hombre pretende arreglárselas solo con Dios, dice “Dios” y está pensando en él mismo. Por eso tiene que existir una instancia objetiva que pueda sacar mi respuesta de los recovecos de mi autoafirmación. Pero sólo existe una instancia así: la Iglesia católica, con su autoridad y precisión. La cuestión de conservar o entregar el alma se decide, en último término, no ante Dios sino ante la Iglesia” (pág. 99). En la Iglesia estaba la verdad que buscaba, porque como afirmó: “La mayor posibilidad de verdad está precisamente donde está la mayor posibilidad de amor” (pág. 100). De esta forma, el camino al sacerdocio fue su camino de toda una vida.

sábado, 24 de septiembre de 2011

¡Qué abandonado tengo el blog! Aunque seguimos con nuestra vida espiritual, claro está.

Intentaremos retomarlo con humildad.

El domingo pasado consideramos que el Evangelio de la misa logró un cambio en nosotros...

¿Un paso en la humildad? Eso esperamos. Dice así:


Evangelio según San Mateo 20,1-16a.


Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: 'Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo'. Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: '¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?'.


Ellos les respondieron: 'Nadie nos ha contratado'. Entonces les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña'.


Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: 'Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros'.


Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: 'Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada'.


El propietario respondió a uno de ellos:


'Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?'. Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos".


La idea dominante que me inspiró es que somos empleados de Dios y Él establece el salario, no debemos desesperar porque no obtengamos reconocimientos acá en la Tierra. Esa es la humildad: saber que nada depende de nosotros sino de Dios, y no por ello debemos ser flojos, sino trabajar con responsabilidad porque Él es el Jefe, y la medida del esfuerzo es LA DONACIÓN, LA GRATUIDAD DEL AMOR QUE PONEMOS EN LAS COSAS QUE DIOS NOS HA ENCOMENDADO (La familia, los seres queridos, la colaboración en su CREACIÓN, ser cocreadores, pues).

¿Qué no es valorado por el Mundo? No importa, Dios es el que lo valorará.

HUMILDAD, HUMILDAD, HUMILDAD!!

Fácil de decir, difícil de vivir.

miércoles, 7 de abril de 2010

EEUU: el país más caritativo, y es por las personas religiosas, no por las laicas

Posted: Wednesday, April 7, 2010
THE CATHOLIC DIFFERENCE

Almsgiving, along with fasting and intensified prayer, is one of the three traditional Lenten practices enjoined on all Catholics by ancient tradition. So it might sem an odd moment to reflect briefly on just how much almsgiving Americans already do. But perhaps a review of some remarkable data will spur those who are already in the game to do better in our charitable giving -- and encourage those who aren't yet giving to do so.
A few months back, my friend Adam Meyerson, president of the Philanthropy Roundtable, gave a lecture on "The Generosity of America" at Michigan's Hillsdale College (itself entirely supported by tuition and philanthropy, as it accepts no government money whatsoever). Adam began by noting that the media generally notice Americans' charitable donations only in the wake of disasters; it was widely remarked, for example, that some $6 billion had been given to disaster relief in the immediate aftermath of Hurricane Katrina. Yet, admirable as that giving was, Americans routinely give about $6 billion to charity every week, Meyerson noted: "Last year [2009], Americans gave $300 billion to charity. To put this into perspective, that is almost twice as much as we spent on consumer electronics equipment -- equipment including cell phones, iPods, and DVD players. Americans gave three times as much to charity last year as we spent on gambling and ten times as much as we spent on professional sports."
All of which makes us, Meyerson concluded, "the most charitable country in the world. There is no other country that comes close." The interesting question is, why?
The first reason why has to do with American piety. Secularism may have made serious inroads into American high culture and American public life, but we are not yet Europe or Canada, and it tells in our giving: "Americans who attend church or synagogue or another form of worship once a week give three times as much to charity as a percentage of their income as do those who rarely attend religious services." And while it is true that $100 billion of that annual $300 billion in charitable giving goes to religious institutions, 2/3 of it goes to other forms of charitable activity, usually secular in character. Moreover, Meyerson, noted, regular worshippers "also give more to secular charities than do those who never or rarely attend religious services." Secularism's claims to a deeper compassion for those in need are put into serious question by this data.
Americans are also not -- yet -- infected with the European tendency to look toward government for the resolution of all their problems. As Meyerson put it, Americans "respect the freedom and the ability of individuals, and associations of individuals, to make a difference. Americans don't wait for government or the local nobleman to solve our problems; we find solutions ourselves." And we help support those who are finding those solutions through charitable giving.
The culture of philanthropy that has traditionally been a part of wealth-creation in America is another facet of this striking picture of generosity, from Andrew Carnegies's libraries to James J. Hill's donation of the Catholic seminary in St. Paul to the Gates Foundation's work to eradicate malaria. That this extraordinary generosity -- and its microcosmic counterparts in the giving that ordinary Americans do -- is facilitated by tax laws that make charitable giving economically beneficial to the donors simply suggests that, for once, there's a part of the tax code of which we can be proud.
This Lent, however, Catholics still have reason for some examination of conscience on their almsgiving. We're traditionally far behind our Protestant brethren in the percentage of our income we give back to God; and, one expects, we're also a bit behind the curve on giving to secular charities, too. The "one-third, one-third, one-third rule" still applies in too many Catholic parishes: one-third of a parish's families carry the bulk of the parish's financial burden, one-third do a little, and one-third do nothing. That can, and should, change, even in economically difficult times.
George Weigel is Distinguished Senior Fellow and William E. Simon Chair in Catholic Studies at the Ethics and Public Policy Center in Washington, D.C.

domingo, 4 de abril de 2010

Benedicto XVI: Homilía en la misa de la Cena del Señor (mis extractos y comentarios)

Al final, las palabras de Jesús se convierten en oración, en su Oración sacerdotal, en cuyo trasfondo, según los exegetas, se halla el ritual de la fiesta judía de la expiación. El sentido de aquella fiesta y de sus ritos -la purificación del mundo, su reconciliación con Dios-, se cumple en el rezar de Jesús, un rezar en el que, al mismo tiempo, se anticipa la pasión, y la transforma en oración.
(…) ¿Qué es realmente esta vida verdaderamente eterna, a la que la muerte no puede dañar? Hemos escuchado la respuesta de Jesús: Esta es la vida verdadera, que te conozcan a ti, Dios, y a tu enviado, Jesucristo. Para nuestra sorpresa, allí se nos dice que vida es conocimiento. Esto significa, ante todo, que vida es relación. Nadie recibe la vida de sí mismo ni sólo para sí mismo. La recibimos de otro, en la relación con otro. Si es una relación en la verdad y en el amor, un dar y recibir, entonces da plenitud a la vida, la hace bella.
(…) Conocer, según la sagrada escritura, es llegar a ser interiormente una sola cosa con el otro. Conocer a Dios, conocer a Cristo, siempre significa también amarlo, llegar a ser de algún modo una sola cosa con él en virtud del conocer y del amar. Nuestra vida, pues, llega a ser una vida auténtica, verdadera y también eterna, si conocemos a Aquel que es la fuente de la existencia y de la vida. De este modo, la palabra de Jesús se convierte para nosotros en una invitación: seamos amigos de Jesús, intentemos conocerlo cada vez más. Vivamos en diálogo con él. Aprendamos de él la vida recta, seamos sus testigos. Entonces seremos personas que aman y actúan de modo justo. Entonces viviremos de verdad.
(…) El Señor pide la Iglesia al Padre. Ella nace de la oración de Jesús y mediante el anuncio de los apóstoles, que dan a conocer el nombre de Dios e introducen a los hombres en la comunión de amor con Dios. Jesús pide, pues, que el anuncio de los discípulos continúe a través de los tiempos; que dicho anuncio reúna a los hombres que, gracias a este anuncio, reconozcan a Dios y a su Enviado, el Hijo Jesucristo. Reza para que los hombres sean llevados a la fe y, mediante la fe, al amor. Pide al Padre que estos creyentes "lo sean en nosotros" (Juan 17, 21); es decir, que vivan en la íntima comunión con Dios y con Jesucristo y que, a partir de este estar en comunión con Dios, se cree la unidad visible.
(Benedicto XVI, Homilía en la misa de la Cena del Señor, 01-IV-2010).

