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martes, 3 de enero de 2012

¿Quién tiene la responsabilidad de acercar los niños a sus abuelos?. Notas espirituales

¿Los padres deben enseñar a sus hijos que deben visitar, respetar y querer a sus abuelos; no solo por ser familia sino porque además son SU IDENTIDAD, SU PASADO; o son los abuelos que deben ganarse a sus nietos persiguiéndolos con llamadas, visitas y regalos?

Sin atacar a nadie, sin ofensas. Es una pregunta que me hago desde hace un tiempo. Porque noto que cada día los viejos en general son dejados de lado por la sociedad. Al no ser productivos no sirven. Y los abuelos tienden a ser vistos como un fastidio por los nietos.
Mi experiencia de niño fue que los fines de semana eran sagrados. En ellos debía asistir a misa y a la visita de los abuelos. La tarde del sábado era de mi abuela materna, y la mañana del domingo era de la misa y mi abuela paterna. No había discusión, y yo terminaba de verlo como una rutina de lo más normal. Aunque no niego que hubo días que no quería ir. En esos casos, mis padres me daban a entender - con razones y autoridad - que no había posibilidad de dejar de visitar a mis abuelos.

¿Qué piensan ustedes? ¿Qué es lo correcto? ¿Qué es lo cristiano?.

¿Será que las nuevas generaciones no conocerán a sus abuelos?

domingo, 31 de mayo de 2009

Benedicto XVI en Tierra Santa: la importancia de la Sagrada Familia de Nazaret

En la primera lectura de hoy, tomada del libro del Eclesiástico (3, 3-7.14-17), la palabra de Dios presenta a la familia como la primera escuela de la sabiduría, una escuela que educa a los propios miembros en la práctica de esas virtudes que conducen a la felicidad auténtica y duradera. En el plan de Dios para la familia, el amor del marido y la mujer produce el fruto de nuevas vidas, y encuentra su expresión cotidiana en los esfuerzos amorosos de los padres para asegurar una formación integral humana y espiritual para sus hijos. En la familia cada persona, ya sea el niño más pequeño o el familiar más anciano, es valorada por lo que es en sí misma, y no es vista meramente como un medio para otros fines. Aquí empezamos a atisbar algunos de los papeles esenciales de la familia como primera piedra de la construcción de una sociedad bien ordenada y acogedora. Además alcanzamos a apreciar, dentro de la sociedad en general, el deber del Estado de apoyar a las familias en su misión educadora, de proteger la institución de la familia y sus derechos inherentes, y de asegurar que todas puedan vivir y florecer en condiciones de dignidad.
(...) las mujeres tienen un papel indispensable en la creación de esa "ecología humana" (Cf.
Centesimus annus, 39) de la que nuestro mundo y también esta tierra tienen una necesidad urgente: un ambiente en el que los niños aprendan a amar y querer a los demás, a ser honestos y respetuosos con todos, a practicar las virtudes de la misericordia y del perdón. (…)Del ejemplo fuerte y paterno de José, Jesús aprendió las virtudes de la piedad masculina, la fidelidad a la palabra dada, la integridad y del trabajo duro. En el carpintero de Nazaret vemos cómo la autoridad puesta al servicio del amor es infinitamente más fecunda que el poder que busca el dominio. ¡Cuánta necesidad tiene nuestro mundo del ejemplo, de la guía y de la silenciosa calma de hombres como José!
(Benedicto XVI, “Homilía del Papa en la misa celebrada en Nazaret”, 13-V-2009
).

sábado, 16 de mayo de 2009

Benedicto XVI en Tierra Santa: ¿Cuál es el aporte del cristiano a los problemas del Oriente Medio?

He hecho una selección de frases de nuestro Papa, que condensan las bases de la fuerza de cada cristiano en Oriente Medio, para lograr iluminar la vida en esta región tan castigada y sufriente.

Verdaderamente Jesús "nos conoce", más profundamente de lo que nos conocemos a nosotros mismos, y tiene un plan para cada uno. Debemos saber que allí donde Él nos llame, encontraremos felicidad y realización personal; de hecho nos encontraremos a nosotros mismos (cf. Mateo 10,39). Hoy invito a los muchos jóvenes aquí presentes a considerar cómo el Señor les está llamando a seguirle para edificar su Iglesia. Ya sea en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada, ya sea en el sacramento del matrimonio, Jesús tiene necesidad de vosotros para hacer escuchar su voz y para trabajar por el crecimiento de su Reino. (…) Que cada familia cristiana pueda crecer en la fidelidad a esta noble vocación de ser una verdadera escuela de oración, en la que los niños aprendan el sincero amor de Dios, maduren en la autodisciplina y en la atención a las necesidades de los demás, y en la que, modelados por la sabiduría que proviene de la fe, contribuyan a construir una sociedad cada vez más justa y fraterna. (…) La Iglesia, y la sociedad en su conjunto, han llegado a darse cuenta de la urgencia con la que necesitamos eso que mi predecesor, el Papa Juan Pablo II, llamaba "el carisma profético" de las mujeres (cf. Mulieris dignitatem, 29) como portadoras de amor, maestras de misericordia y constructoras de paz, comunicadoras de calor y humanidad a un mundo que con frecuencia juzga el valor de la persona con fríos criterios de explotación y provecho. Con su testimonio público de respeto por las mujeres y con su defensa de la connatural dignidad de cada persona humana, la Iglesia en Tierra Santa puede dar una importante contribución al desarrollo de una cultura de verdadera humanidad y a la construcción de una civilización del amor.
La comunidad católica de aquí está profundamente afectada por las dificultades e incertidumbres que viven todos los habitantes de Oriente Medio; ¡no olvidéis nunca la gran dignidad que deriva de vuestra herencia cristiana, y que no desfallezca el sentido de amorosa solidaridad hacia todos vuestros hermanos y hermanas de la Iglesia en todo el mundo!. (…) La fidelidad a sus raíces cristianas, la fidelidad a la misión de la Iglesia en Tierra Santa, os exigen una valentía particular: la valentía de la convicción que nace de una fe personal, no simplemente de una convicción social o de una tradición familia; la valentía para comprometerse en el diálogo y trabajar codo a codo con los demás cristianos en el servicio del Evangelio y en la solidaridad con el pobre, el refugiado y las víctimas de profundas tragedias humanas; la valentía de construir nuevos puentes para hacer posible un fecundo encuentro de personas de diferentes religiones y culturas y así enriquecer el tejido de la sociedad. Esto significa también dar testimonio del amor que nos inspira a "sacrificar" vuestra vida en el servicio a los demás y así afrontar maneras de pensar que justifican el "truncamiento" de vidas inocentes.
(Benedicto XVI, “Homilía en la misa celebrada en el Estadio Internacional de Ammán, Jordania”, 11-V-2009).

