Hoy domingo de Ramos (28 de marzo de 2010) se lee La Pasión de Nuestro Señor (Lucas 22, 14-23, 56), y yo fuí a misa en el templo Nuestra Señora de la Chiquínquira en Caracas, donde el padre Rui Pestana, ofm; nos dijo en resumen lo siguiente.
Hoy recordamos dos hechos: el recibimiento de Jesús como rey, para luego, esa misma gente, pedir su crucifixión a los cinco días. Así es nuestra doble moral. Un día lo coronamos, al otro lo crucificamos. Todos los días lo hacemos. Si nos preguntáramos donde estaríamos en la Pasión, si fuéramos sinceros diríamos que frente a la cruz contemplando su dolor sin hacer nada.
Algunos se preguntatán ¿Por qué Dios Padre no envío sus ejércitos y mató a todos los que crucificaron a Cristo? Seguramente nosotros lo haríamos. Pero Dios no es así, porque precisamente Dios en la Cruz quiere que todos nosotros nos salvemos, los buenos y los malos, María y Poncio Pilatos, los apóstoles, y también los romanos, y los fariseos. Cristo no es como nosotros: ojo por ojo, diente por diente. No, él ama tanto que quiere salvarnos a todos. Debemos ser como él, buenos.
Se preguntarán ¿Quién es bueno, quién es malo?. Bueno es el que quiere que todos se salven, que NO DIVIDE. Malo es el que divide, que sólo quiere la salvación para unos pocos. Cristo es paciente, espera... Un buen propósito para este año es que seamos buenos, que lo sigamos en su pasión. Sin buscar la condena de los demás.
No fueron las mismas palabras, pero si la idea principal. ¡Qué difícil es ser como Cristo!. Pero al menos, hay que luchar por esta meta, aunque caigamos mil veces.
Cuando tenía 15 años vi la película Salvador de Oliver Stone sobre la guerra civil en dicho país, y supe de la existencia y asesinato de Monseñor Romero; y luego, con la canción que le dedicó Rubén Blades siempre lo recordaba (ver abajo). Desde ese entonces siempre le tuvo una gran admiración. Después pude conocer su vida de varias lecturas que hice. Hace dos años escribí un post que posee varios links a páginas de Monseñor Romero, ver acá. Como hace dos años, lamento la politización de la izquierda radical sobre su vida (algo como podemos ver seguidamente en el video abajo de Telesur).
Monseñor Romero fue un santo, y algún día así lo reconocerá la Iglesia Católica que tanto amó.
30 años sin Óscar Romero en El Salvador (de El País)
El arzobispo, símbolo de la paz, fue asesinado durante una misa.- Amnistía Internacional insta al Gobierno salvadoreño a revocar la ley de amnistía de los responsables
Hoy se cumplen 30 años de la muerte de monseñor Óscar Romero, que fue asesinado en San Salvador en 1980 mientras celebraba una Eucaristía. El recuerdo del arzobispo salvadoreño coincide con un informe de Amnistía Internacional en el que insta al Gobierno de El Salvador a revocar una ley de amnistía "que protege a los responsables de miles de desapariciones y asesinatos durante los 12 años de conflicto armado, incluido el del arzobispo Óscar Arnulfo Romero".
El arzobispo salvadoreño monseñor Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980 por pistoleros mientras celebraba misa en la capilla de un hospital y durante su funeral, celebrado seis días más tarde, los militares mataron a más de veinte personas. Durante sus tres años como arzobispo, Romero pidió insistentemente el fin de esa violencia y defendió el derecho de los más pobres en el país centroamericano.
En un comunicado hecho público en Londres, la organización humanitaria internacional ha hecho al mismo tiempo un llamamiento a las fuerzas de seguridad para que cooperen plenamente con los investigadores permitiendo pleno acceso a sus archivos. "Resulta inaceptable que los responsables de miles de desapariciones, asesinatos y torturas no hayan tenido que responder aún de sus crímenes", ha dicho Kerrie Howard, subdirectora para las Américas de Amnistía Internacional.
Un informe de la Comisión de la Verdad salvadoreña llegó en 1992 a la conclusión de que el mayor Roberto D' Aubuisson, mientras tanto fallecido, ordenó el asesinato del arzobispo a miembros de su servicio de seguridad, que actuaron como "un escuadrón de la muerte".
En 1993, El Salvador aprobó una ley de amnistía por la que impedía procesar a los asesinos y responsables de las numerosas matanzas, denuncia Amnistía Internacional, según la cual nadie ha tenido que responder por los crímenes cometidos durante el conflicto, que se prolongó desde 1980 hasta 1992.
El Gobierno salvadoreño reconoció en 2009 ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos su responsabilidad internacional por el asesinato de monseñor Romero, pese a lo cual, según AI, "no se ha tomado medida alguna para investigar lo ocurrido".
Miles de salvadoreños fueron asesinados, hechos desaparecer, violados o reclutados a la fuerza como niños soldados durante aquel conflicto. Muchos niños fueron asesinados, hechos desaparecer o entregados a otras personas de El Salvador o de fuera del país para su adopción con el falso pretexto de que habían sido abandonados por sus padres. Entre las víctimas había defensores de los derechos humanos, sindicalitas, abogados, periodistas, críticos del Gobierno y en su mayor parte civiles inocentes que no estaban directamente involucrados en el conflicto.