No podemos reducir la vida cristiana a una carrera por las virtudes, a menos que esa lucha la haga por la Caridad, por la relación con el Dios Amor. Por ello, la vida de oración es lo fundamental, pero siempre con efectos claros en nuestro obrar, y ahí la importancia de las virtudes. Pienso en la Eucaristía, ¡Qué mejor forma de estar unido a Ti!; y luego hacer Eucaristía toda nuestra vida, todo nuestro obrar. Hacernos sacramento, mostrar a Dios a través de nuestras vidas. Esa es la forma, y a la vez debe ser nuestra preocupación: ¿Cuándo me ven, ven a un verdadero cristiano?. En mi caso creo que no.

Amar, amar, amar. Sólo eso. Y para amar hay que ser manso, paciente, casto, laborioso, generoso, desprendido, humilde, optimista, y alegre. Llevar la alegría a los demás, escuchar a los demás, ayudar a los demás. Pero Cristo no los ha pedido dentro y con su Iglesia, que no dividamos, sino que unamos; y que esto sea visible. Que lo anunciemos con la unidad en la palabra, la fe y la caridad.

jueves, 1 de abril de 2010

¿Aburrirse en Misa?

Extracto de la entrevista de ZENIT al Prelado del Opus Dei: Monseñor Javier Echevarría, 31-03-10, La misa, una cuestión de amor.
-¿Qué recomendaría a los católicos que dicen que se “aburren” en misa?
Monseñor Echevarría: Yo les recomendaría que participaran con sinceridad en la misa, buscando y amando a Jesús. Escribió san Josemaría en Camino: “La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto”.
No hay que dar demasiada importancia al sentimiento: entusiasmo o apatía, ganas o desgana. La misa es sacrificio: Cristo se entrega por amor. Es una acción de Dios, y no podemos captar plenamente su grandeza, por nuestra condición limitada de criaturas. Pero hemos de hacer el esfuerzo no sólo de estar en misa, sino de vivir la misa en unión con Cristo y con la Iglesia
(…) En la misa no sólo se cumple una comunicación descendente del don redentor de Dios, sino también una mediación ascendente, ofrecimiento del hombre a Dios: su trabajo y sus padecimientos, sus penas y sus alegrías, todo eso unido a Cristo: por Él, con Él y en Él.

Señor, has que ame la misa, y que entienda que las oportunidades de ir a misa entre semana, debo aprovecharlas. Que entienda que es la mejor forma de hacer oración. Que la viva intensamente, que comprenda cada parte, especialmente con la memoria reviva los momentos de Tu vida que realiza la misa. En especial, internalizar que es un SACRIFICIO POR AMOR.

lunes, 22 de febrero de 2010

Cuaresma: ¿Mejorar es posible?

Podemos mejorar el mundo comenzando por nosotros mismos, cambiando, con la gracia de Dios, lo que no está bien en nuestra vida. (…) si entra en nuestra vida, si tenemos confianza en Dios, podemos rechazar todo tipo de engaños del Tentador.
Podríamos decir que es un tiempo de "competición" espiritual que hay que vivir con Jesús, sin orgullo ni autosuficencia, más bien utilizando las armas de la fe, es decir, la oración, la escucha de la Palabra de Dios y la penitencia. De este modo podremos celebrar verdaderamente la Pascua, dispuestos a renovar las promesas de nuestro Bautismo.
(Benedicto XVI, Intervención con motivo del Ángelus dominical, 21-II-2010).
El cristianismo es lucha. Pero genera cierta frustración cuando pasa el tiempo y pareciera que no se avanza en nada. Hay defectos tan arraigados. ¿Somos los cristianos unos perfeccionistas? ¿Obsesivos? ¿Maniáticos? ¿No caemos con frecuencia en los escrúpulos?. El cristiano busca la caridad, por eso anhela vivir las virtudes. No por una manía perfeccionista. ¿Cómo anhelar la santidad alegramente, caritativamente, sin frustraciones?.

miércoles, 8 de julio de 2009

Novena a la Virgen del Carmen: comienzo hoy


En 9 días vamos a celebrar la Fiesta de Nuestra Señora del Carmen, es por ello que comienzo el rezo de esta novena (ver aquì) y les dejo esta reflexión (ver acá) de un amigo-hermano carmelita de Cuba.


Imagen: la tomé de internet, es de un templo de México. Muy hermosa.


miércoles, 10 de junio de 2009

Retomando una práctica de piedad abandonada

Así son las cosas, había dejado de mi lectura espiritual (10 minutos) y la del Evangelio (5 minutos) de un tiempo para acá. Espero ser constante...; como en las visitas a Jesús Sacramentado, por tener la suerte de trabajar cerca del oratorio.

miércoles, 6 de mayo de 2009

¿Por qué los católicos y los ortodoxos veneran imágenes?

Damasceno (675-749) escribía: "En otros tiempos Dios no había sido representado nunca en imagen, siendo incorpóreo y sin rostro. Pero dado que ahora Dios ha sido visto en la carne y ha vivido entre los hombres, yo represento lo que es visible en Dios. Yo no venero la materia, sino al creador de la materia, que se ha hecho materia por mí y se ha dignado habitar en la materia y obrar mi salvación a través de la materia. Nunca cesaré por ello de venerar la materia a través de la cual me ha llegado la salvación. ¡Pero no la venero en absoluto como Dios! ¿Cómo podría ser Dios aquello que ha recibido la existencia a partir del no ser?... Sino que yo venero y respeto también todo el resto de la materia que me ha procurado la salvación, en cuanto que está llena de energías y de gracias santas. ¿No es quizás materia el madero de la cruz tres veces bendita?... ¿Y la tinta y el libro santísimo de los Evangelios no son materia? ¿El altar salvífico que nos dispensa el pan de vida no es materia?... Y antes que nada, ¿no son materia la carne y la sangre de mi Señor? O se debe suprimir el carácter sagrado de todo esto, o se debe conceder a la tradición de la Iglesia la veneración de las imágenes de Dios y la de los amigos de Dios que son santificados por el nombre que llevan, y que por esta razón están habitados por la gracia del Espíritu Santo. No se ofenda por tanto a la materia: ésta no es despreciable, porque nada de lo que Dios ha hecho es despreciable" (Contra imaginum calumniatores, I, 16, ed. Kotter, pp. 89-90). Vemos que, a causa de la encarnación, la materia aparece como divinizada, es vista como morada de Dios. Se trata de una nueva visión del mundo y de las realidades materiales. Dios se ha hecho carne y la carne se ha convertido realmente en morada de Dios, cuya gloria resplandece en el rostro humano de Cristo. Por tanto, las invitaciones del Doctor oriental son aún hoy de extrema actualidad, considerando la grandísima dignidad que la materia ha recibido en la Encarnación, pudiendo llegar a ser, en la fe, signo y sacramento eficaz del encuentro del hombre con Dios. (Benedicto XVI, Audiencia General, 06-V-2009).

