domingo, 2 de diciembre de 2012
Las palabras del Papa en el Ángelus del primer domingo de Adviento animan a ser mejores cristianos
lunes, 22 de febrero de 2010
Cuaresma: ¿Mejorar es posible?
Podríamos decir que es un tiempo de "competición" espiritual que hay que vivir con Jesús, sin orgullo ni autosuficencia, más bien utilizando las armas de la fe, es decir, la oración, la escucha de la Palabra de Dios y la penitencia. De este modo podremos celebrar verdaderamente la Pascua, dispuestos a renovar las promesas de nuestro Bautismo.
(Benedicto XVI, Intervención con motivo del Ángelus dominical, 21-II-2010).
martes, 16 de febrero de 2010
¿Qué son las Bienaventuranzas?
Las bienaventuranzas se basan en el hecho de que existe una justicia divina, que ensalza a quien ha estado humillado y que abaja a quien se ha ensalzado (cfr Lc 14,11). De hecho, el evangelista Lucas, después de los cuatro “dichosos vosotros”, añade cuatro admoniciones: “ay de vosotros, los ricos... ay de vosotros, que estáis saciados... ay de vosotros, que reís” y “ay, cuando todos los hombres hable bien de vosotros”, porque, como afirma Jesús, las cosas se invertirán, los últimos serán primeros y los primeros últimos” (cfr Lc 13,30).
Esta justicia y esta bienaventuranza se realizan en el “Reino de los cielos” o “Reino de Dios”, que tendrá su cumplimiento al final de los tiempos pero que está ya presente en la historia. Donde los pobres son consolados y admitidos al banquete de la vida, allí se manifiesta la justicia de Dios.
(Benedicto XVI, Intervención con motivo del Ángelus dominical, 14-II-2010).
Muchos critican esta visión, dándole a la religión el ser una forma de consuelo de los fracasados, pobres y sufrientes. Crees en Dios porque no te queda otro consuelo. En esta lógica, los ricos son arreligiosos o ateos; y la prueba (nos dicen) está en el ejemplo de la prosperidad de Europa ha generado el laicisimo más radical. Señor ¿Cómo responder a este argumento?.
¿Realmente es consuelo? ¿Acaso no es el cristianismo un reto moral y de transformación de vida que implica sacrificios y en algunos casos sufrimientos?. El cristianismo es el cambio de las pasiones…y su asimilación a una: la caridad. El cristianismo es otro tipo de justicia, quizás una que va más allá de ella: la misericordia. ¿Qué nos dices Señor en las bienaventuranzas? Pienso que no las he comprendido todavía. Un plan de vida nos dicen. Nos dices que debemos ser pacientes, nos recuerdas la realidad de la cruz, pero una cruz que no es definitiva. Nos muestras el camino de la cruz para llegar a la resurrección. Nos enseñas que el inevitable dolor de nuestro mundo libre y limitado no es un sufrimiento inútil. El dolor nos transforma moralmente siempre y cuando se ponga el Amor en medio de él.
viernes, 12 de junio de 2009
Benedicto XVI: la herencia benedictina: la paz de la oraciòn
¡Qué necesidad tiene la comunidad cristiana y la humanidad entera de saborear toda la riqueza y el poder de la paz de Cristo! San Benito ha sido un gran testimonio de ella, porque la ha acogido en su vida y la ha hecho fructificar en obras de auténtica renovación cultural y espiritual". Precisamente por esto, a la entrada de la Abadía de Montecassino y de todos los monasterios benedictinos, está escrita, como lema, la palabra "PAX": es más, la comunidad monástica está llamada a vivir según esta paz, que es el don pascual por excelencia. Como sabéis, en mi reciente viaje a Tierra Santa me hice peregrino de paz, y hoy -en esta tierra marcada por el carisma benedictino- se me da la oportunidad de subrayar una vez más que la paz es en primer lugar don de Dios, y por tanto su fuerza está en la oración.Una vez más, la historia del monaquismo nos enseña que un gran avance de civilización se prepara con la escucha cotidiana de la Palabra de Dios, que impulsa a los creyentes a un esfuerzo personal y comunitario de lucha contra toda forma de egoísmo y de injusticia. Sólo aprendiendo, con la gracia de Cristo, a combatir y vencer el mal dentro de uno mismo y en las relaciones con los demás, se convierten las personas en auténticos constructores de paz y de progreso civil. La Virgen María, Reina de la Paz, ayude a todos los cristianos, en las diversas vocaciones y situaciones de la vida, a ser testimonios de la paz, que Cristo nos ha dado y nos dejó como tarea a realizar en todas partes.
(Benedicto XVI, “Regina Caeli" en la Plaza Benedicto XVI, en Cassino”, 24-V-2009).
Dejar de vivir para nosotros mismos, sino para Cristo: esto es lo que da pleno sentido a la vida de quien se deja conquistar por Él. Lo manifiesta claramente la vicisitud humana y espiritual de san Benito, que abandonando todo siguió fielmente a Jesús. Encarnando en su propia existencia el Evangelio, se convirtió en iniciador de un amplio movimiento de renacimiento espiritual y cultural en Occidente.
Siguiendo la escuela de san Benito, con el paso de los siglos, los monasterios han sido centros fervientes de diálogo, de encuentro y benéfica fusión entre gentes diversas, unificadas por la cultura evangélica de la paz. Los monjes han sabido enseñar con la palabra y el ejemplo el arte de la paz, sirviéndose de los tres "vínculos" que san Benito consideraba necesarios para conservar la unidad del Espíritu entre los seres humanos: la Cruz, que es la ley misma de Cristo; el libro, es decir la cultura; y el arado, que indica el trabajo, la señoría sobre la materia y el tiempo. Gracias a la actividad de los monasterios, articulada en el triple compromiso cotidiano de la oración, del estudio y del trabajo, pueblos enteros del continente europeo han experimentado un auténtico rescate y un benéfico desarrollo moral, espiritual y cultural, educándose en el sentido de la continuidad con el pasado, en la acción concreta a favor del bien común, en la apertura hacia Dios y la dimensión trascendental. Recemos para que Europa valorice siempre este patrimonio de principios e ideales cristianos que constituye una riqueza cultural y espiritual inmensa.
(Benedicto XVI, Homilía a monjes y monjas benedictinos en Montecassino, 25-V-2009).
miércoles, 10 de junio de 2009
Benedicto XVI: recapitula su viaje a Tierra Santa
La historia de la salvación comienza con la elección de un hombre, Abraham, y de un pueblo, Israel, pero su intención es universal, la salvación de todos los pueblos. La historia de la salvación siempre está marcada por este enlace de particularidad y universalidad. En la primera lectura de hoy vemos bien esta relación: san Pedro, al ver en la casa de Cornelio la fe de los paganos y su deseo de Dios, dice: "Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato" (Hechos 10, 34-35).
(Benedicto XVI, “Discurso al rezar el Regina Caeli”, 17-V-2009).
¡Cuán importante es que los cristianos y los musulmanes convivan pacíficamente respetándose los unos a los otros! Gracias a Dios y al compromiso de los gobernantes, esto sucede en Jordania. Por eso, he rezado para que sea así también en otros lugares, pensando sobre todo en los cristianos que viven una situación difícil en el vecino Irak.
(...) Jerusalén es la encrucijada de las tres grandes religiones monoteístas, y su nombre mismo, "ciudad de la paz", expresa el designio de Dios sobre la humanidad: hacer de ella una gran familia. Este designio, anunciado a Abraham, se realizó plenamente en Jesucristo, al que san Pablo llama "nuestra paz", pues con la fuerza de su Sacrificio derribó el muro de la enemistad (cf. Ef 2, 14). Por tanto, todos los creyentes deben renunciar a los prejuicios y a la voluntad de dominio, y practicar concordes el mandamiento fundamental: amar a Dios con todo su ser y amar al prójimo como a nosotros mismos.
(…) Un momento de intenso recogimiento fue, además, la visita al Mausoleo de Yad Vashem, erigido en Jerusalén en honor de las víctimas del Holocausto. Allí rezamos en silencio y meditamos en el misterio del "nombre": toda persona humana es sagrada, y su nombre está escrito en el corazón del Dios eterno. No se debe olvidar jamás la tremenda tragedia del Holocausto. Al contrario, es necesario que esté siempre en nuestra memoria como advertencia universal al respeto sagrado de la vida humana, que tiene siempre un valor infinito.
De rodillas en el Calvario y en el Sepulcro de Jesús invoqué la fuerza del amor que brota del misterio pascual, la única fuerza capaz de renovar a los hombres y de orientar hacia su fin la historia y el cosmos.
(Benedicto XVI, “Audiencia General: El Viaje Apostólico a Tierra Santa”, 20-V-2009).
domingo, 5 de octubre de 2008
Benedicto XVI: Angelus dominical (05-10) y Homilía en la apertura del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra
Presenta la asamblea al rezar el Ángelus
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 5 octubre 2008 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que dirigió Benedicto XVI este domingo al rezar el Ángelus junto a miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro, tras haber presidido la celebración eucarística de apertura del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra en la Basílica de San Pablo Extramuros.
