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martes, 9 de marzo de 2010

Influencias en la juventud de Karol Wojtyla. Leyendo la biografía de Juan Pablo II de Weigel (V)


El gran poeta polaco Adam Mickiewicz describía a los judíos como “hermanos mayores” en la fe, y la experiencia de JPII en Wadowice en sus palabras fue verlos rezando en sábado, teniendo la certeza de que rezaban al mismo Dios.
Otra gran influencia de su niñez y adolescencia fue el peregrinar al santuario mariano de Kalwaria a 10 kms de su pueblo.

(...) El capitán Karol Wojtyla le enseñó la constancia en la oración, la lectura de la Biblia y el rezo del rosario. Y muy especialmente que “la Iglesia es algo más que una institución visible!. La vida en la fe es más una conversión interior que exterior.

(Weigel, George; 1999, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de la esperanza, Pp. 48-49, y 56).

Imagen del excelente blog de nuestra amiga Ludmila.

miércoles, 10 de junio de 2009

Benedicto XVI: recapitula su viaje a Tierra Santa

Ahora bien, la historia de ayer y de hoy muestra que precisamente esta Tierra se ha convertido también en símbolo de lo contrario, es decir, de divisiones y de conflictos interminables entre hermanos. ¿Cómo es posible? Es justo que este interrogante interpele nuestro corazón, si bien sabemos que un misterioso designio de Dios concierne a aquella Tierra, donde Dios "ha enviado a su Hijo como víctima de expiación para nuestros pecados" (1 Juan 4, 10). Tierra Santa ha sido llamada un "quinto Evangelio", porque aquí podemos ver, es más tocar la realidad de la historia que Dios ha realizado con los hombres. Comenzando con los lugares de la vida de Abraham hasta los lugares de la vida de Jesús, desde la encarnación hasta la tumba vacía, signo de su resurrección. Sí, Dios ha entrado en esta tierra, ha actuado con nosotros en este mundo. Pero podemos decir más todavía: Tierra Santa, por su misma historia, puede ser considerada un microcosmos que resume en sí el esforzado camino de Dios con la humanidad. Un camino que incluye a causa del pecado también la Cruz, pero gracias la abundancia del amor divino también la alegría del Espíritu Santo, la Resurrección ya comenzada; es un camino entre los valles de nuestro sufrimiento hacia el Reino de Dios. Reino que no es de este mundo, sino que vive en este mundo y debe penetrarlo con su fuerza de justicia y de paz.

La historia de la salvación comienza con la elección de un hombre, Abraham, y de un pueblo, Israel, pero su intención es universal, la salvación de todos los pueblos. La historia de la salvación siempre está marcada por este enlace de particularidad y universalidad. En la primera lectura de hoy vemos bien esta relación: san Pedro, al ver en la casa de Cornelio la fe de los paganos y su deseo de Dios, dice: "Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato" (Hechos 10, 34-35).

(Benedicto XVI, “Discurso al rezar el Regina Caeli”, 17-V-2009).

¡Cuán importante es que los cristianos y los musulmanes convivan pacíficamente respetándose los unos a los otros! Gracias a Dios y al compromiso de los gobernantes, esto sucede en Jordania. Por eso, he rezado para que sea así también en otros lugares, pensando sobre todo en los cristianos que viven una situación difícil en el vecino Irak.
(...) Jerusalén es la encrucijada de las tres grandes religiones monoteístas, y su nombre mismo, "ciudad de la paz", expresa el designio de Dios sobre la humanidad: hacer de ella una gran familia. Este designio, anunciado a Abraham, se realizó plenamente en Jesucristo, al que san Pablo llama "nuestra paz", pues con la fuerza de su Sacrificio derribó el muro de la enemistad (cf. Ef 2, 14). Por tanto, todos los creyentes deben renunciar a los prejuicios y a la voluntad de dominio, y practicar concordes el mandamiento fundamental: amar a Dios con todo su ser y amar al prójimo como a nosotros mismos.


(…) Un momento de intenso recogimiento fue, además, la visita al Mausoleo de Yad Vashem, erigido en Jerusalén en honor de las víctimas del Holocausto. Allí rezamos en silencio y meditamos en el misterio del "nombre": toda persona humana es sagrada, y su nombre está escrito en el corazón del Dios eterno. No se debe olvidar jamás la tremenda tragedia del Holocausto. Al contrario, es necesario que esté siempre en nuestra memoria como advertencia universal al respeto sagrado de la vida humana, que tiene siempre un valor infinito.

De rodillas en el Calvario y en el Sepulcro de Jesús invoqué la fuerza del amor que brota del misterio pascual, la única fuerza capaz de renovar a los hombres y de orientar hacia su fin la historia y el cosmos.

(Benedicto XVI, “Audiencia General: El Viaje Apostólico a Tierra Santa”, 20-V-2009).

lunes, 25 de mayo de 2009

Benedicto XVI en Tierra Santa: ¿Qué significado debe tener Jerusalén para judíos, cristianos y musulmanes?