lunes, 9 de marzo de 2009

¿El amor a (la) espos@ es más importante que el amor a Dios?

Las respuesta la leo en este escrito del Papa Juan Pablo I:
La Biblia llama santo a Jacob (Dan 3, 35) y amado de Dios (Mal 1, 2; Rom 9, 13), nos lo presenta empeñado en siete años de trabajo a fin de conquistarse a Raquel para mujer suya; «y aquellos años le parecieron sólo unos días por el amor que le tenía» (Gén 29,20).

Francisco de Sales hace un comentario breve de estas palabras: «Jacob --escribe--ama a Raquel con todas sus fuerzas, y con todas sus fuerzas ama a Dios; pero no por ello ama a Raquel igual que a Dios, ni a Dios igual que a Raquel. Ama a Dios como a su Dios sobre todas las cosas y más que a sí mismo; ama a Raquel como a mujer suya sobre todas las demás mujeres y más que a sí mismo. Ama a Dios con amor absoluto y soberanamente extremo, y a Raquel con sumo amor conyugal; un amor no es contrario al otro, porque el de Raquel no atropella las prerrogativas del amor de Dios» (Oeuvares t. V, pág. 175).

(Juan Pablo I, 27-09-1978 http://multimedios.org/docs/d000230/)

sábado, 17 de mayo de 2008

Benedicto XVI: La profecía de la «Humanae Vitae» (17 de mayo)

La profecía de la «Humanae Vitae», según Benedicto XVI

CIUDAD DEL VATICANO, sábado, 17 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI, el 10 de mayo en el Vaticano, a los participantes en el Congreso Internacional sobre la actualidad de la carta encíclica del Papa Pablo VI «Humanae Vitae», en su cuadragésimo aniversario.

* * *

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:

Con gran placer os acojo al final de los trabajos, en los que habéis reflexionado sobre un problema antiguo y siempre nuevo como es el de la responsabilidad y el respeto al surgir de la vida humana. Saludo en particular a mons. Rino Fisichella, rector magnífico de la Pontificia Universidad Lateranense, que ha organizado este Congreso internacional, y le agradezco las palabras de saludo que me ha dirigido. Mi saludo se extiende a todos los ilustres relatores, profesores y participantes, que con su contribución han enriquecido estas jornadas de intenso trabajo. Vuestra aportación se inserta eficazmente en la producción más amplia que, a lo largo de los decenios, ha ido aumentando sobre este tema controvertido y, a pesar de ello, tan decisivo para el futuro de la humanidad.

El concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et spes, ya se dirigía a los hombres de ciencia invitándolos a aunar sus esfuerzos para alcanzar la unidad del saber y una certeza consolidada acerca de las condiciones que pueden favorecer "una honesta ordenación de la procreación humana" (n. 52). Mi predecesor, de venerada memoria, el siervo de Dios Pablo VI, el 25 de julio de 1968, publicó la carta encíclica Humanae vitae. Ese documento se convirtió muy pronto en signo de contradicción.

Elaborado a la luz de una decisión sufrida, constituye un significativo gesto de valentía al reafirmar la continuidad de la doctrina y de la tradición de la Iglesia. Ese texto, a menudo mal entendido y tergiversado, suscitó un gran debate, entre otras razones, porque se situó en los inicios de una profunda contestación que marcó la vida de generaciones enteras. Cuarenta años después de su publicación, esa doctrina no sólo sigue manifestando su verdad; también revela la clarividencia con la que se afrontó el problema.

De hecho, el amor conyugal se describe dentro de un proceso global que no se detiene en la división entre alma y cuerpo ni depende sólo del sentimiento, a menudo fugaz y precario, sino que implica la unidad de la persona y la total participación de los esposos que, en la acogida recíproca, se entregan a sí mismos en una promesa de amor fiel y exclusivo que brota de una genuina opción de libertad. ¿Cómo podría ese amor permanecer cerrado al don de la vida? La vida es siempre un don inestimable; cada vez que surge, percibimos la potencia de la acción creadora de Dios, que se fía del hombre y, de este modo, lo llama a construir el futuro con la fuerza de la esperanza.

El Magisterio de la Iglesia no puede menos de reflexionar siempre profundamente sobre los principios fundamentales que conciernen al matrimonio y a la procreación. Lo que era verdad ayer, sigue siéndolo también hoy. La verdad expresada en la Humanae vitae no cambia; más aún, precisamente a la luz de los nuevos descubrimientos científicos, su doctrina se hace más actual e impulsa a reflexionar sobre el valor intrínseco que posee.

La palabra clave para entrar con coherencia en sus contenidos sigue siendo el amor. Como escribí en mi primera encíclica, Deus caritas est: "El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; (...) ni el cuerpo ni el espíritu aman por sí solos: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma" (n. 5). Si se elimina esta unidad, se pierde el valor de la persona y se cae en el grave peligro de considerar el cuerpo como un objeto que se puede comprar o vender (cf. ib.).

