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viernes, 9 de septiembre de 2016

Comienzo la lectura de “Mero cristianismo” de C. S. Lewis


Resultado de imagen para mero cristianismo 
Desde el año 1996, gracias a las enseñanzas del Opus Dei, mantengo el buen hábito (ellos lo llamarían “norma”) de leer 10 minutos diariamente de un texto espiritual. En este momento he iniciado la lectura, por recomendación de mi amigo protestante Alí Reyes en su blog “El Tigrero” (el cual les recomiendo), de un autor que desde esos tiempos “opusianos” conozco. Me refiero a C. S. Lewis, que conocí con su obra Cuatro amores, y que junto a Chesterton y Tolkien representan un grupo de intelectuales británicos conversos al catolicismo. Al parecer es un texto que intenta explicar lo que el título nos advierte: el cristianismo común que nos une a todas las denominaciones (católicos, protestantes, ortodoxos…). El libro contiene las charlas radiofónicas revisadas que dio el autor en tiempos de la Segunda Guerra Mundial o previos a ella. Un aspecto que la hace más interesantes, porque exigían del cristiano una lucha contra la barbarie nazi al mismo tiempo que se buscaba – quiero pensar – que dicha lucha no deshumanice y descristianice a Occidente.

Nota: Espero que las clases que pronto comienzan, no me impidan seguirles comentando el texto en futuras entregas.


Profeballa

domingo, 2 de diciembre de 2012

Las palabras del Papa en el Ángelus del primer domingo de Adviento animan a ser mejores cristianos


Les dejo este extracto que me he gustado: 

Por lo tanto, sobriedad y oración. Y el apóstol Pablo añade la invitación a "progresar y sobreabundar en el amor" de unos con otros y hacia los demás, para que se consoliden nuestros corazones y seamos irreprochables en santidad (cf. 1 Ts. 3,12-13). En medio de la agitación del mundo, o ante los desiertos de la indiferencia y del materialismo, los cristianos acogen la salvación de Dios y dan testimonio con una forma de vida diferente, como una ciudad asentada sobre un monte. (Benedicto XVI, Ángelus, 02-XII-12).

La última frase es el eslogan o lema del escudo de la Universidad Monteávila a la cual pertenezco con orgullo. Espero que logremos hacer de todos sus egresados y miembros esa "ciudad asentada sobre un monte", para poder devolver la moralidad a la sociedad venezolana. 

Acá les dejo los discursos de sus  lecciones inaugurales. 

jueves, 1 de abril de 2010

¿Aburrirse en Misa?

Extracto de la entrevista de ZENIT al Prelado del Opus Dei: Monseñor Javier Echevarría, 31-03-10, La misa, una cuestión de amor.
-¿Qué recomendaría a los católicos que dicen que se “aburren” en misa?
Monseñor Echevarría: Yo les recomendaría que participaran con sinceridad en la misa, buscando y amando a Jesús. Escribió san Josemaría en Camino: “La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto”.
No hay que dar demasiada importancia al sentimiento: entusiasmo o apatía, ganas o desgana. La misa es sacrificio: Cristo se entrega por amor. Es una acción de Dios, y no podemos captar plenamente su grandeza, por nuestra condición limitada de criaturas. Pero hemos de hacer el esfuerzo no sólo de estar en misa, sino de vivir la misa en unión con Cristo y con la Iglesia
(…) En la misa no sólo se cumple una comunicación descendente del don redentor de Dios, sino también una mediación ascendente, ofrecimiento del hombre a Dios: su trabajo y sus padecimientos, sus penas y sus alegrías, todo eso unido a Cristo: por Él, con Él y en Él.

Señor, has que ame la misa, y que entienda que las oportunidades de ir a misa entre semana, debo aprovecharlas. Que entienda que es la mejor forma de hacer oración. Que la viva intensamente, que comprenda cada parte, especialmente con la memoria reviva los momentos de Tu vida que realiza la misa. En especial, internalizar que es un SACRIFICIO POR AMOR.

domingo, 5 de julio de 2009

San Josemaría y el sacerdocio (Extractos de la Carta del Prelado del Opus Dei: Javier Echevarría (Julio, 2009))

La llamada al sacerdocio es un don especialísimo de Dios a la humanidad, para hacer llegar los frutos de la Redención a las almas en todo tiempo y lugar. Nuestro Padre, como es lógico, lo valoraba enormemente. La expresión: Josemaría, sacerdote, adquiría en sus labios y en su pluma una resonancia especial. El sacerdocio es lo más grande del mundo, decía. Nos basta pensar tan sólo en lo que es el milagro de hacer venir a Jesús todos los días a la tierra. Nuestra Madre del Cielo —¡cuánto la hemos de amar: más que Ella sólo Dios!— hizo bajar al Señor una sola vez: fiat mihi secundum verbum tuum! (Lc 1, 38)[4].
En sus escritos y en sus encuentros con los fieles de los lugares más variados, San Josemaría explicaba esta doctrina con ejemplos concretos que impulsaban a poner en ejercicio el sacerdocio común. Por ejemplo, respondiendo a una pregunta que le habían formulado sobre este tema, en 1970, explicaba: participamos todos del sacerdocio de Cristo. Y no os enseño nada nuevo, porque eso mismo lo escribe San Pedro (cfr. 1 Pe 2, 9). Tenéis todos el sacerdocio real. Yo, además, por ser sacerdote, tengo el sacerdocio ministerial. Y ese sacerdocio real nos hace ser gente santa, pueblo escogido, pueblo de Dios. ¿Te vas dando cuenta?Si tú eres del pueblo de Dios y de la gente santa que ha escogido Él, tendrás que ser un defensor de los derechos de Dios, y de los derechos de la criatura humana. Serás bueno con todos; cuando estés trabajando en una cosa que te es poco grata, lo harás por amor, por amor a Jesucristo, porque ésa es la voluntad suya. Y lo harás también pensando en toda la humanidad. Ahí tienes unas cuantas consecuencias de ese sacerdocio real del que San Pedro habló[7]
Para que la llamada a la santidad y al apostolado cale a fondo en la vida de los fieles laicos, y no se quede en simples palabras, la tarea del sacerdote resulta indispensable. Sólo él es el maestro que proclama con autoridad sagrada la Palabra de Dios. Sólo el sacerdote puede administrar el perdón divino en el sacramento de la Penitencia y dirigir a las almas como buen pastor por los caminos de la vida eterna. Sólo el sacerdote ha recibido el poder de consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Santa Misa, haciendo sus veces, de manera que todos puedan entrar en contacto personal y directo con el Misterio pascual y recibir la Sagrada Comunión, indispensable para alimentar el caminar sobrenatural de las almas.Son motivos que nos deben mover a rezar por el fiel ministerio de los presbíteros. Se dice que los sacerdotes cuentan con el pueblo que se merecen, y que los fieles también tienen los sacerdotes que se merecen. Luego hemos de elevar nuestra oración diaria, en auténtica Comunión de los santos, por los sacerdotes y por el pueblo. Hemos de rogar al Señor, con nuestra lucha diaria por la personal santidad, pidiendo lo que repiten en América latina: Señor, danos sacerdotes santos. Esta oración será siempre precisa y actual, con la idea clara de que todos nos beneficiaremos al implorar del Cielo la santidad del clero. Esta responsabilidad diaria nos afecta a todas y a todos. ¿Rezamos así, a diario? ¿Invitamos a otros para que se unan también a este ruego?
Ser cristianos, ser hijos de Dios, con conocimiento de estas gracias y verdades, implica la exigencia de una generosidad sin límites. Sí, hemos de animar a todos a que vivan lo que nuestro Padre apunta en Camino: venid con nosotros tras el Amor[15].

