sábado, 25 de octubre de 2008
miércoles, 15 de octubre de 2008
Hoy es día de Santa Teresa

Les dejo varias entradas:
wikipedia, y el excelente blog del carmelita descalzo: Manuel, el cual le està dedicando varias entradas.
Oración a Santa Teresa de Jesús - de San Alfonso de Ligorio
Oh, Santa Teresa, Virgen seráfica, querida esposa de Tu Señor Crucificado, tú, quien en la tierra ardió con un amor tan intenso hacia tu Dios y mi Dios, y ahora iluminas como una llama resplandeciente en el paraíso, obtén para mi también,te lo ruego, un destello de ese mismo fuego ardientey santo que me ayude a olvidar el mundo, las cosas creadas,aún yo mismo, porque tu ardiente deseo era verle adoradopor todos los hombres. Concédeme que todos mis pensamientos, deseos y afectossean dirigidos siempre a hacer la voluntad de Dios,la Bondad suprema, aun estando en gozo o en dolor, porque Él es digno de ser amado y obedecido por siempre. Obtén para mí esta gracia, tú que eres tan poderosa con Dios,que yo me llene de fuego, como tú, con el santo amor de Dios. Amén.
Oh, Santa Teresa, Virgen seráfica, querida esposa de Tu Señor Crucificado, tú, quien en la tierra ardió con un amor tan intenso hacia tu Dios y mi Dios, y ahora iluminas como una llama resplandeciente en el paraíso, obtén para mi también,te lo ruego, un destello de ese mismo fuego ardientey santo que me ayude a olvidar el mundo, las cosas creadas,aún yo mismo, porque tu ardiente deseo era verle adoradopor todos los hombres. Concédeme que todos mis pensamientos, deseos y afectossean dirigidos siempre a hacer la voluntad de Dios,la Bondad suprema, aun estando en gozo o en dolor, porque Él es digno de ser amado y obedecido por siempre. Obtén para mí esta gracia, tú que eres tan poderosa con Dios,que yo me llene de fuego, como tú, con el santo amor de Dios. Amén.
domingo, 12 de octubre de 2008
Abrazar la cruz
No sé si ya lo dije, pero no importa, me lo repito una y mil veces: si somos cristianos debemos vivir como Cristo, y Cristo en su gloria en la Tierra es cruz. Es su símbolo, es el ejemplo de esta misteriosa religión que adora a un Dios sufriente.
Hoy en misa ante un gran dolor miré el Cristo crucificado del templo donde estaba (Iglesia de La Chiquinquirá, en la Florida), ese que cuelga sobre el altar; y meditaba estas cosas...yo puedo ofrecer mi cruz a Él, puedo parecerme algo a Él, aunque sea un poquito, sólo en un poco de dolor. Así pedí que se hiciera su voluntad y no la mía.

Imagen de Sinflash, al fondo el Cristo sobre el altar y más cerca, la columnas con los santos que me fascina.

Imagen: foto tomada por mí hace tiempo ya.
viernes, 10 de octubre de 2008
Benedico XVI (10-10): Homilía en el 50 aniversario del fallecimiento de Pío XII
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 10 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Este jueves, 9 de octubre, a las 11.30 horas, Benedicto XVI presidió, en la Basílica Vaticana, la Santa Misa en sufragio del difunto Sumo Pontífice Pío XII, en el 50º aniversario de la muerte.Publicamos la homilía que pronunció el Papa.
* * *
¡Señores Cardenales,venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,queridos hermanos y hermanas!El pasaje del libro del Eclesiástico y el prólogo de la Primera Carta de San Pedro, proclamados como primera y segunda lecturas, nos ofrecen significativos elementos de reflexión en esta celebración eucarística, durante la cual recordamos a mi venerado predecesor, el Siervo de Dios Pío XII. Han trascurrido exactamente cincuenta años desde su muerte, que tuvo lugar en las primeras horas del 9 de octubre de 1958. El Eclesiástico, como hemos escuchado, ha recordado a todos los que se proponen seguir al Señor que tienen que prepararse a afrontar pruebas, dificultades y sufrimientos. Para no sucumbir a ellos - advierte - se necesita un corazón recto y constante, se necesitan la fidelidad a Dios y la paciencia, unidas a una inflexible determinación por mantenerse en el camino del bien. El sufrimiento afina el corazón del discípulo del Señor, como se purifica el oro en el fuego. "Todo lo que te sobrevenga, acéptalo - escribe el autor sagrado - y en las humillaciones, sé paciente, porque en el fuego se purifica el oro, y los que agradan a Dios, en el horno de la humillación" (2,4-5).