Esta es la esperanza, esta es la visión que nos lleva a todos los que amamos a esta Jerusalén terrestre a verla como una profecía y una promesa de esa reconciliación universal y de esa paz que Dios desea para toda la familia humana. Tristemente, el hecho de estar bao los muros de esta misma ciudad nos lleva a considerar lo lejos que está nuestro mundo del cumplimiento de aquella profecía y promesa. En esta Ciudad Santa, donde la vida ha vencido a la muerte, donde el Espíritu ha sido infundido como primer fruto de la nueva creación, la esperanza sigue luchando contra la desesperación, la frustración y el cinismo, mientras la paz, que es don y llamamiento de Dios, sigue amenazada por el egoísmo, por el conflicto, por la división y por el peso de las ofensas del pasado. Por esta razón, la comunidad cristiana en esta ciudad, que fue testigo de la resurrección de Cristo y de la efusión del Espíritu, debe hacer todo lo posible por conservar la esperanza entregada por el Evangelio, teniendo en cuenta el precio de la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, testimoniando la fuerza del perdón y manifestando la naturaleza más profunda de la Iglesia como signo y sacramento de una humanidad reconciliada, renovada y convertida en una sola cosa en Cristo, el nuevo Adán. (…) Como un microcosmos de nuestro mundo globalizado, esta ciudad, debe vivir su vocación universal, debe ser un lugar que enseñe la universalidad, el respeto por los demás, el diálogo y la mutua compresión; un lugar donde el prejuicio, la ignorancia y el miedo que la alimenta, sean superados por la honestidad, la integridad y la búsqueda de la paz. No debería haber lugar entre estos muros para la mezquindad, la discriminación, la violencia y la injusticia. Los creyentes en un Dios de misericordia --ya sea que se identifiquen como judíos, cristianos o musulmanes--, deben ser los primeros en promover esta cultura de la reconciliación y de la paz, por más lento que sea el proceso y más agobiante el peso de los recuerdos pasados.

(Benedicto XVI, “Homilía en la misa celebrada en el Valle de Josafat”, 12-V-2009).

viernes, 22 de mayo de 2009

Benedicto XVI en Tierra Santa: Unidad entre cristianos y judíos

Judíos y cristianos están preocupados por asegurar el respeto por la sacralidad de la vida humana, la centralidad de la familia, una profunda educación de los jóvenes, la libertad de religión y de conciencia para una sociedad sana; (…) el relativismo moral y las ofensas que este produce contra la dignidad de la persona humana

(Benedicto XVI, “Discurso en el Gran Rabinado de Jerusalén”, 11-V-2009).


Nuestra vida como cristianos no es simplemente un esfuerzo humano por vivir las exigencias del Evangelio impuestas a nosotros como deberes. La Eucaristía nos introduce en el misterio del amor divino. Nuestras vidas se convierten en una aceptación agradecida, dócil y activa del poder de un amor que se nos ha dado. Este amor transformador, que es gracia y verdad (cf. Juan 1,17), nos invita, como individuos y como comunidad, a superar las tentaciones de replegarnos sobre nosotros mismos en el egoísmo o en la indolencia, en el aislamiento, en el prejuicio o en el miedo, y a entregarnos generosamente en el Señor a los demás. Nos lleva como comunidad cristiana a ser fieles a nuestra misión con franqueza y valentía (cf. Hechos 4,13). En el Buen Pastor, que da su vida por su grey, en el Maestro que lava los pies a sus discípulos, mis queridos hermanos, encontráis el modelo de vuestro ministerio al servicio de nuestro Dios que promueve amor y comunión.

(Benedicto XVI, “Discurso en el Cenáculo a los ordinarios de Tierra Santa”, 11-V-2009).

miércoles, 20 de mayo de 2009

Benedicto XVI en Tierra Santa: ¿Por qué no debemos NUNCA olvidar el holocausto o Shoá?


"Yo he de darles en mi casa y en mis muros un monumento y un nombre... les daré un nombre que no será borrado, que nunca será cancelado" (Isaías 56, 5).
Este pasaje, tomado del Libro del profeta Isaías, presenta dos frases sencillas que expresan de manera solemne el significado profundo de este lugar venerado: yad, "memorial"; shem, "nombre". He venido aquí para detenerme en silencio ante este monumento, erigido para honrar la memoria de los millones de judíos asesinados en la horrenda tragedia de la Shoá. Perdieron la vida, pero no perderán nunca sus nombres: están indeleblemente grabados en los corazones de sus seres queridos, de sus compañeros de prisión, y de quienes están decididos a no permitir nunca que un horror así pueda volver a deshonrar a la humanidad. Sus nombres, en particular y sobre todo, están grabados para siempre en la memoria de Dios Omnipotente.
Uno puede despojar al vecino de sus posesiones, de las oportunidades o de la libertad..., se puede tejer una insidiosa red de mentiras para convencer a los demás de que ciertos grupos no merecen respeto. Y, sin embargo, por más que se esfuerce, nunca se puede quitar el nombre de otro ser humano.
La Iglesia católica, comprometida en las enseñanzas de Jesús y decidida a imitar el amor por toda persona, siente profunda compasión por las víctimas aquí recordadas. Del mismo modo, está junto a quienes sufren persecuciones a causa de la raza, el color, la condición de vida, o la religión.
(Benedicto XVI, “Discurso del Papa en el Memorial Yad Vashem”, 11-V-2009).


lunes, 18 de mayo de 2009

Benedicto XVI en Tierra Santa: La paz es fruto de la unidad sincera con Dios

El justo orden de las relaciones sociales presupone y exige el respeto por la libertad y la dignidad de todo ser humano, que cristianos, musulmanes y judíos creen igualmente creado por un Dios amoroso y destinado a la vida eterna. Cuando la dimensión religiosa de la persona humana es negada o marginada, se pone en peligro el fundamento mismo de una correcta comprensión de los derechos humanos inalienables.