sábado, 27 de junio de 2009

Felicitamos y encomendamos al Padre Castro

El Papa nombra a sacerdote del Opus Dei como obispo auxiliar de Caracas
El papa Benedicto XVI nombró como obispo auxiliar de la arquidiócesis de Caracas al sacerdote Fernando José Castro Aguayo, del clero de la prelatura personal del Opus Dei, asignándole la sede titular episcopal de Ampora, informó el sábado la oficina de prensa de la Santa Sede.
Castro Aguayo era hasta ahora vicario episcopal para la pastoral de la arquidiócesis de Caracas. Nació en Caracas el 29 de julio de 1951.
Obtuvo el título de ingeniero civil en la universidad católica “Andrés Bello” de Caracas. Realizó los estudios eclesiásticos de filosofía y de teología en el “Studium Generale” de la prelatura del Opus Dei en Venezuela y en el colegio de la Santa Cruz de Roma. Obtuvo el doctorado en teología en la universidad de Navarra, España.
Recibió la ordenación sacerdotal en Roma el 31 de mayo de 1984 por la prelatura personal del Opus Dei.
Ha sido capellán del centro universitario “Monteavila”, del centro cultural “Guayacán” y del liceo “Los Arcos” de Caracas.
Asimismo, fue rector de la iglesia de la Sagrada Familia de Nazaret en Caracas, profesor de teología en el “Studium Generale” del Opus Dei y del seminario mayor de Caracas y arcipreste de Baruta.

viernes, 26 de junio de 2009

Hoy es día de San Josemaría

Una fiesta más de Josemaría Escrivá, y yo no puedo negar el peso que tienen en mi vida sus enseñanzas. En especial: los valores de santificación del trabajo (a pesar de mis defectos y flojeras) y la vida de piedad diaria. Admiro la pasión del “Opus” por el trabajo bien hecho, por el estudio permanente, por el ser como decía San Ignacio: “contemplativos en la acción”, en especial: el trabajo y formación académica, por el apostolado de amistad, y por el cariño y buen gusto en todos sus espacios: especialmente sus templos. Tengo tantos amigos en el Opus Dei que gracias a Dios me enseñan y estiman día a día; y tengo la costumbre de rezar diariamente a San Josemaría. Hoy agradezco inmensamente a este santo, por los frutos de su carisma en Venezuela y en mi vida, encomendando a todos los miembros y obras de la hermosa institución de la Iglesia que fundó.

Imagen: San Josemaría en San Antonio de los Altos (Venezuela).

domingo, 7 de junio de 2009

Dios es Trino porque es Amor (leyendo la Carta del Prelado del Opus Dei: Javier Echevarría (Junio, 2009))

Desempeñar con amor a Dios y a los demás las acciones diarias: en esto consiste el secreto de la santidad a la que Dios llama a los cristianos que viven y trabajan en medio de las realidades temporales.

Siendo el Amor por esencia, nuestro Dios no es un Ser solitario, encerrado en una lejanía trascendente, ajeno a las preocupaciones de los hombres. Dios es trinidad de Personas, tan unidas y compenetradas que son un solo y único Dios. "Esta revelación de Dios se delineó plenamente en el Nuevo Testamento, gracias a la palabra de Cristo. Jesús nos manifestó el rostro de Dios, uno en esencia y trino en personas: Dios es amor, Amor Padre, Amor Hijo y Amor Espíritu Santo" (Benedicto XVI, Homilía en la fiesta de la Santísima Trinidad, 18-V-2008)


(Javier Echevarría, Carta del Prelado del Opus Dei, junio de 2009)

viernes, 15 de mayo de 2009

¿Quién dijo que los católicos estamos en contra del buen sexo?

Una vez le escuché en España a un cura del Opus Dei, que mientras más "cachondo" (lleno de deseo sexual) estaban los esposos mejor era el sexo y por tanto el matrimonio se fortalecía; y agregaba que San Josemaría Escrivá "bendecía con las dos manos por no tener cuatro el lecho conyugal; que además consideraba un altar". Nunca he pensado lo contrario, es por ello que acá les dejo esta noticia.