San Pedro, por su parte, en la perícope que hemos escuchado, dirigiéndose a los cristianos de las comunidades de Asia Menor que eran "afligidos con diversas pruebas", va incluso más allá: les pide que, a pesar de ello, "rebosen de alegría" (1 P 1,6). En efecto, la prueba es necesaria, observa, "a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo" (1 P 1,7). Y luego, por segunda vez, los exhorta a rebosar de alegría, incluso a exultar "de alegría inefable y gloriosa" (v. 8). La razón profunda de este gozo espiritual está en el amor a Jesús y en la certeza de su invisible presencia. Él hace que sean inquebrantables la fe y la esperanza de los creyentes, incluso en las fases más complicadas y duras de su existencia.A la luz de estos textos bíblicos, podemos leer la vida terrena del Papa Pacelli y su largo servicio a la Iglesia, comenzado en 1901 durante el Pontificado de León XIII, y que continuó con san Pío X, Benedicto XV y Pío XI. Estos textos bíblicos nos ayudan ante todo a comprender cuál fue la fuente de la que sacó valor y paciencia en su ministerio pontifical, desarrollado durante los atormentados años del segundo conflicto mundial y el periodo siguiente, no menos complejo, de la reconstrucción y de las difíciles relaciones internacionales pasadas a la historia con el significativo nombre de "guerra fría".
"Miserere mei Deus, secundum magnam misericordiam tuam": con esta invocación del Salmo 50/51 Pío XII comenzaba su testamento. Y seguía: "Estas palabras, que, consciente de no ser digno y de no estar a la altura, pronuncié en el momento en el que acepté, temblando, mi elección a Sumo Pontífice, con mayor fundamento las repito ahora". En ese momento faltaban dos años para su muerte. Abandonarse en las manos misericordiosas de Dios: ésta fue la actitud que cultivó constantemente este venerado Predecesor mío, último de los Papas nacidos en Roma y perteneciente a una familia ligada desde hacía muchos años a la Santa Sede. En Alemania, donde llevó a cabo su tarea de Nuncio Apostólico, primero en Munich y luego en Berlín hasta 1929, dejó tras de sí una grata memoria, sobre todo por haber colaborado con Benedicto XV en el intento de detener "la inútil masacre" de la Gran Guerra, y por haber advertido desde el principio el peligro que constituía la monstruosa ideología nacionalsocialista con su perniciosa raíz antisemita y anticatólica. Creado Cardenal en diciembre de 1929, y nombrado Secretario de Estado poco después, durante nueve años fue fiel colaborador de Pío XI, en una época marcada por los totalitarismos: el fascista, el nazi y el comunista soviético, condenados respectivamente en las Encíclicas Non abbiamo bisogno, Mit Brennender Sorge y Divini Redemptoris. "El que escucha mi palabra y cree... tiene vida eterna" (Jn 5,24). Esta afirmación de Jesús, que hemos escuchado en el Evangelio, nos hace pensar en los momentos más duros del pontificado de Pío XII cuando, al darse cuenta del menoscabo de toda certeza humana, sentía una gran necesidad, también mediante un constante esfuerzo ascético, de adherirse a Cristo, única certeza que no decae. La Palabra de Dios se convertía así en luz de su camino, un camino en el que el Papa Pacelli ofreció su consuelo a evacuados y perseguidos, tuvo que secar lágrimas de dolor y llorar las innumerables víctimas de la guerra. Sólo Cristo es verdadera esperanza del hombre; sólo confiando en él el corazón humano puede abrirse al amor que vence el odio. Esta conciencia acompañó a Pío XII en su ministerio de Sucesor de Pedro, ministerio que comenzó precisamente cuando se adensaban sobre Europa y el resto del mundo las nubes amenazadoras de un nuevo conflicto mundial, que intentó evitar por todos los medios: "El peligro es inminente, pero todavía hay tiempo. Con la paz, nada está perdido. Todo puede perderse con la guerra", gritó en su mensaje por radio del 24 de agosto de 1939 (AAS, XXXI, 1939, p. 334).