En muchas ocasiones he explicado este principio de diferenciación entre el culto a Dios y a las imágenes: al primero se le adora a lo segundo se les venera, son medios que representan y que nos ayudan a acercarnos a Dios. A pesar de este principio no puedo negar que las religiones que no poseen imágenes parecieran transmitir un culto más perfecto por ser purificado de intermediaciones materiales, pero – siguiendo al Papa y a San Juan Damasceno -: ¿acaso esta idea no es producto de una tradición de rechazo al cuerpo y a la materia? ¿el católico con las imágenes no está valorando la obra de Dios, la creación y muy especialmente la encarnación?.

sábado, 2 de mayo de 2009

¿Por qué los católicos usan imágenes en su culto y espiritualidad?

Al final queda la pregunta: qué tiene que decirnos hoy este Santo (patriarca Germán de Constantinopla, siglo VIII), cronológicamente y también culturalmente bastante distante de nosotros. Creo sustancialmente tres cosas. La primera: hay una cierta visibilidad de Dios en el mundo, en la Iglesia, que debemos aprender a percibir. Dios ha creado al hombre a su imagen, pero esta imagen ha sido cubierta de tanta suciedad por el pecado, que en consecuencia Dios casi no se veía más en ella. Así el Hijo de Dios se hizo verdadero hombre, perfecta imagen de Dios: en Cristo podemos así contemplar también el rostro de Dios y aprender a ser nosotros mismos verdaderos hombres, verdaderas imágenes de Dios. Cristo nos invita a imitarle, a llegar a ser semejantes a Él, para que en cada hombre se transparente de nuevo el rostro de Dios, la imagen de Dios. A decir verdad, Dios había prohibido en el Decálogo hacer imágenes de Dios, pero esto era con motivo de las tentaciones de idolatría a las que el creyente podía estar expuesto en un contexto de paganismo. Sin embargo, cuando Dios se hizo visible en Cristo mediante la encarnación, se hizo legítimo reproducir el rostro de Cristo. Las imágenes santas nos enseñan a ver a Dios en la figuración del rostro de Cristo. Tras la encarnación del Hijo de Dios, se ha hecho por tanto posible ver a Dios en las imágenes de Cristo y también en el rostro de los santos, en el rostro de todos los hombres en los que resplandece la santidad de Dios. Lo segundo es la belleza y la dignidad de la liturgia. Celebrar la liturgia en la conciencia de la presencia de Dios, con esa dignidad y belleza que deja ver un poco su esplendor, es la tarea de todo cristiano formado en su fe. Lo tercero es amar a la Iglesia. (Benedicto XVI, Audiencia General, 29-IV-2009).

viernes, 1 de mayo de 2009

¿Por qué la Eucaristía?


Muchas veces me cuesta comprender el misterio de la Eucaristía, pero luego pienso: Vivir la Eucaristía es querer estar en comunión contigo y vivir como Tú nos enseñaste. La Eucaristía es el sacramento del amor, del compartir, del hacernos uno contigo.


domingo, 1 de junio de 2008

Benedicto XVI: Angelus dominical sobre el Sagrado Corazón (01 de junio) y clausura del mes de mayo

Benedicto XVI: Junio, mes del corazón de Cristo

Intervención con motivo del Ángelus

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 1 junio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI este domingo al rezar el Ángelus junto a miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo, que coincide con el inicio de junio, quiero recordar que este mes está tradicionalmente dedicado al Corazón de Cristo, símbolo de la fe cristiana, particularmente amado tanto por el pueblo como por los místicos y los teólogos, pues expresa de una manera sencilla y auténtica la "buena noticia" del amor, resumiendo en sí el misterio de la encarnación y de la Redención. Y el viernes pasado celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, tercera y última de las fiestas que han seguido al Tiempo Pascual, tras la Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Esta sucesión hace pensar en un movimiento hacia el centro: un movimiento del espíritu guiado por el mismo Dios. Desde el horizonte infinito de su amor, de hecho, Dios ha querido entrar en los límites de la historia y de la condición humana, ha tomado un cuerpo y un corazón, para que podamos contemplar y encontrar el infinito en el finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno. En mi primera encíclica sobre el tema del amor, el punto de partida ha sido precisamente la mirada dirigida al costado traspasado de Cristo, del que habla Juan en su Evangelio (Cf. 19,37; Deus caritas est, 12). Y este centro de la fe es también la fuente de la esperanza en la que hemos sido salvados, esperanza que ha sido el tema de mi segunda encíclica.

Toda persona necesita un "centro" para su propia vida, un manantial de verdad y de bondad al que recurrir ante la sucesión de las diferentes situaciones y en el cansancio de la vida cotidiana. Cada uno de nosotros, cuando se detiene en silencio, necesita sentir no sólo el palpitar de su corazón, sino, de manera más profunda, el palpitar de una presencia confiable, que se puede percibir con los sentidos de la fe y que, sin embargo, es mucho más real: la presencia de Cristo, corazón del mundo. Os invito, por tanto, a cada uno de vosotros a renovar en el mes de junio su propia devoción al Corazón de Cristo, valorando también la tradicional oración de ofrecimiento del día y teniendo presentes las intenciones que propongo a toda la Iglesia.

Junto al Sagrado Corazón de Jesús, la liturgia nos invita a venerar el Corazón Inmaculado de María. Encomendémonos siempre a ella con gran confianza. Quisiera invocar la materna intercesión de la Virgen una vez más por las poblaciones de China y Myanmar, golpeadas por calamidades naturales, y por quienes atraviesan las numerosas situaciones de dolor, enfermedad y miseria material y espiritual que marcan el camino de la humanidad.

[Al final del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana, en particular a los fieles de la Parroquia de San Andrés Apóstol, de Moral de Calatrava. En el día del Señor os invito a escuchar devotamente la Palabra de Dios, a acogerla en vuestro corazón con docilidad y a llevarla a la práctica con solicitud, de modo que vuestra vida se arraigue cada vez más firmemente en la roca de la amistad con Cristo. Feliz domingo a todos.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina © Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

Palabras del Papa en el Rosario de clausura del mes de mayo

El Magnificat sigue siendo la interpretación más profunda de la historia

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 1 junio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que pronunció Benedicto XVI en la noche de este sábado al rezar el Rosario en la clausura del mes de mayo, tradicionalmente dedicado a María.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Concluimos el mes de mayo con este sugerente encuentro de oración mariana. Os saludo con afecto y os doy las gracias por vuestra participación. Saludo, en primer lugar, al señor cardenal Angelo Comastri; con él saludo a los demás cardenales, arzobispos, obispos y sacerdotes que han participado en esta celebración nocturna. Saludo a los consagrados y a todos vosotros, queridos fieles laicos, que con vuestra presencia habéis querido rendir homenaje a la Virgen Santísima.

Hoy celebramos la fiesta de la Visitación de la Virgen María y la memoria del Corazón Inmaculado de María. Por tanto, todo nos invita a dirigir la mirada con confianza a María. Nos hemos dirigido a ella, también esta noche, con la antigua y siempre actual práctica del Rosario. El Rosario, cuando no es una repetición mecánica de fórmulas tradicionales, es una meditación bíblica que nos hace revivir los acontecimientos de la vida del Señor en compañía de la Virgen, conservándolos como ella, en nuestro corazón. En muchas comunidades cristianas, durante el mes de mayo, se da la bella costumbre de rezar de manera más solemne el Rosario en familia y en las parroquias. Que no decaiga esta buena costumbre, ahora que termina el mes, para que, aprendiendo de María, la lámpara de la fe brille cada vez más en el corazón de los cristianos y en sus casas.