Publican el "Kama Sutra católico"
Redacción
BBC Mundo

La editorial Sw. Pawel ha pedido una reedición y maneja la posibilidad de traducir el libro a otros idiomas.
El libro de un sacerdote católico polaco que defiende el "sexo divino" se ha convertido en éxito de ventas y ya ha sido bautizado el "Kama Sutra católico". Brinda consejos teológicos -pero también muy prácticos- a los esposos que quieren darle un toque más "picante" a su vida sexual.
En el libro, titulado "El sexo que no conoces: para parejas casadas que aman a Dios", el padre franciscano Ksawery Knotz intenta mejorar la relación sexual de maridos y esposas creyentes, reforzando la idea de que tener buen sexo es clave para tener un buen matrimonio.
Knotz busca evitar que el sexo se convierta para los casados en algo aburrido, puesto que -dice- es algo santo, que "debería ser picante, sorprendente y estar cargado de fantasías".

En su página en internet, en un apartado titulado "la teología del orgasmo", el monje afirma que éste puede asemejarse a la felicidad del cielo.
Este abordaje novedoso de "El sexo que no conoces..." mereció comentarios positivos de un jesuita en Argentina, quien en conversación con BBC Mundo dijo coincidir "plenamente" con la visión del sexo que predica Knotz. Por su parte, un sacerdote del Opus Dei en México resaltó la importancia del tema, pero dijo que él no entraría en detalles.
"Las caricias más deseadas"
El matrimonio puede demostrar su amor de todas las formas posibles. Esto puede incluir estimulación manual u oral
Padre Ksawery Knotz
Es que el padre Knotz es bastante gráfico a la hora de describir la "divina unión", y se aventura en un territorio que muchos católicos consideran tabú.
"Algunos, cuando escuchan hablar de la santidad de la relación sexual de los esposos, inmediatamente se imaginan que ese sexo está desprovisto de placer, juegos frívolos, fantasías o posiciones atractivas", escribe.
"Piensan que debe ser triste, como una vieja canción de iglesia", agrega.
"Todo acto -caricia, posición sexual- que tiene como objetivo la exitación del cónyuge está permitido, y agrada a Dios. Durante el acto sexual, el matrimonio puede demostrar su amor de todas las formas posibles, y brindarle al otro las caricias más deseadas", reza Knotz en su libro.
"Esto puede incluir estimulación manual u oral", afirma.
Los detalles, a los médicos

Muchos de los consejos de Knotz se pueden leer también en su página web, donde asesora a matrimonios.
Este tipo de precisiones "competen más a un médico, o un consejero matrimonial", dijo a BBC Mundo el sacerdote del Opus Dei Gustavo Ruiz, capellán de la Universidad Panamericana.
El padre Ruiz afirmó que la doctrina de la Iglesia Católica recomienda a los sacerdotes atenerse a "lo doctrinal, lo pastoral o lo relacionado con la conciencia", puesto que "no somos médicos, abogados ni psicólogos".
De todas formas, coicidió en que "es una necesidad, un bien y un valor" que se traten las relaciones sexuales del matrimonio, ya que "son muy importantes para que los esposos mejoren su trato y cuando falta esta intimidad pueden surgir una serie de problemas".
Con Knotz y Ruiz coincidió el cura jesuita Enrique Fabbri, capellán del Colegio El Salvador, en Buenos Aires. Fabbri, quien lleva cerca de 50 años aconsejando a matrimonios, recordó que el sexo es parte "constitutiva del sacramento", hasta el punto que la Iglesia Católica llega a anular los matrimonios en que la unión sexual no se da.
El acto sexual debe ser "pleno, alegre, generoso, juguetón y hasta con una pizca de humor. Respetando siempre al otro, se podrán sobrellevar esos momentos en que las cosas no salen bien", dijo Fabbri.
El sexo y Dios
La iglesia somos todos y algunos han estado demasiado centrados en el hijo, hasta el punto que llegan a ver como peligrosa esa entrega corporal. No así el Papa Juan Pablo II. Yo tampoco
P. Enrique Fabbri
El papa Juan Pablo II y Benedicto XVI han escrito sobre la ética del amor, el matrimonio y la familia, y algunos laicos incluso han publicado guías sexuales para católicos. Pero pocos han abordado el tema de forma tan explícita como Knotz.
"Las parejas casadas celebran el sacramento y su vida en Cristo durante el acto sexual", asegura Knotz.
"Decir que el sexo es una celebración del sacramento del matrimonio eleva su dignidad en una forma excepcional. Semejante afirmación sorprende a la gente que ha aprendido a ver la sexualidad con malos ojos. Es difícil hacerlos comprender que Dios también está interesado en que lleven una vida sexual feliz, y que les ha dado un regalo en esto", agregó el fraile polaco.
El padre Ruiz explicó que "hace unas décadas estos temas no se trataban abiertamente, antes quizá eran un tabú o incluso se satanizaban las relaciones sexuales. No estaba proscrito sólo en el ámbito eclesial, sino también en otros ámbitos".
Según este sacerdote del Opus Dei, "ha habido un giro en el derecho canónico, que antes se centraba más en el aspecto procreativo y ahora matiza, e incluye más la relación de pareja". A su entender, esto se debe a que en los últimos dos siglos se abordaron distintos campos del conocimiento con ópticas nuevas, de forma que el desarrollo científico y tecnológico, de la mano del avance teológico, contribuyó a ver este tema con otros ojos.
El sacerdote juesuita lo formula así: "La iglesia somos todos y algunos han estado demasiado centrados en el hijo, hasta el punto que llegan a ver como peligrosa esa entrega corporal. No así el Papa Juan Pablo II. Yo tampoco".
"Yo no creo que el hijo sea el objetivo central de esa entrega, sino que es fruto de ese acto, que es generoso, juguetón y chispeante, y al mismo tiempo, con fair play, sin trampas ni infidelidades", dice el padre Fabbri.
Kama Sutra sí, condón no
El padre Knotz enfatiza que su libro no se aparta de la postura de la iglesia Católica. Desaconseja el uso de preservativos, afirmando que "llevan al matrimonio fuera de la cultura católica, y promueven un estilo de vida completamente distinto".
En cuanto a aquellos que ponen en duda la experiencia de un monje célibe en materia sexual, Knotz desestima su argumento, explicando que ha asesorado a muchos matrimonios y que incluso administra una página de internet en la que se brindan consejos sexuales.
"No se requiere tener una insuficiencia cardíaca para ser cardiólogo, ni ser alcohólico para trabajar como terapeuta", se defiende.
Su condición de fraile parece no haberle importado a muchos. De hecho, su libro, que ha sido respaldado por la iglesia Católica polaca, se ha convertido en un éxito de ventas.
La editorial Sw. Pawel ha encargado una redición luego de que la primera tirada desapareciera de los estantes de las librerías, y maneja la posibilidad de traducirlo a otros idiomas
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jueves, 2 de octubre de 2008