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Queridos hermanos y hermanas:
Esta mañana, con la santa misa en la Basílica de San Pablo Extramuros, ha comenzado la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en el Vaticano durante tres semanas y afrontará el tema: "La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia". Vosotros conocéis el valor y la función de esta asamblea particular de obispos, escogidos para representar a todo el episcopado y convocados para ofrecer al sucesor de Pedro una ayuda más eficaz, manifestando y consolidando al mismo tiempo la comunión eclesial.
Estas son las finalidades del Sínodo de los Obispos: favorecer una cercana unión y colaboración entre el Papa y los obispos de todo el mundo; ofrecer información directa y exacta sobre la situación y los problemas de la Iglesia; favorecer el acuerdo sobre la doctrina y la acción pastoral; afrontar temas de gran importancia y actualidad. Estas tareas son coordinadas por una secretaría permanente, que trabaja en directa e inmediata dependencia de la autoridad del obispo de Roma.
Queridos hermanos y hermanas: os invito a todos a apoyar los trabajos del Sínodo con vuestra oración, invocando en especial la intercesión maternal de la Virgen María, perfecta discípula de la divina Palabra.
[Después de rezar el Ángelus, el Papa añadió:]
Esta noche comenzará una singular iniciativa, promovida por la RAI con el título "Biblia, de día y de noche". Se trata de la lectura ininterrumpida de toda la Biblia durante siete días y siete noches, desde hoy hasta el próximo sábado 11 de octubre, transmitida por televisión en directo. La sede será la basílica romana de la Santa Cruz en Jerusalén, y los lectores que se relevarán serán casi 1.200 de 50 países distintos, en parte elegidos con criterio ecuménico y muchos inscritos voluntariamente. Este acontecimiento se inscribe perfectamente en el Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios, y yo mismo daré inicio a la lectura del primer capítulo del libro del Génesis, que será transmitido esta tarde a las siete en el primer canal de la RAI. De esta forma la Palabra de Dios podrá entrar en las casas para acompañar la vida de las familias y de los individuos: una semilla, que si se acoge bien, no dejará de producir abundantes frutos.
[El Papa saludó a continuación a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Doy mi cordial bienvenida a los participantes de lengua española en esta oración del Ángelus, e invito a todos a orar por los trabajos del Sínodo de los Obispos, que en los próximos días reflexionará sobre la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia. Y pidamos a María que nos enseñe a escuchar y acoger con todo nuestro ser lo que Dios nos dice por medio del Verbo encarnado para nuestra salvación. Feliz domingo.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
Homilía de Benedicto XVI al inaugurar el Sínodo de los Obispos
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Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas:
La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, así como al página del Evangelio según Mateo, han propuesto a nuestra asamblea litúrgica una sugerente imagen alegórica de la Sagrada Escritura: la imagen de la viña, de la que hemos ya escuchado hablar en los domingos precedentes. La perícopa inicial de la narración evangélica hace referencia al "cántico de la viña", que encontramos en Isaías. Se trata de un canto situado en el contexto otoñal de la vendimia: una pequeña obra maestra de la poesía judía, que debía resultar sumamente familiar a quienes escuchaban a Jesús, y de la que --como en otras referencias de los profetas (Cf. Oseas 10,1; Jeremías 2,21; Ezequiel 17,3-0; 19,10-14; Salmos 79,9-17)-- se comprendía que la viña hacía referencia a Israel. Dios dedica a su viña, al pueblo que ha escogido, los mismos cuidados que un esposo fiel ofrece a su esposa (cfr Ezequiel 16,1-14; Efesios 5,25-33).
La imagen de la viña, junto a la de las bodas, describe por tanto el proyecto divino de la salvación, y se presenta como una conmovedora alegoría de la alianza de Dios con su pueblo. En el Evangelio, Jesús retoma el cántico de Isaías, pero lo adapta a quienes le escuchan y a la nueva hora de la historia de la salvación. No se fija tanto en la viña, sino más bien en los viñadores, a quienes los "servidores" del dueño piden, en su nombre, el arrendamiento. Los servidores son maltratados e incluso asesinados. ¿Cómo no pensar en las vicisitudes del pueblo elegido y en la suerte reservada a los profetas enviados por Dios? Al final, el propietarios de la viña hace un último intento: manda a su propio hijo, convencido de que al menos a él le escucharán. Sin embargo, sucede lo contrario: los viñadores le matan porque es su hijo, es decir, el heredero, convencidos de apoderarse fácilmente de la viña. Nos encontramos, por tanto, ante un salto de calidad frente a la acusación de violación de la justicia social, como se puede ver en el cántico de Isaías. Aquí vemos con claridad cómo el desprecio por la orden impartida por el dueño se convierte en desprecio de él: no es simple desobediencia a un precepto divino, es un verdadero rechazo de Dios: aparece el misterio de la Cruz.
La denuncia de esta página evangélica interpela a nuestra manera de pensar y actuar. No habla sólo de la "hora" de Cristo, del misterio de la Cruz en aquel momento, sino de la presencia de la Cruz en todos los tiempos. Interpela, de manera especial, a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio. Si contemplamos la historia, nos vemos obligados a constatar con frecuencia la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes. Como consecuencia, Dios, si bien nunca abandona su promesa de salvación, ha tenido que recurrir al castigo. En este contexto, el pensamiento se dirige espontáneamente al primer anuncio del Evangelio del que surgieron comunidades cristianas, en un primer momento florecientes, que después desaparecieron y que hoy sólo son recordadas por los libros de historia. ¿No podría suceder lo mismo en nuestra época? Naciones que en un tiempo tenían una gran riqueza de fe y vocaciones ahora están perdiendo su identidad, bajo la influencia deletérea y destructiva de una cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que "Dios ha muerto", se declara a sí mismo "dios", considerándose el único agente de su propio destino, el propietario absoluto del mundo.
Desembarazándose de Dios, al no esperar de Él la salvación, el hombre cree que puede hacer lo que quiere y ponerse como la única medida de sí mismo y de su acción. Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara que Dios ha "muerto", ¿es verdaderamente feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? Cuando los hombres se proclaman propietarios absolutos de sí mismos y únicos dueños de la creación, ¿pueden verdaderamente construir una sociedad en la que reinen la libertad, la justicia y al paz? ¿O no sucede más bien --como lo demuestran cotidianamente las crónicas-- que se difunden el poder arbitrario, los intereses egoístas, la injusticia y el abuso, la violencia en todas sus expresiones? Al final el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida.
Pero en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida. Mientras abandona a su destino a los viñadores infieles, el dueño no abandona a su viña y la confía a otros servidores fieles. Esto indica que, si bien en algunas regiones la fe se debilita hasta extinguirse, siempre habrá otros pueblos dispuestos a acogerla. Precisamente por este motivo Jesús, citando el Salmo Salmo 117 [118] --"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora piedra angular" (versículo 22)--, asegura que su muerte no será la derrota de Dios. Tras su muerte, no permanecerá en la tumba, es más, precisamente lo que parecerá un fracaso total, será el inicio de una victoria definitiva. A su dolorosa pasión y muerte le seguirá la gloria de la resurrección. La viña seguirá entonces dando uva y será arrendada por el dueño "a otros labradores que le paguen los frutos a su tiempo" (Mateo 21,41).
La imagen de la viña, con sus implicaciones morales, doctrinales y espirituales, volverá en el discurso de la Última Cena, cuando al despedirse de los apóstoles, el Señor dirá: "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador.Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto" (Juan 15,1-2). A partir del acontecimiento pascual, la historia de la salvación experimentará, por tanto, un giro decisivo, y los protagonistas serán esos "nuevos labradores" que, injertados como brotes en Cristo, verdadera vid, llevará frutos abundantes de vida eterna (Cf. Colecta de la liturgia de este domingo). Entre estos "labradores" nos encontramos también nosotros, injertados en Cristo, quien quiso convertirse Él mismo en la "verdadera vid". Pidamos al Señor, quien nos entrega su sangre, a sí mismo, en la Eucaristía, que nos ayude a "dar fruto" para la vida eterna y para nuestro tiempo.
El consolador mensaje que recogemos de estos textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que al final Cristo vence. ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de proclamar esta Buena Nueva, como sucede también hoy, en esta basílica dedicada al apóstol de las gentes, quien se convirtió en el primero en difundir el Evangelio en grandes regiones de Asia Menor y Europa. Renovaremos significativamente este anuncio durante la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos que tiene por tema: "La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia". Quisiera saludaros con afecto cordial a todos vosotros, venerados padres sinodales, y a quienes participáis en este encuentro como expertos, auditores e invitados especiales. Acojo también con alegría a los delegados fraternos de otras iglesias y comunidades eclesiales. Al secretario general del Sínodo de los Obispos y a sus colaboradores les expreso el reconocimiento de todos por el comprometedor trabajo que han realizado en estos meses y por el cansancio que les espera en las próximas semanas.