En una cultura marcada por el predominio del tener sobre el ser, la vida humana corre el peligro de perder su valor. Si el ejercicio de la sexualidad se transforma en una droga que quiere someter al otro a los propios deseos e intereses, sin respetar los tiempos de la persona amada, entonces lo que se debe defender ya no es sólo el verdadero concepto del amor, sino en primer lugar la dignidad de la persona misma. Como creyentes, no podríamos permitir nunca que el dominio de la técnica infecte la calidad del amor y el carácter sagrado de la vida.

No por casualidad Jesús, hablando del amor humano, se remite a lo que realizó Dios al inicio de la creación (cf. Mt 19, 4-6). Su enseñanza se refiere a un acto gratuito con el cual el Creador no sólo quiso expresar la riqueza de su amor, que se abre entregándose a todos, sino también presentar un modelo según el cual debe actuar la humanidad. Con la fecundidad del amor conyugal el hombre y la mujer participan en el acto creador del Padre y ponen de manifiesto que en el origen de su vida matrimonial hay un "sí" genuino que se pronuncia y se vive realmente en la reciprocidad, permaneciendo siempre abierto a la vida.

Esta palabra del Señor sigue conservando siempre su profunda verdad y no puede ser eliminada por las diversas teorías que a lo largo de los años se han sucedido, a veces incluso contradiciéndose entre sí. La ley natural, que está en la base del reconocimiento de la verdadera igualdad entre personas y pueblos, debe reconocerse como la fuente en la que se ha de inspirar también la relación entre los esposos en su responsabilidad al engendrar nuevos hijos. La transmisión de la vida está inscrita en la naturaleza, y sus leyes siguen siendo norma no escrita a la que todos deben remitirse. Cualquier intento de apartar la mirada de este principio queda estéril y no produce fruto.

Es urgente redescubrir una alianza que siempre ha sido fecunda, cuando se la ha respetado. En esa alianza ocupan el primer plano la razón y el amor. Un maestro tan agudo como Guillermo de Saint Thierry escribió palabras que siguen siendo profundamente válidas también para nuestro tiempo: "Si la razón instruye al amor, y el amor ilumina la razón; si la razón se convierte en amor y el amor se mantiene dentro de los confines de la razón, entonces ambos pueden hacer algo grande" (Naturaleza y grandeza del amor, 21, 8).

¿Qué significa ese "algo grande" que se puede conseguir? Es el surgir de la responsabilidad ante la vida, que hace fecundo el don que cada uno hace de sí al otro. Es fruto de un amor que sabe pensar y escoger con plena libertad, sin dejarse condicionar excesivamente por el posible sacrificio que requiere. De aquí brota el milagro de la vida que los padres experimentan en sí mismos, verificando que lo que se realiza en ellos y a través de ellos es algo extraordinario.
Ninguna técnica mecánica puede sustituir el acto de amor que dos esposos se intercambian como signo de un misterio más grande, en el que son protagonistas y partícipes de la creación.

Por desgracia, se asiste cada vez con mayor frecuencia a sucesos tristes que implican a los adolescentes, cuyas reacciones manifiestan un conocimiento incorrecto del misterio de la vida y de las peligrosas implicaciones de sus actos. La urgencia formativa, a la que a menudo me refiero, concierne de manera muy especial al tema de la vida. Deseo verdaderamente que se preste una atención muy particular sobre todo a los jóvenes, para que aprendan el auténtico sentido del amor y se preparen para él con una adecuada educación en lo que atañe a la sexualidad, sin dejarse engañar por mensajes efímeros que impiden llegar a la esencia de la verdad que está en juego.

Proporcionar ilusiones falsas en el ámbito del amor o engañar sobre las genuinas responsabilidades que se deben asumir con el ejercicio de la propia sexualidad no hace honor a una sociedad que declara atenerse a los principios de libertad y democracia. La libertad debe conjugarse con la verdad, y la responsabilidad con la fuerza de la entrega al otro, incluso cuando implica sacrificio; sin estos componentes no crece la comunidad de los hombres y siempre está al acecho el peligro de encerrarse en un círculo de egoísmo asfixiante.

La doctrina contenida en la encíclica Humanae vitae no es fácil. Sin embargo, es conforme a la estructura fundamental mediante la cual la vida siempre ha sido transmitida desde la creación del mundo, respetando la naturaleza y de acuerdo con sus exigencias. El respeto por la vida humana y la salvaguarda de la dignidad de la persona nos exigen hacer lo posible para que llegue a todos la verdad genuina del amor conyugal responsable en la plena adhesión a la ley inscrita en el corazón de cada persona.

Con estos sentimientos, os imparto a todos la bendición apostólica.

[Traducción del original italiano distribuida por la Santa Sede
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

Benedicto XVI y la fuerza del asociacionismo pro familia (16 de mayo)

Benedicto XVI y la fuerza del asociacionismo pro familia
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 16 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que --a mediodía de este viernes-- dirigió Benedicto XVI en la audiencia que concedió a los participantes del Forum de las Asociaciones Familiares y a la Federación Europa de las Asociaciones Familiares Católicas (FAFCE).

* * *

[En italiano:]

Queridos hermanos y hermanas:

Gracias por vuestra visita, que me permite conocer la actividad que desarrollan vuestras beneméritas asociaciones, integrantes del Forum de las Asociaciones Familiares y de la Federación Europea de las Asociaciones Familiares Católicas. A cada uno de vosotros, mi cordial saludo; en primer lugar al presidente del Forum, el abogado Giovanni Giacobbe, a quien agradezco las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Este encuentro tienen lugar con ocasión de la celebración anual de la Jornada Internacional de la Familia, señalada el 15 de mayo. Para subrayar la importancia de tal momento, habéis querido organizar un Congreso con un tema de relevante actualidad: «La alianza por la familia en Europa: el asociacionismo protagonista», a fin de confrontar las experiencias entre las diversas formas asociativas familiares, con el objetivo de sensibilizar a los gobernantes y a la opinión pública sobre el papel central e insustituible que tiene la familia en nuestra sociedad. En efecto, como justamente observáis, una acción política que desee mirar previsoramente el futuro, no puede dejar de situar a la familia en el centro de su atención y de su programación.