¡Felicitaciones a todos los miembros del Opus Dei por su 80ª aniversario!

Y le doy gracias a Dios por todos mis amigos del Opus Dei, y en especial por su entrega, cariño, y enseñanzas.


viernes, 15 de agosto de 2008

Carta del Prelado del Opus Dei a sus fieles (agosto)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Os envío estas líneas desde Manila, una de las etapas del viaje que me ha llevado por diversos países de Asia y Oceanía. En todos los sitios he tenido ocasión de comprobar el amor a Dios y la vibración apostólica de mis hijas y de mis hijos. Entiendo —con las distancias lógicas— y hago mías las palabras de San Pablo: damos continuamente gracias a Dios por todos vosotros, teniéndoos presentes en nuestras oraciones. Sin cesar recordamos ante nuestro Dios y Padre vuestra fe operativa, vuestra caridad esforzada y vuestra constante esperanza en Nuestro Señor Jesucristo[1]. Uníos a este agradecimiento mío, repitiendo muchas veces aquel gratias tibi, Deus, gratias tibi! que acudía con naturalidad a los labios de nuestro Padre, cuando miraba esta partecica de la Iglesia que es la Prelatura del Opus Dei.
Mientras recorremos este año especialmente dedicado al Apóstol de las gentes, tenemos bien presente que —al inaugurarlo— el Romano Pontífice nos sugería: no nos preguntamos sólo: ¿quién era Pablo? Nos preguntamos sobre todo: ¿quién es Pablo? ¿Qué me dice a mí?[2]. Y, tomando el conocido texto a los Gálatas —la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí[3]-, el Santo Padre añadía: todo lo que Pablo hace, parte de este centro. Su fe es la experiencia de ser amado por Jesucristo de una manera totalmente personal; es la conciencia del hecho de que Cristo ha afrontado la muerte, no por algo anónimo, sino por amor a él —a Pablo— y que, como Resucitado, le ama todavía[4]. Sí, con ese mismo amor nos ha buscado a nosotros.
Después del encuentro en el camino de Damasco —encuentro que revolucionó completamente su vida—, Cristo se convirtió en el punto focal de la persona y de la obra de Saulo, hasta el punto de que el Apóstol pudo afirmar con toda verdad: mihi vivere Christus est[5], para mí, el vivir es Cristo. Y lo explica muy gráficamente a los cristianos de Filipos: cuanto era para mí ganancia, por Cristo lo considero como pérdida. Es más, considero que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por Él perdí todas las cosas, y las considero como basura con tal de ganar a Cristo y vivir en Él, no por mi justicia, la que procede de la Ley, sino por la que viene de la fe en Cristo, justicia que procede de Dios, por la fe[6].
Enseñanza válida y siempre actual para todos los cristianos. Es importante que nos demos cuenta de cómo Jesucristo puede influir en la vida de una persona y, por tanto, también en nuestra propia vida[7], subraya el Papa. Alimentemos en nuestros corazones este único afán: vivir en Cristo, de Cristo y por Cristo; tratarle en la oración y en la Eucaristía, para identificarnos más y más con Él; llevarle a las personas que encontramos a lo largo de nuestro camino. Consideremos que, lo que nos pueda apartar de Dios, hemos de considerarlo basura —como Pablo— y rechazarlo enérgicamente lejos de nosotros, con la gracia del Señor.
Para llegar a esta identificación con Jesús, aspiración y meta de la persona cristiana, en primer lugar, hemos de creer firmemente en Él, adherirnos completamente a los planes que dispone para cada uno de nosotros. San Pablo nos ayuda a entender que la fe debe informar no sólo la inteligencia, sino también la voluntad y el corazón: nuestro ser entero. Afirma que la justificación —el don de Dios por el que somos librados de nuestros pecados e incorporados a la comunión de vida con la Trinidad Beatísima— precede a toda obra o mérito humano. Procede de una elección pura y gratuita del Amor divino. En su carta a los Romanos, por ejemplo, escribe San Pablo: el hombre es justificado por la fe, con independencia de las obras de la Ley[8]. Y a los Gálatas: como sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por medio de la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la Ley, ya que por las obras de la Ley ningún hombre será justificado[9].
Ser justificados significa saberse acogidos por la justicia misericordiosa de Dios, entrar en comunión con Él y, por eso, participar de su santidad de modo real y verdadero: nos hace verdaderos hijos suyos, en Jesucristo, por la gracia del Espíritu Santo. Comentando esas palabras del Apóstol, el Papa explica que San Pablo expresa el contenido fundamental de su conversión, el nuevo rumbo que tomó su vida como resultado de su encuentro con Cristo resucitado. San Pablo, antes de la conversión, no era un hombre alejado de Dios y de su ley (...). Sin embargo, a la luz del encuentro con Cristo, comprendió que antes sólo había buscado construirse a sí mismo, su propia justicia, y que con toda esa justicia sólo había vivido para sí mismo. Comprendió que su vida necesitaba absolutamente una nueva orientación. Y esta nueva orientación la expresa así: “la vida, que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 20)[10].
Hemos de seguir un camino de fe, para poder vivir en Cristo. Te lo dice San Pablo, alma de apóstol: “Justus ex fide vivit.” —El justo vive de la fe.
—¿Qué haces que dejas que se apague ese fuego?[11].
Precisamente porque esta virtud la recibimos como don gratuito, hemos de impetrarla de Dios con humildad. Este primer paso, constantemente renovado, se torna siempre más necesario para avanzar por el camino de la vocación cristiana. ¿Se la pedimos al Señor cada día? Adauge nobis fidem![12], clamaban los Apóstoles dirigiéndose al Maestro, al tomar conciencia de sus límites e imperfecciones. Y así hemos de comportarnos nosotros. ¡Qué buena jaculatoria para que la repitamos frecuentemente! Además, al rezar en primera persona del plural, nos abrimos a los demás: nos reconocemos hijos del mismo Padre celestial, hermanos en Cristo, y nuestra oración será escuchada más fácilmente, porque nos empujará a no encerrarnos en el círculo de nuestro “yo”, que es el gran enemigo de la identificación con Jesucristo, sino a girar en torno a Dios, a pensar en los otros por Dios.
