martes, 6 de mayo de 2008

Los dilemas del cristiano: economía de la caridad

¿Qué haces cuando una persona te pide, te pide y te vuelve a pedir: cosas y tiempo; y tu tienes pocas cosas y tiempo, los cuales por tanto debes dedicar a las personas que Dios te ha encomendado cuidar?. Por ejemplo: ¿qué hace la madre pobre cuando un mendigo le pide el pan que esta tiene guardada para sus hijos que también tienen hambre?; o se lo pongo más difícil: ¿qué hace el hijo cuando su madre le pide algo que él guarda para su esposa e hijos?. Por ahora yo pienso que el mendigo y la madre van a tener que esperarse o conformarse con poco, Dios nos ha dado unas prioridades. Conozco muchas historias de "luz en la calle y oscuridad en la casa", y no estoy de acuerdo. En esto lo tienen relativamente menos complicado los curas, religiosos y laicos célibes.

lunes, 5 de mayo de 2008

Benedicto XVI: La solidaridad y la subsidiariedad auténticas

Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales
CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 5 mayo 2008 (ZENIT.org).-
Publicamos el discurso que Benedicto XVI dirigió el sábado a los participantes de la 14ª Sesión Plenaria (Vaticano, 2-6 mayo) de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, al recibirles en audiencia.

* * *

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
señoras y señores:

Me alegra tener la ocasión de encontraros durante vuestra 14ª Sesión Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales. En los últimos veinte años, la Academia ha ofrecido una preciosa contribución en la profundización y en el desarrollo de la doctrina social de la Iglesia y en su aplicación en las áreas del derecho, de la economía, de la política y de otras ciencias sociales. Agradezco a la profesora Margaret Archer las amables palabras de saludo que me ha dirigido y os expreso mi sincero aprecio por el profuso compromiso en la investigación, en el diálogo y en la enseñanza para que el Evangelio de Jesucristo pueda seguir iluminando situaciones complejas de este mundo en veloz cambio.

En la elección del tema «Perseguir el bien común: cómo solidaridad y subsidiariedad pueden trabajar juntas», habéis decidido examinar la interrelación de cuatro principios fundamentales de la doctrina social católica: la dignidad de la persona humana, el bien común, la subsidiariedad y la solidaridad (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 160-163). Estas realidades clave, que emergen del contacto directo entre el Evangelio y las circunstancias sociales concretas, constituyen una base para identificar y afrontar los imperativos de la humanidad al alba del siglo XXI, como la reducción de las desigualdades en la distribución de los bienes, la extensión de las oportunidades de educación, la promoción de un crecimiento y de un desarrollo sostenible y la protección del medio ambiente.

¿Cómo pueden trabajar juntas la solidaridad y la subsidiariedad en la búsqueda del bien común de un modo que no sólo respete la dignidad humana, sino que le permita también prosperar? Éste es el punto principal que os interesa. Como ya han demostrado vuestros debates preliminares, una respuesta satisfactoria podrá surgir sólo después de un atento examen del significado de los términos (cfr. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, capítulo 4). La dignidad humana es un valor intrínseco de la persona creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo. El conjunto de las condiciones sociales que permiten a las personas realizarse colectiva e individualmente es el bien común.

La solidaridad es la virtud que permite a la familia humana compartir en plenitud el tesoro de los bienes materiales y espirituales y la subsidiariedad es la coordinación de las actividades de la sociedad en apoyo de la vida interna de las comunidades locales.

Con todo, estas definiciones no son más que el comienzo y sólo pueden comprenderse adecuadamente si se vinculan orgánicamente unas a otras y se consideran como apoyo recíproco. Al inicio podemos esbozar las interconexiones entre estos cuatro principios situando la dignidad de la persona en el punto de intersección de dos ejes, uno horizontal, que representa la "solidaridad" y la "subsidiariedad", y uno vertical, que representa el "bien común". Ello crea un campo en el que podemos trazar los diversos puntos de la doctrina social católica que forman el bien común.