[En francés:]

Este año, como bien sabéis, se celebra el 40º aniversario de la Encíclica Humanae vitae y el 25º de la promulgación de la Carta de los derechos de la Familia, presentada por la Santa Sede el 22 de octubre de 1983. Dos documentos idealmente ligados entre sí, porque si el primero subraya con fuerza, yendo a contracorriente de la cultura dominante, la calidad del amor de los esposos, no manipulado por el egoísmo y abierto a la vida, el segundo pone en evidencia los derechos inalienables que permiten a la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, ser la cuna natural de la vida humana. En particular, la Carta de los derechos de la Familia, dirigida principalmente a los gobiernos, ofrece, a quien está investido de responsabilidades en orden al bien común, un modelo y un punto de referencia para la elaboración de una adecuada legislación política de la familia. Al mismo tiempo, se dirige a todas las familias inspirando a que se unan en la defensa y promoción de sus derechos. Y vuestro asociacionismo, al respecto, puede representar un instrumento cuánto más oportuno para realizar mejor el espíritu de la citada Carta de los derechos de la Familia.

[En alemán:]

El amado pontífice Juan Pablo II, con razón llamado también el «Papa de la familia», repetía que «el futuro de la humanidad se fragua en la familia» (Familiaris consortio, 86). Subrayaba con frecuencia el valor insustituible de la institución familiar, según el plan de Dios Creador y Padre. También yo, precisamente en el inicio de mi pontificado, al abrir el 6 de junio de 2005 el Congreso de la diócesis de Roma dedicado precisamente a la familia, recalqué que la verdad del matrimonio y de la familia hunde sus raíces en la verdad del hombre y ha tenido su realización en la historia de la salvación, en cuyo centro está la palabra: «Dios ama a su pueblo». La revelación bíblica, en efecto, es ante todo expresión de una historia de amor, la historia de la alianza de Dios con los hombres. He aquí por qué la historia del amor y de la unión entre un hombre y una mujer en la alianza del matrimonio ha sido asumida por Dios como símbolo de la historia de la salvación. Precisamente por esto, la unión de vida y de amor, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, que constituye la familia, representa un bien insustituible para toda la sociedad, que no hay que confundir ni equiparar a otros tipos de unión.

[En inglés:]

Bien sabemos cuántos desafíos enfrentan hoy las familias, qué difícil es realizar, en las condiciones sociales modernas, el ideal de fidelidad y de solidez del amor conyugal, tener hijos y educarles, conservar la armonía del núcleo familiar. Si gracias a Dios existen ejemplos luminosos de familias firmes y abiertas a la cultura de la vida y del amor, no faltan lamentablemente, e incluso van en aumento, las crisis matrimoniales y familiares. Desde muchas familias, que se encuentran en condiciones de preocupante precariedad, se eleva, a veces hasta inconscientemente, un grito, una petición de ayuda que interpela a los responsables de las administraciones públicas, de las comunidades eclesiales y de las distintas agencias educativas. Por lo tanto es cada vez más urgente el empeño de unir fuerzas para sostener, con todo medio posible, a las familias desde el punto de vista social y económico, jurídico y espiritual. En este contexto me agrada subrayar y alentar iniciativas y propuestas planteadas en vuestro Congreso. Me refiero, por ejemplo, al plausible empeño de movilizar a los ciudadanos en apoyo de la iniciativa «Una fiscalidad a medida de la familia», a fin de que los gobiernos promuevan una política familiar que ofrezca la posibilidad concreta a los padres de tener hijos y educarles en familia.

[En italiano:]

La familia, célula de comunión como fundamento de la sociedad, para los creyentes es como una «pequeña iglesia doméstica», llamada a revelar al mundo el amor de Dios. Queridos hermanos y hermanas: ayudad a las familias a ser signo visible de esta verdad, a defender los valores inscritos en la propia naturaleza humana y por lo tanto comunes a toda la humanidad, esto es, la vida, la familia y la educación. No se trata de principios derivados de una confesión de fe, sino de la aplicación de la justicia que respeta los derechos de cada hombre. ¡Ésta es vuestra misión, queridas familias cristianas! ¡Que jamás desfallezca vuestra confianza en el Señor y la comunión con Él en la oración y en la referencia constante a su Palabra! Seréis así testigos de su Amor, no apoyándoos simplemente en recursos humanos, sino firmemente en la roca que es Dios, vivificados por el poder de su Espíritu. Que María, Reina de la Familia, guíe como luminosa Estrella de esperanza el camino de todas las familias de la humanidad. Con estos sentimientos con sumo agrado os bendigo a cuantos estáis aquí presentes y a cuantos forman parte de las diversas asociaciones que representáis.

[Traducción del original plurilingüe por Marta Lago.
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

sábado, 26 de abril de 2008

La pobreza voluntaria: un caso curioso (I)

Gracias a ZENIT podemos leer esta interesante entrevista. El subrayado es nuestro.
5.788 kilómetros a pie: Vivir la pobreza es esperar todo de los demás (I)
Entrevista con Edouard y Mathilde Cortès
ROMA, viernes, 25 abril 2008 (ZENIT.org).- «Hemos elegido abandonarnos totalmente en las manos de los hombres y de Dios para ensanchar nuestro corazón. Nos hemos convertido en pobres porque esperábamos todo de los demás». Tras una peregrinación de casi 6.000 kilómetros, de París a Jerusalén, Edouard y Mathilde Cortès están de regreso. Explican por qué eligieron hacer esta peregrinación y cómo la han vivido.

--La decisión de hacer esta peregrinación como mendigos ha interpelado profundamente a la gente. Era vista un poco como «una locura». ¿Se han arrepentido de esta decisión?