En la fiesta de la visitación, la liturgia nos hace volver a escuchar el pasaje del Evangelio de Lucas, que narra el viaje de María de Nazaret a casa de la anciana prima, Isabel. Imaginemos el estado de ánimo de la Virgen tras la Anunciación, cuando el ángel la dejó. María se encontró con un gran misterio encerrado en el seno; sabía que había sucedido algo extraordinariamente único; se daba cuenta de que había comenzado el último capítulo de la historia de la salvación del mundo. Pero, a su alrededor, todo había quedado como antes y la aldea de Nazaret no sabía nada de lo que le había sucedido.

Sin embargo, antes de preocuparse por sí misma, María piensa en la anciana Isabel, al saber que su embarazo está en un estado avanzado y, movida por el misterio de amor que acaba de acoger en su interior, se pone en camino "rápidamente" para ir a ofrecerle ayuda. ¡Esta es la grandeza sencilla y sublime de María! Cuando llega a la casa de Isabel, ocurre algo que ningún pintor podrá plasmar nunca en toda su belleza y profundidad. La luz interior del Espíritu Santo envuelve sus personas. E Isabel, iluminada desde lo Alto, exclama: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lucas 1, 42-45).

Estas palabras podrían parecer desproporcionadas respecto al contexto real. Isabel es una de las muchas ancianas de Israel y María una muchacha desconocida de una aldea perdida de Galilea. ¿Qué pueden ser y que pueden hacer en un mundo en el que cuentan otras personas y otros poderes? Sin embargo, María nos sorprende una vez más; su corazón es limpio, totalmente abierto a la luz de Dios; su alma no tiene pecado, no carga con el peso del orgullo o el egoísmo. Las palabras de Isabel encienden en su espíritu un cántico de alabanza que es una auténtica y profunda interpretación "teológica" de su historia: una lectura que tenemos que seguir aprendiendo de quien tiene una fe sin sombras ni grietas. "Engrandece mi alma al Señor". María reconoce la grandeza de Dios. Este es el primer e indispensable sentimiento de la fe: el sentimiento que da seguridad a la criatura humana y que libera del miedo, a pesar de las tempestades de la historia.

Más allá de la superficie, María "ve" con los ojos de la fe la obra de Dios en la historia. Por este motivo es bienaventurada, pues ha creído: por la fe, de hecho, ha acogido la Palabra del Señor y ha concebido al Verbo encarnado. Su fe le ha hecho ver que los tronos de los poderosos de este mundo son provisionales, mientras que el trono de Dios es la única roca que no cambia, que no se derrumba. Su Magnificat, con el pasar de los siglos y milenios, sigue siendo la interpretación más verdadera y profunda de la historia, mientras las interpretaciones de muchos de los sabios de este mundo han sido desmentidas por los hechos en el transcurso de los siglos.

Queridos hermanos y hermanas: volvamos a casa con el Magnificat en el corazón. Alberguemos en nuestro espíritu los mismos sentimientos de alabanza y acción de gracias de María hacia el Señor, su fe y su esperanza, su abandono dócil en las manos de la Providencia divina. Imitemos su ejemplo de disponibilidad y de generosidad en el servicio a los hermanos. De hecho, sólo acogiendo el amor de Dios y haciendo de nuestra existencia un servicio desinteresado y generoso al prójimo, podremos elevar con alegría un canto de alabanza al Señor. Que nos alcance esta gracia la Virgen, quien nos invita en esta noche a encontrar refugio en su Corazón inmaculado.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

sábado, 17 de mayo de 2008

Decálogo de la oración por "De la mano de Teresa de Jesús"

Este post fue tomado del excelente blog De la mano de Teresa de Jesús:
Decálogo de la oración para andar por casa

1. Hazte con una llave maestra para entrar en oración en tu cuarto, en tu rincón favorito, pero también en el autobús, en el centro comercial, en tu trabajo, en la carnicería…

2. Acude a la oración como si se tratara de una cita de vital importancia. Recuerda tu primera cita de amor o la entrevista para tu primer trabajo.

3. Es importante que hables a Dios acerca de tus errores, de tus infidelidades..., pero mucho, mucho más importante es que te des cuenta de que “tus pecados no llegan ni al tobillo a la misericordia de Dios.”

4. Cuando desees orar pero te lo impide la conversación con una persona, no desesperes ni lo dejes para otra ocasión: escucha a Jesús en las palabras de tu hermano.

5. Si en algún momento de la oración sientes ganas de reír…, ríe; si ganas de llorar…, llora; cuando el hombre deja que Dios entre en su corazón, Él obra de múltiples formas.

6. No uses fórmulas estrambóticas para dirigirte a Dios. Él te entiende de sobra. Es más, las palabras que tú vas a usar las ha puesto Dios en tus labios.

7. A veces al orar no sentirás nada, pensarás que Dios está mudo. No te preocupes. Dios no te ha abandonado, únicamente ha cambiado de estrategia y te está acariciando amorosamente… Siente sus caricias.

8. Cuando los ruidos te impidan orar, piensa en el Dios de las multitudes, en el Dios de los amigos, de las reuniones festivas… Recrea en tu corazón un texto evangélico en el que Jesús se relacione con la gente.

9. No sólo pidas a Dios por ti, por tu familia, por los más pobres, por, por… Dios también necesita tu ayuda. Dile en que le puedes ayudar y échale una mano.

10. No salgas de la oración de capa caída por no haber solucionado la papeleta. Siéntete radiante pues tú lo has dejado todo en manos de Dios. Confía en que Él te dará fuerzas y obrará en ti.

martes, 13 de mayo de 2008

Benedicto XVI y el rezo del Rosario (sábado 03 de mayo)

El Papa ve una nueva primavera del Rosario

Intervención tras rezar la oración mariana en la Basílica de Santa María la Mayor

CIUDAD DEL VATICANO, martes, 13 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que pronunció Benedicto XVI al final del rezo del Rosario en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma el pasado sábado 3 de mayo de 2008.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Al final de este momento de oración mariana, os dirijo a todos mi cordial saludo y os agradezco vuestra participación. En particular, saludo al cardenal Bernard Francis Law, arcipreste de esta estupenda basílica de Santa María la Mayor. En Roma este es el templo mariano por excelencia, en el que los habitantes de la ciudad veneran con gran afecto el icono de María Salus populi romani. He aceptado de buen grado la invitación que me han hecho a dirigir el santo rosario el primer sábado del mes de mayo, según la hermosa tradición que he vivido desde mi infancia. En efecto, en la experiencia de mi generación, las tardes de mayo evocan dulces recuerdos relacionados con las citas vespertinas para rendir homenaje a la Virgen. ¿Cómo olvidar la oración del rosario en la parroquia, en los patios de las casas o en las calles de las aldeas?

Hoy, juntos, confirmamos que el santo rosario no es una práctica piadosa del pasado, como oración de otros tiempos en los que se podría pensar con nostalgia. Al contrario, el rosario está experimentando una nueva primavera. No cabe duda de que este es uno de los signos más elocuentes del amor que las generaciones jóvenes sienten por Jesús y por su Madre, María. En el mundo actual, tan dispersivo, esta oración ayuda a poner a Cristo en el centro, como hacía la Virgen, que meditaba en su corazón todo lo que se decía de su Hijo, y también lo que él hacía y decía.

Cuando se reza el rosario, se reviven los momentos importantes y significativos de la historia de la salvación; se recorren las diversas etapas de la misión de Cristo. Con María, el corazón se orienta hacia el misterio de Jesús. Se pone a Cristo en el centro de nuestra vida, de nuestro tiempo, de nuestras ciudades, mediante la contemplación y la meditación de sus santos misterios de gozo, de luz, de dolor y de gloria.