La guerra puso en evidencia el amor que nutría por su "Roma dilecta", amor testimoniado por la intensa obra de caridad que promovió en defensa de los perseguidos, sin distinción alguna de religión, etnia, nacionalidad, ideología política.
Cuando, con la ciudad ocupada, le aconsejaron repetidas veces que dejara el Vaticano para ponerse a salvo, su respuesta fue siempre idéntica y decidida: "No dejaré Roma y mi puesto, aunque tuviese que morir"(cfr Summarium, p. 186). Los familiares y otros testigos hablaron también de la falta de alimentos, calefacción, ropa y comodidades, privaciones a las que se sometió voluntariamente para compartir las condiciones de la gente duramente debilitada por los bombardeos y las consecuencias de la guerra (cfr A. Tornielli, Pio XII, Un uomo sul trono di Pietro). Y ¿cómo olvidar el mensaje navideño enviado por la radio en diciembre de 1942? Con la voz quebrada por la emoción deploró la situación de los "centenares de miles de personas, las cuales, sin culpa alguna, a veces sólo por razones de nacionalidad o raza, están destinadas a la muerte o a un progresivo deterioro" (AAS, XXXV, 1943, p 23), con una clara referencia a la deportación y al extermino perpetrado con los judíos. A menudo actuó de manera secreta y silenciosa, precisamente porque, consciente de las situaciones concretas de ese complejo momento histórico, él intuía que sólo de ese modo se podía evitar lo peor y salvar el mayor número posible de judíos. Debido a estas intervenciones, recibió numerosas y unánimes pruebas de gratitud al final de la guerra, así como en el momento de su muerte, de las autoridades más relevantes del mundo judío, como, por ejemplo, el Ministro de Asuntos Exteriores de Israel Golda Meir, que así escribió: "Cuando el martirio más espantoso ha golpeado a nuestro pueblo, durante los diez años de terror nazi, la voz del Pontífice se alzó en favor de las víctimas", concluyendo con emoción: "Nosotros lloramos la pérdida de un gran servidor de la paz".
Lamentablemente, el debate histórico, no siempre sereno, sobre la figura del Siervo de Dios Pío XII, ha descuidado algunos aspectos de su poliédrico pontificado. Muchísimos fueron los discursos, las alocuciones y los mensajes que sostuvo con científicos, médicos y exponentes de los más variados grupos profesionales, algunos de los cuales siguen siendo todavía hoy de una extraordinaria actualidad y un punto seguro de referencia. Pablo VI, que fue su fiel colaborador durante muchos años, lo describió como un erudito, un estudioso atento, abierto a los modernos caminos de la investigación y de la cultura, con una fidelidad siempre firme y coherente tanto con los principios de la racionalidad humana como con el intangible depósito de las verdades de la fe. Lo consideraba como un precursor del Concilio Vaticano II (cfr Angelus del 10 de marzo de 1974). En esta perspectiva, muchos documentos suyos merecerían ser recordados, pero me limito a citar sólo algunos. Con la Encíclica Mystici Corporis, publicada el 29 de junio de 1943 mientras la guerra aún arreciaba, él describía las relaciones espirituales y visibles que unen a los hombres con el Verbo encarnado y proponía incluir en esa perspectiva todos los principales temas de la eclesiología, ofreciendo por primera vez una síntesis dogmática y teológica que fue luego la base de la Constitución dogmática conciliar Lumen gentium.Pocos meses después, el 20 de septiembre de 1943, con la Encíclica Divino afflante Spiritu establecía las normas doctrinales para el estudio de la Sagrada Escritura, poniendo de relieve la importancia y el papel de la vida cristiana. Se trata de un documento que da testimonio de una gran apertura hacia la investigación científica de los textos bíblicos. ¿Cómo no recordar esta Encíclica mientras se están llevando a cabo los trabajos del Sínodo que tiene como tema precisamente "La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia"? Se debe a la intuición profética de Pío XII la puesta en marcha de un serio estudio sobre