San Josemaría, firmemente persuadido de esta realidad, puntualizaba que —luchando por conducirnos de este modo— se despeja la senda para llegar a ser contemplativos en medio del mundo. Esta convicción, añadía, nos llevará a preocuparnos siempre de los demás, por amor de Dios, y a no pensar en nosotros mismos; de modo que al final de la jornada, vivida en medio de los afanes de cada día, en nuestro hogar, en nuestra profesión u oficio, podremos decir, al hacer nuestro examen de conciencia: ¡Señor, no sé qué decirte de mí: he pensado sólo en los otros, por Ti! Lo que, con palabras de San Pablo, se podría traducir: vivo autem, iam non ego: vivit vero in me Christus! (Gal 2, 20). ¿No es esto ser contemplativos?[13].
El Apóstol escribe innumerables veces en sus epístolas que el cristiano está “en Cristo”, o lo que es igual, que “Cristo está en vosotros”. Esta compenetración mutua entre Cristo y el cristiano, característica de la enseñanza de San Pablo, completa su reflexión sobre la fe, pues la fe —explica Benedicto XVI—, aunque nos une íntimamente a Cristo, subraya la distinción entre nosotros y Él. Pero, según San Pablo, la vida del cristiano tiene también un componente que podríamos llamar “místico”, puesto que implica ensimismarnos en Cristo y Cristo en nosotros[14]. De ahí que el Apóstol pueda exhortarnos: tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús[15]. ¿Entiendes ahora aquella insistencia de nuestro Padre, repitiendo: vultum tuum, Domine, requiram?[16].
Hijas e hijos míos, toda esta enseñanza maravillosa no se queda en una entelequia, no se reduce a una simple teoría, sino que es una realidad palpitante, que hemos de esforzarnos por traducir en la práctica; y, además, está al alcance de cada uno, con la gracia de Dios, como le sucedió al Apóstol de las gentes.
El Santo Padre nos invita también a sacar dos consecuencias. Por una parte, la fe debe mantenernos en una actitud constante de humildad ante Dios, más aún, de adoración y alabanza (...). Es necesario que a nada ni a nadie rindamos el homenaje que le rendimos a Él. Ningún ídolo debe contaminar nuestro universo espiritual; de lo contrario, en vez de gozar de la libertad alcanzada, volveremos a caer en una forma de esclavitud humillante.
Por otra parte, nuestra radical pertenencia a Cristo y el hecho de que “estamos en Él” tiene que infundirnos una actitud de total confianza y de inmensa alegría[17].
¡Cómo cambia la vida cuando estas luces se mantienen perennemente encendidas en el alma! Esforcémonos en hacer resonar esta buena nueva en los oídos de muchas y de muchos. Podemos estar seguros de que el año paulino trae consigo una gracia especial para difundir estas verdades.
En la Virgen María, la actitud de fe y la identificación con Cristo llegaron a las cimas más altas que una criatura puede alcanzar. Al celebrar en este mes su gloriosa Asunción en cuerpo y alma al Cielo, nos maravillamos una vez más contemplando los prodigios que la gracia divina es capaz de realizar, si encuentra correspondencia en las personas. Ciertamente, en la Virgen María, elegida desde la eternidad para ser Madre del Verbo encarnado, el favor divino se manifestó con plenitud. Nosotros, hijos suyos y hermanos de Jesucristo, queremos parecernos a nuestra Madre. Por eso, al renovar el día 15 la consagración de la Obra a su Corazón Dulcísimo e Inmaculado, roguémosle que se vuelvan realidad —en cada una y en cada uno— las súplicas que le dirigimos.
El mes de agosto trae consigo otras conmemoraciones. El día 23 es el aniversario de cuando Juan Pablo II dio a conocer su decisión de erigir el Opus Dei en prelatura personal. Un 7 de agosto, en 1931, San Josemaría comprendió con luces nuevas que los fieles de la Obra —mujeres y hombres— están llamados a poner la Cruz de Cristo en el pináculo de todas las actividades humanas.
Precisamente en esta fecha, aniversario de mi ordenación sacerdotal, tendré la alegría de clausurar las sesiones del proceso instruido en el Tribunal de la Prelatura con vistas a la Causa de canonización del queridísimo don Álvaro. Ya os he pedido, en varias ocasiones, que encomendemos los pasos sucesivos: el reconocimiento oficial de la santidad del primer sucesor de nuestro Padre redundará en gran bien para la Iglesia y para las almas.
Vuelvo a las palabras con que he comenzado esta carta. Voy por los diferentes lugares de Oriente con cada una y con cada uno de vosotros: este pensamiento me llena de fortaleza, y me anima a repetiros lo que nuestro Padre quiso poner en la sobrepuerta del sagrario del oratorio de Pentecostés, en la Villa Vecchia: consummati in unum![18]. Hemos de sostenernos los unos a los otros, para que la lucha personal hacia la santidad sea constante, firme, alegre; comenzando y recomenzando cada día, para aprender a amar a Dios en todo.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Manila, 1 de agosto de 2008.
[1] 1 Ts 1, 2-3.
[2] Benedicto XVI, Homilía en la inauguración del año paulino, 28-VI-2008.
[3] Gal 2, 20.
[4] Benedicto XVI, Homilía en la inauguración del año paulino, 28-VI-2008.
[5] Flp 1, 21.
[6] Ibid. 3, 7-9.
[7] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-XI-2006.
[8] Rm 3, 28.
[9] Gal 2, 16.
[10] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-XI-2006.
[11] San Josemaría, Camino, n. 578.
[12] Lc 17, 5.
[13] San Josemaría, Instrucción, mayo-1935/14-IX-1950, nota 72.
[14] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-XI-2006.
[15] Flp 2, 5.
[16] Cfr. Sal 26, 8 (Vg).
[17] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-XI-2006.
[18] Jn 17, 23.

