sábado, 5 de abril de 2008

Carta del Prelado del Opus Dei: Monseñor Javier Echevarría, a sus fieles (abril)


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Os mando estas líneas en pleno tiempo pascual, en el que nuestras almas rebosan de gozo por la resurrección del Señor. A las jornadas dolorosas de la pasión y muerte, ha sucedido la alegría de la nueva vida inmortal que Jesús ha recibido del Padre. Porque se humilló, obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: «¡Jesucristo es el Señor!», para gloria de Dios Padre[1]

Éste es el anuncio que la Iglesia proclama con especial fuerza desde los comienzos, y que los cristianos hemos de comunicar a todas las gentes. La muerte y resurrección de Jesucristo —decía el Papa en su mensaje Urbi et Orbi, hace pocos días— es un acontecimiento de amor insuperable, es la victoria del Amor que nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte. Ha cambiado el curso de la historia, infundiendo un indeleble y renovado sentido y valor a la vida del hombre[2].

Acuden a mi memoria tantas fiestas de Pascua transcurridas junto a San Josemaría. Se palpaba su gozo en estas fechas y lo transmitía a cuantos estábamos a su lado. Era una alegría enraizada en la fe, en la esperanza y en la caridad, virtudes infundidas por Dios en nuestras almas para que podamos conocerle, tratarle y amarle. Todo este camino sobrenatural tiene su fundamento último en el suceso —histórico y, al mismo tiempo, trascendente a la historia— de la resurrección gloriosa del Señor. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos.

No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, Yo no me olvidaré de ti (Is 49, 14-15), había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres (cfr. Prv 8, 31)[3].

En el mensaje pascual de este año, Benedicto XVI ha escogido como lema un versículo del Salmo 138 que, en la antigua versión de la Vulgata, suena así: resurrexi et adhuc tecum sum[4], he resucitado y estoy siempre contigo. La liturgia lo utiliza como antífona de entrada para la Misa del Domingo de Resurrección. En esas palabras, al surgir el sol de la Pascua, la Iglesia reconoce la voz misma de Jesús que, resucitando de la muerte, colmado de felicidad y amor, se dirige al Padre y exclama: Padre mío, ¡heme aquí! He resucitado, todavía estoy contigo y lo estaré siempre; tu Espíritu no me ha abandonado nunca[5].

A lo largo del año mariano, nos estamos esforzando por meter más a la Virgen en toda nuestra jornada. ¡Qué fácil resulta hacerlo, al considerar los misterios gloriosos del Rosario! Nuestro Padre se adentraba en la felicidad de Nuestra Señora al contemplar a Jesús resucitado de entre los muertos. Aunque nada nos relata el Evangelio de esa aparición, la convicción de los cristianos es unánime. «¿Cómo podría la Virgen, presente en la primera comunidad de los discípulos (cfr. Hch 1, 14), haber sido excluida del número de los que se encontraron con su divino Hijo resucitado de entre los muertos?», se preguntaba Juan Pablo II[6]. Evidentemente, ¡no! María debió ser la primera criatura a quien se mostró Jesucristo glorioso, llenando de un júbilo sobrenatural y humano, inefable, ese corazón que tanto había sufrido junto a la Cruz. ¿Cómo no iba a gozar de la presencia del Salvador triunfante, Aquella que siempre había estado unidísima al Redentor?

Detengámonos también nosotros en esta escena. Puede servirnos de guía nuestro Padre, cuando escribe: ¡Ha resucitado! —Jesús ha resucitado. No está en el sepulcro. —La Vida pudo más que la muerte. Se apareció a su Madre Santísima. —Se apareció a María de Magdala, que está loca de amor. —Y a Pedro y a los demás Apóstoles. —Y a ti y a mí, que somos sus discípulos y más locos que la Magdalena: ¡qué cosas le hemos dicho![7].

Siguiendo estas enseñanzas, hemos de buscar, encontrar y tratar a Jesús, siempre vivo, que camina a nuestro lado en los avatares de cada jornada y que con su divinidad se aposenta —con el Padre y el Espíritu Santo— en el fondo de nuestro corazón. Esta consideración no se queda en una ilusión piadosa. Además de estar en el Cielo, con su Humanidad Santísima, a la diestra del Padre —como confesamos en el Credo—, Jesús permanece en la Iglesia y en cada cristiano por la gracia. Su presencia en nosotros y a nuestro lado es real, aunque no la veamos con los ojos de la carne; pero la experimentamos de mil modos: en los afanes de mejora personal —¡de santidad!— que nos infunde por el Espíritu Santo; en las ansias apostólicas que nos impulsan a salir al encuentro de otras almas, para ayudarlas a acercarse a Dios; en la mirada misericordiosa con que los cristianos nos dirigimos a todas las personas, sin distinción de raza, de cultura, de condición social, de religión. Todo esto resulta posible porque Jesucristo resucitado actúa con nosotros, nos acompaña, vive en nosotros. ¿Rechazamos todo lo que sea distancia hacia los demás?