Si bien esta analogía gráfica nos ofrece una imagen aproximada de cómo estos principios son imprescindibles los unos de los otros y están necesariamente interconectados, sabemos que la realidad es más compleja. En efecto, las profundidades insondables de la persona humana y la maravillosa capacidad de la humanidad de comunión espiritual, realidades éstas plenamente desveladas sólo a través de la revelación divina, superan con mucho la posibilidad de representación esquemática. En cualquier caso, la solidaridad que une a la familia humana y los niveles de subsidiariedad que la refuerzan desde dentro deben situarse siempre en el horizonte de la vida misteriosa del Dios Uno y Trino (cfr. Jn 5, 26; 6, 57), en quien percibimos un amor inefable compartido por personas iguales, aunque distintas (cfr. Summa Theologiae, I, q. 42).
Amigos: os invito a permitir que estas verdades fundamentales empapen vuestras reflexiones: no sólo en el sentido de que los principios de solidaridad y subsidiariedad sean indudablemente enriquecidos por nuestra fe en la Trinidad, sino en particular en el sentido de que tales principios tienen la potencialidad de situar a los hombres y a las mujeres en el camino que conduce al descubrimiento de su destino último y sobrenatural. La natural inclinación humana a vivir en comunidad es confirmada y transformada por la "unidad del Espíritu" que Dios ha conferido a sus hijas e hijos adoptivos (cfr. Ef 4, 3; 1 P 3, 8). En consecuencia, la responsabilidad de los cristianos de trabajar por la paz y por la justicia y su compromiso irrevocable por el bien común son inseparables de su misión de proclamar el don de la vida eterna, a la que Dios ha llamado a todo hombre y mujer. Al respecto, la tranquillitas ordinis [tranquilidad en el orden. Ndt] de la que habla san Agustín se refiere a "todas las cosas", tanto a la "paz civil", que es "concordia entre los ciudadanos", como a la "paz de la ciudad celeste", que es "disfrute armonioso y ordenado de Dios, y recíproco en Dios" (De Civitate Dei, XIX, 13).

Los ojos de la fe nos permiten ver que las ciudades terrena y celeste se compenetran y están intrínsecamente ordenadas la una a la otra en cuanto pertenecen ambas a Dios, el Padre, que está "por encima de todos, actúa por medio de todos y está presente en todos" (Ef 4, 6). Al mismo tiempo, la fe evidencia más la legítima autonomía de las realidades terrenas que han recibido "la propia estabilidad, verdad, bondad, sus leyes propias y su orden" (Gaudium et spes, n. 36).

Por lo tanto estad seguros de que vuestros debates estarán al servicio de todas las personas de buena voluntad y de que contemporáneamente inspirarán a los cristianos a cumplir con mayor prontitud su deber de mejorar la solidaridad con sus propios conciudadanos y entre sí y a actuar basándose en el principio de solidaridad, promoviendo la vida familiar, las asociaciones de voluntariado, la iniciativa privada y el orden público que facilita el correcto funcionamiento de las comunidades básicas de la sociedad (cfr. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 187).
Cuando examinamos los principios de solidaridad y subsidiariedad a la luz del Evangelio, comprendemos que no son sencillamente "horizontales": ambos poseen una esencial dimensión vertical. Jesús nos exhorta a hacer a los demás lo que querríamos que se nos hiciera a nosotros (cfr. Lc 6, 31), a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (cfr. Mt 22, 35). Estos mandamientos están inscritos por el Creador en la propia naturaleza humana (cfr. Deus caritas est, n. 31). Jesús enseña que este amor nos exhorta a dedicar nuestra vida al bien de los demás (cfr. Jn 15, 12-13). En este sentido la solidaridad auténtica, si bien comienza con el reconocimiento del igual valor del otro, se realiza sólo cuando pongo voluntariamente mi vida al servicio del otro (cfr Ef 6, 21). Ésta es la dimensión "vertical" de la solidaridad: soy impulsado a hacerme menos que el otro para satisfacer sus necesidades (cfr. Jn 13, 14-15), precisamente como Jesús "se humilló" para permitir a los hombres y a las mujeres participar en su vida divina con el Padre y el Espíritu (cfr. Flp 2, 8; Mt 23, 12).