Que María nos ayude a acoger en nosotros la gracia que procede de estos misterios para que, a través de nosotros, pueda difundirse en la sociedad, a partir de las relaciones diarias, y purificarla de las numerosas fuerzas negativas, abriéndola a la novedad de Dios. En efecto, cuando se reza el rosario de modo auténtico, no mecánico y superficial sino profundo, trae paz y reconciliación. Encierra en sí la fuerza sanadora del Nombre santísimo de Jesús, invocado con fe y con amor en el centro de cada avemaría.

Queridos hermanos y hermanas, demos gracias a Dios, que nos ha concedido vivir esta tarde una hora de gracia tan hermosa, y en las próximas tardes de este mes mariano, aunque estemos distantes, cada uno en su propia familia y comunidad, sintámonos igualmente cercanos y unidos en la oración. Especialmente durante estos días que nos preparan para la solemnidad de Pentecostés, permanezcamos unidos a María, invocando para la Iglesia una renovada efusión del Espíritu Santo. Que, como en los orígenes, María santísima ayude a los fieles de cada comunidad cristiana a formar un solo corazón y una sola alma.

Os encomiendo las intenciones más urgentes de mi ministerio, las necesidades de la Iglesia, los grandes problemas de la humanidad: la paz en el mundo, la unidad de los cristianos, el diálogo entre todas las culturas. Y, pensando en Roma y en Italia, os invito a rezar por los objetivos pastorales de la diócesis y por el desarrollo solidario de este amado país.

Al nuevo alcalde de Roma, honorable Gianni Alemanno, a quien veo aquí presente, le expreso mi deseo de un servicio fructífero para el bien de toda la comunidad ciudadana. A todos vosotros, aquí reunidos, y a cuantos están unidos a nosotros mediante la radio y la televisión, en particular a los enfermos y a los que sufren, imparto de corazón la bendición apostólica.

[Traducción distribuida por la Santa Sede
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

sábado, 10 de mayo de 2008

Comentario al Evangelio del Domingo de Pentecostés: 11 de mayo (padre Cantalamessa)

Predicador del Papa: La plegaria, secreto para «un nuevo Pentecostés»
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
ROMA, viernes, 9 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, Solemnidad de Pentecostés.
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Domingo de PentecostésHechos 2, 1-11; 1 Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
El poder de lo alto Todos hemos visto en alguna ocasión la escena de un coche averiado: dentro está el conductor y detrás una o dos personas empujando fatigosamente el vehículo, intentando inútilmente darle la velocidad necesaria para que arranque. Se detienen, se secan el sudor, vuelven a empujar... Y de repente, un ruido, el motor se pone en marcha, el coche avanza y los que lo empujaban se yerguen con un suspiro de alivio. Es una imagen de lo que ocurre en la vida cristiana. Se camina a fuerza de impulsos, con fatiga, sin grandes progresos. Y pensar que tenemos a disposición un motor potentísimo («¡el poder de lo alto!») que espera sólo que se le ponga en marcha. La fiesta de Pentecostés debería ayudarnos a descubrir este motor y cómo ponerlo en movimiento.
El relato de Hechos de los Apóstoles comienza diciendo: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar». De estas palabras deducimos que Pentecostés preexistía... a Pentecostés. En otras palabras: había ya una fiesta de Pentecostés en el judaísmo y fue durante tal fiesta que descendió el Espíritu Santo. No se entiende el Pentecostés cristiano sin tener en cuenta el Pentecostés judío que lo preparó. En el Antiguo Testamento ha habido dos interpretaciones de la fiesta de Pentecostés. Al principio era la fiesta de las siete semanas, la fiesta de la cosecha, cuando se ofrecía a Dios la primicia del trigo; pero sucesivamente, y ciertamente en tiempos de Jesús, la fiesta se había enriquecido de un nuevo significado: era la fiesta de la entrega de la ley en el monte Sinaí y de la alianza. Si el Espíritu Santo viene sobre la Iglesia precisamente el día en que en Israel se celebraba la fiesta de la ley y de la alianza es para indicar que el Espíritu Santo es la ley nueva, la ley espiritual que sella la nueva y eterna alianza.
Una ley escrita ya no sobre tablas de piedra, sino en tablas de carne, que son los corazones de los hombres. Estas consideraciones suscitan de inmediato un interrogante: ¿vivimos bajo la antigua ley o bajo la ley nueva? ¿Cumplimos nuestros deberes religiosos por constricción, por temor y por acostumbramiento, o en cambio por convicción íntima y casi por atracción? ¿Sentimos a Dios como padre o como patrón?Concluyo con una historia. A principios del XX, una familia del sur de Italia emigra a los Estados Unidos. Como carecen de suficiente dinero para pagar las comidas en el restaurante, llevan consigo vianda para el viaje: pan y queso. Con el paso de los días y de las semanas el pan se endurece y el queso enmohece; en cierto momento, el hijo no lo aguanta más y no hace más que llorar. Entonces sus padres sacan la poca calderilla que les queda y se la dan para que disfrute de una buena comida en el restaurante. El hijo va, come y vuelve a sus padres bañado en lágrimas. «¿Cómo? Hemos gastado todo para pagarte un almuerzo, ¿y sigues llorando?». «Lloro porque he descubierto que una comida al día en el restaurante estaba incluida en el precio, ¡y hemos pasado todo el tiempo a pan y queso!».
Muchos cristianos realizan la travesía de la vida «a pan y queso», sin alegría, sin entusiasmo, cuando podrían, espiritualmente hablando, disfrutar cada día de todo «bien de Dios», todo «incluido en el precio» de ser cristianos. El secreto para experimentar aquello que Juan XXIII llamaba «un nuevo Pentecostés» se llama oración. ¡Es ahí donde se prende la «chispa» que enciende el motor! Jesús ha prometido que el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan (Lc 11, 13). Entonces, ¡pedir! La liturgia de Pentecostés nos ofrece magníficas expresiones para hacerlo: «Ven, Espíritu Santo... Ven, Padre de los pobres; ven, dador de los dones; ven, luz de los corazones. En el esfuerzo, descanso; refugio en las horas de fuego; consuelo en el llanto. ¡Ven Espíritu Santo!».
[Traducción del original italiano por Marta Lago]

jueves, 1 de mayo de 2008

Estamos en mayo: para mí un mes especialísimo...


Son tantas cosas pero lo fundamentalmente dos: es mes de la Virgen y es el mes en que me casé con la mujer que siempre soñé y que tanto pedí a Nuestra Madre en el cielo, y pedí por ella no sólo en mayo, sino también junio, julio... Pues entonces es mes de las mujeres, de las mujeres de mi vida... porque es mes también en que celebramos el día de la madre; y me faltaba otra mujer: mi abuelita paterna que con tanta devoción rezaba el rosario y me lo enseñó a rezar, dejándome su rosario gastado y que yo guardo como valiosísima reliquia (y que rezo con él todo los días); y mi abuela nos dejó un día de mayo al igual que su esposo: mi abuelo. Nunca olvidaré esos días de mayo en que mi abuela ya estaba muy mal en el año 2003, como ella nos decía que pronto vendría su esposo a buscarla y se irían de viaje; y yo sabía que el viaje era con PapáDios y la Virgen a los que tanto amaron mis abuelos, amor que me dejaron de herencia.

Imagen: el rosario de mi abuela.

viernes, 25 de abril de 2008

Ya tengo confesor...