En los días pasados hemos actualizado y meditado a fondo esos acontecimientos salvadores. Además, al renovar las promesas bautismales en la Vigilia Pascual, hemos reafirmado nuestros deseos de caminar siempre con Cristo, que nos ha incorporado a Sí mediante la regeneración espiritual del Bautismo y nos alimenta con su cuerpo y con su sangre en la Eucaristía, para conferir más intensidad a nuestra identificación con Él. Como escribió San Josemaría, la presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo[8].

Gracias sobre todo a la Eucaristía, la vida de Jesús es vida nuestra, según lo que prometiera a sus Apóstoles, el día de la Última Cena: cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él (Jn 14, 23). El cristiano debe —por tanto— vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus (Gal 2, 20), no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí[9].

Merced a la íntima unión existente entre Cristo resucitado y los miembros vivos de su cuerpo místico, cada uno está en condiciones de incorporar las palabras del Salmo que en los comienzos de estas líneas os mencionaba. En esta perspectiva —apuntaba el Papa en su mensaje pascual—, advertimos que la afirmación dirigida hoy por Jesús resucitado al Padre —"estoy aún y siempre contigo"— nos concierne también a nosotros, que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo, si realmente participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria (cfr. Rm 8, 17). Gracias a la muerte y resurrección de Cristo, también nosotros resucitamos hoy a la vida nueva y, uniendo nuestra voz a la suya, proclamamos nuestro deseo de permanecer para siempre con Dios, nuestro Padre infinitamente bueno y misericordioso[10].

La nueva existencia en Cristo requiere de nuestra parte el esfuerzo por hacer morir la criatura vieja; es decir, todo aquello que en nosotros no esté de acuerdo con la Vida divina. Por eso, resulta tan lógica la conclusión de San Josemaría, al terminar la consideración del primer misterio glorioso del Rosario: Que nunca muramos por el pecado; que sea eterna nuestra resurrección espiritual. —Y, antes de terminar la decena, has besado tú las llagas de sus pies..., y yo más atrevido —por más niño— he puesto mis labios sobre su costado abierto[11]. ¿Fomentas en tu alma un horror total a las ofensas —graves o leves— a tu Señor? ¿Confías a la Virgen que te obtenga de la Trinidad la limpieza y humildad que todos necesitamos?

Otro propósito podemos sacar de la contemplación pausada del primer misterio glorioso del Rosario: la determinación de hacer resonar en los oídos de otras personas —que quizá no conocen a Cristo o se conducen como si no le conocieran— la urgencia de salir en su búsqueda y de seguirle, pues sólo así se sentirán colmadas de una alegría imperecedera. La fiesta de la Pascua nos impulsa a redoblar nuestro afán de almas, a comportarnos como los Apóstoles y las santas mujeres después de haber encontrado a Jesucristo resucitado. No se detuvieron ante ninguna dificultad, sino que dieron testimonio de la resurrección con valentía y constancia, y arrastraron tras de sí a una incontable multitud de personas.

Como cristianos, hijos de Dios en la Iglesia Santa, hemos de anunciar por todas partes la buena nueva de la resurrección del Señor, fundamento de nuestra fe. Con palabras de San Josemaría, os recuerdo que quiere el Señor a los suyos en todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a desentenderse de los avatares de la sociedad de los hombres, para hacer que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios. A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A la gran mayoría, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña[12].

En la primera semana del mes de marzo tuve la alegría de rezar en dos santuarios de la Virgen que visitó muchas veces nuestro Padre. El día 1 fui a Loreto, donde las autoridades han dedicado a San Josemaría un camino peatonal que conduce a la Santa Casa; el trayecto está flanqueado por las estaciones del Viacrucis, junto a las que figuran algunos textos de nuestro Fundador. El día 8, sábado, viajé a Fátima. Había llegado a Lisboa la víspera, para pasar unas horas con vuestras hermanas y vuestros hermanos portugueses, como procuro hacer algunos fines de semana mediante viajes rápidos. Muchos recuerdos pasaron por mi memoria; concretamente, cómo en los dos lugares —en momentos difíciles— San Josemaría rezó con sus hijas y con sus hijos de todos los tiempos. En más de una ocasión repetía que había experimentado el peso y la estupenda alegría de la caridad con todas y con todos.

A los dos sitios fui acompañado por vosotras y vosotros, para presentar a la Virgen, en este año mariano, nuestras acciones de gracias y nuestros firmes deseos de comportarnos como discípulos fieles de Jesucristo en la Obra. Tanto en Loreto como en Fátima recé a la Virgen con las oraciones de nuestro Padre y de don Álvaro, para agradecer a Nuestra Señora su tutela hacia nosotros y la impronta mariana del Opus Dei. Le pedí, en vuestro nombre, que fortalezca y aumente en todos ese espíritu de acendrada piedad mariana, que San Josemaría nos dejó en herencia.