De igual forma, la subsidiariedad, que alienta a hombres y mujeres a instaurar libremente relaciones dadoras de vida con quienes están más próximos y de los que dependen más directamente, y que exige de las más elevadas autoridades el respeto de tales relaciones, manifiesta una dimensión "vertical" orientada al Creador del orden social (cfr. Rm 12, 16, 18). Una sociedad que honra el principio de subsidiariedad libera a las personas de la sensación de desconsuelo y de desesperación, garantizándoles la libertad de comprometerse recíprocamente en los ámbitos del comercio, de la política y de la cultura (cfr. Quadragesimo anno, n. 80). Cuando los responsables del bien común respetan el deseo humano natural de autogobierno basado en la subsidiariedad, dejan espacio a la responsabilidad y a la iniciativa individual, pero sobre todo dejan espacio al amor (cfr. Rm 13, 8; Deus caritas est, n. 28), que sigue siendo siempre "la mejor vía de todas" (1Co 12, 31).

Al revelar el amor del Padre, Jesús nos ha enseñado no sólo cómo vivir como hermanos y hermanas aquí, en la Tierra, sino también que Él mismo es el camino hacia la comunión perfecta entre nosotros y con Dios en el mundo futuro, pues es por medio de Él que "podemos presentarnos al Padre en un solo Espíritu" (cfr. Ef 2, 18). Mientras trabajáis para elaborar formas con las que los hombres y las mujeres puedan promover lo mejor posible el bien común, os animo a sondear las dimensiones "vertical" y "horizontal" de la solidaridad y de la subsidiariedad. De tal manera, podréis proponer modalidades más eficaces para resolver los múltiples problemas que afligen a la humanidad en el umbral del tercer milenio, testimoniando también la primacía del amor, que trasciende y realiza la justicia pues orienta a la humanidad hacia la vida auténtica de Dios (cfr. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2004).

Con estos sentimientos, os aseguro mis oraciones y extiendo de corazón mi Bendición Apostólica a vosotros y a vuestros seres queridos como prenda de paz y de alegría en el Señor Resucitado.

[Traducción del original en inglés por Marta Lago. © Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

domingo, 4 de mayo de 2008

Benedicto XVI: Regina Caeli (04 de mayo)

Benedicto XVI: La esperanza en Cristo, ancla para la vida

Comentario en el domingo de la Ascensión

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI este domingo al rezar la oración mariana del Regina Caeli junto a miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy se celebra en varios países, entre ellos Italia, la solemnidad de la Ascensión de Cristo al cielo, misterio de la fe que el libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa cuarenta días después de la resurrección (Cf. 1, 3-11), y por este motivo en el Vaticano y en algunas naciones del mundo ya se celebró el jueves pasado. Después de la Ascensión, los primeros discípulos se quedaron reunidos en el Cenáculo, en torno a la Madre de Jesús, en fervorosa espera del don del Espíritu Santo, prometido por Jesús (Cf. Hechos 1,14). En este primer domingo de mayo, mes de María, también nosotros revivimos esta experiencia al experimentar más intensamente la presencia espiritual de María. Y la plaza de San Pedro se presenta hoy como un Cenáculo a cielo abierto, lleno de fieles, en buena parte socios de la Acción Católica Italiana, a quienes me dirigiré después de la oración mariana del Regina Caeli.

En sus discursos de adiós a los discípulos, Jesús insistió mucho en la importancia de su «regreso al Padre», cumplimiento de toda su misión. De hecho, vino al mundo para devolver el hombre a Dios, pero no idealmente --como haría un filósofo o un maestro de sabiduría--sino realmente, como pastor que quiere llevar todas las ovejas al redil. Jesús afrontó este «éxodo» hacia la patria celestial en primera persona por nosotros. Por nosotros descendió del Cielo y por nosotros ascendió, tras haberse hecho semejante en todo a los hombres, humillado hasta la muerte de cruz, y tras haber tocado el abismo de la máxima lejanía de Dios.