Desde un tiempo para acá me propuse confesarme semanalmente, a ver si mejoro en algo. Es difícil conseguir un cura que se preste para tal tarea, no solo porque hay pocos curas, sino porque creo que a muchos les parece una exageración o quizás es que tenemos "escrúpulos". Una vez un cura me preguntó: "¿desde cuándo no se confiesa?", y al decirle que una semana, fue tal el regaño que me echó (para él uno se debe confesar mensualmente) que prometí no confesarme más nunca con él; en verdad que me molestó, como si fuera pecado confesarse semanalmente. Hay otros que no pueden porque viven en reuniones (ver acá), y una vez un sacerdote me dijo que el confesionario es muy caluroso y le pican los zancudos, y claro: no faltarán los que dicen que eso no ayuda a los pobres.
No es cuestión de escrúpulos o puritanismo,el querera confesarse semanalmente, nada que ver; yo creo que ayuda porque es un sacramento y como le he escuchado a los entendidos: te ayuda a luchar en tu camino cristiano, te ayuda en lo que más te cuesta mejorar; no importa que confieses siempre lo mismo, el confesarlo te ayuda (porque es UN SACRAMENTO). Además, la confesión es el mejor diván de psicólogo. Como preguntó Cocodrilo Dundee al saber el trabajo de los psicólogos: "¿y no tienen amigos?"; yo agregaría: "ni cura para confesarse".

Pues si, ya conseguí y no tiene royo que sea semanal.

sábado, 19 de abril de 2008

Benedicto XVI: reflexiona sobre el ser discípulo de Jesús en el discurso a los jóvenes en el Seminario St. Joseph de NY (19 de abril)

El subrayado es nuestro.
Discurso a los jóvenes de EEUU en el Seminario St. Joseph de NY

Queridos Hermanos en el Episcopado,

Queridos jóvenes amigos:

Proclamen a Cristo Señor, “siempre prontos para dar razón de su esperanza a todo el que se la pidiere” (1 Pe 3,15). Con estas palabras de la Primera carta de san Pedro, saludo a cada uno de ustedes con cordial afecto. Agradezco al Señor Cardenal Egan sus amables palabras de bienvenida y también doy las gracias a los representantes que han elegido por sus manifestaciones de gozosa acogida. Dirijo un particular saludo y expreso mi gratitud al Señor Obispo Walsh, Rector del Seminario de San José, al personal y a los seminaristas.

Jóvenes amigos, me alegra tener la ocasión de hablar con ustedes. Lleven, por favor, mis cordiales saludos a los miembros de sus familias y a sus parientes, así como a sus profesores y al personal de las diversas Escuelas, Colegios y Universidades a las que pertenecen. Me consta que muchos han trabajado intensamente para garantizar la realización de este nuestro encuentro. Les quedo muy reconocido. Gracias también por haberme cantado el “Happy Birthday”. Gracias por este detalle conmovedor; a todos les doy un sobresaliente por la pronunciación del alemán. Esta tarde quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el ser discípulo de Jesucristo; siguiendo las huellas del Señor, nuestra vida se transforma en un viaje de esperanza.

Tienen delante las imágenes de seis hombres y mujeres ordinarios que se superaron para llevar una vida extraordinaria. La Iglesia les tributa el honor de Venerables, Beatos o Santos: cada uno respondió a la llamada de Dios y a una vida de caridad, y lo sirvió aquí en las calles y callejas o en los suburbios de Nueva York. Me ha impresionado la heterogeneidad de este grupo: pobres y ricos, laicos y laicas –una era una pudiente esposa y madre–, sacerdotes y religiosas, emigrantes venidos de lejos, la hija de un guerrero Mohawk y una madre Algonquin, un esclavo haitiano y un intelectual cubano.

Santa Isabel Ana Seton, Santa Francisca Javier Cabrina, San Juan Neumann, la beata Kateri Tekakwitha, el venerable Pierre Toussaint y el Padre Félix Varela: cada uno de nosotros podría estar entre ellos, pues en este grupo no hay un estereotipo, ningún modelo uniforme. Pero mirando más de cerca se aprecian ciertos rasgos comunes. Inflamados por el amor de Jesús, sus vidas se convirtieron en extraordinarios itinerarios de esperanza. Para algunos, esto supuso dejar la Patria y embarcarse en una peregrinación de miles de kilómetros. Para todos, un acto de abandono en Dios con la confianza de que él es la meta final de todo peregrino. Y cada uno de ellos ofrecían su “mano tendida” de esperanza a cuantos encontraban en el camino, suscitando en ellos muchas veces una vida de fe. Atendieron a los pobres, a los enfermos y a los marginados en hospicios, escuelas y hospitales, y, mediante el testimonio convincente que proviene del caminar humildemente tras las huellas de Jesús, estas seis personas abrieron el camino de la fe, la esperanza y la caridad a muchas otras, incluyendo tal vez a sus propios antepasados.

Y ¿qué ocurre hoy? ¿Quién da testimonio de la Buena Noticia de Jesús en las calles de Nueva York, en los suburbios agitados en la periferia de las grandes ciudades, en las zonas donde se reúnen los jóvenes buscando a alguien en quien confiar? Dios es nuestro origen y nuestra meta, y Jesús es el camino. El recorrido de este viaje pasa, como el de nuestros santos, por los gozos y las pruebas de la vida ordinaria: en vuestras familias, en la escuela o el colegio, durante vuestras actividades recreativas y en vuestras comunidades parroquiales. Todos estos lugares están marcados por la cultura en la que estáis creciendo. Como jóvenes americanos se les ofrecen muchas posibilidades para el desarrollo personal y están siendo educados con un sentido de generosidad, servicio y rectitud. Pero no necesitan que les diga que también hay dificultades: comportamientos y modos de pensar que asfixian la esperanza, sendas que parecen conducir a la felicidad y a la satisfacción, pero que sólo acaban en confusión y angustia.

Mis años de teenager fueron arruinados por un régimen funesto que pensaba tener todas las respuestas; su influjo creció –filtrándose en las escuelas y los organismos civiles, así como en la política e incluso en la religión– antes de que pudiera percibirse claramente que era un monstruo. Declaró proscrito a Dios, y así se hizo ciego a todo lo bueno y verdadero. Muchos de los padres y abuelos de ustedes les habrán contado el horror de la destrucción que siguió después. Algunos de ellos, de hecho, vinieron a América precisamente para escapar de este terror.

Demos gracias a Dios, porque hoy muchos de su generación pueden gozar de las libertades que surgieron gracias a la expansión de la democracia y del respeto de los derechos humanos. Demos gracias a Dios por todos los que lucharon para asegurar que puedan crecer en un ambiente que cultiva lo bello, bueno y verdadero: sus padres y abuelos, sus profesores y sacerdotes, las autoridades civiles que buscan lo que es recto y justo.

Sin embargo, el poder destructivo permanece. Decir lo contrario sería engañarse a sí mismos. Pero éste jamás triunfará; ha sido derrotado. Ésta es la esencia de la esperanza que nos distingue como cristianos; la Iglesia lo recuerda de modo muy dramático en el Triduo Pascual y lo celebra con gran gozo en el Tiempo pascual. El que nos indica la vía tras la muerte es Aquel que nos muestra cómo superar la destrucción y la angustia; Jesús es, pues, el verdadero maestro de vida (cf. Spe salvi, 6). Su muerte y resurrección significa que podemos decir al Padre celestial: “Tú has renovado el mundo” (Viernes Santo, Oración después de la comunión). De este modo, hace pocas semanas, en la bellísima liturgia de la Vigilia pascual, no por desesperación o angustia, sino con una confianza colmada de esperanza, clamamos a Dios por nuestro mundo: “Disipa las tinieblas del corazón. Disipa las tinieblas del espíritu” (cf. Oración al encender el cirio pascual).