Cuando Dios habla, siempre exige una respuesta; su acción de salvación exige la cooperación humana; su amor espera ser correspondido. Que no suceda nunca, queridos hermanos y hermanas, lo que narra el texto bíblico sobre la viña: "Esperó que diese uvas, pero dio agraces" (Cf. Isaías 5,2). Sólo la Palabra de Dios puede cambiar profundamente el corazón del hombre, por eso es importante que entremos en una intimidad cada vez mayor con ella tanto cada uno de los creyentes como las comunidades. La asamblea sinodal dirigirá su atención a esta verdad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia. Alimentarse de la Palabra de Dios es para ella su primera y fundamental tarea. De hecho, si el anuncio del Evangelio constituye su razón de ser y su misión, es indispensable que la Iglesia conozca y viva lo que anuncia, para que su predicación sea creíble, a pesar de las debilidades y las pobrezas de los hombres que la conforman. Sabemos, además, que el anuncio de la Palabra, siguiendo a Cristo, tiene como contenido el Reino de Dios (Cf. Marcos 1,14-15), pero el Reino de Dios es la misma persona de Jesús, que con sus palabras y obras ofrece la salvación a los hombres de todas las épocas. En este sentido es interesante la consideración de san Jerónimo: "Quien no conoce las Escrituras, no conoce la potencia de Dios ni su sabiduría. Ignorar las Escrituras significa ignorar a Cristo" (Prólogo al comentario del profeta Isaías: PL 24,17).
En este Año Paulino escucharemos resonar con particular urgencia el grito del apóstol de las gentes: "¡ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Corintos 9,16); grito que para cada cristiano se convierte en una invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo. "La mies es mucha" (Mateo 9,37), repite también hoy el Maestro divino: muchos todavía no le han encontrado y están en espera del primer anuncio de su Evangelio; otros, a pesar de que han recibido una formación cristiana, han perdido el entusiasmo y sólo mantienen un contacto superficial con la Palabra de Dios; otros se han alejado de la práctica de la fe y tienen necesidad de una nueva evangelización. No faltan, además, personas de recta conciencia que se plantean preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y de la muerte, preguntas a las que sólo Cristo puede ofrecer respuestas convincentes. Se hace entonces indispensable el que los cristianos de todo continente estén dispuestos a responder a quien pida razón de la esperanza que les habita (Cf. 1 Pedro 3,15), anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin compromisos el Evangelio.
Venerados y queridos hermanos, que el Señor nos ayude a plantearnos juntos, durante las próximas semanas de las sesiones sinodales, cómo hacer cada vez más eficaz el anuncio del Evangelio en nuestro mundo. Todos experimentamos la necesidad de poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios, de acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para hacer que su luz ilumine a todos los ámbitos de la humanidad: desde la familia hasta la escuela, desde la cultura hasta el trabajo, desde el tiempo libre hasta los demás sectores de la sociedad y de nuestra vida. Al participar en la celebración eucarística, experimentamos cada vez más el íntimo lazo que se da entre el anuncio de la Palabra de Dios y el Sacrificio eucarístico: es el mismo Misterio que se nos ofrece a nuestra contemplación. Por este motivo "la Iglesia -como subraya el Concilio Vaticano II-- ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia" (Dei Verbum, 21)
Con razón el Concilio concluye: "Como la vida de la Iglesia recibe su incremento de la renovación constante del misterio Eucarístico, así es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la palabra de Dios que 'permanece para siempre'" (Dei Verbum, 26).
Que el Señor nos permita acercarnos con fe a la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Que nos alcance este don María Santísima, quien "guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lucas 2,19). Que ella nos enseñe a escuchar las Escrituras y a meditarlas en un proceso interior de maduración, que nunca separe la inteligencia del corazón. Que nos ayuden también los santos, en particular el apóstol Pablo, a quien estamos descubriendo cada vez más este año como intrépido testigo y heraldo de la Palabra de Dios. ¡Amén!
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
domingo, 28 de septiembre de 2008
Benedicto XVI: Angelus dominical (28-09): "Juan Pablo I: modelo de humildad"

CASTEL GANDOLFO, domingo 28 de septiembre de 2008 (ZENIT.org) Ofrecemos el discurso pronunciado hoy por el Papa Benedicto XVI durante el rezo del Ángelus a los peregrinos reunidos en el patio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo.
¡Queridos hermanos y hermanas!
Hoy la liturgia nos propone la parábola evangélica de los dos hijos enviados por el padre a trabajar en su viña. De ellos, uno dice en seguida que sí pero luego no fue; el otro en cambio rechaza en ese momento, pero después, arrepintiéndose, secunda el deseo paterno. Con esta parábola Jesús confirma su predilección por los pecadores que se convierten, y nos enseña que hace falta humildad para acoger el don de la salvación. También san Pablo, en el fragmento de la Carta a los Filipenses que hoy meditamos, nos exhorta a la humildad: “Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores sí mismo”(Fl 2,3). Estos son los mismos sentimientos de Cristo, che, despojándose de la gloria divina por amor a nosotros, se hijo hombre y se rebajó hasta morir crucificado (cfr Fil 2,5-8). El verbo utilizado - ekenôsen - significa literalmente que Él “se vació a sí mismo”, y pone en claro la humildad profunda y el amor infinito de Jesús, el Siervo humilde por excelencia.
Reflexionando sobre estos textos bíblicos, he pensado en seguida en el Papa Juan Pablo I, del que precisamente hoy se cumple el trigésimo aniversario de su muerte. Él eligió como lema episcopal el mismo de san Carlos Borromeo: Humilitas. Una sola palabra que sintetiza lo esencial de la vida cristiana e indica la virtud indispensable de quien, en la Iglesia, está llamado al servicio de la autoridad. En una de las cuatro audiencias generales que celebró en su brevísimo pontificado, dijo entre otras cosas, con ese tono familiar que le caracterizaba: “Me limito a recomendar una virtud, tan querida al Señor, que dijo: aprended de mí que soy manso y humilde de corazón... Aunque hayáis hecho grandes cosas, decid: somos siervos inútiles”. Y observó: “En cambio, la tendencia, en todos nosotros, es más bien la contraria: lucirse” (Enseñanzas de Juan Pablo I, p. 51-52). La humildad puede considerarse su testamento espiritual.
Gracias precisamente a esta virtud, bastaron 33 días para que el Papa Luciani entrase en el corazón de la gente. En sus discursos usaba ejemplos sacados de la vida concreta, de sus recuerdos de familia y de la sabiduría popular. Su simplicidad esta vehículo de una enseñanza sólida y rica, que, gracias al don de una memoria excepcional y de una vasta cultura, enriquecía con numerosas citas de escritores eclesiásticos y profanos. Fue así un catequista incomparable, en las huellas de san Pío X, conciudadano suyo y predecesor antes que él en la cátedra de san Marcos y después en la de san Pedro. “Debemos sentirnos pequeños ante Dios”, dijo en aquella misma audiencia. Y añadió: “No me avergüenzo de sentirme como un niño ante su mamá: se cree en la mamá, yo creo en el Señor y en lo que Él me ha revelado” (ivi, p. 49). Estas palabras muestran todo el espesor de su fe. Mientras agradecemos a Dios por haberlo entregado a la Iglesia y al mundo, atesoramos su ejemplo, empeñándonos en cultivar su misma humildad, que le hizo capaz de hablar a todos, especialmente a los pequeños y a los alejados. Invocamos por ello a María Santísima, humilde Sierva del Señor.
[Después del Ángelus, el Papa añadió:]
El periodo veraniego ha pasado ya, y pasado mañana volveré al Vaticano. Doy gracias al Señor por todos los dones que me ha concedido en este tiempo. Pienso en particular en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney, en el periodo de descanso transcurrido en Bressanone, en la visita a Cerdeña y en el viaje apostólico a París y Lourdes; y pienso en la posibilidad de hospedarme en esta casa, donde puedo descansar y trabajar mejor en los meses más calurosos. Dirijo un cordial saludo a la comunidad de Castel Gandolfo, con un agradecimiento sentido al obispo, al alcalde y a las fuerzas del Orden. ¡Gracias a todos y hasta pronto!
[A los peregrinos de habla española:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. En el evangelio de este domingo Jesús nos invita a la escucha obediente de la Palabra del Señor y al cumplimiento fiel de la Voluntad divina. Las enseñanzas de Jesucristo, cuando son acogidas con una fe profunda, sencilla y dócil, transforman la vida de toda persona, de cualquier clase y condición, y muestran cual es el camino que conduce al Reino de Dios. Muchas gracias y feliz domingo.