En unión con todos los hombres de buena voluntad, suplico a cuantos están investidos de responsabilidad que exploren toda vía posible para la búsqueda de una solución justa a las enormes dificultades, para que ambos pueblos puedan vivir en paz en una patria que sea la suya, dentro de fronteras seguras e internacionalmente reconocidas. Al respecto, espero y rezo para que pronto se pueda crear un clima de mayor confianza, que haga a las partes capaces de realizar progresos reales en el camino hacia la paz y la estabilidad.

(Benedicto XVI, “Discurso del Papa a su llegada al aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv”, 11-V-2009).

A los líderes religiosos hoy presentes quisiera decirles que la contribución particular de las religiones en la búsqueda de la paz se funda primariamente sobre la búsqueda apasionada y concorde de Dios. Nuestra es la tarea de proclamar y testimoniar que el Omnipotente está presente y se puede conocer aun cuando aparece escondido a nuestra vista, que Él actúa en nuestro mundo para nuestro bien, y que el futuro de la sociedad está marcado por la esperanza cuando vibra en armonía con el orden divino. (…) Por tanto, los líderes religiosos deben ser conscientes de que cualquier división o tensión, toda tendencia a la introversión o a la sospecha entre los creyentes o entre nuestras comunidades puede fácilmente conducir a una contradicción que oscurece la unicidad del Omnipotente, traiciona nuestra unidad y contradice al Único que se revela a sí mismo como "rico en amor y fidelidad" (Éxodo 34, 6; Salmo 138,2; Salmo 85, 11). (…) Gentiles señoras y señores, una seguridad duradera es cuestión de confianza, alimentada en la justicia y en la integridad, fraguada por la conversión de los corazones que nos obliga a mirar al otro a los ojos y que sabe reconocer al "Tu" como un igual a mí, un hermano, una hermana. De esta forma ¿no se convertiría quizás la misma sociedad en "un jardín colmado de frutos" (cfr Isaías 32,15), que no esté marcado por bloqueos y obstrucciones sino por la cohesión y la armonía? ¿No podría convertirse en una comunidad de nobles aspiraciones, donde a todos con agrado se les da acceso a la educación, a la vivienda familiar, a la posibilidad de empleo, una sociedad dispuesta a edificar sobre los fundamentos duraderos de la esperanza?

(Benedicto XVI, “Discurso sobre la paz ante el presidente de Israel Shimon Peres”, 11-V-2009).

miércoles, 13 de mayo de 2009

Los católicos amamos a Israel

Disculpen la nota personal, es que no aguanté las ganas de proclamar dos principios de los cuales me siento muy orgulloso (y que se moleste el que quiera, ¡me da igual!)




domingo, 10 de mayo de 2009

Benedicto XVI en Tierra Santa: Monte Nebo y Universidad de Madaba (meditación sobre sus discursos)

Moisés vio la Tierra Prometida a distancia, al final de su peregrinación terrena. Su ejemplo nos recuerda que nosotros no la hacemos sin la larga peregrinación del pueblo de Dios a través de la historia. En los pasos de los profetas, los apóstoles y los santos, estamos llamados a continuar la misión del Señor, para dar testimonio del Evangelio del amor y la misericordia universal de Dios nos llama para dar la bienvenida a la venida del Reino de Cristo a través de nuestro amor, nuestro servicio a los pobres y nuestros esfuerzos para ser levadura de la reconciliación, el perdón y la paz en el mundo que nos rodea. Sabemos que, como Moisés, no veremos el cumplimiento del plan de Dios en nuestras vidas. Sin embargo, estamos seguros de que, haciendo nuestra parte, en la fidelidad a la vocación que cada uno ha recibido, contribuirá a hacer rectos los caminos del Señor y para saludar a los albores de su reino. Sabemos que Dios, quien reveló su nombre a Moisés como una promesa que está siempre a nuestro lado (cf. Ex 3:14), nos dará la fuerza para perseverar en la alegre esperanza de sufrimientos, pruebas y tribulaciones. (Benedicto XVI, “Discurso en el monte Nebo”, 09-V-2009).

De nuevo el llamado a la vocación de cada uno, en el “hacer la parte que nos toca en el plan divino”. Siempre he sentido admiración por las tradiciones, en especial esas familias en que los hijos siguen los pasos de los padres, o se apoyan en el esfuerzo de los padres. Yo anhelo mucho, pero aunque no logre todo lo que sueño, sé que dejaré una parte del camino hecho, seré un ladrillo más de un gran edificio.

La fe en Dios no elimina la búsqueda de la verdad, para fomentar lo contrario. San Pablo exhortó a los primeros cristianos a abrir sus mentes a todo "lo que es cierto, lo que es noble, lo que es correcto, lo que es puro, lo que es dulce, lo que es honorable, lo que es la virtud y lo que merece alabanza " (Flp 4,8). Por supuesto, la religión, como la ciencia y la tecnología, tales como la filosofía y todas las expresiones de nuestra búsqueda de la verdad puede romper. La religión es desfigurada cuando se ve obligada a servir a la ignorancia y los prejuicios, el desprecio, la violencia y el abuso. Aquí vemos no sólo la perversión de la religión, sino también la corrupción de la libertad humana. (…) La convocatoria a la integridad moral es percibido por la persona verdaderamente religiosa como el Dios de la verdad, el amor y la belleza no puede ser servido en cualquier otra forma. (Benedicto XVI, “Discurso de bendición de la primera piedra de la Universidad de Madaba”, 09-V-2009).