Sigamos encomendando la expansión apostólica de la Obra en todo el mundo, tanto en los lugares donde ya nos encontramos como en aquellos otros donde nos están esperando. Os hablé de Rumania, Indonesia y Vietnam; también de Bulgaria nos llegan llamadas apremiantes. Es una aventura apasionante la que se nos presenta, cada uno en el lugar donde Dios lo ha colocado. La llevaremos a cabo, con la ayuda de Nuestra Señora, si personalmente nos esforzamos por hacer más intensa la unión con Jesucristo resucitado, de quien nos viene toda la fortaleza. Pidámosla por intercesión de San Josemaría: el próximo día 23 conmemoraremos el aniversario de su Confirmación y de su primera Comunión, y su ayuda paterna nos hará ser en mayor grado almas eucarísticas.

No dejéis de acompañarme con vuestra oración por mis intenciones. Tengo la persuasión, como le escuché a nuestro Padre, de que con vosotras y con vosotros me hago fuerte para urgir al Señor.
Con todo cariño, os bendice vuestro Padre
+ Javier
Roma, 1 de abril de 2008.
[1] Flp 2, 9-11.
[2] Benedicto XVI, Mensaje pascual Urbi et Orbi, 23-III-2008.
[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.
[4] Sal 138, 18 (Vg).
[5] Benedicto XVI, Mensaje pascual Urbi et Orbi, 23-III-2008.
[6] Juan Pablo II, Discurso en la audiencia general, 21-V-1997.
[7] San Josemaría, Santo Rosario, Primer misterio glorioso.
[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.
[9] Ibid., n. 103.
[10] Benedicto XVI, Mensaje pascual Urbi et Orbi, 23-III-2008.
[11] San Josemaría, Santo Rosario, Primer misterio glorioso.
[12] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 105.

viernes, 4 de abril de 2008

Frases espirituales: sobre derrotas...

Me ha gustado mucho esta frase que tomo del post más reciente de mi más viejo amigo en la blogósfera: Juan Ignacio del blog Aquí Estamos, y que es de Milán Kundera:
Las derrotas son pasajeras, es la claudicación lo que las vuelve permanentes.

jueves, 3 de abril de 2008

Benedicto XVI: Mensaje a los Salesianos (01 de marzo)

El subrayado es nuestro...
Mensaje del Papa a los Salesianos

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 2 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que ha enviado Benedicto XVI a don Pascual Chávez, rector mayor de los Salesianos de Don Bosco, con motivo del XXVI Capítulo General de la Sociedad de San Francisco de Sales.
* * *

Al reverendísimo señorDon PASCUAL CHÁVEZ VILLANUEVA, s.d.b. Rector mayor de los Salesianos de Don Bosco

1. Me agrada particularmente enviarle mi cordial saludo a usted y a los participantes en el XXVI capítulo general, que constituye un momento de gracia en la vida de esa congregación, presente ya en todos los continentes. En él están llamados a confrontarse la riqueza y la diversidad de las experiencias, de las culturas, de las expectativas de los salesianos, comprometidos en múltiples actividades apostólicas y deseosos de hacer cada vez más eficaz su servicio a la Iglesia.

El carisma de don Bosco es un don del Espíritu para todo el pueblo de Dios, pero sólo en la escucha dócil y en la disponibilidad a la acción divina es posible interpretarlo y hacerlo actual y fecundo también en nuestro tiempo. El Espíritu Santo, que en Pentecostés descendió con abundancia sobre la Iglesia naciente, como viento sigue soplando donde quiere; como fuego sigue derritiendo el hielo del egoísmo; y como agua, sigue regando lo que es árido. Derramando sobre los capitulares la abundancia de sus dones, llegará al corazón de los hermanos, los hará arder con su amor, los inflamará con el deseo de santidad, los impulsará a abrirse a la conversión y los fortalecerá en su audacia apostólica.

2. Los hijos de don Bosco pertenecen a la gran multitud de los discípulos que Cristo ha consagrado para sí por medio de su Espíritu con un especial acto de amor. Los ha reservado para sí; por eso, en su testimonio debe resplandecer el primado de Dios y de su iniciativa. Cuando se renuncia a todo por seguir al Señor, cuando se le da lo más querido que se tiene, afrontando cualquier sacrificio, entonces no debe sorprender que, como sucedió con el divino Maestro, la persona consagrada se convierta en "signo de contradicción", porque su modo de pensar y de vivir termina por encontrarse a menudo en contraste con la lógica del mundo.

En realidad, esto es motivo de consuelo, porque testimonia que su estilo de vida es alternativo con respecto a la cultura del tiempo y puede desempeñar en ella una función en cierto modo profética. Pero, con este fin, es necesario vigilar sobre las posibles influencias del secularismo, para defenderse y así poder proseguir con determinación por el camino emprendido, superando un "modelo liberal" de vida consagrada y viviendo una existencia totalmente centrada en el primado del amor a Dios y al prójimo.