[A los peregrinos polacos:]
Saludo con afecto a los Polacos venidos aquí a Castel Gandolfo. De modo particular dirijo hoy mi pensamiento a los fieles reunidos en Białystok, en Polonia, para la beatificación del siervo de Dios Michał Sopoćko, confesor y guía espiritual de santa Faustina Kowalska. Por sugerencia suya, la Santa describió sus propias experiencias místicas y las apariciones de Jesús misericordioso en su conocido “Diario”. También gracias a sus esfuerzos se pintó y transmitió al mundo la imagen con la frase “Jesús, confío en tí”. Este Siervo de Dios se dio a conocer como sacerdote lleno de celo, educador y propagador del culto de la Divina Misericordia. Me uno a la alegría de las diócesis de Białystok y de Vilnius y de cuantos en el mundo aprecian el mensaje de Jesús Misericordioso. Para esta beatificación se alegra, desde la casa del Padre, mi amado predecesor, el Siervo de Dios Juan Pablo II. Fue él quien confió al mundo a la Divina Misericordia y por ello repito a todos su deseo: “”¡Dios rico de misericordia os bendiga!” (Aeropuerto Kraków-Balice, 19 agosto 2002).]
[Traducción del italiano por Inma Álvarez]
domingo, 21 de septiembre de 2008
Benedicto XVI: Angelus dominical (14-09): Ser obrero en la viña del Señor es ya una recompensa
CIUDAD DEL VATICANO, domingo 21 de septiembre de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que dirigió Benedicto XVI este domingo al rezar la oración mariana del Ángelus junto a varios miles de peregrinos congregados en el patio del palacio apostólico de Castel Gandolfo.
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Queridos hermanos y hermanas:
Quizá recordáis que, en el día de mi elección, cuando dirigí a la muchedumbre en la Plaza de San Pedro, me presenté espontáneamente como un obrero de la viña del Señor. Pues bien, en el Evangelio de hoy (Cf. Mateo 20,1-16a), Jesús narra precisamente la parábola del dueño de la viña que, en diferentes horas del día llama a obreros a trabajar en su viña. Y al terminar el día da todos el mismo salario, un denario, suscitando la protesta de los obreros de la primera hora. Está claro que el denario representa la vida eterna, don que Dios reserva para todos. Es más, precisamente aquellos que son considerados los "últimos", si lo aceptan, se convierten en los "primeros", mientras que los "primeros" pueden correr el riesgo de ser los "últimos".
Un primer mensaje de esta parábola está en el mismo hecho de que el dueño no tolera, por así decir, el desempleo: quiere que todos trabajen en su viña. Y, en realidad, el ser llamados es ya la primera recompensa: poder trabajar en la viña del Señor, ponerse a su servicio, colaborar en su obra, constituye en sí un premio inestimable, que recompensa de todo cansancio. Pero lo comprende sólo quien ama al Señor y a su Reino; quien, por el contrario, sólo trabaja por el salario nunca se dará cuenta del valor de este tesoro inestimable.
Quien narra la parábola es san Mateo, apóstol y evangelista, de quien se celebra precisamente hoy la fiesta litúrgica. Me gusta subrayar que Mateo, vivió en primera persona esta experiencia (Cf. Mateo 9,9). Antes de que Jesús le llamara desempeñaba la profesión de publicano y por este motivo era considerado un pecador público, excluido de la "viña del Señor".
Pero todo cambia cuando Jesús, al pasar junto a su despacho de impuestos, le dice: "Sígueme". Mateo se levantó y le siguió. De publicano se convirtió inmediatamente en discípulo de Cristo. De "último" se convirtió en "primero", gracias a la lógica de Dios que --¡por suerte para él!-- es diferente a la del mundo. "No son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos" (Isaías 55,8).
San Pablo, de quien estamos celebrando un año jubilar, también experimentó la alegría de sentirse llamado por el Señor a trabajar en su viña. ¡Y cuánto trabajo hizo! Pero como él mismo confiesa, fue la gracia de Dios la que actuó en él, esa gracia que de perseguidor de la Iglesia le transformó en apóstol de las gentes. Hasta el punto de que dijo: "Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia". Pero inmediatamente después añade: "Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger" (Filipenses 1,21-22). Pablo comprendió bien que trabajar por el Señor es ya una recompensa en esta tierra.
La Virgen María, a la que tuve la alegría de venerar hace una semana en Lourdes, es sarmiento perfecto de la viña del Señor. De ella brotó el fruto bendito del amor divino: Jesús, nuestro Salvador. Que ella nos ayude a responder siempre y con alegría a la llamada del Señor y a encontrar nuestra felicidad para poder cansarnos por el Reino de los cielos.
[Tras rezar el Ángelus, el Papa añadió en italiano:]
En las semanas pasadas, los países caribeños, en particular Haití, Cuba, la República Dominicana y el sur de los Estados Unidos, en especial Texas, fueron duramente golpeados por violentos ciclones. Quisiera asegurar de nuevo a todas esas queridas poblaciones mi especial recuerdo en la oración. Espero que lleguen cuanto antes las ayudas a las zonas más afectadas. Que el Señor haga prevalecer, al menos en estas circunstancias, la solidaridad y la fraternidad por encima de cualquier otro motivo.
El próximo jueves, 25 de septiembre, se celebrará en Nueva York, en el marco de la 63 sesión de la Asamblea General de la ONU un encuentro de alto nivel para verificar el cumplimiento de los objetivos establecidos en la Declaración del Milenio, el 8 de septiembre de 2000. Con motivo de esta importante reunión, que congregará a líderes de todos los países del mundo, quisiera renovar la invitación para que se tomen y se apliquen con valentía las medidas necesarias para desarraigar la pobreza extrema, el hambre, la ignorancia y el flagelo de las pandemias, que golpean sobre todo a los más vulnerables. Un compromiso así, si bien exige en estos momentos de dificultad económica particulares sacrificios, no dejará de producir importantes beneficios ya sea para el desarrollo de las naciones que tienen necesidad de ayuda del exterior ya sea para la paz y el bienestar de todo el planeta.
[Luego el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española que se han unido en esta plegaria mariana, e invito a todos a responder generosamente a la llamada que Jesús nos hace de ir a su viña, para trabajar sin buscar otra cosa que su gracia y su amor, como nos enseña el Evangelio de hoy. Muchas gracias y feliz domingo.
[Por último, hablando en italiano, concluyó]
Al celebrar hoy la Jornada dedicada por la Organización Mundial de la Salud al Alzheimer, deseo expresar mi cercanía espiritual a las personas afectadas por esta enfermedad y a sus familiares. A todos deseo un feliz domingo.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
domingo, 14 de septiembre de 2008
Benedicto XVI en Francia (14-09): Angelus dominical en Lourdes por el 150 aniversario de las apariciones marianas

Queridos peregrinos,
Queridos hermanos y hermanas
Cada día, la oración del Ángelus nos ofrece la posibilidad de meditar unos instantes, en medio de nuestras actividades, en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. A mediodía, cuando las primeras horas del día comienzan a hacer sentir el peso de la fatiga, nuestra disponibilidad y generosidad se renuevan gracias a la contemplación del "sí" de María. Ese "sí" limpio y sin reservas se enraiza en el misterio de la libertad del María, libertad plena y total ante Dios, sin ninguna complicidad con el pecado, gracias al privilegio de su Inmaculada Concepción.
Este privilegio concedido a María, que la distingue de nuestra condición común, no la aleja, más bien al contrario la acerca a nosotros. Mientras que el pecado divide, nos separa unos de otros, la pureza de María la hace infinitamente cercana a nuestros corazones, atenta a cada uno de nosotros y deseosa de nuestro verdadero bien. Estáis viendo, aquí, en Lourdes, como en todos los santuarios marianos, que multitudes inmensas llegan a los pies de María para confiarle lo que cada uno tiene de más íntimo, lo que lleva especialmente en su corazón. Lo que, por miramiento o por pudor, muchos no se atreven a veces a confiar ni siquiera a los que tienen más cerca, lo confían a Aquella que es toda pura, a su Corazón Inmaculado: con sencillez, sin fingimiento, con verdad. Ante María, precisamente por su pureza, el hombre no vacila a mostrarse en su fragilidad, a plantear sus preguntas y sus dudas, a formular sus esperanzas y sus deseos más secretos. El amor maternal de la Virgen María desarma cualquier orgullo; hace al hombre capaz de verse tal como es y le inspira el deseo de convertirse para dar gloria a Dios.
María nos muestra de este modo la manera adecuada de acercarnos al Señor. Ella nos enseña a acercarnos a Él con sinceridad y sencillez. Gracias a Ella, descubrimos que la fe cristiana no es un fardo, sino que es como una ala que nos permite volar más alto para refugiarnos en los brazos de Dios.
La vida y la fe del pueblo creyente manifiestan que la gracia de la Inmaculada Concepción hecha a María no es sólo una gracia personal, sino para todos, una gracia hecha al entero pueblo de Dios. En María, la Iglesia puede ya contemplar lo que ella está llamada a ser. En Ella, cada creyente puede contemplar desde ahora la realización cumplida de su vocación personal. Que cada uno de nosotros permanezca siempre en acción de gracias por lo que el Señor ha querido revelar de su designio salvador a través del misterio de María. Misterio en el que estamos todos implicados de la más impresionante de las maneras, ya que desde lo alto de la Cruz, que celebramos y exaltamos hoy, Jesús mismo nos ha revelado que su Madre es Madre nuestra. Como hijos e hijas de María, aprovechemos todas las gracias que le han sido concedidas, y la dignidad incomparable que le procura su Concepción Inmaculada redunda sobre nosotros, sus hijos.