¿Por qué estas ideas no son entendidas por las personas que se dicen ser religiosas pero que se prestan para realizar atentados terroristas? ¿Cómo los cristianos desfiguramos hoy la religión, y qué debemos hacer para no hacerlo?

sábado, 9 de mayo de 2009

Pregunta a Benedicto XVI: "¿Cómo ve el futuro del diálogo entre las dos comunidades: judía y católica?"

Lo importante es que en realidad tenemos la misma raíz, los mismos Libros del Antiguo Testamento que son -tanto para los judíos como para nosotros- Libro de la Revelación. Pero naturalmente, tras dos mil años de historias distintas, es más, separadas, no hay que sorprenderse por el hecho de que se den malentedidos, porque se han formado tradiciones de interpretación, de lenguaje, de pensamiento muy distintas, por así decirlo, un "cosmos semántico" muy distinto, de modo que las mismas palabras en ambas partes significan cosas distintas; y con este uso de palabras que, en el curso de la historia han conformado significados diversos, nacen obviamente malentendidos. (Benedicto XVI, “Entrevista por Federico Lombardi”, 08-V-2009).

viernes, 10 de octubre de 2008

Benedico XVI (10-10): Homilía en el 50 aniversario del fallecimiento de Pío XII

CIUDAD DEL VATICANO, viernes 10 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Este jueves, 9 de octubre, a las 11.30 horas, Benedicto XVI presidió, en la Basílica Vaticana, la Santa Misa en sufragio del difunto Sumo Pontífice Pío XII, en el 50º aniversario de la muerte.Publicamos la homilía que pronunció el Papa.

* * *

¡Señores Cardenales,venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,queridos hermanos y hermanas!El pasaje del libro del Eclesiástico y el prólogo de la Primera Carta de San Pedro, proclamados como primera y segunda lecturas, nos ofrecen significativos elementos de reflexión en esta celebración eucarística, durante la cual recordamos a mi venerado predecesor, el Siervo de Dios Pío XII. Han trascurrido exactamente cincuenta años desde su muerte, que tuvo lugar en las primeras horas del 9 de octubre de 1958. El Eclesiástico, como hemos escuchado, ha recordado a todos los que se proponen seguir al Señor que tienen que prepararse a afrontar pruebas, dificultades y sufrimientos. Para no sucumbir a ellos - advierte - se necesita un corazón recto y constante, se necesitan la fidelidad a Dios y la paciencia, unidas a una inflexible determinación por mantenerse en el camino del bien. El sufrimiento afina el corazón del discípulo del Señor, como se purifica el oro en el fuego. "Todo lo que te sobrevenga, acéptalo - escribe el autor sagrado - y en las humillaciones, sé paciente, porque en el fuego se purifica el oro, y los que agradan a Dios, en el horno de la humillación" (2,4-5).

San Pedro, por su parte, en la perícope que hemos escuchado, dirigiéndose a los cristianos de las comunidades de Asia Menor que eran "afligidos con diversas pruebas", va incluso más allá: les pide que, a pesar de ello, "rebosen de alegría" (1 P 1,6). En efecto, la prueba es necesaria, observa, "a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo" (1 P 1,7). Y luego, por segunda vez, los exhorta a rebosar de alegría, incluso a exultar "de alegría inefable y gloriosa" (v. 8). La razón profunda de este gozo espiritual está en el amor a Jesús y en la certeza de su invisible presencia. Él hace que sean inquebrantables la fe y la esperanza de los creyentes, incluso en las fases más complicadas y duras de su existencia.A la luz de estos textos bíblicos, podemos leer la vida terrena del Papa Pacelli y su largo servicio a la Iglesia, comenzado en 1901 durante el Pontificado de León XIII, y que continuó con san Pío X, Benedicto XV y Pío XI. Estos textos bíblicos nos ayudan ante todo a comprender cuál fue la fuente de la que sacó valor y paciencia en su ministerio pontifical, desarrollado durante los atormentados años del segundo conflicto mundial y el periodo siguiente, no menos complejo, de la reconstrucción y de las difíciles relaciones internacionales pasadas a la historia con el significativo nombre de "guerra fría".

"Miserere mei Deus, secundum magnam misericordiam tuam": con esta invocación del Salmo 50/51 Pío XII comenzaba su testamento. Y seguía: "Estas palabras, que, consciente de no ser digno y de no estar a la altura, pronuncié en el momento en el que acepté, temblando, mi elección a Sumo Pontífice, con mayor fundamento las repito ahora". En ese momento faltaban dos años para su muerte. Abandonarse en las manos misericordiosas de Dios: ésta fue la actitud que cultivó constantemente este venerado Predecesor mío, último de los Papas nacidos en Roma y perteneciente a una familia ligada desde hacía muchos años a la Santa Sede. En Alemania, donde llevó a cabo su tarea de Nuncio Apostólico, primero en Munich y luego en Berlín hasta 1929, dejó tras de sí una grata memoria, sobre todo por haber colaborado con Benedicto XV en el intento de detener "la inútil masacre" de la Gran Guerra, y por haber advertido desde el principio el peligro que constituía la monstruosa ideología nacionalsocialista con su perniciosa raíz antisemita y anticatólica. Creado Cardenal en diciembre de 1929, y nombrado Secretario de Estado poco después, durante nueve años fue fiel colaborador de Pío XI, en una época marcada por los totalitarismos: el fascista, el nazi y el comunista soviético, condenados respectivamente en las Encíclicas Non abbiamo bisogno, Mit Brennender Sorge y Divini Redemptoris. "El que escucha mi palabra y cree... tiene vida eterna" (Jn 5,24). Esta afirmación de Jesús, que hemos escuchado en el Evangelio, nos hace pensar en los momentos más duros del pontificado de Pío XII cuando, al darse cuenta del menoscabo de toda certeza humana, sentía una gran necesidad, también mediante un constante esfuerzo ascético, de adherirse a Cristo, única certeza que no decae. La Palabra de Dios se convertía así en luz de su camino, un camino en el que el Papa Pacelli ofreció su consuelo a evacuados y perseguidos, tuvo que secar lágrimas de dolor y llorar las innumerables víctimas de la guerra. Sólo Cristo es verdadera esperanza del hombre; sólo confiando en él el corazón humano puede abrirse al amor que vence el odio. Esta conciencia acompañó a Pío XII en su ministerio de Sucesor de Pedro, ministerio que comenzó precisamente cuando se adensaban sobre Europa y el resto del mundo las nubes amenazadoras de un nuevo conflicto mundial, que intentó evitar por todos los medios: "El peligro es inminente, pero todavía hay tiempo. Con la paz, nada está perdido. Todo puede perderse con la guerra", gritó en su mensaje por radio del 24 de agosto de 1939 (AAS, XXXI, 1939, p. 334).