las características de la historiografía antigua, para comprender mejor la naturaleza de los libros sagrados, sin debilitar ni negar el valor histórico. Un estudio más profundo de los "géneros literarios", cuya finalidad era comprender mejor lo que el autor sagrado había querido decir, hasta el año 1943 se miraba con una cierta sospecha, debido también a los abusos que se habían producido.La Encíclica reconocía su justa aplicación , declarando legítimo para el estudio el uso, no sólo del Antiguo Testamento, sino también del Nuevo. " Hoy ,además, este arte - explicó el Papa - que suele llamarse crítica textual y en las ediciones de los autores profanos se emplea con gran exaltación e iguales resultados, se aplica con pleno derecho a los Sagrados Libros precisamente por la reverencia debida a la palabra de Dios". Y agrega: "El objetivo de aquel es, de hecho, devolver el texto sagrado, con la mayor precisión posible, a su primitivo contenido, purgándolo de las deformaciones introducidas por los errores de los copistas y liberándolo de las anotaciones y lagunas, de la transposición de palabras, de las repeticiones y de otros defectos de todo género que en los escritos transmitidos a mano durante muchos siglos suelen infiltrarse" (AAS, XXXV, 1943, p. 336).
La tercera Encíclica que quisiera mencionar es la Mediator Dei, dedicada a la liturgia, publicada el 20 de noviembre de 1947. Con este Documento el Siervo de Dios dio impulso al movimiento litúrgico, insistiendo en el "elemento esencial del culto", que "debe ser el interior: es necesario, de hecho -escribió -, vivir siempre en Cristo, dedicarse por completo a Él, para que en Él, con Él y por Él se dé gloria al Padre. La sagrada Liturgia requiere que estos dos elementos estén íntimamente unidos... De otra forma, la religión se convierte en un formalismo sin fundamento y sin contenido". No podemos , además, no hacer mención al impulso notable que este Pontífice imprimió a la actividad misionera de la iglesia con las Encíclicas Evangelii praecones (1951) y Fidei donum (1957), poniendo de relieve el deber de cada comunidad de anunciar el Evangelio a las gentes, como el Concilio Vaticano II hará con valiente vigor. Asimismo, el Papa Pacelli había demostrado su amor por las misiones desde el comienzo de su pontificado cuando, en octubre de 1939, había querido consagrar personalmente doce Obispos de países de misión, entre los cuales un indio, un chino, un japonés, el primer obispo africano y el primer obispo de Madagascar. Una de sus constantes preocupaciones pastorales fue, por último,la promoción del papel de los laicos, para que la comunidad eclesial pudiera aprovechar todos los recursos y energías disponibles. También por este motivo la Iglesia y el mundo le están agradecidos. Queridos hermanos y hermanas, mientras rezamos para que continúe felizmente la causa de la beatificación del Siervo de Dios Pío XII, es bueno recordar que la santidad fue su ideal, ideal que propuso a todos. Por eso impulsó las causas de beatificación y de canonización de personas pertenecientes a pueblos diversos, representantes de todos los estados de vida, funciones y profesiones, reservando un gran espacio a las mujeres. Y precisamente fue a María, la Mujer de la Salvación, a quien indicó como signo de segura esperanza para la humanidad cuando proclamó el dogma de la Asunción durante el Año Santo de 1950. En este mundo nuestro, como también entonces, lleno de preocupaciones y angustias por su futuro; en este mundo, donde, tal vez más que entonces, el alejamiento de muchos de la verdad y de la virtud deja entrever unos escenarios privados de esperanza, Pío XII nos invita a dirigir nuestra mirada a María en su asunción a la gloria celeste. Nos invita a invocarla con confianza, para que nos haga apreciar cada vez más el valor de la vida en la tierra y nos ayude a dirigir la mirada hacia la meta verdadera a la cual todos estamos destinados: esa vida eterna que, como asegura Jesús, posee ya quien escucha y sigue su palabra. ¡Amen!