Aquí, muy cerca de la gruta, y en comunión especial con todos los peregrinos presentes en los santuarios marianos y con todos los enfermos de cuerpo o alma que buscan consuelo, bendecimos al Señor por la presencia de María en medio de su pueblo y a Ella dirigimos con fe nuestra oración:
"Santa María, tú que te apareciste aquí, hace ciento cincuenta años, a la joven Bernadette, ‘tú eres la verdadera fuente de esperanza’ (Dante, Par., XXXIII,12).
Como peregrinos confiados, llegados de todos los lugares, venimos una vez más a sacar de tu Inmaculado Corazón fe y consuelo, gozo y amor, seguridad y paz. ‘Monstra Te esse Matrem’. Muéstrate como una Madre para todos, oh María. Danos a Cristo, esperanza del mundo. Amén".
lunes, 8 de septiembre de 2008
Benedicto XVI: Angelus dominical (heco un lunes el 08 de septiembre): fiesta del Nacimiento de la Virgen
Benedicto XVI encomienda las madres a María
En el Ángelus rezado en el Santuario de Nuestra Señor de Bonaria en Cerdeña
CAGLIARI, lunes, 8 septiembre 2008 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que pronunció este domingo Benedicto XVI antes de rezar el Ángelus junto a miles de peregrinos congregados ante el Santuario de Nuestra Señora de Bonaria en Cagliari (Cáller), en la isla italiana de Cerdeña.
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Queridos hermanos y hermanas:
Al final de esta solemne celebración eucarística, deseo renovar a todos mi saludo y mi acción de gracias. En particular, quiero saludar y dar las gracias por su acogida y representación al señor Silvio Berlusconi, presidente del Consejo de Ministros, al señor Giovanni Letta, subsecretario, y a todas las autoridades civiles y militares presentes. Por último, dirijamos de nuevo nuestra mirada hacia la "dulce Reina de los sardos", venerada en esta montaña de Bonaria.
A través de los siglos, ¡cuántos personajes ilustres han venido a rendirle homenaje! ¡Cuántos de mis predecesores han querido honrarla con particular cariño! El beato Pío IX decretó su coronación; san Pío X, hace cien años, la proclamó patrona de toda Cerdeña; Pío XII, hace 50 años, se hizo presente espiritualmente con un mensaje transmitido en directo por Radio Vaticano y el beato Juan XXIII, en 1960, envió una carta con motivo de la reapertura del santuario al culto, tras su restauración.
El primer Papa que regresó a la isla, después de 1650 años, fue el siervo de Dios Pablo VI, quien visitó el santuario el 24 de abril de 1970. Y ante la sagrada imagen de la Virgen también rezó el querido Juan Pablo II, el 20 de octubre de 1985. Siguiendo las huellas de los papas que me han precedido, también he escogido el Santuario de Bonaria para realizar una visita pastoral que quiere abrazar espiritualmente a toda Cerdeña.
A María hemos encomendado hoy de nuevo la ciudad de Cagliari, de Cerdeña, y cada uno de sus habitantes. Que la Virgen santa siga velando sobre todos y sobre cada uno de ellos, para que el patrimonio de valores evangélicos se transmita íntegramente a las nuevas generaciones y para que Cristo reine en la familias, en las comunidades y en los diferentes ámbitos de la sociedad. Que en particular la Virgen proteja a cuantos, en este momento, tienen más necesidad de su intervención maternal: los niños y los jóvenes, los ancianos y las familias, los enfermos y todos los que sufren.
Conscientes del papel importante que desempeña María en la existencia de cada uno de nosotros, como hijos devotos festejamos hoy su nacimiento. Este acontecimiento constituye una etapa fundamental para la familia de Nazaret, cuna de nuestra redención; un acontecimiento que nos afecta a todos, pues cada uno de los dones que Dios le ha concedido a ella, la Madre, lo ha hecho pensando también en cada uno de nosotros, sus hijos. Por este motivo, con inmenso reconocimiento, pedimos a María, Madre del Verbo encarnado y Madre nuestra, que proteja a cada mamá terrena: a aquéllas que, junto al marido educan a los hijos en un contexto familiar armonioso, y a aquéllas que, por muchos motivos, tienen que afrontar solas una tarea tan ardua. Que todas puedan desempeñar con entrega y fidelidad su servicio cotidiano en la familia, en la Iglesia y en la sociedad. ¡Que para todas la Virgen sea apoyo, consuelo y esperanza!
Ante la mirada de María quiero recordar a las queridas poblaciones de Haití, duramente afectadas en los días pasados por tres huracanes. Rezo por las víctimas, por desgracia numerosas, y por los sin techo. Estoy junto a toda la nación y deseo que reciba cuanto antes las ayudas necesarias. A todos encomiendo a la protección maternal de Nuestra Señor de Bonaria.
[Traducción del italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
CAGLIARI, lunes, 8 septiembre 2008 (ZENIT.org).- Desde el santuario de Nuestra Señora de Bonaria, en Cagliari (Cáller en español), Benedicto XVI alentó una nueva generación de cristianos comprometidos en la política y la economía.
Fue la plegaria conclusiva de la homilía que pronunció en la explanada de este centro de peregrinaciones para conmemorar el centenario de la proclamación de María como patrona máxima de Cerdeña.
"Que María os ayude a llevar a Cristo a las familias, pequeñas iglesias domésticas y células de la sociedad, que hoy más que nunca tienen necesidad e confianza y de apoyo tanto a nivel espiritual como social", dijo el obispo de Roma al dirigirse a los católicos de la isla.
"Que os ayude a encontrar oportunas estrategias pastorales para hacer que encuentren a Cristo los jóvenes, quienes por naturaleza traen nuevo empuje, pero que con frecuencia son víctimas del difundido niquilismo, que tienen sede de vedad e ideales precisamente cuando parecen negarlos", añadió.
La plegaria del Papa continuó pidiendo que la Virgen haga capaces a los creyentes "de evangelizar el mundo del trabajo, de la economía, de la política, que tiene necesidad de una nueva generación de laicos cristianos comprometidos, capaces de buscar con competencia y rigor moral soluciones de desarrollo sostenible".
"En todos estos aspectos del compromiso cristiano, siempre podéis contar con la guía y el apoyo de la Virgen santa", afirmó en una eucaristía que concluyó con un acto de consagración a María.
Las diez horas que el Papa estuvo en la isla concluyeron con un encuentro multitudinario con los jóvenes sardos en la plaza Yenne de Cagliari.
Al regresar a Roma en avión, el Papa se dirigió a Castel Gandolfo, donde desempeña sus actividades ordinarias en estos últimos días de verano.
domingo, 31 de agosto de 2008
Benedicto XVI: Angelus dominical (31 de agosto): la espiritualidad de la Cruz
Intervención con motivo del Ángelus
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 31 agosto 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI este domingo a mediodía al presidir la oración mariana del Ángelus desde el balcón del patio del palacio apostólico de Castel Gandolfo.
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Queridos hermanos y hermanas:
También hoy, en el Evangelio, aparece en primer plano el apóstol Pedro. Pero, si bien el domingo pasado le admiramos por su fe franca en Jesús, a quien proclamó Mesías e Hijo de Dios, esta vez, en el episodio sucesivo, muestra una fe todavía inmadura y demasiado ligada a la "mentalidad de este mundo" (Cf. Romanos 12, 2). De hecho, cuando Jesús comienza a hablar abiertamente del destino que le espera en Jerusalén, es decir, que tendrá que sufrir mucho y ser asesinado para después resucitar, Pedro protesta diciendo: "¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!" (Mateo 16,22). Es evidente que el Maestro y el discípulo siguen dos maneras opuestas de pensar. Pedro, según una lógica humana, está convencido de que Dios no permitiría nunca a su Hijo terminar su misión muriendo en la cruz. Jesús, por el contrario, sabe que el Padre, a causa de su inmenso amor por los hombres, le ha enviado para dar la vida por ellos y que, si esto implica la pasión y la cruz, es justo que suceda así. Por otra parte, él sabe también que la última palabra será la resurrección. La protesta de Pedro, a pesar de que fue pronunciada con buena fe y por amor sincero al Maestro, a Jesús le suena como una tentación, una invitación a salvarse a sí mismo, mientras que sólo si pierde su vida la recibirá nueva y eterna por todos nosotros.