Precisamente por este motivo el Padre se complació en Él y le «exaltó» (Filipenses 2,9), restituyéndole la plenitud de su gloria, pero ahora con nuestra humanidad. Dios en el hombre - el hombre en Dios: ya no se trata de una verdad teórica, sino real. Por este motivo, la esperanza cristiana, fundamentada en Cristo, no es ilusión; por el contrario --como dice la carta a los Hebreos--, en ella «tenemos como una segura y sólida ancla de nuestra alma» (6, 19), un ancla que penetra en el cielo, donde Cristo nos ha precedido.

Y, ¿qué es lo que más necesita el hombre de todos los tiempos sino precisamente esto: un ancla firme para la propia existencia? Aparece así, nuevamente, el sentido estupendo de la presencia de María entre nosotros. Al dirigir hacia ella la mirada, como los primeros discípulos, se nos presenta la realidad de Jesús: la Madre orienta hacia el Hijo, que ya no se encuentra físicamente entre nosotros, sino que espera en la casa del Padre. Jesús nos invita a no quedarnos mirando hacia lo alto, sino a estar juntos, unidos en la oración, para invocar el don del Espíritu Santo. Sólo a quien «renace de lo alto», es decir, del Espíritu Santo, se le abre la entrada al Reino de los cielos (Cf. Juan 3, 3-5), y la primera «renacida de lo alto» es precisamente la Virgen María. A ella, por tanto, nos dirigimos en la plenitud de la alegría pascual.
[Tras rezar el Regina Caeli, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles de las Parroquias del Sagrado Corazón de Jesús, de Albacete, y de San Juan Bautista, de Fuensalida, en Toledo. En este día, en el que en algunos lugares se celebra la solemnidad de la Ascensión del Señor a la derecha del Padre, os invito a exultar de gozo por este gran misterio, que acrecienta nuestra esperanza de llegar también nosotros, como miembros de su cuerpo, donde nos ha precedido Él, que es nuestra Cabeza. Feliz domingo a todos.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

El memo Desafío

El buen amigo Oscar me dejó este memo desafío ver acá.
Normas del memo:
1.-Poner el enlace de la persona que somos elegidos.
2.-Poner las reglas en el blog.
3.-Compartir seis (6) cosas no importantes y seis (6) que nos gusten.
4.-Elegir seis (6) personas al final.
5.-Avisar a estas personas y dejar un comentario en sus blogs.
6 Cosas que no me importan

Hay tantas que no recuerdo cuáles son

a.- Las competencias deportivas (salvo la eurocopa y el mundial de fútbol)
b.- La moda
c.- La farándula
d.- La vida nocturna
e.- Las marcas de los carros o en general los modelos de carros
f.- El nacionalismo (el patrioterismo ramplón)

6 Cosas que me gustan
a.- Estar con mi esposa
b.- La historia y su estudio
c.- Los libros: comprar y leer
d.- Ver buen cine
e.- Mi blog, los blogs e internet
f.- Dios y la religión católica

Los 6 a los que mando el desafío

Marta Salazar de
AESYD
Juan Ignacio de Aquí estamos
Manuel de Una mirada desde el Carmelo
Padre Monasterio de Pensar por libre

sábado, 3 de mayo de 2008

Dolor del alma

Todos tenemos derecho a sentirnos tristes de vez en cuando, así me ha pasado hoy y se lo he hecho saber a nuestro Padre en oración. El optimismo de ser Tus hijos sé que debe estar siempre presente pero... hay días que ni la lógica de este principio nos ayuda, y te pedimos perdón con humildad. En medio del dolor estás siempre Tu, y eso ya no da cierto respiro; y está el más grande regalo que me has dado en todos los años de mi vida: tu (lo más bello).

jueves, 1 de mayo de 2008

Estamos en mayo: para mí un mes especialísimo...


Son tantas cosas pero lo fundamentalmente dos: es mes de la Virgen y es el mes en que me casé con la mujer que siempre soñé y que tanto pedí a Nuestra Madre en el cielo, y pedí por ella no sólo en mayo, sino también junio, julio... Pues entonces es mes de las mujeres, de las mujeres de mi vida... porque es mes también en que celebramos el día de la madre; y me faltaba otra mujer: mi abuelita paterna que con tanta devoción rezaba el rosario y me lo enseñó a rezar, dejándome su rosario gastado y que yo guardo como valiosísima reliquia (y que rezo con él todo los días); y mi abuela nos dejó un día de mayo al igual que su esposo: mi abuelo. Nunca olvidaré esos días de mayo en que mi abuela ya estaba muy mal en el año 2003, como ella nos decía que pronto vendría su esposo a buscarla y se irían de viaje; y yo sabía que el viaje era con PapáDios y la Virgen a los que tanto amaron mis abuelos, amor que me dejaron de herencia.