¿Qué pueden ser estas tinieblas? ¿Qué sucede cuando las personas, sobre todo las más vulnerables, encuentran el puño cerrado de la represión o de la manipulación en vez de la mano tendida de la esperanza? El primer grupo de ejemplos pertenece al corazón. Aquí, los sueños y los deseos que los jóvenes persiguen se pueden romper y destruir muy fácilmente. Pienso en los afectados por el abuso de la droga y los estupefacientes, por la falta de casa o la pobreza, por el racismo, la violencia o la degradación, en particular muchachas y mujeres. Aunque las causas de estas situaciones problemáticas son complejas, todas tienen en común una actitud mental envenenada que se manifiesta en tratar a las personas como meros objetos: una insensibilidad del corazón, que primero ignora y después se burla de la dignidad dada por Dios a toda persona humana. Tragedias similares muestran también que lo podría haber sido y lo que puede ser ahora, si otras manos, vuestras manos, hubieran estado tendidas o se tendiesen hacia ellos. Les animo a invitar a otros, sobre todo a los débiles e inocentes, a unirse a ustedes en el camino de la bondad y de la esperanza.

El segundo grupo de tinieblas –las que afectan al espíritu– a menudo no se percibe, y por eso es particularmente nocivo. La manipulación de la verdad distorsiona nuestra percepción de la realidad y enturbia nuestra imaginación y nuestras aspiraciones. Ya he mencionado las muchas libertades que afortunadamente pueden gozar ustedes. Hay que salvaguardar rigurosamente la importancia fundamental de la libertad. No sorprende, pues, que muchas personas y grupos reivindiquen en voz alta y públicamente su libertad. Pero la libertad es un valor delicado. Puede ser malentendida y usada mal, de manera que no lleva a la felicidad que todos esperamos, sino hacia un escenario oscuro de manipulación, en el que nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo se hace confusa o se ve incluso distorsionada por quienes ocultan sus propias intenciones.

¿Han notado ustedes que, con frecuencia, se reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona humana? Hay quien afirma hoy que el respeto a la libertad del individuo hace que sea erróneo buscar la verdad, incluida la verdad sobre lo que es el bien. En algunos ambientes, hablar de la verdad se considera como una fuente de discusiones o de divisiones y, por tanto, es mejor relegar este tema al ámbito privado. En lugar de la verdad –o mejor, de su ausencia– se ha difundido la idea de que, dando un valor indiscriminado a todo, se asegura la libertad y se libera la conciencia. A esto llamamos relativismo. Pero, ¿qué objeto tiene una “libertad” que, ignorando la verdad, persigue lo que es falso o injusto? ¿A cuántos jóvenes se les ha tendido una mano que, en nombre de la libertad o de una experiencia, los ha llevado al consumo habitual de estupefacientes, a la confusión moral o intelectual, a la violencia, a la pérdida del respeto por sí mismos, a la desesperación incluso y, de este modo, trágicamente, al suicidio? Queridos amigos, la verdad no es una imposición. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. Buscando la verdad llegamos a vivir basados en la fe porque, en definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo. Ésta es la razón por la que la auténtica libertad no es optar por “desentenderse de”. Es decidir “comprometerse con”; nada menos que salir de sí mismos y ser incorporados en el “ser para los otros” de Cristo (cf. Spe salvi, 28).

Como creyentes, ¿cómo podemos ayudar a los otros a caminar por el camino de la libertad que lleva a la satisfacción plena y a la felicidad duradera? Volvamos una vez más a los santos. ¿De qué modo su testimonio ha liberado realmente a otros de las tinieblas del corazón y del espíritu? La respuesta se encuentra en la médula de su fe, de nuestra fe. La encarnación, el nacimiento de Jesús nos muestra que Dios, de hecho, busca un sitio entre nosotros. A pesar de que la posada está llena, él entra por el establo, y hay personas que ven su luz. Se dan cuenta de lo que es el mundo oscuro y hermético de Herodes y siguen, en cambio, el brillo de la estrella que los guía en la noche. ¿Y qué irradia? A este respecto pueden recordar la oración recitada en la noche santa de Pascua: “¡Oh Dios!, que por medio de tu Hijo, luz del mundo, nos has dado la luz de tu gloria, enciende en nosotros la llama viva de tu esperanza” (cf. Bendición del fuego). De este modo, en la procesión solemne con las velas encendidas, nos pasamos de uno a otro la luz de Cristo. Es la luz que “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Exsultet). Ésta es la luz de Cristo en acción. Éste es el camino de los santos. Ésta es la visión magnífica de la esperanza. La luz de Cristo les invita a ser estrellas-guía para los otros, marchando por el camino de Cristo, que es camino de perdón, de reconciliación, de humildad, de gozo y de paz.

Sin embargo, a veces tenemos la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, de dudar de la fuerza del esplendor de Cristo, de limitar el horizonte de la esperanza. ¡Ánimo! Miren a nuestros santos. La diversidad de su experiencia de la presencia de Dios nos sugiere descubrir nuevamente la anchura y la profundidad del cristianismo. Dejen que su fantasía se explaye libremente por el ilimitado horizonte del discipulado de Cristo. A veces nos consideran únicamente como personas que hablan sólo de prohibiciones. Nada más lejos de la verdad. Un discipulado cristiano auténtico se caracteriza por el sentido de la admiración. Estamos ante un Dios que conocemos y al que amamos como a un amigo, ante la inmensidad de su creación y la belleza de nuestra fe cristiana.

Queridos amigos, el ejemplo de los santos nos invita, también, a considerar cuatro aspectos esenciales del tesoro de nuestra fe: oración personal y silencio, oración litúrgica, práctica de la caridad y vocaciones.

Lo más importante es que ustedes desarrollen su relación personal con Dios. Esta relación se manifiesta en la plegaria. Dios, por virtud de su propia naturaleza, habla, escucha y responde. En efecto, San Pablo nos recuerda que podemos y debemos “ser constantes en orar” (cf. 1 Ts 5,17). En vez de replegarnos sobre nosotros mismos o de alejarnos de los vaivenes de la vida, en la oración nos dirigimos hacia Dios y, por medio de Él, nos volvemos unos a otros, incluyendo a los marginados y a cuantos siguen vías distintas a las de Dios (cf. Spe salvi, 33). Como admirablemente nos enseñan los santos, la oración se transforma en esperanza en acto. Cristo era su constante compañero, con quien conversaban en cualquier momento de su camino de servicio a los demás.

Hay otro aspecto de la oración que debemos recordar: la contemplación y el silencio. San Juan, por ejemplo, nos dice que para acoger la revelación de Dios es necesario escuchar y después responder anunciando lo que hemos oído y visto (cf. 1 Jn 1,2-3; Dei Verbum, 1). ¿Hemos perdido quizás algo del arte de escuchar? ¿Dejan ustedes algún espacio para escuchar el susurro de Dios que les llama a caminar hacia la bondad? Amigos, no tengan miedo del silencio y del sosiego, escuchen a Dios, adórenlo en la Eucaristía. Permitan que su palabra modele su camino como crecimiento de la santidad.

En la liturgia encontramos a toda la Iglesia en plegaria. La palabra “liturgia” significa la participación del pueblo de Dios en “la obra de Cristo Sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Sacrosanctum concilium, 7). ¿En qué consiste esta obra? Ante todo se refiere a la Pasión de Cristo, a su muerte y resurrección y a su ascensión, lo que denominamos “Misterio pascual”. Se refiere también a la celebración misma de la liturgia. Los dos significados, de hecho, están vinculados inseparablemente, ya que esta “obra de Jesús” es el verdadero contenido de la liturgia. Mediante la liturgia, “la obra de Jesús” entra continuamente en contacto con la historia; con nuestra vida, para modelarla. Aquí percibimos otra idea de la grandeza de nuestra fe cristiana. Cada vez que se reúnen para la Santa Misa, cuando van a confesarse, cada vez que celebran uno de los Sacramentos, Jesús está actuando. Por el Espíritu Santo los atrae hacia sí, dentro de su amor sacrificial por el Padre, que se transforma en amor hacia todos. De este modo vemos que la liturgia de la Iglesia es un ministerio de esperanza para la humanidad. Vuestra participación colmada de fe es una esperanza activa que ayuda a que el mundo -tanto santos como pecadores- esté abierto a Dios; ésta es la verdadera esperanza humana que ofrecemos a cada uno (cf. Spe salvi, 34).