Si para salvarnos el Hijo de Dios tuvo que sufrir y morir crucificado, no es ni mucho menos un designio cruel del Padre celestial. La causa es la gravedad de la enfermedad de la que tenía que curarnos: un mal tan serio y mortal que exige toda su sangre. De hecho, con su muerte y resurrección, Jesús ha derrotado al pecado y a la muerte, restableciendo el señorío de Dios. Pero la lucha no ha terminado: el mal existe y resiste en toda generación, también en nuestros días. ¿Acaso los horrores de la guerra, la violencia contra los inocentes, la miseria y la injusticia que se abaten contra los débiles, no son la oposición del mal al reino de Dios? Y, ¿cómo responder a tanta malicia si no es con la fuerza desarmada del amor que vence al odio, de la vida que no tiene miedo de la muerte? Es la misma fuerza misteriosa que utilizó Jesús, a costa de ser incomprendido y abandonado de muchos de los suyos.
Queridos hermanos y hermanas: para llevar a pleno cumplimiento la obra de salvación, el Redentor sigue asociando a sí y a su misión a hombres y mujeres dispuestos a tomar la cruz y a seguirle. Como le sucedió a Cristo, también para los cristianos cargar con la cruz no es algo opcional, sino una misión que hay que abrazar por amor. En nuestro mundo actual, en el que parecen dominar las fuerzas que dividen y destruyen, Cristo no deja de proponer a todos su invitación clara: quien quiere ser mi discípulo, reniegue de su egoísmo y lleve conmigo la cruz. Invoquemos la ayuda de la Virgen santa, quien siguió a Jesús por el camino de la cruz en primer lugar y hasta el final. Que ella nos ayude a seguir con decisión al Señor para experimentar ya desde ahora, a pesar de la prueba, la gloria de la resurrección.
[Tras rezar el Ángelus, el Papa pronunció este mensaje en italiano:]
En estas últimas semanas se ha registrado un aumento de casos de inmigración irregular de África. En ocasiones, la travesía del Mediterráneo hacia el continente europeo, visto como una meta de esperanza para huir de situaciones adversas y con frecuencia insoportables, se transforma en tragedia; la que tuvo lugar hace unos días parece haber superado a las precedentes por el elevado número de víctimas. La inmigración es un fenómeno presente desde los albores de la historia de la humanidad, que desde siempre ha caracterizado las relaciones entre los pueblos y naciones. Ahora bien, el hecho de que en nuestros días se haya convertido en una emergencia nos interpela y, exigiendo nuestra solidaridad, impone al mismo tiempo respuestas políticas eficaces.
Sé que muchas instituciones regionales, nacionales e internacionales se están ocupando de la cuestión de la inmigración irregular: las aplaudo y las aliento para que sigan realizando su meritoria labor con sentido de responsabilidad y espíritu humanitario. Sentido de responsabilidad también tienen que mostrar los países de origen, no sólo porque se trata de sus conciudadanos, sino también para eliminar las causas de la inmigración irregular, así como para eliminar, en su raíz, todas las formas de criminalidad ligadas.
Por su parte, los países europeos y los que son meta de inmigración están llamados entre otras cosas a desarrollar en común acuerdo iniciativas y estructuras cada vez más adecuadas a las necesidades de los inmigrantes irregulares.
Estos últimos, además, deben ser sensibilizados en el valor de la propia vida, que representa un bien único, siempre precioso, que se debe tutelar ante los graves riesgos a los que se exponen al buscar mejorar sus condiciones de vida, y en el deber de legalidad que es una obligación para todos.
Como padre común, siento el profundo deber de llamar la atención de todos sobre este problema y de pedir la generosa colaboración de personas e instituciones para afrontarlo y encontrar caminos de solución. ¡Que el Señor nos acompañe y haga fecundos nuestros esfuerzos!
[A continuación, el Papa saludó en varios idiomas a los peregrinos. En español, dijo:]
Saludo cordialmente a los fieles de lengua española, en particular a los Pastores y fieles de la querida Nación cubana, que ayer inauguraron solemnemente el Trienio preparatorio de la celebración de los cuatrocientos años del hallazgo y la presencia de la venerada imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. A todos los amados hijos e hijas de la Iglesia que vive en ese noble País los encomiendo fervientemente en mi plegaria, para que, a ejemplo de María Santísima, y ayudados por su maternal intercesión, tengan una fe rica en obras de misericordia y amor. Los invito asimismo a acoger cotidianamente en su corazón la Palabra de Dios, a meditarla y llevarla a la práctica con valentía y esperanza para que, como auténticos hijos de Dios Padre, discípulos fieles de Cristo y, con la fuerza del Espíritu Santo, sean misioneros del Evangelio en cualquier circunstancia de la vida. Reciban a la Virgen en sus casas, permanezcan con Ella en oración y encuentren su dicha en hacer lo que su Hijo Jesús les diga. En este hermoso camino los acompaña el afecto y la cercanía espiritual del Papa. Que Dios bendiga a Cuba y a todos los cubanos.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
martes, 10 de junio de 2008
Benedicto XVI: Angelus dominical (08 de junio) y "globalizaciòn de la solidaridad"
CIUDAD DEL VATICANO, domingo 8 de junio de 2008 (ZENIT.org) Publicamos la intervención del Papa Benedicto XVI este domingo, durante el rezo del Ángelus con los peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro
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¡Queridos hermanos y hermanas!
En el centro de la liturgia de la Palabra de este Domingo hay una expresión del profeta Oseas que Jesús retoma en el Evangelio: “Quiero amor y no sacrificio / conocimiento de Dios más que holocaustos” (Os 6,6). Se trata de una palabra clave, una de aquellas que nos introducen en el corazón de la Sagrada Escritura. El contexto, en que Jesús la hace propia, es la vocación de Mateo, de profesión “publicano”, es decir recaudador de impuestos por cuenta de la autoridad imperial romana: por eso mismo, era considerado por los Judíos como un pecador público. Tras llamarlo precisamente cuando estaba sentado en el banco de los impuestos -ilustra bien esta escena un celebérrimo cuadro de Caravaggio-, Jesús fue a su casa con los discípulos y se puso a la mesa junto con otros publicanos. A los fariseos escandalizados les respondió: “No son los sanos quienes necesitan al médico, sino los enfermos... No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores... (Mt 9, 12-13). El evangelista Mateo, siempre atento al vínculo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, en este momento pone en los labios de Jesús la profecía de Oseas: “Id y aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio”.
Es tal la importancia de esta expresión del profeta que el Señor la cita nuevamente en otro contexto, a propósito de la observancia del sábado (cfr Mt 12, 1-8). También en este caso Él se atribuye la responsabilidad de la interpretación del precepto, revelándose como “Señor” de las mismas instituciones legales. Dirigiéndose a los fariseos, añade: “Si hubiérais comprendido lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a personas sin culpa” (Mt 12,7). Por tanto, en este oráculo de Oseas, Jesús, el Verbo hecho hombre, se ha, por así decirlo, “encontrado” plenamente; lo ha hecho propio con todo su corazón y lo ha realizado con su comportamiento, a costa incluso de chocar con la susceptibilidad de los jefes de su pueblo. Esta palabra de Dios ha llegado a nosotros, a través de los Evangelios, como una de las síntesis de todo el mensaje cristiano: la verdadera religión consiste en el amor a Dios y al prójimo. Esto es lo que da valor al culto y a la práctica de los preceptos.
Dirigiéndonos ahora a la Virgen María, pedimos por su intercesión vivir siempre en la alegría de la esperanza cristiana. Que la Virgen, Madre de Misericordia, suscite en nosotros sentimientos de filial abandono respecto a Dios, que es misericordia infinita; nos ayude a hacer nuestra la oración que San Agustín formula en un conocido pasaje de sus Confesiones: “¡Ten piedad de mí, Señor! Mira que no te escondo mis heridas: tú eres el médico, yo el enfermo; tú eres misericordioso, yo mísero... Toda mi esperanza está puesta en tu gran misericordia” (X, 28.39; 29.40).
(Después del rezo del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En francés comenzó diciendo:)
El Evangelio de hoy nos muestra el rostro de amor y de misericordia de Jesús, que come con los publicanos y pecadores. Que podáis descubrir el rostro del Señor para vosotros, especialmente en los Sacramentos del Perdón y de la Eucaristía, y que os convirtáis para vuestro alrededor en testigos del amor de Dios hacia toda la humanidad.
(En inglés dijo:)
Saludo a todos los visitantes de habla inglesa presentes en el Angelus de hoy, especialmente al grupo de peregrinos de Malmö, en Suecia. Rezo para que vuestra visita a Roma fortalezca vuestra fe y profundice vuestro amor a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. En el Evangelio de este domingo hemos escuchado cómo Jesús llamó a Mateo, el recaudador de impuestos. Inmediatamente Mateo se levantó y se convirtió en seguidor de nuestro Señor. Estemos preparados para rechazar todo aquello que nos separa de Dios, de manera que podamos responder generosamente a su llamada.
(En español dijo:)
Os invito a que os acerquéis con confianza a Jesucristo, médico que sana los corazones y llama sin cesar a la conversión, para que inspirados por Él, penséis lo que es recto y lo cumpláis con su ayuda.