3. El tema elegido para este capítulo general es el mismo programa de vida espiritual y apostólica de don Bosco: "Da mihi animas, cetera tolle". En él se encierra toda la personalidad del gran santo: una profunda espiritualidad, el espíritu de iniciativa creativa, el dinamismo apostólico, la laboriosidad incansable, la audacia pastoral y, sobre todo, su consagración sin reservas a Dios y a los jóvenes.

Don Bosco fue un santo con una sola pasión: "la gloria de Dios y la salvación de las almas". Es de vital importancia que cada salesiano se inspire continuamente en don Bosco; que lo conozca, lo estudie, lo ame, lo imite, lo invoque y tenga su misma pasión apostólica, que brota del corazón de Cristo. Esa pasión es capacidad de entregarse, de apasionarse por las almas, de sufrir por amor, de aceptar con serenidad y alegría las exigencias diarias y las renuncias de la vida apostólica.

El lema "Da mihi animas, cetera tolle" expresa en síntesis la mística y la ascética del salesiano. No puede haber una mística ardiente sin una intensa ascesis que la sostenga; y, viceversa, nadie está dispuesto a pagar un precio alto y exigente, si no ha descubierto un tesoro fascinante e inestimable.

En un tiempo de fragmentación y de fragilidad como el nuestro, es necesario superar la dispersión del activismo y cultivar la unidad de la vida espiritual a través del logro de una profunda mística y de una sólida ascética. Esto alimenta el compromiso apostólico y es garantía de eficacia pastoral. En esto debe consistir el camino de santidad de todo salesiano; en esto debe concentrarse la formación de las nuevas vocaciones a la vida consagrada salesiana.

La lectio divina y la Eucaristía, vividas diariamente, son luz y fuerza de la vida espiritual del salesiano consagrado. Debe alimentar su jornada con la escucha y la meditación de la palabra de Dios, ayudando también a los jóvenes y a los fieles laicos a valorarla en su vida diaria y esforzándose luego por traducir en testimonio lo que la Palabra indica: "La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega" (Deus caritas est, 13). Llevar una vida sencilla, pobre, sobria, esencial y austera ayudará a los salesianos a fortalecer su respuesta vocacional frente a los peligros y las amenazas de la mediocridad y del aburguesamiento; eso los llevará a estar más cerca de los necesitados y de los marginados.

4. Los salesianos, a ejemplo de su amado fundador, deben arder de pasión apostólica. La Iglesia universal y las Iglesias particulares en las que están insertados esperan de ellos una presencia caracterizada por el impulso pastoral y por un audaz celo evangelizador. Las exhortaciones apostólicas postsinodales concernientes a la evangelización en los varios continentes podrán servirles de estímulo y de orientación para realizar en los diversos contextos una evangelización inculturada. La reciente
Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización puede ayudarles a profundizar en el modo de comunicar a todos, especialmente a los jóvenes más pobres, la riqueza de los dones del Evangelio. La evangelización ha de ser la frontera principal y prioritaria de su misión hoy. Presenta compromisos múltiples, desafíos urgentes, campos de acción vastos, pero su cometido fundamental consiste en proponer a todos que vivan la existencia humana como la vivió Jesús.

En las situaciones plurirreligiosas y en las secularizadas es preciso encontrar caminos inéditos para dar a conocer, especialmente a los jóvenes, la figura de Jesús, a fin de que perciban su perenne fascinación. Por tanto, en su acción apostólica debe ocupar un lugar central el anuncio de Jesucristo y de su Evangelio, juntamente con la invitación a la conversión, a la acogida de la fe y a la inserción en la Iglesia. De aquí nacen luego los caminos de fe y de catequesis, la vida litúrgica y el testimonio de la caridad activa. Su carisma los sitúa en la condición privilegiada de poder valorar la aportación de la educación en el campo de la evangelización de los jóvenes. En efecto, sin educación no hay evangelización duradera y profunda, no hay crecimiento y maduración, no se da cambio de mentalidad y de cultura.
Los jóvenes alimentan deseos profundos de vida plena, de amor auténtico, de libertad constructiva; pero, lamentablemente, sus expectativas a menudo se ven defraudadas y no llegan a realizarse. Es indispensable ayudar a los jóvenes a valorar los recursos que llevan dentro de sí como dinamismo y deseo positivo; ponerlos en contacto con propuestas llenas de humanidad y de valores evangélicos; impulsarlos a insertarse en la sociedad como parte activa a través del trabajo, la participación y el compromiso en favor del bien común. Esto exige que quienes los guían ensanchen los ámbitos del compromiso educativo con atención a las nuevas pobrezas juveniles, a la educación superior, a la inmigración; requiere, además, prestar atención a la familia y a su implicación. Desarrollé este aspecto tan importante en la Carta sobre la urgencia educativa, que dirigí recientemente a los fieles de Roma y que ahora entrego idealmente a todos los salesianos.