Traducción distribuida por la secretaría general del Sínodo de los Obispos
miércoles, 8 de octubre de 2008
Me pierdo el Sínodo y por los titulares está muy bueno!
Me encantaría seguir el Sínodo pero llego en la noche a casa y debo seguir trabajando...
pido oraciones a los hermanos que me leen.
Benedicto XVI: Audiencia General (08-10): “Pablo conocía a Cristo verdaderamente, con el corazón”
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 8 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis que el Papa pronunció hoy ante los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, con motivo de la Audiencia General.
Queridos hermanos y hermanas,
en las últimas catequesis sobre san Pablo hablé de su encuentro con Cristo resucitado, que cambió profundamente su vida, y después de su relación con los Doce apóstoles llamados por Jesús -particularmente con Santiago, Pedro y Juan- y de su relación con la Iglesia de Jerusalén. Queda ahora la cuestión de qué sabía san Pablo del Jesús terreno, de su vida, de sus enseñanzas, de su pasión. Antes de entrar en esta cuestión puede ser útil tener presente que el mismo san Pablo distingue dos maneras de conocer a Jesús y, más en general, dos maneras de conocer a una persona. Escribe en la Segunda Carta a los Corintios: “Así que en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así” (5, 16). Conocer “según la carne”, de forma carnal, quiere decir conocer sólo exteriormente, con criterios externos: se puede haber visto a una persona muchas veces, conocer sus facciones y los diversos detalles de su comportamiento: cómo habla, cómo se mueve, etc. Y sin embargo, aun conociendo a alguien de esta forma, no se le conoce realmente, no se conoce el núcleo de la persona. Solo con el corazón se conoce verdaderamente a una persona. De hecho los fariseos, los saduceos, conocieron a Jesús externamente, escucharon su enseñanza, muchos detalles de él, pero no le conocieron en su verdad. Hay una distinción análoga en una palabra de Jesús. Después de la Transfiguración, él pregunta a los apóstoles: “¿Quién dice la gente que soy yo?” y “¿quién decís vosotros que soy yo?”. La gente le conoce, pero superficialmente; sabe muchas cosas de él, pero no le ha conocido realmente. En cambio los Doce, gracias a la amistad que llama a su causa al corazón, al menos habían entendido sustancialmente y empezaban a saber quién era Jesús. También hoy existe esta forma distinta de conocer: hay personas doctas que conocen a Jesús en muchos de sus detalles y personas sencillas que no conocen estos detalles, pero que lo conocen en su verdad: “el corazón habla al corazón”. Y Pablo quiere decir esencialmente que conoce a Jesús así, con el corazón, y que conoce así esencialmente a la persona en su verdad; y después, en un segundo momento, que conoce los detalles.
Dicho esto queda aún la cuestión: ¿qué supo san Pablo sobre la vida concreta, las palabras, la pasión, los milagros de Jesús? Parece seguro que nunca lo encontró durante su vida terrena. A través de los Apóstoles y la Iglesia naciente, conoció seguramente los detalles de la vida terrena de Jesús. En sus Cartas encontramos tres formas de referencia al Jesús pre-pascual. En primer lugar, hay referencias explícitas y directas. Pablo habla de la descendencia davídica de Jesús (cfr Rm 1,3), conoce la existencia de sus “hermanos” o consanguíneos (1 Cor 9,5; Ga 1, 19), conoce el desarrollo de la Última Cena (cfr 1 Cor 11,23), conoce otras palabras de Jesús, por ejemplo sobre la indisolubilidad del matrimonio (cfr 1 Cor 7, 10 con Mc 10, 11-12), sobre la necesidad de que quien anuncia el Evangelio sea sostenido por la comunidad en cuanto que el obrero merece su salario (cfr 1 Cor 9, 14 con Lc 10, 7); Pablo conoce las palabras pronunciadas por Jesús en la Última Cena (cfr 1 Cor 11, 24-25 co Lc 22, 19-20) y conoce también la cruz de Jesús. Estas son referencias directas a palabras y hechos de la vida de Jesús.