(En alemán dijo:)
La separación de Dios, el pecado, hace a la humanidad enferma. Sufre por su egoísmo, que no le deja lugar a una vida auténtica. Cristo es el médico, que nos trae la curación y nos devuelve la salud. Él abrirá nuestra vida a Dios y a los demás. Acojamos su amor que nos sana y ofreezcámoslo a aquellos que nos rodean. Así viviremos verdaderamente.
(En polaco dijo:)
Saludo cordialmente a todos los polacos. Dirijo hoy una particular oración por los mineros que el miércoles pasado han perdido la vida en la mina Borynia. Suplico para ellos la gracia del eterno descanso, el conforto espiritual para sus familias y la pronta curación para los heridos. Que Dios misericordioso nos preserve de la muerte imprevista, que Él os proteja, os guíe y os bendiga.
(Traducción del original realizada por Inmaculada Álvarez)
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 8 junio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI a la fundación "Centesimus Annus, pro Pontifice" al recibir en audiencia a sus representantes el 31 de mayo de 2008.
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Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado; amables señoras y señores:
Me alegra encontrarme hoy con vosotros y os doy mi cordial bienvenida. Doy las gracias al conde Lorenzo Rossi di Montelera, que en calidad de presidente de la Fundación ha interpretado vuestros sentimientos, exponiendo también las líneas de acción seguidas durante este año. Saludo al señor cardenal Attilio Nicora y a los arzobispos Claudio Maria Celli y Domenico Calcagno, así como a cada uno de vosotros, a quienes renuevo la expresión de mi gratitud por el servicio que prestáis a la Iglesia, dando una generosa aportación a las múltiples iniciativas de la Santa Sede al servicio de los pobres en numerosas partes del mundo. En este sentido, os agradezco, en particular, el donativo que habéis querido traerme con ocasión de este encuentro.
Este año, para vuestra reunión tradicional, habéis elegido como tema: "El capital social y el desarrollo humano". Así, habéis reflexionado sobre la necesidad, sentida por muchos, de promover un desarrollo global atento a la promoción integral del hombre, mostrando también la contribución que pueden dar asociaciones de voluntariado, fundaciones sin ánimo de lucro y otros grupos surgidos con el objetivo de hacer cada vez más solidario el entramado social.
Un desarrollo armonioso es posible si las opciones económicas y políticas realizadas tienen en cuenta los principios fundamentales que lo hacen accesible a todos: me refiero, en particular, a los principios de subsidiariedad y solidaridad. En el centro de toda programación económica, considerando especialmente la vasta y compleja red de relaciones que caracteriza la época posmoderna, debe estar siempre la persona, creada a imagen de Dios y querida por él para custodiar y administrar los inmensos recursos de la creación. Sólo una cultura común de la participación responsable y activa puede permitir a todo ser humano sentirse no usuario o testigo pasivo, sino colaborador activo en el proceso de desarrollo mundial.
El hombre, al que Dios en el Génesis confía la tierra, tiene la tarea de hacer fructificar todos los bienes terrenos, comprometiéndose a usarlos para satisfacer las múltiples necesidades de cada uno de los miembros de la familia humana. En efecto, una de las metáforas recurrentes en el Evangelio es precisamente la del administrador. Por tanto, con la actitud de un administrador fiel el hombre debe gestionar los recursos que Dios le ha confiado, poniéndolos a disposición de todos. En otras palabras, es preciso evitar que el beneficio sea solamente individual, o que formas de colectivismo opriman la libertad personal.
El interés económico y comercial no debe convertirse nunca en algo exclusivo, porque de hecho mortificaría la dignidad humana. Puesto que el actual proceso de globalización que está atravesando el mundo afecta cada vez más a los campos de la cultura, la economía, las finanzas y la política, hoy el gran desafío es "globalizar" no sólo los intereses económicos y comerciales, sino también las expectativas de solidaridad, respetando y valorando la aportación de todos los componentes de la sociedad.
Como habéis reafirmado oportunamente, el crecimiento económico no debe separarse jamás de la búsqueda de un desarrollo humano y social integral. A este respecto, la Iglesia, en su doctrina social, subraya la importancia de la aportación de los cuerpos intermedios según el principio de subsidiariedad, para contribuir libremente a orientar los cambios culturales y sociales y dirigirlos a un auténtico progreso del hombre y de la colectividad. A este propósito, en la encíclica Spe salvi reafirmé que «las mejores estructuras funcionan únicamente cuando en una comunidad existen unas convicciones vivas capaces de motivar a los hombres para una adhesión libre al ordenamiento comunitario» (n. 24).
Queridos amigos, a la vez que os renuevo mi gratitud por el generoso apoyo que dais incansablemente a las actividades de caridad y de promoción humana de la Iglesia, os invito a ofrecer la contribución de vuestra reflexión también para la realización de un orden económico mundial justo. A este respecto, me complace retomar una elocuente afirmación del concilio Vaticano II: «Los cristianos -se lee en la constitución Gaudium et spes- nada pueden desear más ardientemente que servir cada vez más generosa y eficazmente a los hombres del mundo actual. Y así, prestando fielmente su adhesión al Evangelio y disponiendo de su fuerza, unidos a todos los que aman y practican la justicia, han tomado sobre sí la realización de una tarea inmensa en esta tierra...» (n. 93). Proseguid con este espíritu vuestra acción en favor de tantos hermanos nuestros. En el último día, el día del Juicio universal, nos preguntarán si hemos utilizado cuanto Dios ha puesto a nuestra disposición para satisfacer las legítimas expectativas y las necesidades de nuestros hermanos, especialmente de los más pequeños y necesitados.
Que la Virgen María, a quien hoy contemplamos en su visita a su anciana prima Isabel, os obtenga a cada uno la gracia de ser siempre solícito con el prójimo. Os aseguro un recuerdo en la oración y con afecto os imparto mi bendición apostólica a vosotros, aquí presentes, a vuestras familias y a cuantos colaboran con vosotros en vuestras diversas actividades profesionales.
Traducción distribuida por la Santa Sede
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana
domingo, 1 de junio de 2008
Benedicto XVI: Angelus dominical sobre el Sagrado Corazón (01 de junio) y clausura del mes de mayo
Intervención con motivo del Ángelus
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 1 junio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI este domingo al rezar el Ángelus junto a miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.
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Queridos hermanos y hermanas:
En este domingo, que coincide con el inicio de junio, quiero recordar que este mes está tradicionalmente dedicado al Corazón de Cristo, símbolo de la fe cristiana, particularmente amado tanto por el pueblo como por los místicos y los teólogos, pues expresa de una manera sencilla y auténtica la "buena noticia" del amor, resumiendo en sí el misterio de la encarnación y de la Redención. Y el viernes pasado celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, tercera y última de las fiestas que han seguido al Tiempo Pascual, tras la Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Esta sucesión hace pensar en un movimiento hacia el centro: un movimiento del espíritu guiado por el mismo Dios. Desde el horizonte infinito de su amor, de hecho, Dios ha querido entrar en los límites de la historia y de la condición humana, ha tomado un cuerpo y un corazón, para que podamos contemplar y encontrar el infinito en el finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno. En mi primera encíclica sobre el tema del amor, el punto de partida ha sido precisamente la mirada dirigida al costado traspasado de Cristo, del que habla Juan en su Evangelio (Cf. 19,37; Deus caritas est, 12). Y este centro de la fe es también la fuente de la esperanza en la que hemos sido salvados, esperanza que ha sido el tema de mi segunda encíclica.
Toda persona necesita un "centro" para su propia vida, un manantial de verdad y de bondad al que recurrir ante la sucesión de las diferentes situaciones y en el cansancio de la vida cotidiana. Cada uno de nosotros, cuando se detiene en silencio, necesita sentir no sólo el palpitar de su corazón, sino, de manera más profunda, el palpitar de una presencia confiable, que se puede percibir con los sentidos de la fe y que, sin embargo, es mucho más real: la presencia de Cristo, corazón del mundo. Os invito, por tanto, a cada uno de vosotros a renovar en el mes de junio su propia devoción al Corazón de Cristo, valorando también la tradicional oración de ofrecimiento del día y teniendo presentes las intenciones que propongo a toda la Iglesia.
Junto al Sagrado Corazón de Jesús, la liturgia nos invita a venerar el Corazón Inmaculado de María. Encomendémonos siempre a ella con gran confianza. Quisiera invocar la materna intercesión de la Virgen una vez más por las poblaciones de China y Myanmar, golpeadas por calamidades naturales, y por quienes atraviesan las numerosas situaciones de dolor, enfermedad y miseria material y espiritual que marcan el camino de la humanidad.
[Al final del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana, en particular a los fieles de la Parroquia de San Andrés Apóstol, de Moral de Calatrava. En el día del Señor os invito a escuchar devotamente la Palabra de Dios, a acogerla en vuestro corazón con docilidad y a llevarla a la práctica con solicitud, de modo que vuestra vida se arraigue cada vez más firmemente en la roca de la amistad con Cristo. Feliz domingo a todos.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina © Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
Palabras del Papa en el Rosario de clausura del mes de mayo
El Magnificat sigue siendo la interpretación más profunda de la historia
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 1 junio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que pronunció Benedicto XVI en la noche de este sábado al rezar el Rosario en la clausura del mes de mayo, tradicionalmente dedicado a María.