5. Desde su origen, la congregación salesiana está comprometida en la evangelización en diversas partes del mundo: desde la Patagonia y América Latina hasta Asia y Oceanía, África y Madagascar. En un momento en que en Europa las vocaciones disminuyen y los desafíos de la evangelización aumentan, la congregación salesiana debe estar atenta a fortalecer la propuesta cristiana, la presencia de la Iglesia y el carisma de don Bosco en este continente. Al igual que Europa ha sido generosa enviando numerosos misioneros a todo el mundo, así ahora toda la congregación, apelando especialmente a las regiones ricas en vocaciones, debe estar disponible con respecto a ella.

Para prolongar en el tiempo la misión entre los jóvenes, el Espíritu Santo impulsó a don Bosco a dar vida a varias fuerzas apostólicas animadas por el mismo espíritu y unidas por el mismo compromiso. En efecto, las tareas de la evangelización y la educación requieren numerosas aportaciones, que sepan actuar en sinergia; por eso, los salesianos han implicado en dicha obra a numerosos laicos, a las familias y a los jóvenes mismos, suscitando entre ellos vocaciones apostólicas que mantengan vivo y fecundo el carisma de don Bosco.

Es preciso presentar a estos jóvenes la fascinación de la vida consagrada, el radicalismo del seguimiento de Cristo obediente, pobre y casto, el primado de Dios y del Espíritu, la vida fraterna en comunidad, la entrega total a la misión. Los jóvenes son sensibles a propuestas de compromiso exigente, pero necesitan testigos y guías que sepan acompañarlos en el descubrimiento y en la acogida de dicho don.

Sé que en este contexto la congregación está dedicando una atención especial a la vocación del salesiano coadjutor, sin la cual perdería la fisonomía que don Bosco quiso darle. Ciertamente, es una vocación difícil de discernir y de acoger; brota más fácilmente donde se promueven entre los jóvenes las vocaciones laicales apostólicas y se les da un testimonio gozoso y entusiasta de consagración religiosa. Que el ejemplo y la intercesión del beato Artémides Zatti y de otros venerados hermanos coadjutores, que gastaron su existencia por el reino de Dios, obtengan también hoy a la familia salesiana el don de esas vocaciones.

6. Aprovecho de buen grado esta ocasión para expresar un agradecimiento particular a la congregación salesiana por el trabajo de investigación y formación que lleva a cabo en la Pontificia Universidad Salesiana, donde se han formado y han sido profesores algunos de mis actuales y más estrechos y estimados colaboradores. Tiene una identidad que le deriva del carisma de don Bosco, y da a toda la Iglesia una contribución original y específica. Es la única entre las universidades pontificias que tiene una facultad de ciencias de la educación y un departamento de pastoral juvenil y catequística, sostenidos por las aportaciones de otras facultades. Con vistas a un estudio que aproveche la diversidad de las culturas y esté atento a la multiplicidad de los contextos, es de desear que se incremente en ella la presencia de profesores provenientes de toda la congregación.

Ante la emergencia educativa que existe en numerosas partes del mundo, la Iglesia necesita la contribución de estudiosos que profundicen la metodología de los procesos pedagógicos y formativos, la evangelización de los jóvenes y su educación moral, elaborando juntos respuestas a los desafíos de la era posmoderna, de la interculturalidad y de la comunicación social, tratando al mismo tiempo de ayudar a las familias.

El sistema preventivo de don Bosco y la tradición educativa salesiana impulsarán seguramente a la congregación a proponer una pedagogía cristiana actual, inspirada en su carisma específico. La educación constituye uno de los puntos fundamentales de la cuestión antropológica actual, para cuya solución estoy seguro de que la Pontificia Universidad Salesiana dará una valiosa contribución.

7. Señor rector mayor, la tarea que tiene ante sí la congregación salesiana es ardua, pero también exaltante: cada miembro de vuestra gran familia religiosa está llamado a hacer presente a don Bosco entre los jóvenes de nuestro tiempo. En el año 2015 celebraréis el bicentenario de su nacimiento, y con las decisiones que tomaréis en este capítulo general ya iniciáis la preparación de las celebraciones de ese importante acontecimiento jubilar. Que esto os sirva de estímulo para ser cada vez más "signos creíbles del amor de Dios a los jóvenes" y para hacer que los jóvenes sean verdaderamente la esperanza de la Iglesia y de la sociedad.

La Virgen María, a quien don Bosco os enseñó a invocar como Madre de la Iglesia y Auxiliadora de los cristianos, os sostenga en vuestros propósitos. "Es ella quien lo ha hecho todo", repetía don Bosco al final de su vida, refiriéndose a María. Por tanto, ella será una vez más vuestra guía y maestra. Os ayudará a comunicar "el carisma de don Bosco". Será para vuestra congregación y para toda la familia salesiana, para los educadores y sobre todo para los jóvenes, Madre y Estrella de la esperanza.

Al presentar a vuestra atención estas reflexiones, os renuevo la expresión de mi gratitud por el servicio que prestáis a la Iglesia, y, a la vez que os aseguro mi constante oración, le imparto de corazón a usted, rector mayor, a los participantes en la asamblea capitular y a toda la familia salesiana, una especial bendición apostólica.