En segundo lugar, podemos entrever en algunas frases de las cartas paulinas varias alusiones a la tradición confirmada en los Evangelios Sinópticos. Por ejemplo, las palabras que leemos en la primera Carta a los Tesalonicenses, según la cual “el Día del Señor vendrá como un ladrón en la noche” (5,2), no se explicarían remitiéndonos a las profecías veterotestamentarias, porque la comparación con el ladrón nocturno sólo se encuentra en el Evangelio de Mateo y de Lucas, por tanto está tomado de la tradición sinóptica. Así, cuando leemos que Dios “ha escogido más bien lo necio del mundo” (1 Cor 1, 27-28) se nota el eco fiel de las enseñanzas de Jesús sobre los sencillos y los pobres (cfr Mt 5,3; 11, 25; 19, 30). Están también las palabras pronunciadas por Jesús en el júbilo mesiánico: “Te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños”. Pablo sabe -es su experiencia misionera- que estas palabras son ciertas, que precisamente los sencillos tienen el corazón abierto al conocimiento de Jesús. También la alusión a la obediencia de Jesús “hasta la mueerte”, que se lee en Fil 2,8, no puede dejar de señalar a la total disponibilidad del Jesús terreno a cumplir la voluntad de su Padre (cfr Mc 3, 35; Jn 4, 34). Pablo por tanto conoce la pasión de Jesús, su cruz, el modo en que vivió los últimos momentos de su vida. La cruz de Jesús y la tradición sobre este hecho de la cruz está en el centro del kerygma paulino. Otro pilar de la vida de Jesús conocido por san Pablo era el Discurso de la Montaña, del que cita algunos elementos casi literalmente, cuando escribe a los Romanos: “Amaos unos a otros... Bendecid a los que os persiguen... vivid en paz con todos... Venced al mal con el bien...” Por tanto en sus cartas hay un reflejo fiel del Discurso de la Montaña (cfr Mt 5-7).
Finalmente, es posible hallar un tercer modo de presencia de las palabras de Jessús en las Cartas de Pablo: es cuando realiza una forma de transposición de la tradición pre pascual a la situación después de la Pascua. Un caso típico es el tema del Reino de Dios. Éste está seguramente en el centro de la predicación del Jesús histórico (cfr Mt 3,2; Mc 1,15; Lc 4, 43). En Pablo se revela una transposición de este tema, pues tras la resurrección es evidente que Jesús en persona, el Resucitado, es el Reino de Dios. El reino por tanto llega allí a donde llega Jesús. Y así necesariamente el tema del Reino de Dios, en que se había anticipado el misterio de Jesús, se transforma en cristología. Y sin embargo las mismas disposiciones exigidas por Jesús para entrar en el Reino de Dios valen para Pablo a propósito de la justificación por la fe: tanto la entrada ene l Reino como la justificación requieren una actitud de gran humildad y disponibilidad, libre de presunciones, para acoger la gracia de Dios. Por ejemplo, la parábola del fariseo y del publicano (cfr Lc 18, 9-14) imparte una enseñanza que se encuentra tal cual en san Pablo, cuando insiste en que nadie debe gloriarse en presencia de Dios. También las frases de Jesús sobre los publicanos y las prostitutas, más dispuestos que los fariseos a acoger el Evangelio (cfr Mt 21,31; Lc 7, 36-50) y sus elecciones de compartir la mesa con ellos (cfr Mt 9, 10-13; Lc 15, 1-2) encuentran pleno seguimiento en la doctrina de Pablo sobre el amor misericordioso de Dios hacia los pecadores (cfr Rm 5, 8-10); y también Ef 2, 3-5). Así el tema del reino de Dios se propone de una forma nueva, pero siempre llena de fidelidad a la tradición del Jesús histórico.