--E. y M. Cortès: Partimos a pie, sin dinero, sin teléfono móvil, mendigando la comida y un techo para dormir. Esto es loco, sobre todo en una sociedad en la que se recomienda la máxima seguridad y el mínimo riesgo. Teníamos pequeñas alforjas de cuatro kilos para Mathilde y siete para Edouard. Hemos dejado todo (apartamento, tareas, cuentas de banco...), hemos dejado a nuestras familias y nuestros amigos una semana después de nuestro matrimonio. Hemos querido despojarnos del exceso material en el que vivimos. Incluso de nuestra cuenta bancaria. Hemos elegido abandonarnos totalmente en las manos de los hombres y de Dios para ensanchar nuestro corazón. Nos hemos convertido en pobres porque esperábamos todo de los demás.

En siete meses y medio, hemos vivido con poco y no nos ha faltado nada. Hacerse pobre, llegar a ser pobre, no es un juego. Es una urgencia en nuestra sociedad donde el materialismo es un cáncer de los corazones. Es una necesidad si se quiere ir hacia el otro. Estábamos en una posición de mendigos. Hemos recibido de los hombres 103 acogidas para la noche en las casas y más de 250 comidas en familias. Nuestra supervivencia ha tenido una sola palabra: la confianza.

Por supuesto, también hemos pasado hambre. A menudo hemos dormido fuera, 82 acampadas en plena naturaleza o en lugares abandonados. Más que el pan, hemos mendigado lo que hay en el corazón de los hombres.

--¿Pueden describirnos uno de los momentos más duros de esta peregrinación? ¿Y uno de los más bonitos?

--E. y M. Cortès: 232 días, 5.788 kilómetros, sembrados de alegrías y de pruebas, 14 países atravesados, centenares de personas con las que nos hemos cruzado, esto quiere decir una multitud de bonitos momentos y una miríada de dificultades.

Lo más duro para nosotros no ha sido tener hambre o frío sino ser rechazados. Por ejemplo por un sacerdote católico en Croacia que no quiso venir a vernos y hablar con nosotros sino que, por persona interpuesta, nos mandó dormir lejos de su iglesia. No parecíamos muy «adecuados» sin duda, instalados a dormir ante el porche de la casa de Dios. Otro momento duro: en Siria, sospechosos para los servicios de información, tomados por lo que no éramos, seguidos permanentemente, interrogados todos los días y de hecho en semilibertad y al borde de la paranoia. Lo más difícil fue el miedo de los hombres. Vencer sus temores, he aquí el verdadero desafío. Para esta marcha, para la vida. Era necesario aprender a volver a dar confianza y experimentar que «el amor perfecto ahuyenta el temor».

Los bellos momentos, son descubrir lo extraordinario en lo cotidiano. Una mano que se tiende, una puerta que se abre cuando no hay nada que dar a cambio. Especialmente, ese momento en el que tienes hambre y frío y donde sin que tú pidas nada a nadie, alguno te invita. Esto nos ha sucedido muchas veces, como ese día de bruma en Montenegro tras el paso de una colina, donde fuimos acogidos a desayunar por una familia que estaba a punto de hacer mermelada. Continuamos con cinco kilos de patatas en los sacos. Pero nuestra alegría pesaba más todavía.

O el recuerdo de Marta, una niña serbia de seis años que nos regaló su único juguete: «Tened, esto será para vuestro primer niño». O Ender, un rico tratante de diamantes en Turquía, musulmán practicante, que lavó nuestras ropas después de ocho días de marcha.

--¿Tuvieron la tentación de abandonar? ¿En qué momento? ¿Qué les ayudó a continuar?

--E. y M. Cortès: En varias ocasiones quisimos detener nuestra marcha. Los momentos de desánimo vinieron sistemáticamente tras un golpe duro: discusiones de pareja, rechazos, una agresión en Turquía, la nieve o la lluvia incesante, presiones psicológicas de los servicios de información sirios, tiro de piedras e insultos de niños en Oriente Próximo, la expulsión dos veces de los aduaneros israelíes.

Pero nuestra fuerza era ser dos. Raramente el desánimo nos vino a los dos a la vez. Siempre estaba uno para apoyar al otro. Y cuando hemos flaqueado juntos, Él estaba allí, para apoyar a nuestra pareja.

--¿Qué «lecciones de vida» extraen de esta larga marcha? En principio, a nivel humano. ¿Qué han aprendido a través de los innumerables encuentros que han hecho?

--E. y M. Cortès: Este camino ha sido para nosotros imagen de la vida. Pues se quiera o no, estamos en ruta y hay que marchar. A pesar de la lluvia, el viento, el sol que quema, los guijarros del camino... Avanzar, a pesar de los obstáculos y la fatiga. Avanzar «mar adentro», hacia el ideal. Ideal que tiene la imagen de la línea del horizonte que no se alcanza nunca, en esta tierra. Toda vida humana es aventura. Asumimos sus riesgos porque de ellos depende una eternidad. Fue un viaje de luna de miel para lo mejor y para lo peor. Hemos visto hombres con el corazón duro y cerrado. Hemos visto el poder del mal y la injusticia. Y por primera vez de manera tan viva lo hemos sentido y experimentado en nuestros corazones y nuestras carnes.

Hay hombres de gran corazón. Se cree poco en ellos porque son a menudo discretos o están ocultos. No hablan de caridad, la viven. Con ellos es posible un verdadero encuentro, entre el que acoge y el que recibe. Entonces la alegría se comparte. Surge una armonía y la lengua que era una barrera ya no sirve. Se da un corazón a corazón donde el pobre es tan feliz como el que da. Como si la hospitalidad que practicaban nos humanizara y a ellos con nosotros. Como si lo que daban gratuitamente les trascendiera y a nosotros con ellos.