La guerra puso en evidencia el amor que nutría por su "Roma dilecta", amor testimoniado por la intensa obra de caridad que promovió en defensa de los perseguidos, sin distinción alguna de religión, etnia, nacionalidad, ideología política.

Cuando, con la ciudad ocupada, le aconsejaron repetidas veces que dejara el Vaticano para ponerse a salvo, su respuesta fue siempre idéntica y decidida: "No dejaré Roma y mi puesto, aunque tuviese que morir"(cfr Summarium, p. 186). Los familiares y otros testigos hablaron también de la falta de alimentos, calefacción, ropa y comodidades, privaciones a las que se sometió voluntariamente para compartir las condiciones de la gente duramente debilitada por los bombardeos y las consecuencias de la guerra (cfr A. Tornielli, Pio XII, Un uomo sul trono di Pietro). Y ¿cómo olvidar el mensaje navideño enviado por la radio en diciembre de 1942? Con la voz quebrada por la emoción deploró la situación de los "centenares de miles de personas, las cuales, sin culpa alguna, a veces sólo por razones de nacionalidad o raza, están destinadas a la muerte o a un progresivo deterioro" (AAS, XXXV, 1943, p 23), con una clara referencia a la deportación y al extermino perpetrado con los judíos. A menudo actuó de manera secreta y silenciosa, precisamente porque, consciente de las situaciones concretas de ese complejo momento histórico, él intuía que sólo de ese modo se podía evitar lo peor y salvar el mayor número posible de judíos. Debido a estas intervenciones, recibió numerosas y unánimes pruebas de gratitud al final de la guerra, así como en el momento de su muerte, de las autoridades más relevantes del mundo judío, como, por ejemplo, el Ministro de Asuntos Exteriores de Israel Golda Meir, que así escribió: "Cuando el martirio más espantoso ha golpeado a nuestro pueblo, durante los diez años de terror nazi, la voz del Pontífice se alzó en favor de las víctimas", concluyendo con emoción: "Nosotros lloramos la pérdida de un gran servidor de la paz".

Lamentablemente, el debate histórico, no siempre sereno, sobre la figura del Siervo de Dios Pío XII, ha descuidado algunos aspectos de su poliédrico pontificado. Muchísimos fueron los discursos, las alocuciones y los mensajes que sostuvo con científicos, médicos y exponentes de los más variados grupos profesionales, algunos de los cuales siguen siendo todavía hoy de una extraordinaria actualidad y un punto seguro de referencia. Pablo VI, que fue su fiel colaborador durante muchos años, lo describió como un erudito, un estudioso atento, abierto a los modernos caminos de la investigación y de la cultura, con una fidelidad siempre firme y coherente tanto con los principios de la racionalidad humana como con el intangible depósito de las verdades de la fe. Lo consideraba como un precursor del Concilio Vaticano II (cfr Angelus del 10 de marzo de 1974). En esta perspectiva, muchos documentos suyos merecerían ser recordados, pero me limito a citar sólo algunos. Con la Encíclica Mystici Corporis, publicada el 29 de junio de 1943 mientras la guerra aún arreciaba, él describía las relaciones espirituales y visibles que unen a los hombres con el Verbo encarnado y proponía incluir en esa perspectiva todos los principales temas de la eclesiología, ofreciendo por primera vez una síntesis dogmática y teológica que fue luego la base de la Constitución dogmática conciliar Lumen gentium.Pocos meses después, el 20 de septiembre de 1943, con la Encíclica Divino afflante Spiritu establecía las normas doctrinales para el estudio de la Sagrada Escritura, poniendo de relieve la importancia y el papel de la vida cristiana. Se trata de un documento que da testimonio de una gran apertura hacia la investigación científica de los textos bíblicos. ¿Cómo no recordar esta Encíclica mientras se están llevando a cabo los trabajos del Sínodo que tiene como tema precisamente "La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia"? Se debe a la intuición profética de Pío XII la puesta en marcha de un serio estudio sobre las características de la historiografía antigua, para comprender mejor la naturaleza de los libros sagrados, sin debilitar ni negar el valor histórico. Un estudio más profundo de los "géneros literarios", cuya finalidad era comprender mejor lo que el autor sagrado había querido decir, hasta el año 1943 se miraba con una cierta sospecha, debido también a los abusos que se habían producido.La Encíclica reconocía su justa aplicación , declarando legítimo para el estudio el uso, no sólo del Antiguo Testamento, sino también del Nuevo. " Hoy ,además, este arte - explicó el Papa - que suele llamarse crítica textual y en las ediciones de los autores profanos se emplea con gran exaltación e iguales resultados, se aplica con pleno derecho a los Sagrados Libros precisamente por la reverencia debida a la palabra de Dios". Y agrega: "El objetivo de aquel es, de hecho, devolver el texto sagrado, con la mayor precisión posible, a su primitivo contenido, purgándolo de las deformaciones introducidas por los errores de los copistas y liberándolo de las anotaciones y lagunas, de la transposición de palabras, de las repeticiones y de otros defectos de todo género que en los escritos transmitidos a mano durante muchos siglos suelen infiltrarse" (AAS, XXXV, 1943, p. 336).