sábado, 5 de abril de 2008

Carta del Prelado del Opus Dei: Monseñor Javier Echevarría, a sus fieles (abril)


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Os mando estas líneas en pleno tiempo pascual, en el que nuestras almas rebosan de gozo por la resurrección del Señor. A las jornadas dolorosas de la pasión y muerte, ha sucedido la alegría de la nueva vida inmortal que Jesús ha recibido del Padre. Porque se humilló, obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: «¡Jesucristo es el Señor!», para gloria de Dios Padre[1]

Éste es el anuncio que la Iglesia proclama con especial fuerza desde los comienzos, y que los cristianos hemos de comunicar a todas las gentes. La muerte y resurrección de Jesucristo —decía el Papa en su mensaje Urbi et Orbi, hace pocos días— es un acontecimiento de amor insuperable, es la victoria del Amor que nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte. Ha cambiado el curso de la historia, infundiendo un indeleble y renovado sentido y valor a la vida del hombre[2].

Acuden a mi memoria tantas fiestas de Pascua transcurridas junto a San Josemaría. Se palpaba su gozo en estas fechas y lo transmitía a cuantos estábamos a su lado. Era una alegría enraizada en la fe, en la esperanza y en la caridad, virtudes infundidas por Dios en nuestras almas para que podamos conocerle, tratarle y amarle. Todo este camino sobrenatural tiene su fundamento último en el suceso —histórico y, al mismo tiempo, trascendente a la historia— de la resurrección gloriosa del Señor. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos.

No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, Yo no me olvidaré de ti (Is 49, 14-15), había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres (cfr. Prv 8, 31)[3].

En el mensaje pascual de este año, Benedicto XVI ha escogido como lema un versículo del Salmo 138 que, en la antigua versión de la Vulgata, suena así: resurrexi et adhuc tecum sum[4], he resucitado y estoy siempre contigo. La liturgia lo utiliza como antífona de entrada para la Misa del Domingo de Resurrección. En esas palabras, al surgir el sol de la Pascua, la Iglesia reconoce la voz misma de Jesús que, resucitando de la muerte, colmado de felicidad y amor, se dirige al Padre y exclama: Padre mío, ¡heme aquí! He resucitado, todavía estoy contigo y lo estaré siempre; tu Espíritu no me ha abandonado nunca[5].

A lo largo del año mariano, nos estamos esforzando por meter más a la Virgen en toda nuestra jornada. ¡Qué fácil resulta hacerlo, al considerar los misterios gloriosos del Rosario! Nuestro Padre se adentraba en la felicidad de Nuestra Señora al contemplar a Jesús resucitado de entre los muertos. Aunque nada nos relata el Evangelio de esa aparición, la convicción de los cristianos es unánime. «¿Cómo podría la Virgen, presente en la primera comunidad de los discípulos (cfr. Hch 1, 14), haber sido excluida del número de los que se encontraron con su divino Hijo resucitado de entre los muertos?», se preguntaba Juan Pablo II[6]. Evidentemente, ¡no! María debió ser la primera criatura a quien se mostró Jesucristo glorioso, llenando de un júbilo sobrenatural y humano, inefable, ese corazón que tanto había sufrido junto a la Cruz. ¿Cómo no iba a gozar de la presencia del Salvador triunfante, Aquella que siempre había estado unidísima al Redentor?

Detengámonos también nosotros en esta escena. Puede servirnos de guía nuestro Padre, cuando escribe: ¡Ha resucitado! —Jesús ha resucitado. No está en el sepulcro. —La Vida pudo más que la muerte. Se apareció a su Madre Santísima. —Se apareció a María de Magdala, que está loca de amor. —Y a Pedro y a los demás Apóstoles. —Y a ti y a mí, que somos sus discípulos y más locos que la Magdalena: ¡qué cosas le hemos dicho![7].

Siguiendo estas enseñanzas, hemos de buscar, encontrar y tratar a Jesús, siempre vivo, que camina a nuestro lado en los avatares de cada jornada y que con su divinidad se aposenta —con el Padre y el Espíritu Santo— en el fondo de nuestro corazón. Esta consideración no se queda en una ilusión piadosa. Además de estar en el Cielo, con su Humanidad Santísima, a la diestra del Padre —como confesamos en el Credo—, Jesús permanece en la Iglesia y en cada cristiano por la gracia. Su presencia en nosotros y a nuestro lado es real, aunque no la veamos con los ojos de la carne; pero la experimentamos de mil modos: en los afanes de mejora personal —¡de santidad!— que nos infunde por el Espíritu Santo; en las ansias apostólicas que nos impulsan a salir al encuentro de otras almas, para ayudarlas a acercarse a Dios; en la mirada misericordiosa con que los cristianos nos dirigimos a todas las personas, sin distinción de raza, de cultura, de condición social, de religión. Todo esto resulta posible porque Jesucristo resucitado actúa con nosotros, nos acompaña, vive en nosotros. ¿Rechazamos todo lo que sea distancia hacia los demás?