Vaticano, 1 de marzo de 2008

[Traducción distribuida por la Santa Sede
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

miércoles, 2 de abril de 2008

«Dejad que vaya al Padre»,

Señor, dejad que vaya al Padre... pienso en las dificultades de su familia para cuidarla, pienso en todos estos años de cruz, y ahora esta nueva: más pesada, más dolorosa... dejad que vaya a Ti, dejad ya que la placidez de su rostro que ahora le "vemos" sea la paz de encontrarte al final de su camino. Alma buena, que cuidó a su esposo por tantos años, que amó a sus hijos... dejad ya que vaya a Tu encuentro. Señor, te encomiendo su alma y su dolor, y el de toda su familia, en especial la de su hijo que es mi amigo-hermano desde niños.

Benedicto XVI: Homilía en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II

Homilía de Benedicto XVI en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 2 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI este miércoles al presidir la celebración eucarística en el tercer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II.

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Queridos hermanos y hermanas:

La fecha del 2 de abril ha quedado grabada en la memoria de la Iglesia como el día del adiós a este mundo del siervo de Dios el Papa Juan Pablo II. Revivamos con emoción las horas de aquel sábado por la tarde, cuando la noticia del fallecimiento fue acogida por una gran muchedumbre en oración que llenaba la Plaza de San Pedro. Durante varios días, la Basílica Vaticana y esta Plaza se convirtieron verdaderamente en el corazón del mundo. Un río ininterrumpido de peregrinos rindió homenaje a los restos del venerado pontífice y sus funerales supusieron un ulterior testimonio de la estima y del afecto que se había conquistado en el espíritu de tantos creyentes y personas de todos los rincones de la tierra.

Al igual que hace tres años, tampoco hoy ha pasado mucho tiempo tras la Pascua. El corazón de la Iglesia se encuentra todavía sumergido en el misterio de la Resurrección del Señor. En verdad, podemos leer toda la vida de mi querido predecesor, en particular su ministerio petrino, según el signo de Cristo Resucitado. Él sentía una fe extraordinaria en Él, y con Él mantenía una conversación íntima, singular, ininterrumpida. Entre sus muchas cualidades humanas y sobrenaturales, tenía una excepcional sensibilidad espiritual y mística.

Bastaba observarle mientras rezaba: se sumergía literalmente en Dios y parecía que todo lo demás en aquellos momentos fuera ajeno. En las celebraciones litúrgicas estaba atento al misterio en acto, con una aguda capacidad para percibir la elocuencia de la Palabra de Dios en el devenir de la historia, penetrando en el nivel profundo del designio de Dios. La santa misa, como repitió con frecuencia, era para él el centro de cada día y de toda la existencia. La realidad «viva y santa» de la Eucaristía que le daba energía espiritual para guiar al Pueblo de Dios en el camino de la historia.

Juan Pablo II expiró en la vigilia del segundo domingo de Pascua, «el día que hizo el Señor». Toda su agonía tuvo lugar en ese «día», en un espacio-tiempo nuevo, que es el «octavo día», querido por la Santísima Trinidad a través de la obra del Verbo encarnado, muerto y resucitado. El Papa Juan Pablo II demostró en varias ocasiones que ya antes, durante su vida, y especialmente en el cumplimiento de la misión de Sumo Pontífice, se encontraba de alguna manera sumergido en esta dimensión espiritual.

Su pontificado, en su conjunto y en muchos momentos específicos, se nos presenta como un signo y un testimonio de la Resurrección de Cristo. El dinamismo pascual, que ha hecho de la existencia de Juan Pablo II una respuesta total a la llamada del Señor, no podía expresarse sin participar en los sufrimientos y en la muerte del divino Maestro y Redentor. «Es cierta esta afirmación --afirma el apóstol Pablo--: Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él» (2 Timoteo 2, 11-12).

Desde niño, Karol Wojtyla había experimentado la verdad de estas palabras, al encontrar en su camino la cruz, en su familia y en su pueblo. Muy pronto decidió llevarla junto a Jesús, siguiendo sus huellas. Quiso ser un servidor fiel suyo hasta acoger la llamada al sacerdocio como don y compromiso de toda la vida. Con Él vivió y con Él quiso morir. Y todo esto a través de la singular mediación de María santísima, madre de la Iglesia, madre del Redentor íntima y realmente asociada a su misterio salvífico de muerte y de resurrección.