Hemos ido a la escuela de la sencillez: tomar el tiempo como viene, a la gente por lo que es. Durante siete meses y medio, hemos llevado las mismas ropas, comido lo que se nos daba, bebido con la misma sed agua, alcohol, café, té. Como los metrónomos de la ruta, hemos vivido al tic tac del corazón, dejando la prisa y el tiempo a aquellos para los que la vida es una carrera.

En fin, hemos hecho la experiencia del esfuerzo y del sacrificio. Hemos sobrepasado muy a menudo nuestros límites. Físicamente, psicológicamente, cuando se está al borde, o cuando se cree estarlo, siempre hay una parte de posibilidad en el Hombre. Esto nos invita a la Esperanza. La ascesis no está de moda. Poco importa, la hemos vivido todos los días. Los hedonistas se burlarán, pero hemos descubierto la alegría profunda que hay en prodigarse por más grande que se sea. Un camino de cruz que se acepta es un camino de alegría.

[La segunda parte será publicada este domingo]

Por Gisèle Plantec, traducido del francés por Nieves San Martín

miércoles, 23 de abril de 2008

Benedicto XVI: homilía es las exqequias por el cardenal López Trujillo (23 de abril)

Lamentable pérdida para la Iglesia e Iberoamérica. Abajo colocamos el video de la vida del Cardenal gracias a ACIprensa. El subrayado es nuestro.

Homilía de Benedicto XVI en las exequias por el cardenal López Trujillo

En la basílica vaticana de San Pedro

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 23 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció este miércoles Benedicto XVI durante al liturgia de exequias que presidió por el cardenal Alfonso López Trujillo, presidente del Pontificio Consejo para la Familia, fallecido en Roma el sábado a la edad de 72 años.

* * *

¡Queridos hermanos y hermanas!

«Si el grano de trigo que cae en tierra no muere, se queda solo; si en cambio muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). El evangelista Juan preanuncia así la glorificación de Cristo a través del misterio de su muerte en la cruz. En este tiempo de Pascua, precisamente a la luz del prodigio de la Resurrección, estas palabras asumen una elocuencia aún más profunda e incisiva. Si bien es verdad que en ellas se advierte una cierta tristeza por la próxima separación de sus discípulos, también es verdad que Jesús indica el secreto para vencer el poder de la muerte. La muerte no tiene la última palabra, no es el final de todo, sino que, redimida por el sacrificio de la Cruz, puede ser ya el paso a la alegría de la vida sin fin. Dice Jesús: «Quien ama su vida la pierde y quien odia su vida en este mundo la conservará para la vida eterna» (Jn 12,25). Así que si aceptamos morir a nuestro egoísmo, si rechazamos cerrarnos a nosotros mismos y hacemos de nuestra vida un don a Dios y a los hermanos, también nosotros podremos conocer la rica fecundidad del amor. Y el amor no muere.

He aquí el renovado mensaje de esperanza que recogemos hoy de la Palabra de Dios, mientras damos el último saludo a nuestro amado hermano, el cardenal Alfonso López Trujillo. Su muerte, sobrevenida cuando parecía haberse ya recuperado de una fuerte crisis de salud que comenzó hace más de un año, ha suscitado en todos nosotros profunda emoción. En los Estados Unidos, donde me encontraba de visita pastoral, elevé enseguida a Dios una oración de sufragio por su alma y ahora, al término de la Santa Misa presidida por el cardenal Angelo Sodano, decano del Colegio Cardenalicio, me uno con afecto a todos vosotros para recordar con cuánta generosidad el difunto purpurado sirvió a la Iglesia y para dar gracias al Señor por los muchos dones con los que enriqueció su persona y el ministerio de nuestro llorado hermano.

El arzobispo Alfonso López Trujillo se convirtió en el más joven de los cardenales cuando, en el consistorio del 2 de febrero de 1983, mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, puso en su cabeza la birreta cardenalicia. Había nacido en Villahermosa, diócesis de Ibagué, en Colombia, en 1935; siendo aún niño se trasladó con su familia a la capital, Bogotá, donde ya como estudiante universitario entró en el seminario mayor. Continuó los estudios en Roma y fue ordenado sacerdote en noviembre de 1960. Concluida su formación teológica, enseñó filosofía en el seminario archidiocesano, trabajando durante muchos años también al servicio de toda la Iglesia en Colombia. En 1971 fue nombrado por el Siervo de Dios Pablo VI obispo auxiliar de Bogotá; ejerció en aquellos años la función de presidente de la Comisión doctrinal del episcopado colombiano, y fue elegido poco después secretario general del CELAM [Consejo Episcopal Latinoamericano. Ndt], encargo que desarrolló con reconocida competencia durante un largo período de tiempo.

Igualmente Pablo VI le confió el encargo, en 1978, de coadjutor con derecho de sucesión de la archidiócesis de Medellín, de la que se convirtió después en Pastor. Su profundo conocimiento de la realidad eclesial latinoamericana, madurada en el prolongado período en el que había trabajado como secretario del CELAM, le mereció el nombramiento como presidente de este importante organismo eclesial, que guió sabiamente de 1979 a 1983. Desde 1987 a 1990 fue presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana. Tuvo además oportunidad de ampliar su conocimiento de las problemáticas de la Iglesia universal al haber participado en las tres Asambleas del Sínodo de los Obispos celebradas en el Vaticano: en 1974 sobre la evangelización, en 1977 sobre la catequesis y en 1980 sobre la familia. Y precisamente fue llamado a dedicar particularmente a la familia su empeño, a partir del 8 de noviembre de 1990, cuando Juan Pablo II le nombró presidente del Pontificio Consejo para la Familia, encargo que le mantuvo en la brecha hasta el momento de su muerte.