La tercera Encíclica que quisiera mencionar es la Mediator Dei, dedicada a la liturgia, publicada el 20 de noviembre de 1947. Con este Documento el Siervo de Dios dio impulso al movimiento litúrgico, insistiendo en el "elemento esencial del culto", que "debe ser el interior: es necesario, de hecho -escribió -, vivir siempre en Cristo, dedicarse por completo a Él, para que en Él, con Él y por Él se dé gloria al Padre. La sagrada Liturgia requiere que estos dos elementos estén íntimamente unidos... De otra forma, la religión se convierte en un formalismo sin fundamento y sin contenido". No podemos , además, no hacer mención al impulso notable que este Pontífice imprimió a la actividad misionera de la iglesia con las Encíclicas Evangelii praecones (1951) y Fidei donum (1957), poniendo de relieve el deber de cada comunidad de anunciar el Evangelio a las gentes, como el Concilio Vaticano II hará con valiente vigor. Asimismo, el Papa Pacelli había demostrado su amor por las misiones desde el comienzo de su pontificado cuando, en octubre de 1939, había querido consagrar personalmente doce Obispos de países de misión, entre los cuales un indio, un chino, un japonés, el primer obispo africano y el primer obispo de Madagascar. Una de sus constantes preocupaciones pastorales fue, por último,la promoción del papel de los laicos, para que la comunidad eclesial pudiera aprovechar todos los recursos y energías disponibles. También por este motivo la Iglesia y el mundo le están agradecidos. Queridos hermanos y hermanas, mientras rezamos para que continúe felizmente la causa de la beatificación del Siervo de Dios Pío XII, es bueno recordar que la santidad fue su ideal, ideal que propuso a todos. Por eso impulsó las causas de beatificación y de canonización de personas pertenecientes a pueblos diversos, representantes de todos los estados de vida, funciones y profesiones, reservando un gran espacio a las mujeres. Y precisamente fue a María, la Mujer de la Salvación, a quien indicó como signo de segura esperanza para la humanidad cuando proclamó el dogma de la Asunción durante el Año Santo de 1950. En este mundo nuestro, como también entonces, lleno de preocupaciones y angustias por su futuro; en este mundo, donde, tal vez más que entonces, el alejamiento de muchos de la verdad y de la virtud deja entrever unos escenarios privados de esperanza, Pío XII nos invita a dirigir nuestra mirada a María en su asunción a la gloria celeste. Nos invita a invocarla con confianza, para que nos haga apreciar cada vez más el valor de la vida en la tierra y nos ayude a dirigir la mirada hacia la meta verdadera a la cual todos estamos destinados: esa vida eterna que, como asegura Jesús, posee ya quien escucha y sigue su palabra. ¡Amen!

Traducción distribuida por la secretaría general del Sínodo de los Obispos

martes, 16 de septiembre de 2008

Benedicto XVI (2006), "Jesús de Nazaret" (III)

Benedicto XVI: “Jesús de Nazaret” (“1. El bautismo de Jesús”; pp. 31-47)

Problema: ¿En qué contexto histórico y religioso surge el bautismo de Jesús y cuál es su significado cristológico?

Tesis: “El bautismo de Jesús es compendio de toda la historia, en el que se retoma el pasado y se anticipa el futuro: el ingreso de los pecados de los demás es el descenso al “infierno”, no sólo como espectador, como ocurre en Dante, sino con-padeciendo y, con sufrimiento transformador, convirtiendo los infiernos, abriendo y derribando las puertas del abismo.” (p. 42) Es una lucha con el poderoso, es una lucha que “produce una nueva calidad del ser, prepara un nuevo cielo y una nueva tierra. El sacramento – el Bautismo- aparece así como una participación en la lucha transformadora del mundo emprendida por Jesús en el cambio de vida que se ha producido en su descenso y ascenso” (p. 43). Es un “arco que enlaza el comienzo (bautismo)” pasando por la cruz, la resurrección y el envío a sus discípulos a recorrer el mundo bautizando los pueblos en nombre de la Trinidad.”

Ideas primarias:

1) La vida pública de Jesús comienza con su bautismo en el Jordán por Juan el bautista.


2) El Evangelio de Mateo lo presenta como heredero tanto de la promesa de Abraham como del compromiso de Dios con David (p. 31).


3) El tiempo de Jesús está dentro de la historia no es un mito (los cuales son intemporales), se puede datar perfectamente (tiempo del emperador romano Tiberio, etc).