En esta reflexión evocativa nos guían las lecturas bíblicas que se acaban de proclamar: «¡No tengáis miedo!» (Mateo 28, 5). Las palabras del ángel de la resurrección, dirigidas a las mujeres ante el sepulcro vacío, que acabamos de escuchar, se han convertido en una especie de lema en los labios del Papa Juan Pablo II, desde el solemne inicio de su ministerio petrino. Las repitió en varias ocasiones a la Iglesia y a la humanidad en el camino hacia el año 2000, y después al atravesar aquella histórica etapa, así como después, en la aurora del tercer milenio. Las pronunció siempre con inflexible firmeza, primero enarbolando el báculo pastoral coronado por la Cruz y, después, cuando las energías físicas se iban debilitando, casi agarrándose a él, hasta aquel último Viernes Santo, en el que participó en el Vía Crucis desde su capilla privada, apretando entre sus brazos la Cruz. No podemos olvidar aquel último y silencioso testimonio de amor a Jesús. Aquella elocuente escena de sufrimiento humano y de fe, en aquel último Viernes Santo, también indicaba a los creyentes y al mundo el secreto de toda la vida cristiana. Aquel «No tengáis miedo» no se basaba en las fuerzas humanas, ni en los éxitos logrados, sino únicamente en la Palabra de Dios, en la Cruz y en la Resurrección de Cristo. En la medida en la que iba desnudándose de todo, al final, incluso de la misma palabra, esta entrega total a Cristo se manifestó con creciente claridad. Como le sucedió a Jesús, también en el caso de Juan Pablo II las palabras dejaron lugar al final al último sacrificio, la entrega de sí. Y la muerte fue el sello de una existencia totalmente entregada a Cristo, conformada con Él incluso físicamente con los rasgos del sufrimiento y del abandono confiado en los brazos del Padre celestial. «Dejad que vaya al Padre», estas palabras --testimonia quien estuvo a su lado-- fueron sus últimas palabras, cumplimiento de una vida totalmente orientada a conocer y contemplar el rostro del Señor.

Venerados y queridos hermanos: os doy las gracias a todos por haberos unidos a mí en esta misa de sufragio por el amado Juan Pablo II. Dirijo un pensamiento particular a los participantes en el primer congreso mundial sobre la Divina Misericordia, que comienza precisamente hoy, y que quiere profundizar en su rico magisterio sobre este tema. La misericordia de Dios, lo dijo él mismo, es una clave de lectura privilegiada de su pontificado. Él quería que el mensaje del amor misericordioso de Dios alcanzara a todos los hombres y exhortaba a los fieles a ser sus testigos (Cf.
Homilía en Cracovia-Lagiewniki, 17 de agosto de 2002).

Por este motivo, quiso elevar al honor de los altares a sor Faustina Kowalska, humilde religiosa convertida por un misterioso designio divino en la mensajera profética de la Divina Misericordia. El siervo de Dios Juan Pablo II había conocido y vivido personalmente las terribles tragedias del siglo XX, y se preguntó durante mucho tiempo qué podría detener al avance del mal. La respuesta sólo podía encontrarse en el amor de Dios. Sólo la Divina Misericordia, de hecho, es capaz de poner límites al mal; sólo el amor omnipotente de Dios puede derrotar la prepotencia de los malvados y el poder destructor del egoísmo y del odio. Por este motivo, durante su última visita a Polonia, al regresar a su tierra natal, dijo: «Fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre» (ibídem).

Demos gracias al Señor porque ha entregado a la Iglesia este servidor suyo fiel y valiente. Alabemos y bendigamos a la Virgen María por haber velado incesantemente sobre su persona y su ministerio para beneficio del pueblo cristiano y de toda la humanidad. Y mientras ofrecemos por su alma elegida el Sacrificio redentor, le pedimos que siga intercediendo desde el Cielo por cada uno de nosotros, por mí de manera especial, a quien la Providencia ha llamado a recoger su inestimable herencia espiritual. Que la Iglesia, siguiendo sus enseñanzas y ejemplos, pueda continuar fielmente sin compromisos su misión evangelizadora, difundiendo sin cansarse el amor misericordioso de Cristo, manantial de verdadera paz para el mundo entero.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

martes, 1 de abril de 2008

3 años sin nuestro Juan Pablo II

Nunca olvidaré ese día... yo estaba haciendo el curso de componente docente, que era la mar de fastidioso y no podía estar pendiente de las noticias, no tenía cómo. Por el celular mi esposa (novia para ese momento) me mantenía informado; yo estaba con la mente en Roma, un lugar donde lamentablemente nunca he estado; pero allí estaba con toda esa multitud que rezaba. Al regresar en mi casa en transporte público, a las 4 de la tarde, recibí el mensaje: "murió". Era lo que esperaba de un momento a otro, pero me sentí extraño; algo me faltaba.



Juan Pablo II fue el Papa que conocí de siempre, porque sólo tenía 8 años cuando fue nombrado, podría decirse que pertenezco a la “generación Juan Pablo II”. Paulo VI no lo recuerdo, y Juan Pablo I fue muy fugaz. Del Papa tengo muchos recuerdos, los más importantes: el día de su atentado (1981), las dos visitas a Caracas en 1985 y luego en 1996; y mi formación cristiana en su espiritualidad (al leer sus Encíclicas). Nunca olvidaré la impresión que me causó cuando llamé a mi abuela para avisarle que el Santo Padre había sufrido un atentado, ella inmediatamente se puso a llorar, y pedirle a todo el mundo que rezara porque sobreviviera al atentado. Era un niño de diez años y me impactó el hecho de que mi abuela llorara por alguien que no conocía personalmente, ¿qué vínculo unía a mi abuela con el Santo Padre para que llorara?. De algún modo entendí que el Papa era el papá de toda la Iglesia, y por tanto mi abuelita le dolía la suerte de su padre espiritual. No estaba tan lejos, Caracas del Vaticano.