Imagen: el rosario de mi abuela.

Benedicto XVI: Realiza Balance de su viaje a EEUU en su Audiencia General (30 de abril)

Balance de Benedicto XVI de su viaje apostólico a los Estados Unidos

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 30 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles en la que hizo un balance de su visita apostólica a los Estados Unidos del 15 al 21 de abril.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Si bien han pasado ya varios días desde mi regreso, deseo dedicar la catequesis de hoy, como de costumbre, al viaje apostólico que he realizado a la Organización de las Naciones Unidas y a los Estados Unidos de América del 15 al 21 de abril pasado. Ante todo renuevo mi más cordial reconocimiento a la Conferencia Episcopal estadounidense, así como al presidente Bush, por haberme invitado y por la cálida acogida que me han brindado. Pero quisiera ampliar mi agradeciendo a todos los que en Washington y en Nueva York han venido a saludarme y a manifestar su amor por el Papa, o que me han acompañado y apoyado con la oración y con el ofrecimiento de sus sacrificios.
Como es sabido, la ocasión de la visita ha sido el bicentenario de la elevación como sede metropolitana de la primera diócesis del país, Baltimore, y la fundación de las sede de Nueva York, Boston, Filadelfia y Louisville. En este aniversario típicamente eclesial, he tenido la alegría de visitar personalmente por primera vez, como sucesor de Pedro, el querido pueblo de los Estados Unidos de América para confirmar en la fe a los católicos, para renovar e incrementar la fraternidad con todos los cristianos, y para anunciar a todos el mensaje de «Cristo nuestra esperanza», como decía el lema del viaje.

En el encuentro con el señor presidente, en su residencia, pude rendir homenaje a ese gran país, que desde los inicios se ha edificado a partir de una feliz conjugación entre principios religiosos, éticos y políticos, y sigue siendo un válido ejemplo de sana laicidad, donde la dimensión religiosa, en la diversidad de sus expresiones, no sólo es tolerada, sino valorada como "alma" de la nación y garantía fundamental de los derechos y de los deberes del ser humano. En este contexto, la Iglesia puede desempeñar con libertad y compromiso su misión de evangelización y promoción humana y, al mismo tiempo, puede ser de estímulo para un país, como los Estados Unidos, al que todos dirigen su mirada como uno de los principales agentes del escenario internacional, para que se oriente hacia la solidaridad global, cada vez más necesaria y urgente, y hacia el ejercicio paciente del diálogo en las relaciones internacionales.

Naturalmente la misión y el papel de la comunidad eclesial estuvieron en el centro del encuentro con los obispos, que tuvo lugar en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, en Washington. En el contexto litúrgico de las vísperas, alabamos al Señor por el camino recorrido por el pueblo de Dios en los Estados Unidos, por el celo de sus pastores, y por el fervor y la generosidad de sus fieles, que se manifiesta en la elevada y abierta consideración de la fe y en innumerables iniciativas caritativas y humanitarias en el país y en el extranjero. Al mismo tiempo, pude apoyar a mis hermanos en el episcopado en su difícil tarea de sembrar el Evangelio en una sociedad marcada por muchas contradicciones, que amenazan la coherencia de los católicos y del mismo clero. Les animé a elevar su voz sobre las cuestiones morales y sociales actuales y a formar a los fieles laicos para que sean buena "levadura" en la comunidad civil, a partir de la célula fundamental que es la familia. En este sentido, les exhorté a volver a proponer el sacramento del Matrimonio como don y compromiso indisoluble entre un hombre y una mujer, ámbito natural de acogida y de educación de los hijos. La Iglesia y la familia, junto a la escuela, especialmente la de inspiración cristiana, deben cooperar para ofrecer a los jóvenes una sólida educación moral, pero en esta tarea también tienen una gran responsabilidad los agentes de la comunicación y del entretenimiento. Pensando en el doloroso caso de los abusos sexuales a menores cometidos por ministros ordenados, quise expresar a los obispos mi cercanía, animándoles en el compromiso de curar las heridas y de reforzar las relaciones con sus sacerdotes. Respondiendo a algunas preguntas planteadas por los obispos, subrayé algunos aspectos importantes: la relación intrínseca entre el Evangelio y la «ley natural»; la sana concepción de la libertad, que se comprende y se realiza en el amor; la dimensión eclesial de la experiencia cristiana; la exigencia de anunciar de manera nueva, en especial a los jóvenes, la «salvación» como plenitud de vida, y de educar en la oración, de la que florecen las respuestas generosas a la llamada del Señor.