4) “El emperador y Jesús representan dos órdenes diferentes de la realidad, que no tienen por qué excluirse mutuamente, pero cuya confrontación comporta la amenaza de un conflicto que afecta a las cuestiones fundamentales de la humanidad y de la existencia humana. “Lo que es del César, pagádselo al César, y lo que es de Dios, a Dios (Mc 12, 17), dirá más tarde Jesús, expresando así la compatibilidad esencial de ambas esferas.” Cuando el Imperio se considera divino vendrá la confrontación y el martirio (pp. 33-34).


5) En Israel existen varios grupos: zelotes: búsqueda de la liberación de Israel por la violencia y el terror; Fariseso: cumplimiento estricto de la Torá y rechazar la forma de vida romano-pagana, los saduceos en su mayoría aristocracia y clase sacerdotal (judaísmo ilustrado en alianza con Roma), y los esenios (conocidos a partir de los documentos hallados en Qumram) que eran comunidades monásticas, pero estableciendo también una convivencia de familias basadas en la religión (ritos propios, abluciones litúrgicas, rezos en común). “Parece que juan el bautista y la familia de Jesús fueron cercanos a este ambiente” (pp. 34-36).


6) Bautismo: significado en Juan el Bautista: Se distingue de las abluciones religiosas acostumbradas en que NO ES REPETIBLE, y “debe ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y para siempre toda la vida. Está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios (…). (p. 36)”.


7) Bautismo: significado en Juan el Bautista: disposición del alma para abrir la puerta a Dios; y por tanto se debía confesar los pecados. “Se trataba de un renacer” (p. 38).


8) ¿Por qué Jesús se bautiza?: por “Justicia”, en el mundo judío de Jesús era “cumplir la voluntad de Dios”, por el ejemplo de “obediente aceptación de su yugo” (p. 39).


9) El bautismo de Jesús se entiende a partir de la pasión, muerte y resurrección: “inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores (…) se identifica con nosotros y nosotros con Él” (p. 40-41).


Autor: Carlos Balladares


Imagen: sacada de la página "Se hace saber"

viernes, 12 de septiembre de 2008

Benedicto XVI en Francia (12-09): "Ser antisemita significaba también ser anticristiano"

Discurso de Benedicto XVI a una delegación judía

"Ser antisemita significaba también ser anticristiano"

PARÍS, viernes, 12 septiembre 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI en la tarde de este viernes durante un breve encuentro con representantes de la comunidad judía en la nunciatura apostólica de París.

* * *

Queridos amigos, esta tarde os recibo con placer. Es una feliz circunstancia que nuestro encuentro se haya enmarcado en la vigilia de la celebración semanal del shabbat, el día que desde tiempos inmemoriales ocupa un lugar tan relevante en la vida religiosa y cultural del pueblo de Israel. Todo judío piadoso santifica el shabbat leyendo las Escrituras y recitando los salmos. Queridos amigos, vosotros lo sabéis, también la oración de Jesús se nutría de los salmos. Él acudía regularmente al Templo y a la sinagoga. Tomó allí la palabra el día del sábado. Quiso subrayar con qué bondad cuida Dios del hombre, también incluso en la organización del tiempo. ¿El Talmud Yoma (85b) no acaso: "El sábado os ha sido dado a vosotros, pero vosotros no habéis sido dados al sábado?". Cristo ha pedido al pueblo de la Alianza que reconozca siempre la inaudita grandeza y el amor del Creador de todos los hombres. Queridos amigos, con motivo de lo que nos une y por motivo de lo que nos separa, tenemos que vivir y fortalecer nuestra fraternidad. Y sabemos que los lazos de la fraternidad constituyen una invitación continua a conocerse mejor y a respetarse.

Por su misma naturaleza, la Iglesia católica se siente llamada a respetar la Alianza establecida por el Dios a Abraham, de Isaac y de Jacob. Ella se sitúa también, de hecho, en la Alianza eterna del Omnipotente, que no se arrepiente de sus designios, y respeta a los hijos de la Promesa, los hijos de la Alianza, como sus hermanos amados en la fe. Ella repite con fuerza, a través de mi voz, las palabras del gran Papa Pío XI, mi venerado predecesor: "Espiritualmente, nosotros somos semitas" (Alocución a peregrinos belgas, 6. 09. 1938). La Iglesia por ello se opone a toda forma de antisemitismo, del que no hay ninguna justificación teológica aceptable. El teólogo Henri de Lubac, en una hora "de tinieblas", como decía Pío XII (Summi Pontificatus, 20. 10. 1939), comprendió que ser antisemita significaba también ser anticristiano (Cf. Un nuevo frente religioso, publicado en 1942 en: Israel y la fe cristiana, p. 136). Una vez más siento el deber de rendir un conmovido homenaje a aquellos que han muerto injustamente y a aquellos que se han ocupado de que los nombres de las víctimas quedaran presentes en el recuerdo. ¡Dios no olvida!

No puedo dejar de reconocer, en una ocasión como ésta, el papel eminente que han tenido los hebreos de Francia para la edificación de la nación entera y su prestigiosa aportación a su patrimonio espiritual. Ellos han dado -y continúan dando- grandes figuras al mundo de la política, de la cultura y del arte. Hago votos respetuosos y llenos de afecto para cada uno de ellos e invoco con fervor sobre todas vuestras familias y todas vuestras comunidades una particular Bendición del Señor de los tiempos y de la historia. ¡Shabbat shalom!


[Traducción por Inma Álvarez
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

jueves, 17 de abril de 2008

Benedicto XVI: mensaje a la comunidad judía (17 de abril)

Mensaje de Benedicto XVI a la comunidad judía
Con motivo de la fiesta de Pesah (Pascua)

WASHINGTON, jueves, 17 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el saludo y el mensaje que entregó Benedicto XVI en la tarde de este jueves durante su encuentro con representantes de la comunidad judía con ocasión de la fiesta de Pesah (Pascua).