Benedicto XVI: Regina Caeli del domingo de la Misericordia (30 de marzo)

Benedicto XVI: Juan Pablo II y Faustina Kowalska, apóstoles de la Divina Misericordia

Intervención con motivo del Regina Caeli


CASTEL GANDOLFO, domingo, 30 marzo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI este domingo al rezar la oración mariana del Regina Caeli junto a miles de peregrinos congregados en el patio de la residencia pontificia de Castel Gandolfo.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Durante el Jubileo del año 2000, el querido siervo de Dios Juan Pablo II estableció que en toda la Iglesia el domingo después de Pascua, además de domingo in Albis, fuera denominado domingo de la Divina Misericordia. Lo hizo en concomitancia con la canonización de Faustina Kowalska, humilde religiosa polaca, nacida en 1905 y fallecida en 1938, celosa mensajera de Jesús misericordioso.

La misericordia es en realidad el núcleo central del mensaje evangélico, es el nombre mismo de Dios, el rostro con el que Él se ha revelado en la antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del Amor creador y redentor. Este amor de misericordia ilumina también el rostro de la Iglesia, y se manifiesta ya sea a través de los sacramentos, en particular el de la Reconciliación, ya sea con obras de caridad, comunitarias e individuales.

Todo lo que dice y hace la Iglesia manifiesta la misericordia que Dios siente por el hombre. Cuando la Iglesia tiene que recordar una verdad descuidada, o un bien traicionado, lo hace siempre movida por el amor misericordioso, para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia (Cf. Juan 10, 10). De la misericordia divina, que pacifica los corazones, surge, además, la auténtica paz en el mundo, la paz entre los pueblos, culturas y religiones.

Al igual que sor Faustina, Juan Pablo II se convirtió a su vez en apóstol de la Divina Misericordia. En la noche del inolvidable sábado 2 de abril de 20005, cuando cerró los ojos a este mundo, se celebraba precisamente la vigilia del segundo domingo de Pascua, y muchos observaron la singular coincidencia, que unía en sí la dimensión mariana --primer sábado del mes-- y la de la Divina Misericordia.

De hecho, su largo y multiforme pontificado encuentra aquí su núcleo central; toda su misión al servicio de la verdad sobre Dios y sobre el hombre y de la paz en el mundo se resume en este anuncio, como él mismo dijo en Cracovia-Lagiewniki en 2002, al inaugurar el gran Santuario de la Divina Misericordia: «Fuera de la misericordia de Dios no hay otra fuete de esperanza para los seres humanos». Su mensaje, como el de santa Faustina, presenta el rostro de Cristo, revelación suprema de la Misericordia de Dios. Contemplar constantemente ese Rostro: esta es la herencia que nos ha dejado, que acogemos con alegría y hacemos nuestra.

Sobre la Divina Misericordia se reflexionará de manera especial en los próximos días, con motivo del primer Congreso Apostólico Mundial de la Divina Misericordia, que tendrá lugar en Roma y se inaugurará con la santa misa que, si Dios quiere, presidiré en la mañana del miércoles 2 de abril en el tercer aniversario del fallecimiento del siervo de Dios, Juan Pablo II. Pongamos el Congreso bajo la celestial protección de María santísima, Mater Misericordiae. Le encomendamos la gran causa de la paz en el mundo para que la Misericordia de Dios realice lo que es imposible hacer únicamente con las fuerzas humanas, e infunda la valentía del diálogo y de la reconciliación.

[Al final de la oración mariana el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En italiano dijo:]
Ante todo, dirijo un cordial saludo a los numerosos peregrinos que en este momento están reunidos en la plaza de San Pedro, de manera especial a quienes han participado en la santa misa celebrada en la iglesia del Espíritu Santo de Saxia por el cardenal Tarcisio Bertone, con motivo de la fiesta de la Divina Misericordia. Queridos hermanos y hermanas: que la intercesión de santa Faustina y del siervo de Dios Juan Pablo II os ayuden a ser auténticos testigos del amor misericordioso. Como ejemplo a imitar, me complace indicar hoy a la madre Celestina Donati, fundadora de la Congregación de las Hijas Pobres de San José de Calasanz, que será proclamada beata hoy en Florencia.

[En español, dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. Queridos hermanos: En este domingo dedicado a la Divina Misericordia, agradezcamos a Dios Padre el amor que nos ha manifestado en la muerte y resurrección de su propio Hijo, y pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros para que sepamos reconocer en Cristo resucitado la fuente de la esperanza y de la alegría verdadera. Feliz domingo.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

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