En la grande y festiva celebración eucarística en el Nationals Park Stadium de Washington invocamos al Espíritu Santo sobre toda la Iglesia que está en los Estados Unidos de América, para que firmemente arraigada en la fe transmitida por los padres, profundamente unida y renovada, afronte los desafíos presentes y futuros con valentía y esperanza, esa esperanza que «no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Romanos 5, 5).

Uno de estos desafíos es ciertamente el de la educación y, por este motivo, en la Catholic University of America me reuní con los rectores de universidades y de centros universitarios católicos, con los responsables diocesanos para la enseñanza, y con los representantes de los profesores y alumnos. La tarea educativa es parte integrante de la misión de la Iglesia, y la comunidad eclesial estadounidense siempre se ha comprometido mucho en este campo, ofreciendo al mismo tiempo un gran servicio social y cultural a todo el país. Es importante que esto pueda continuar. Y es asimismo importante cuidar la calidad de los centros católicos de enseñaza para que en sellos se forme verdaderamente según «la medida de la madurez» de Cristo (Cf. Efesios 4, 13), conjugado fe y razón, libertad y verdad. Con alegría, por tanto, he confirmado a los formadores en su precioso compromiso de caridad intelectual.
En un país con una vocación multicultural, como los Estados Unidos de América, han asumido especial importancia los encuentros con los representantes de las demás religiones: en Washington, en el Centro Cultural Juan Pablo II; con judíos, musulmanes, hindúes, budistas y jainistas; en Nueva York, la visita a la Sinagoga. Momentos, en especial este último, muy cordiales, que han confirmado el compromiso común por el diálogo y la promoción de la paz y de los valores espirituales y morales. En la que puede considerarse como la patria de la libertad religiosa, quise recordar que ésta siempre debe ser defendida con un esfuerzo conjunto, para evitar toda forma de discriminación y prejuicio. E hice hincapié en la gran responsabilidad de los representantes religiosos, tanto al enseñar el respeto y la no violencia, como al mantener vivas las preguntas más profundas de la conciencia humana. La celebración ecuménica, en la iglesia parroquial de san José, también se caracterizó por una gran cordialidad. Juntos pedimos al Señor que aumente en los cristianos la capacidad de dar razón, también con una unidad cada vez más grande, de su única esperanza (Cf. 1 Pedro 3,15), basada en la fe común en Jesucristo.

El otro objetivo principal de mi viaje era la visita a la sede central de la ONU: la cuarta visita de un Papa, después de la de Pablo VI en 1965 y de las dos de Juan Pablo II en 1979 y en 1995. En la celebración del sexagésimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, la Providencia me ha permitido confirmar, en la más amplia y autorizada asamblea supranacional, el valor de esta Carta, recordando su fundamento universal, es decir, la dignidad de la persona humana, creada por Dios a su imagen y semejanza para cooperar en el mundo en su gran designio de vida y de paz. Al igual que la paz, el respeto de los derechos humanas se arraiga en la «justicia», es decir, en un orden ético válido para todos los tiempos y para todos los pueblos, que puede resumirse en la famosa máxima «No hagas a los demás lo que no querrías que te hicieran a ti mismo», o, expresada de manera positiva con las palabras de Jesús: «todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos» (Mateo 7,12). Sobre esta base, que constituye la contribución típica de la Santa Sede a la Organización de las Naciones Unidas, renové, y vuelvo a renovar hoy, el compromiso de la Iglesia católica por contribuir a reforzar las relaciones internacionales, caracterizadas por los principios de responsabilidad y de solidaridad.