¿Cómo no destacar, en este momento, el celo y la pasión con que trabajó durante estos casi 18 años, desplegando una infatigable acción en tutela y promoción de la familia y del matrimonio cristiano? ¿Cómo no darle las gracias por el coraje con que defendió los valores no negociables de la vida humana? Todos hemos admirado su infatigable actividad. Fruto de este empeño suyo es el Lexicon, que constituye un precioso texto de formación para agentes de pastoral y un instrumento para dialogar con el mundo contemporáneo sobre temas fundamentales de ética cristiana. No podemos dejar de estarle agradecidos por la tenaz batalla que libró en defensa de la «verdad» del amor familiar y por la difusión del «evangelio de la familia». El entusiasmo y la determinación con la que actuaba en este campo eran fruto de su experiencia personal, especialmente ligada al calvario que tuvo que afrontar su madre, desaparecida a los 44 años de edad tras una dolorosa enfermedad. «Cuando en mi trabajo --señaló-- hablo de los ideales del matrimonio y de la familia, es natural para mí pensar en la familia de la que procedo, porque a través de mis padres pude constatar que es posible realizar ambos».

El llorado cardenal sacaba su amor por la verdad del hombre y por el evangelio de la familia a partir de la consideración de que todo ser humano y toda familia reflejan el misterio de Dios que es Amor. Quedó impresa en la memoria de todos su conmovedora intervención en la Asamblea del Sínodo de los Obispos de 1997: fue un verdadero canto a la vida. Presentó una espiritualidad muy concreta para cuantos están comprometidos en la actuación del proyecto divino sobre la familia, y subrayó que si la ciencia no se dedica a comprender y a educar en la vida perderá las batallas más decisivas en el fascinante y misterioso terreno de la ingeniería genética.

Si el cardenal López Trujillo hizo de la defensa y del amor por la familia el empeño característico de su servicio en el Pontificio Consejo que presidía, es a la afirmación de la verdad a la que dedicó toda su existencia. Lo testimonia un escrito suyo en el que explica: «He elegido personalmente el lema: "Veritas in caritate" porque todo lo que tiene que ver con la verdad está en el centro de mis estudios». Y añade que la verdad en el amor siempre fue para él un «polo existencial», primero cuando en Colombia se orientaba a «encontrar el sentido de una genuina liberación en ámbito teológico», y después aquí, en Roma, cuando se dedicó a «profundizar y difundir el evangelio de la vida y el evangelio de la familia como colaborador del Santo Padre». Y concluye: «Creo mucho en el valor de esta lucha decisiva para la Iglesia y para la humanidad y pido al Señor que me dé fortaleza para no ser ni indolente ni cobarde».

Para llevar a cumplimiento la misión que Jesús nos confía no hay que ser ni indolentes ni cobardes. En la segunda lectura hemos escuchado cómo el apóstol Pablo, prisionero en Roma, exhorta a su leal discípulo Timoteo al valor y a la perseverancia en testimoniar a Cristo, también a costa de ser sometido a duras persecuciones, firme en la certeza de que «si morimos con Él, también con Él viviremos; si con Él perseveramos, también con Él reinaremos» (v. 11-12). Que la generosidad del llorado cardenal, traducida en múltiples obras de caridad, especialmente a favor de los niños en diversas partes del mundo, nos sirva de aliento para gastar todo nuestro recurso físico y espiritual por el Evangelio; que nos impulse a actuar en defensa de la vida humana; que nos ayude a mirar constantemente hacia la meta de nuestra peregrinación terrena. Y cuál es esta reconfortante meta lo indica san Juan, ofreciendo a nuestra contemplación, en el pasaje del Apocalipsis que ha sido proclamado, la visión de un «cielo nuevo» y de «una nueva tierra» (21,1) y trazando a nuestra vista las líneas proféticas de la «ciudad santa», la «nueva Jerusalén... preparada como una esposa adornada para su esposo» (21,2).

Venerados hermanos y queridos amigos: no desviemos jamás los ojos de esta visión: miremos hacia la eternidad pregustando, aún entre dificultades y tribulaciones, la alegría de la futura «morada de Dios con los hombres», donde nuestro Redentor enjugará toda lágrima y donde «ya no habrá muerte, ni luto, ni lamento, ni fatiga, porque las cosas de antes han pasado» (Cf. Ap 21,4). Amamos pensar que a esta morada de luz y de alegría ha llegado ya el querido cardenal Alfonso López Trujillo, por quien ahora queremos orar. Que María le acoja y le acompañen los ángeles y los santos en el Paraíso: que su alma sedienta de Dios entre al fin y repose en paz por siempre en el «santuario» del Amor infinito. ¡Amen!

[Traducción del original italiano por Marta Lago.
© Copyright 2008 -- Libreria Editrice Vaticana]


viernes, 11 de abril de 2008

Benedicto XVI: la importancia de los abuelos en la familia (11 de abril)

El subrayado es nuestro.

Benedicto XVI: «Los abuelos: su testimonio y su presencia en la familia»

Discurso a la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Familia

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 11 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI a la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, el 5 de abril, congregada sobre el tema: «Los abuelos: su testimonio y su presencia en la familia».

* * *

Señores cardenales;venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;

queridos hermanos y hermanas:

Me alegra encontrarme con vosotros al final de la XVIII asamblea plenaria del Consejo pontificio para la familia, que ha tenido por tema: «Los abuelos: su testimonio y su presencia en la familia». Os doy las gracias por haber aceptado mi propuesta de Valencia, donde dije: «Ojalá que, bajo ningún concepto, sean excluidos del círculo familiar. Son un tesoro que no podemos arrebatarles a las nuevas generaciones, sobre todo cuando dan testimonio de fe» (Encuentro festivo y testimonial, 8 de julio de 2006: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 14 de julio de 2006, p. 11). Saludo en particular al cardenal Ricardo Vidal, arzobispo de Cebú, miembro del comité de presidencia, que se ha hecho intérprete de los sentimientos de todos vosotros, y dirijo un afectuoso saludo al querido cardenal Alfonso López Trujillo, que desde hace dieciocho años guía con celo y competencia el dicasterio. Sentimos su ausencia en medio de nosotros. Le deseamos una pronta curación y oramos por él.