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Queridos hermanos y hermanas:
Concluimos el mes de mayo con este sugerente encuentro de oración mariana. Os saludo con afecto y os doy las gracias por vuestra participación. Saludo, en primer lugar, al señor cardenal Angelo Comastri; con él saludo a los demás cardenales, arzobispos, obispos y sacerdotes que han participado en esta celebración nocturna. Saludo a los consagrados y a todos vosotros, queridos fieles laicos, que con vuestra presencia habéis querido rendir homenaje a la Virgen Santísima.
Hoy celebramos la fiesta de la Visitación de la Virgen María y la memoria del Corazón Inmaculado de María. Por tanto, todo nos invita a dirigir la mirada con confianza a María. Nos hemos dirigido a ella, también esta noche, con la antigua y siempre actual práctica del Rosario. El Rosario, cuando no es una repetición mecánica de fórmulas tradicionales, es una meditación bíblica que nos hace revivir los acontecimientos de la vida del Señor en compañía de la Virgen, conservándolos como ella, en nuestro corazón. En muchas comunidades cristianas, durante el mes de mayo, se da la bella costumbre de rezar de manera más solemne el Rosario en familia y en las parroquias. Que no decaiga esta buena costumbre, ahora que termina el mes, para que, aprendiendo de María, la lámpara de la fe brille cada vez más en el corazón de los cristianos y en sus casas.
En la fiesta de la visitación, la liturgia nos hace volver a escuchar el pasaje del Evangelio de Lucas, que narra el viaje de María de Nazaret a casa de la anciana prima, Isabel. Imaginemos el estado de ánimo de la Virgen tras la Anunciación, cuando el ángel la dejó. María se encontró con un gran misterio encerrado en el seno; sabía que había sucedido algo extraordinariamente único; se daba cuenta de que había comenzado el último capítulo de la historia de la salvación del mundo. Pero, a su alrededor, todo había quedado como antes y la aldea de Nazaret no sabía nada de lo que le había sucedido.
Sin embargo, antes de preocuparse por sí misma, María piensa en la anciana Isabel, al saber que su embarazo está en un estado avanzado y, movida por el misterio de amor que acaba de acoger en su interior, se pone en camino "rápidamente" para ir a ofrecerle ayuda. ¡Esta es la grandeza sencilla y sublime de María! Cuando llega a la casa de Isabel, ocurre algo que ningún pintor podrá plasmar nunca en toda su belleza y profundidad. La luz interior del Espíritu Santo envuelve sus personas. E Isabel, iluminada desde lo Alto, exclama: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lucas 1, 42-45).
Estas palabras podrían parecer desproporcionadas respecto al contexto real. Isabel es una de las muchas ancianas de Israel y María una muchacha desconocida de una aldea perdida de Galilea. ¿Qué pueden ser y que pueden hacer en un mundo en el que cuentan otras personas y otros poderes? Sin embargo, María nos sorprende una vez más; su corazón es limpio, totalmente abierto a la luz de Dios; su alma no tiene pecado, no carga con el peso del orgullo o el egoísmo. Las palabras de Isabel encienden en su espíritu un cántico de alabanza que es una auténtica y profunda interpretación "teológica" de su historia: una lectura que tenemos que seguir aprendiendo de quien tiene una fe sin sombras ni grietas. "Engrandece mi alma al Señor". María reconoce la grandeza de Dios. Este es el primer e indispensable sentimiento de la fe: el sentimiento que da seguridad a la criatura humana y que libera del miedo, a pesar de las tempestades de la historia.
Más allá de la superficie, María "ve" con los ojos de la fe la obra de Dios en la historia. Por este motivo es bienaventurada, pues ha creído: por la fe, de hecho, ha acogido la Palabra del Señor y ha concebido al Verbo encarnado. Su fe le ha hecho ver que los tronos de los poderosos de este mundo son provisionales, mientras que el trono de Dios es la única roca que no cambia, que no se derrumba. Su Magnificat, con el pasar de los siglos y milenios, sigue siendo la interpretación más verdadera y profunda de la historia, mientras las interpretaciones de muchos de los sabios de este mundo han sido desmentidas por los hechos en el transcurso de los siglos.
Queridos hermanos y hermanas: volvamos a casa con el Magnificat en el corazón. Alberguemos en nuestro espíritu los mismos sentimientos de alabanza y acción de gracias de María hacia el Señor, su fe y su esperanza, su abandono dócil en las manos de la Providencia divina. Imitemos su ejemplo de disponibilidad y de generosidad en el servicio a los hermanos. De hecho, sólo acogiendo el amor de Dios y haciendo de nuestra existencia un servicio desinteresado y generoso al prójimo, podremos elevar con alegría un canto de alabanza al Señor. Que nos alcance esta gracia la Virgen, quien nos invita en esta noche a encontrar refugio en su Corazón inmaculado.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
lunes, 26 de mayo de 2008
Benedicto XVI: Angelus dominical (25 de mayo)
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 25 mayo 2007 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI este domingo, en el que muchos países celebraban en Corpus Christi, con motivo de la oración mariana del Ángelus, en el día
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Hace una semana, nuestras miradas eran atraídas por el misterio de la Santísima Trinidad; hoy se nos invita a poner la mirada en la Hostia santa: ¡es el mismo Dios! ¡El Amor mismo! Esta es la belleza de la verdad cristiana: el Creador y el Señor de Todas las cosas se ha hecho "grano de trigo" para ser sembrado en nuestra tierra, en los surcos de la historia; se ha hecho pan para ser partido, compartido, comido; se ha hecho alimento nuestro para danos la vida, su misma vida divina. Nació en Belén, que en hebreo significa "Casa del pan", y cuando comenzó a predicar a las muchedumbres reveló que el Padre le había enviado al mundo como "pan vivo bajado del cielo", como "pan de la vida".
La Eucaristía es escuela de caridad y de solidaridad. Quien se alimenta con el Pan de Cristo no puede quedar indiferente ante quien, incluso en nuestros días, carece del pan cotidiano. Muchos padres logran a duras penas encontrarlo para sí y para sus niños. Es un problema cada vez más grave, que le cuesta resolver a la comunidad internacional. La Iglesia no sólo reza "danos hoy el pan de cada día", sino que, siguiendo el ejemplo del Señor, se compromete de todas las maneras por "multiplicar los cinco panes y los dos peces" con innumerables iniciativas de promoción humana, compartiendo lo imprescindible para que a nadie le falte lo necesario para vivir.
Queridos hermanos y hermanas: que la fiesta del Corpus Christi sea una ocasión para crecer en esta atención concreta a los hermanos, especialmente los pobres. Que nos alcance esta gracia la Virgen María, de quien el Hijo tomó su carne y sangre, como repetimos en un célebre himno eucarístico, llevado a la música por los más grandes compositores: "Ave verum corpus natum de Maria Virgine", y que se concluye con la invocación: "O Iesu dulcis, o Iesu pie, o Iesu fili Mariae!".
Que María, quien al llevar en su seno a Jesús fue el "sagrario" viviente de la Eucaristía, nos comunique su misma fe en el santo misterio del Cuerpo y de la Sangre de su Hijo divino para que se convierta verdaderamente en el centro de nuestra vida. En torno a la Virgen nos volveremos a encontrar el próximo sábado, 31 de mayo, a las 20.00 horas, en la plaza de San Pedro, con motivo de una celebración especial de clausura del mes mariano.
[Al final del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En italiano comenzó diciendo:]
Saludo con mucho afecto a los peregrinos de lengua china, que se han reunido en Roma procedentes de toda Italia con motivo de la Jornada Mundial de Oración por la Iglesia en China. Confío al amor misericordioso de Dios a todos vuestros compatriotas que en estos días han fallecido a causa del terremoto, que ha golpeado una amplia área de vuestro país. Renuevo mi cercanía personal a quienes están viviendo horas de angustia y tribulación. Que gracias a la fraterna solidaridad de todos, las poblaciones de esas zonas puedan regresar pronto a la normalidad de la vida cotidiana. Junto a vosotros le pido a María, auxilio de los cristianos, nuestra señora de Sheshan, que apoye "el compromiso de quienes en China, en medio de las fatigas cotidianas, siguen creyendo, esperando y amando, para que nunca teman hablar de Jesús al mundo y del mundo a Jesús", siendo "siempre testigos creíbles de este amor, manteniéndose unidos a la roca de Pedro sobre la que está edificada la Iglesia".
[En español, dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles de las Parroquias de Santa Teresa, de Toledo, y de Santa María, de Los Yébenes, así como a los miembros de la Obra de la Iglesia, que participan en esta oración mariana. En este día, en el que en algunos lugares se celebra la solemnidad del Corpus Christi, os invito a participar activamente en la Eucaristía y a venerar con devoción el Santísimo Sacramento, para que experimentemos constantemente el fruto de la redención. Feliz domingo a todos.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]