En mi espíritu han quedado fuertemente grabados también otros momentos de mi permanencia en Nueva York. En la catedral de Saint Patrick, en el corazón de Manhattan --verdaderamente una «casa de oración para todos los pueblos»--, celebré la santa misa por los sacerdotes y los consagrados, venidos de todas las partes del país. No olvidaré nunca el calor con que me felicitaron por el tercer aniversario de mi elección a la sede de Pedro. Fue un momento conmovedor, en el que experimenté de manera sensible todo el apoyo de la Iglesia por mi ministerio. Lo mismo puedo decir del encuentro con los jóvenes y seminaristas que se celebró precisamente en el seminario diocesano, precedido por una cita muy significativa con los chicos y chicas con discapacidades y con sus familiares. A los jóvenes, que por naturaleza tienen sed de verdad y de amor, les propuse algunas figuras de hombres y mujeres que han testimoniado de manera ejemplar el Evangelio en tierra estadounidense, el Evangelio de la verdad que hace libres en el amor, en el servicio, en la vida entregada por los demás. Al ver las tinieblas de hoy que amenazan su vida, los jóvenes pueden encontrar en los santos la luz que las disipa: ¡la luz de Cristo, esperanza para todo hombre! Esta esperanza, más fuerte que el pecado y la muerte, animó el momento henchido de emoción que pasé en silencio en el cráter de la Zona Cero, donde encendí una vela rezando por todas las víctimas de esa terrible tragedia. Por último, mi visita culminó con la celebración eucarística en el Yankee Stadium de Nueva York: llevo todavía en el corazón esa fiesta de fe y de fraternidad, con la que celebramos los doscientos años de las diócesis más antiguas de América del Norte. El pequeño rebaño de los orígenes se ha desarrollado enormemente, enriqueciéndose con la fe y las tradiciones de sucesivas oleadas de inmigración. A esa Iglesia, que ahora afronta los desafíos del presente, he tenido la alegría de anunciar nuevamente a «Cristo nuestra esperanza» ayer, hoy y siempre.

Queridos hermanos y hermanas: os invito a uniros a mí en la acción de gracias por el alentador resultado de este viaje apostólico y en la súplica a Dios, por intercesión de la Virgen María, para que produzca abundantes frutos para la Iglesia en los Estados Unidos y en todas las partes del mundo.

[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

En mi reciente viaje apostólico a los Estados Unidos pude encontrarme con el Presidente y rendir homenaje a ese amado País, ejemplo de sana laicidad, donde la generosidad de los fieles se refleja en múltiples obras de caridad y lo religioso es valorado como alma de la Nación. A los Obispos les exhorté a estrechar lazos con sus sacerdotes y a curar las heridas del pasado, así como a seguir proponiendo el sacramento del Matrimonio como compromiso indisoluble. Insistí también en que la Iglesia, la familia y la escuela, deben ofrecer a los jóvenes una sólida educación moral. En el National Park Stadium invoqué al Espíritu para que la Iglesia americana sepa afrontar los retos del futuro con esperanza. En la Universidad subrayé la importancia de la caridad intelectual. A los representantes de otras religiones les recordé el compromiso común en la promoción de la paz y de los valores morales. En la ONU señalé el valor de la "Declaración Universal de los Derechos Humanos", cuyo fundamento es la dignidad de la persona humana, creada a imagen de Dios. En Saint Patrick los sacerdotes y consagrados, llegados de todo el País, me dispensaron una calurosa acogida. Asimismo los jóvenes y los seminaristas. En el Punto Cero recé por las víctimas de la tragedia. La Eucaristía final en el Yankee Stadium fue una fiesta de fe y fraternidad, en la que anuncié nuevamente a Cristo como nuestra esperanza.

Saludo a los peregrinos de lengua española. Os invito a dar conmigo gracias a Dios por este Viaje Apostólico y a seguir pidiendo por los frutos espirituales del mismo.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

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