En los días pasados hemos actualizado y meditado a fondo esos acontecimientos salvadores. Además, al renovar las promesas bautismales en la Vigilia Pascual, hemos reafirmado nuestros deseos de caminar siempre con Cristo, que nos ha incorporado a Sí mediante la regeneración espiritual del Bautismo y nos alimenta con su cuerpo y con su sangre en la Eucaristía, para conferir más intensidad a nuestra identificación con Él. Como escribió San Josemaría, la presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo[8].

Gracias sobre todo a la Eucaristía, la vida de Jesús es vida nuestra, según lo que prometiera a sus Apóstoles, el día de la Última Cena: cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él (Jn 14, 23). El cristiano debe —por tanto— vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus (Gal 2, 20), no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí[9].

Merced a la íntima unión existente entre Cristo resucitado y los miembros vivos de su cuerpo místico, cada uno está en condiciones de incorporar las palabras del Salmo que en los comienzos de estas líneas os mencionaba. En esta perspectiva —apuntaba el Papa en su mensaje pascual—, advertimos que la afirmación dirigida hoy por Jesús resucitado al Padre —"estoy aún y siempre contigo"— nos concierne también a nosotros, que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo, si realmente participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria (cfr. Rm 8, 17). Gracias a la muerte y resurrección de Cristo, también nosotros resucitamos hoy a la vida nueva y, uniendo nuestra voz a la suya, proclamamos nuestro deseo de permanecer para siempre con Dios, nuestro Padre infinitamente bueno y misericordioso[10].

La nueva existencia en Cristo requiere de nuestra parte el esfuerzo por hacer morir la criatura vieja; es decir, todo aquello que en nosotros no esté de acuerdo con la Vida divina. Por eso, resulta tan lógica la conclusión de San Josemaría, al terminar la consideración del primer misterio glorioso del Rosario: Que nunca muramos por el pecado; que sea eterna nuestra resurrección espiritual. —Y, antes de terminar la decena, has besado tú las llagas de sus pies..., y yo más atrevido —por más niño— he puesto mis labios sobre su costado abierto[11]. ¿Fomentas en tu alma un horror total a las ofensas —graves o leves— a tu Señor? ¿Confías a la Virgen que te obtenga de la Trinidad la limpieza y humildad que todos necesitamos?

Otro propósito podemos sacar de la contemplación pausada del primer misterio glorioso del Rosario: la determinación de hacer resonar en los oídos de otras personas —que quizá no conocen a Cristo o se conducen como si no le conocieran— la urgencia de salir en su búsqueda y de seguirle, pues sólo así se sentirán colmadas de una alegría imperecedera. La fiesta de la Pascua nos impulsa a redoblar nuestro afán de almas, a comportarnos como los Apóstoles y las santas mujeres después de haber encontrado a Jesucristo resucitado. No se detuvieron ante ninguna dificultad, sino que dieron testimonio de la resurrección con valentía y constancia, y arrastraron tras de sí a una incontable multitud de personas.

Como cristianos, hijos de Dios en la Iglesia Santa, hemos de anunciar por todas partes la buena nueva de la resurrección del Señor, fundamento de nuestra fe. Con palabras de San Josemaría, os recuerdo que quiere el Señor a los suyos en todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a desentenderse de los avatares de la sociedad de los hombres, para hacer que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios. A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A la gran mayoría, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña[12].

En la primera semana del mes de marzo tuve la alegría de rezar en dos santuarios de la Virgen que visitó muchas veces nuestro Padre. El día 1 fui a Loreto, donde las autoridades han dedicado a San Josemaría un camino peatonal que conduce a la Santa Casa; el trayecto está flanqueado por las estaciones del Viacrucis, junto a las que figuran algunos textos de nuestro Fundador. El día 8, sábado, viajé a Fátima. Había llegado a Lisboa la víspera, para pasar unas horas con vuestras hermanas y vuestros hermanos portugueses, como procuro hacer algunos fines de semana mediante viajes rápidos. Muchos recuerdos pasaron por mi memoria; concretamente, cómo en los dos lugares —en momentos difíciles— San Josemaría rezó con sus hijas y con sus hijos de todos los tiempos. En más de una ocasión repetía que había experimentado el peso y la estupenda alegría de la caridad con todas y con todos.

A los dos sitios fui acompañado por vosotras y vosotros, para presentar a la Virgen, en este año mariano, nuestras acciones de gracias y nuestros firmes deseos de comportarnos como discípulos fieles de Jesucristo en la Obra. Tanto en Loreto como en Fátima recé a la Virgen con las oraciones de nuestro Padre y de don Álvaro, para agradecer a Nuestra Señora su tutela hacia nosotros y la impronta mariana del Opus Dei. Le pedí, en vuestro nombre, que fortalezca y aumente en todos ese espíritu de acendrada piedad mariana, que San Josemaría nos dejó en herencia.

Sigamos encomendando la expansión apostólica de la Obra en todo el mundo, tanto en los lugares donde ya nos encontramos como en aquellos otros donde nos están esperando. Os hablé de Rumania, Indonesia y Vietnam; también de Bulgaria nos llegan llamadas apremiantes. Es una aventura apasionante la que se nos presenta, cada uno en el lugar donde Dios lo ha colocado. La llevaremos a cabo, con la ayuda de Nuestra Señora, si personalmente nos esforzamos por hacer más intensa la unión con Jesucristo resucitado, de quien nos viene toda la fortaleza. Pidámosla por intercesión de San Josemaría: el próximo día 23 conmemoraremos el aniversario de su Confirmación y de su primera Comunión, y su ayuda paterna nos hará ser en mayor grado almas eucarísticas.