El tema que habéis afrontado es muy familiar a todos. ¿Quién no recuerda a sus abuelos? ¿Quién puede olvidar su presencia y su testimonio en el hogar? ¡Cuántos de nosotros llevan su nombre como signo de continuidad y de gratitud! Es costumbre en las familias, después de su muerte, recordar su aniversario con una misa de sufragio por ellos y, si es posible, con una visita al cementerio. Estos y otros gestos de amor y de fe son manifestación de nuestra gratitud hacia ellos. Por nosotros se entregaron, se sacrificaron y, en ciertos casos, incluso se inmolaron.

La Iglesia ha prestado siempre una atención particular a los abuelos, reconociendo que constituyen una gran riqueza desde el punto de vista humano y social, así como desde el punto de vista religioso y espiritual. Mis venerados predecesores Pablo VI y Juan Pablo II -de este último acabamos de celebrar el tercer aniversario de su muerte- intervinieron muchas veces, subrayando el aprecio que la comunidad eclesial tiene por los ancianos, por su dedicación y por su espiritualidad. En particular, Juan Pablo II, durante el jubileo del año 2000, convocó en septiembre, en la plaza de San Pedro, al mundo de la «tercera edad», y en esa circunstancia dijo: «A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto por la vida. Doy gracias al Señor por ello. Es hermoso poderse gastar hasta el final por la causa del reino de Dios». Son palabras contenidas en la carta que aproximadamente un año antes, en octubre de 1999, había dirigido a los ancianos, y que conserva intacta su actualidad humana, social y cultural (Carta a los ancianos, n. 17: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de octubre de 1999, p. 7).

Vuestra asamblea plenaria ha afrontado el tema de la presencia de los abuelos en la familia, en la Iglesia y en la sociedad, con una mirada que abarca el pasado, el presente y el futuro. Analicemos brevemente estos tres momentos. En el pasado, los abuelos desempeñaban un papel importante en la vida y en el crecimiento de la familia. Incluso en edad avanzada, seguían estando presentes entre sus hijos, con sus nietos y, a veces, entre sus bisnietos, dando un testimonio vivo de solicitud, sacrificio y entrega diaria sin reservas. Eran testigos de una historia personal y comunitaria que seguía viviendo en sus recuerdos y en su sabiduría.

Hoy, la evolución económica y social ha producido profundos cambios en la vida de las familias. Los ancianos, entre los cuales figuran muchos abuelos, se han encontrado en una especie de «zona de aparcamiento»: algunos se sienten como una carga en la familia y prefieren vivir solos o en residencias para ancianos, con todas las consecuencias que se derivan de estas opciones.

Además, por desgracia, en muchas partes parece avanzar la «cultura de la muerte», que amenaza también la etapa de la tercera edad. Con creciente insistencia se llega incluso a proponer la eutanasia como solución para resolver ciertas situaciones difíciles. La ancianidad, con sus problemas relacionados también con los nuevos contextos familiares y sociales a causa del desarrollo moderno, ha de valorarse con atención, siempre a la luz de la verdad sobre el hombre, sobre la familia y sobre la comunidad. Es preciso reaccionar siempre con fuerza contra lo que deshumaniza a la sociedad. Estos problemas interpelan fuertemente a las comunidades parroquiales y diocesanas, las cuales se están esforzando por salir al paso de las exigencias modernas con respecto a los ancianos.

Hay asociaciones y movimientos eclesiales que han abrazado esta causa importante y urgente. Es necesario unirse para derrotar juntos toda marginación, porque la mentalidad individualista no sólo los atropella a ellos -los abuelos, las abuelas, los ancianos-, sino a todos. Si, como en muchas partes se suele decir a menudo, los abuelos constituyen un valioso recurso, es preciso hacer opciones coherentes que permitan valorar lo mejor posible ese recurso.

Ojalá que los abuelos vuelvan a ser una presencia viva en la familia, en la Iglesia y en la sociedad. Por lo que respecta a la familia, los abuelos deben seguir siendo testigos de unidad, de valores basados en la fidelidad a un único amor que suscita la fe y la alegría de vivir. Los así llamados «nuevos modelos de familia» y el relativismo generalizado han debilitado estos valores fundamentales del núcleo familiar. Como con razón habéis observado durante vuestros trabajos, los males de nuestra sociedad requieren remedios urgentes. Ante la crisis de la familia, ¿no se podría recomenzar precisamente de la presencia y del testimonio de los abuelos, que tienen una solidez mayor en valores y en proyectos?.

En efecto, no se puede proyectar el futuro sin hacer referencia a un pasado rico en experiencias significativas y en puntos de referencia espiritual y moral. Pensando en los abuelos, en su testimonio de amor y de fidelidad a la vida, vienen a la memoria las figuras bíblicas de Abraham y Sara, de Isabel y Zacarías, de Joaquín y Ana, así como de los ancianos Simeón y Ana, o también Nicodemo: todos ellos nos recuerdan que a cualquier edad el Señor pide a cada uno la aportación de sus talentos.

Dirijamos ahora la mirada hacia el VI Encuentro mundial de las familias, que se celebrará en México en enero de 2009. Saludo y doy las gracias al cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo de México, aquí presente, por todo lo que ya ha realizado durante estos meses de preparación juntamente con sus colaboradores. Todas las familias cristianas del mundo miran a esta nación «siempre fiel» a la Iglesia, que abrirá sus puertas a todas las familias del mundo. Invito a las comunidades eclesiales, especialmente a los grupos familiares, a los movimientos y a las asociaciones de familias, a prepararse espiritualmente para este acontecimiento de gracia.

Venerados y queridos hermanos, os agradezco una vez más vuestra visita y el trabajo realizado durante estos días; os aseguro mi recuerdo en la oración, y de corazón os imparto a vosotros y a vuestros seres queridos la bendición apostólica.

[Traducción distribuida por la Santa Sede
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

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