Otro ejemplo de transformación fiel del núcleo doctrinal de Jesús se encuentra en los “títulos” referidos a él. Antes de Pascua él mismo se califica como Hijo del ho,bre; tras la Pascua se hace evidente que el Hijo del hombre es también el Hijo de Dios. Por tanto, el título preferido por Pablo para calificar a Jesús es Kyrios, “Señor” (cfr Fil 2, 9-11) que indica la divinidad de Jesús. El Señor Jesús, con este título, aparece en la plena luz de la resurrección. En el Monte de los Olivos, en el momento de la extrema angustia de Jesús (cfr Mc 14,36), los discípulos antes de dormirse habían oído cómo hablaba con el Padre y le llamaba “Abbà-Padre”. Es una palabra muy familiar equivalente a nuestro “papá”, usada solo por los niños en comunión con su padre. Hasta aquel momento era impensable que un hebreo utilizase una palabra semejante para dirigirse a Dios; pero Jesús, siendo verdadero hijo, en esta hora de intimidad habla así y dice “Abbà, Padre”. En las Cartas de san Pablo a los Romanos y a los Gálatas sorprendentemente esta palabra “Abbà”, que expresa la exclusividad de la filiación de Jesús, aparece en la boca de los bautizados (cfr Rm 8,15; Ga 4,6), porque han recibido el “Espíritu del Hijo” y ahora llevan en ellos este Espíritu y pueden hablar como Jesús y con Jesús como verdaderos hijos a su Padre, pueden decir “Abbà” porque se han convertido en hijos en el Hijo.
Y finalmente quisiera señalar la dimensión salvífica de la muerte de Jesús, como lla encontramos en el dicho evangélico según el cual “el Hijo del hombre no ha venido para ser servido sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45; Mt 20,28). El reflejo fiel de esta palabra de Jesús aparece en la doctrina paulina sobre la muerte de Jesús como rescate (cfr 1 Cor 6,20), como redención (cfr Rm 3,24), como liberación (cfr Ga 5,1) y como reconciliación (cfr Rm 5,10; 2 Cor 5,18-20). Aquí está el centro de la teología paulina, que se basa en esta palabra de Jesús.
En conclusión, san Pablo no pensaba en Jesús como algo histórico, como una persona del pasado. Conoce ciertamente la gran tradición sobre la vida, las palabras, la muerte y la resurrección de Jesús, pero no los trata como algo del pasado; lo propone como realidad del Jesús vivo. Las palabras y las acciones de Jesús para Pablo no pertenecen al tiempo histórico, al pasado. Jesús vive ahora y habla ahora con nosotros y vive para nosotros. Esta es la verdadera forma de conocer a Jesús y de acoger la tradición sobre él. Debemos también nosotros aprender a conocer a Jesús, no según la carne, como una persona del pasado, sino como nuestro Señor y Hermano, que hoy está con nosotros y nos muestra cómo vivir y como morir.
[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
Aunque San Pablo sólo se encontró con Cristo resucitado en el camino de Damasco, consideramos hoy su relación con el llamado "Jesús histórico". Cuando dice en la Segunda carta a los Corintios que conoció a Cristo "según la carne" (5,16), no se refiere a que hubiera estado con Él en la tierra, sino que lo había considerado con criterios humanos. Al Jesús histórico, Pablo lo conoció a través de la primera comunidad cristiana, es decir, por la mediación de la Iglesia. En los escritos paulinos hay numerosas referencias directas y explícitas de lo que él había oído sobre la figura y la predicación del Maestro, que ahora, como dice Pablo, es el "Señor". Además, hay también otras alusiones claras a enseñanzas de Jesús transmitidas por los Evangelios sinópticos, así como temas que remiten a la predicación de Jesús, cambiando a veces el contexto para aplicarlos a quienes, sin haber conocido al Jesús terreno, reconocen al Señor resucitado como nuestro Redentor y Salvador. Más que contar muchas cosas de Jesús como alguien del pasado, Pablo las presupone, y proclama que Él es para cada uno, ahora y siempre, la vida de nuestra vida. Este es su magnífico mensaje para nosotros.
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, y a los grupos de Argentina, Ecuador, España, México y otros Países latinoamericanos. Os invito, con san Pablo, a tener los sentimientos de una vida en Cristo. Muchas gracias.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
domingo, 5 de octubre de 2008
Me propuse
Primero: oración, vida de piedad, sacramentos (salud del alma),
Segundo: ejercicio físico (salud del cuerpo),
Luego: el trabajo.
Siempre: amar.
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