* * *
Queridos amigos:

Dirijo un especial saludo de paz a la comunidad judía de los Estados Unidos y de todo el mundo, en los momentos en que ustedes se están preparando para celebrar la festividad anual de la Pesah. Mi visita a este país coincide con esta fiesta, y me permite encontrarme personalmente con ustedes y asegurarles mi plegaria, mientras recuerdan los signos y prodigios que Dios realizó para liberar a su pueblo elegido. Impulsado por nuestra común herencia espiritual, me complace confiarles este mensaje como signo de nuestra esperanza, fundada en el Todopoderoso y en su misericordia.

Mi visita a los Estados Unidos me ofrece la ocasión de hacer llegar un cordial y caluroso saludo a mis hermanos y hermanas judíos que están en este País y en el mundo entero. Un saludo repleto de la más intensa espiritualidad porque se acerca la gran fiesta de la Pesah. «Éste será un día memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor, de generación en generación. Decretaréis que sea fiesta para siempre» (Éxodo 12,14). Aunque la celebración cristiana de la Pascua difiere en muchos sentidos de vuestra celebración de la Pesah, la consideramos como una experiencia en continuidad con la narración bíblica de las grandezas que el Señor ha hecho por su pueblo.

En este momento de vuestra celebración más solemne, me siento particularmente cercano, precisamente porque Nostra Aetate hace una llamada a los cristianos para que recuerden siempre que la Iglesia «ha recibido la revelación del Antiguo Testamento por medio del pueblo con el que Dios, por su inefable misericordia, se dignó establecer la Antigua Alianza, y no puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo en el que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los gentiles» (N. 4). Al dirigirme a ustedes, deseo también yo reafirmar la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre las relaciones Católico-Judías y reiterar el compromiso de la Iglesia por el diálogo, que en los últimos cuarenta años ha cambiado y mejorado fundamentalmente nuestras relaciones.

Debido a ese aumento de confianza y amistad, cristianos y judíos pueden alegrarse juntos en la profunda espiritualidad de la Pascua, un memorial (zikkarôn) de libertad y redención. Cada año, cuando nosotros escuchamos la historia de la Pascua, volvemos a esa bendita noche de liberación. Este tiempo santo del año debe ser una llamada a nuestras respectivas comunidades a buscar la justicia, la misericordia, la solidaridad con el extranjero en el territorio, con la viuda y el huérfano, como ordenó Moisés: «Recuerda que fuiste esclavo en el país de Egipto y que Yahveh tu Dios te rescató de allí. Por eso te mando hacer esto» (Deuteronomio 24,18).

En la Pascua Sèder ustedes evocan los santos patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y las santas mujeres de Israel, Sara, Rebeca, Raquel y Lía, inicio del largo linaje de hijos e hijas de la Alianza. Con el paso del tiempo, la Alianza asume un valor cada vez más universal, como se expresa en la promesa hecha a Abraham: «Te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una bendición... Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo» (Génesis 12,2-3). En efecto, según el profeta Isaías la esperanza de la redención se extiende a toda de humanidad: «y acudirán pueblos numerosos. Dirán: "Venid, subamos al monte del Señor, a la Casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos» (Isaías 2,3). Dentro de este horizonte escatológico se ofrece una perspectiva real de hermandad universal por las sendas de la justicia y la paz, que prepara el camino del Señor (cf. Isaías 62,10).

Cristianos y judíos comparten esta esperanza; somos efectivamente, como dicen los profetas, «cautivos» de esperanza (Zacarías 9,12). Esta vinculación nos permite a los Cristianos celebrar junto a ustedes, aunque según nuestro modo propio, la Pascua de la muerte y resurrección de Cristo, que consideramos inseparable de lo que es propio de ustedes, pues Jesús mismo dijo: «La salvación viene de los judíos» (Juan 4,22). Nuestra Pascua y su Pesah, aunque distintas y diferentes, nos une en nuestra esperanza común centrada en Dios y su misericordia. Ellas nos instan a cooperar unos con otros, y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para hacer de este mundo un mundo mejor para todos, mientras esperamos el cumplimiento de las promesas de Dios.

Por consiguiente, ruego con respeto y amistad a la comunidad judía que acepte mi saludo de Pesah, en un espíritu de apertura a las posibilidades reales de cooperación que vemos ante nosotros al contemplar las necesidades urgentes de nuestro mundo, y al percibir con compasión los sufrimientos por doquier de millones de nuestros hermanos y hermanas.

Naturalmente, nuestra esperanza compartida de paz en el mundo comprende el Medio Oriente y la Tierra Santa en particular. Que la conmemoración de los dones de Dios, que judíos y cristianos celebran en este tiempo festivo, inspire a todos los responsables del futuro de esa región -donde han tenido lugar los acontecimientos que rodean la revelación de Dios- renovados esfuerzos y, sobre todo, nuevas actitudes y una nueva purificación de los corazones.

En mi corazón, repito con ustedes el salmo del Hallel pascual (Salmo 118,1-4), invocando abundantes bendiciones divinas sobre ustedes:

«Dad gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia....
Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia».

Vaticano, 14 de abril de 2008
BENEDICTUS PP. XVI

[Traducción distribuida por la Santa Sede
© Copyright 2008 -- Libreria Editrice Vaticana]

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