No dejéis de acompañarme con vuestra oración por mis intenciones. Tengo la persuasión, como le escuché a nuestro Padre, de que con vosotras y con vosotros me hago fuerte para urgir al Señor.
Con todo cariño, os bendice vuestro Padre
+ Javier
Roma, 1 de abril de 2008.
[1] Flp 2, 9-11.
[2] Benedicto XVI, Mensaje pascual Urbi et Orbi, 23-III-2008.
[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.
[4] Sal 138, 18 (Vg).
[5] Benedicto XVI, Mensaje pascual Urbi et Orbi, 23-III-2008.
[6] Juan Pablo II, Discurso en la audiencia general, 21-V-1997.
[7] San Josemaría, Santo Rosario, Primer misterio glorioso.
[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.
[9] Ibid., n. 103.
[10] Benedicto XVI, Mensaje pascual Urbi et Orbi, 23-III-2008.
[11] San Josemaría, Santo Rosario, Primer misterio glorioso.
[12] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 105.

jueves, 20 de marzo de 2008

Palabras del Papa a los jóvenes participantes en el encuentro UNIV 2008

Acá les dejo la noticia de Zenit con el subrayado nuestro.

Ser amigos de Cristo exige «el esfuerzo de ir contracorriente»

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 19 marzo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que dirigió Benedicto XVI este miércoles a los 3.500 jóvenes participantes en el encuentro internacional UNIV 2008, iniciativa que se celebra todos los años desde 1968 con la inspiración y aliento de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei.

* * *

[En inglés:]

Queridos amigos:

Os doy mi cordial bienvenida a todos vosotros que habéis venido a Roma de diferentes países y universidades para celebrar la Semana Santa juntos y para participar en el congreso internacional UNIV. De este modo, podréis beneficiarios de momentos de oración común, de enriquecimiento cultural y de intercambio fecundo de las experiencias hechas por vuestra asociación con centros y actividades de formación cristiana patrocinados por el Opus Dei en vuestras respectivas ciudades y naciones.

[En español:]

Vosotros sabéis que con un serio compromiso personal, inspirado en los valores evangélicos, es posible responder adecuadamente a los grandes interrogantes del tiempo presente. El cristiano sabe que hay un nexo inseparable entre verdad, ética y responsabilidad. Toda expresión cultural auténtica contribuye a formar la conciencia y estimula a la persona a superarse a si misma a fin de que pueda mejorar la sociedad. Uno se siente así responsable ante la verdad, al servicio de la cual ha de ponerse la propia libertad personal. Se trata ciertamente de una misión comprometida y para realizarla el cristiano está llamado a seguir a Jesús, cultivando una intensa amistad con Él a través de la oración y de la contemplación. Ser amigos de Cristo y dar testimonio de Él allí donde nos encontremos exige, además, el esfuerzo de ir contracorriente, recordando las palabras del Señor: estáis en el mundo pero no sois del mundo (cf. Jn 15,19). No tengáis, por tanto, miedo, cuando sea necesario, de ser inconformistas en la universidad, en el colegio y en todas partes.

[En italiano:]

Queridos jóvenes de UNIV, sed levadura de esperanza en este mundo que anhela encontrar a Jesús, en ocasiones sin darse cuenta. Para mejorarlo, esforzaos ante todo por cambiar vosotros mismos a través de una vida sacramental intensa, especialmente acercándoos al sacramento de la Penitencia, y participando asiduamente en la celebración de la Eucaristía. Encomiendo a cada uno de vosotros y a vuestras familias a Maria, que nunca dejó de contemplar el Rostro de su Hijo Jesús. Invoco sobre cada uno de vosotros la protección de san Josemaría y de todos los santos de vuestras tierras, mientras de corazón os deseo una feliz Pascua.

[Traducción por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

jueves, 4 de agosto de 2005

El Santo Cura de Ars: nada de ciencia mucho de sabiduría

Hoy sí Señor estoy cumpliendo mi plan para vacaciones, algo me he distraído, pero estoy leyendo, estoy formándome en estos tiempos de descanso para después en septiembre cuando todo comience estar más preparado. He pensado mucho, en medio del estudio, en el Santo Cura de Ars: Juan Vianey (1776-1859) al ser hoy su día, y más aún por ser ejemplo de cómo la oración y el sacrificio pueden cambiar situaciones en las que domina la maldad. Señor ayúdame a ser como él, confiando sólo en Ti y no en mis poquísimos conocimientos y habilidades.

El cura de Ars se llama así porque le dedicó al pueblito de Ars en Francia toda su vida, haciendo de este un lugar distinto al que era cuando lo designaron como párroco. Yo no sabía nada de este santo hasta que mis amigos del Opus - hace ya diez años - me hablaron de él como una persona de poca inteligencia pero que fue un instrumento de Dios para la santificación de mucha gente, es decir: el curita nos sirve de inspiración para luchar por ser santos a pesar de los muchos defectos que tengamos, a pesar de que no tengamos la aptitud (las habilidades, virtudes y condiciones) para ayudar a los demás tanto en lo espiritual como en lo material. Podría decirse que la historia San Juan Vianey es la historia de la “multiplicación de los panes” del Evangelio del domingo pasado pero en el mero plano espiritual. Este santo también es modelo de lo que deben ser los sacerdotes, los párrocos: ser almas de oración y jamás descuidar la misa y sobretodo LA CONFESIÓN. La cura de almas por medio de este sacramento era el don más grande que tenía, confesaba entre 12 y 16 horas diarias porque su fama era tal que la gente hacía cola para hablar con él, e incluso fijaban citas para ser atendidos en varios días. Imagino un pueblito francés de tan solo 400 habitantes recibiendo miles de personas para sólo estar unos minutos con un curita que fue sacerdote de milagro, ya que no pasaba sus exámenes para ordenarse. Muchas veces al pensar en la confesión pienso a la vez como hoy las consultas con los psiquiatras han crecido en los países desarrollados y también en los no tan desarrollados...me digo: ¿por qué no hablan con un cura bueno? Es gratis y seguro que encontrarán la paz, y de ser católicos saben bien que se gana mucho más que la tranquilidad mental, se gana la conciencia, se gana el cielo.

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