Su plegaria personal, sus tiempos de contemplación silenciosa y su participación en la liturgia de la Iglesia les acerca más a Dios y les prepara también para servir a los demás. Los santos que nos acompañan esta tarde nos muestran que la vida de fe y de esperanza es también una vida de caridad. Contemplando a Jesús en la cruz, vemos el amor en su forma más radical. Comencemos a imaginar el camino del amor por el que debemos marchar (cf. Deus caritas est, 12). Las ocasiones para recorrer este camino son muchas. Miren a su alrededor con los ojos de Cristo, escuchen con sus oídos, intuyan y piensen con su corazón y su espíritu. ¿Están ustedes dispuestos a dar todo por la verdad y la justicia, como hizo Él? Muchos de los ejemplos de sufrimiento a los que nuestros santos respondieron con compasión, siguen produciéndose todavía en esta ciudad y en sus alrededores. Y han surgido nuevas injusticias: algunas son complejas y derivan de la explotación del corazón y de la manipulación del espíritu; también nuestro ambiente de la vida ordinaria, la tierra misma, gime bajo el peso de la avidez consumista y de la explotación irresponsable. Hemos de escuchar atentamente. Hemos de responder con una acción social renovada que nazca del amor universal que no conoce límites. De este modo estamos seguros de que nuestras obras de misericordia y justicia se transforman en esperanza viva para los demás.

Queridos jóvenes, quisiera añadir por último una palabra sobre las vocaciones. Pienso, ante todo, en sus padres, abuelos y padrinos. Ellos han sido sus primeros educadores en la fe. Al presentarlos para el bautismo, les dieron la posibilidad de recibir el don más grande de su vida. Aquel día ustedes entraron en la santidad de Dios mismo. Llegaron a ser hijos e hijas adoptivos del Padre. Fueron incorporados a Cristo. Se convirtieron en morada de su Espíritu. Recemos por las madres y los padres en todo el mundo, en particular por los que de alguna manera están lejos, social, material, espiritualmente. Honremos las vocaciones al matrimonio y a la dignidad de la vida familiar. Deseamos que se reconozca siempre que las familias son el lugar donde nacen las vocaciones.

Saludo a los seminaristas congregados en el Seminario de San José y animo también a todos los seminaristas de América. Me alegra saber que están aumentando. El Pueblo de Dios espera de ustedes que sean sacerdotes santos, caminando cotidianamente hacia la conversión, inculcando en los demás el deseo de entrar más profundamente en la vida eclesial de creyentes. Les exhorto a profundizar su amistad con Jesús, el Buen Pastor. Hablen con Él de corazón a corazón. Rechacen toda tentación de ostentación, hacer carrera o de vanidad. Tiendan hacia un estilo de vida caracterizado auténticamente por la caridad, la castidad y la humildad, imitando a Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote, del que deben llegar a ser imágenes vivas (cf. Pastores dabo vobis, 33). Queridos seminaristas, rezo por ustedes cada día. Recuerden que lo que cuenta ante el Señor es permanecer en su amor e irradiar su amor por los demás.

Las Religiosas, los Religiosos y los Sacerdotes de las Congregaciones contribuyen generosamente a la misión de la Iglesia. Su testimonio profético se caracteriza por una convicción profunda de la primacía del Evangelio para plasmar la vida cristiana y transformar la sociedad. Quisiera hoy llamar su atención sobre la renovación espiritual positiva que las Congregaciones están llevando a cabo en relación con su carisma. La palabra “carisma” significa don ofrecido libre y gratuitamente. Los carismas los concede el Espíritu Santo que inspira a los fundadores y fundadoras y forma las Congregaciones con el consiguiente patrimonio espiritual. El maravilloso conjunto de carismas propios de cada Instituto religioso es un tesoro espiritual extraordinario. En efecto, la historia de la Iglesia se muestra tal vez del modo más bello a través de la historia de sus escuelas de espiritualidad, la mayor parte de las cuales se remontan a la vida de los santos fundadores y fundadoras. Estoy seguro que, descubriendo los carismas que producen esta riqueza de sabiduría espiritual, algunos de ustedes, jóvenes, se sentirán atraídos por una vida de servicio apostólico o contemplativo. No sean tímidos para hablar con hermanas, hermanos o sacerdotes religiosos sobre su carisma y la espiritualidad de su Congregación. No existe ninguna comunidad perfecta, pero es el discernimiento de la fidelidad al carisma fundador, no a una persona en particular, lo que el Señor les está pidiendo. Ánimo. También ustedes pueden hacer de su vida una autodonación por amor al Señor Jesús y, en Él, a todos los miembros de la familia humana (cf. Vita consecrata, 3).

Amigos, de nuevo les pregunto, ¿qué decir de la hora presente? ¿Qué están buscando? ¿Qué les está sugiriendo Dios? Cristo es la esperanza que jamás defrauda. Los santos nos muestran el amor desinteresado por su camino. Como discípulos de Cristo, sus caminos extraordinarios se desplegaron en aquella comunidad de esperanza que es la Iglesia. Y también ustedes encontrarán dentro de la Iglesia el aliento y el apoyo para marchar por el camino del Señor. Alimentados por la plegaria personal, preparados en el silencio, modelados por la liturgia de la Iglesia, descubrirán la vocación particular a la que el Señor les llama. Acójanla con gozo. Hoy son ustedes los discípulos de Cristo. Irradien su luz en esta gran ciudad y en otras. Den razón de su esperanza al mundo. Hablen con los demás de la verdad que les hace libres. Con estos sentimientos de gran esperanza en ustedes, les saludo con un “hasta pronto”, hasta encontrarme de nuevo con ustedes en julio, para la Jornada Mundial de la Juventud en Sidney. Y, como signo de mi afecto por ustedes y sus familias, les imparto con alegría la Bendición Apostólica.

* * * (SIgue en Español)

Queridos Seminaristas, queridos jóvenes:

Es para mí una gran alegría poder encontrarme con todos ustedes en este día de mi cumpleaños. Gracias por su acogida y por el cariño que me han demostrado.

Les animo a abrirle al Señor su corazón para que Él lo llene por completo y con el fuego de su amor lleven su Evangelio a todos los barrios de Nueva York.

La luz de la fe les impulsará a responder al mal con el bien y la santidad de vida, como lo hicieron los grandes testigos del Evangelio a lo largo de los siglos. Ustedes están llamados a continuar esa cadena de amigos de Jesús, que encontraron en su amor el gran tesoro de sus vidas. Cultiven esta amistad a través de la oración, tanto personal como litúrgica, y por medio de las obras de caridad y del compromiso por ayudar a los más necesitados. Si no lo han hecho, plantéense seriamente si el Señor les pide seguirlo de un modo radical en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada. No basta una relación esporádica con Cristo. Una amistad así no es tal. Cristo les quiere amigos suyos íntimos, fieles y perseverantes.

A la vez que les renuevo mi invitación a participar en la Jornada Mundial de la Juventud en Sidney, les aseguro mi recuerdo en la oración, en la que suplico a Dios que los haga auténticos discípulos de Cristo Resucitado. Muchas gracias.

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