Menos de 60 personas presenciaron la muerte del arzobispo metropolitano asesinado de un disparo en el corazón la tarde del 24 de marzo de 1980.
Leonor, oriunda de Armenia, Sonsonate, tenía 23 años de edad y estudiaba administración de empresas en la Universidad de El Salvador. Vivía como pupila de un matrimonio en la colonia Miramonte. Solía ir a misa a la iglesia a la iglesia La Resurrección, pero aquel 24 de marzo de 1980, decidió ir a la capilla del hospital La Divina Providencia, sin siquiera saber quien oficiaría la misa, mucho menos en memoria de quien.No era la primera vez que iba a la capilla, por lo menos había ido unas diez veces antes a escuchar misa, siempre a las 6:00 de la tarde.Ese lunes 24 fue a la universidad en la mañana y por a tarde llevó al hijo de la pareja que la hospedaba a pasear al parque de la colonia Centroamérica. En realidad era el pretexto para verse con su novio. A eso de las 5:00 regresó a la casa en la calle Toluca, se bañó y a las 5:50 ya estaba en la capilla.
En la iglesia había alrededor de 50 personas, a lo sumo 60. Adelante estaba sentadas las monjas que cuidaban a los enfermos y un grupo de señores que evidentemente eran los familiares de la deudora a quien dedicaban la misa. Atrás estaban personas que siempre van a las misas, sin importar si conocen al difunto. Ella se sentó en la hilera derecha, aproximadamente en la octava banca.Leonor se sintió sorprendida cuando observó que el oferente de la misa era el arzobispo de San Salvador, Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Había escuchado sus homilías y en la universidad todo el mundo hablaba de él pero nunca lo había visto en persona. Le pareció más joven de lo que se veía en los periódicos, su voz más firme que a través de la radio y sobretodo le pareció una persona humilde.
Sabiendo que era toda una figura muy respetada en todo el país intentó poner atención a su sermón , pero estaba preocupada porque al siguiente día tenía que viajar a Armenia a dejar unos documentos que su padre iba a usar para hacer un préstamo. Algunos documentos se le habían extraviado.
Pensando en los documentos estaba cuando escuchó más fuerte la voz de Romero. El arzobispo estaba leyendo, levantó la mirada y en ese momento se escuchó como un fuerte mortero que hizo eco en la pequeña capilla.
Las monjas y las personas que estaba adelante se levantaron, dos señores comenzaron a hacer fotos y Leonor volvió la vista hacia atrás. Alcanzó a ver la espalda de un hombre que caminaba apresurado con un arma en la mano. En ese instante no tuvo reacción más que taparse la boca y llorar. Eran las 6:25 en punto. 30 años después ella reconocería esa espalda, aunque asegura no recordar el color de la ropa. La imagen le que quedado grabada en su subconsciente.
Sobre monseñor mortalmente herido las monjas lloraban y pedían auxilio. Se levantó junto a un señor de avanzada edad que estaba en la misma banca y en una acción refleja caminaron unos cinco pasos hacia donde estaba monseñor. Leonor asegura que vio el último suspiro de monseñor Romero.
Perpleja por lo ocurrido y por el alboroto adentro de la capilla, temió salir a la calle. Pensaba que el asesino podía estar esperando a quienes saliera o que tenía que estar adentro para ayudar a las monjas.
Unos cinco minutos después del disparo, Leonor vio que comenzaron a salir de la capilla algunas personas y se atrevió a salir. En la calle frente a la capilla no estaba nadie ni siquiera pasaban carros. La calle Toluca es poco transitada, pero a las 6:30 de la tarde de un lunes siempre pasaban vehículos. Leonor lo sabía porque ella tenía dos años de vivir en la zona.
Tuvo miedo caminar hacia su casa, ubicada a unas dos cuadras. Lo hizo hasta que escuchó sirenas. Al llegar a su casa lo primero que hizo fue telefonear a su novio y contarle lo sucedido. El novio le dijo que no le contara a nadie más y que no saliera. Él iba a ir a pie a la iglesia para informarse de lo ocurrido.Leonor se encerró en su cuarto cuando de repente la pareja de esposos le fue a tocar la puerta. “Leonor salga, dicen que acaban de matar a monseñor Romero”, le dijeron. Ella salió llorando y le contó que había presenciado el asesinato porque estaba en la misa.La joven ya no quiso salir, mientras que los esposos se fueron a curiosear y regresaron hasta cerca de las 8:00 de la noche. Leonor encendió la radio y la mayoría de emisoras informaban sobre la muerte del religioso, con versiones tan variopintas. En unas emisoras decían que había sido un comando urbano, en otras que personas con uniformes policiales.
El martes 25 Leonor se alistó para viajar a Armenia. Llegó a las 9:00 de la mañana y no pudo evitar narrar a sus padres lo ocurrido. Su madre tuvo miedo y le rogó porque ya no regresara a San Salvador hasta que pasara la “bulla” por el asesinato.Una amiga, que desconocía que ella había presenciado el magnicidio, la llegó a invitar para que viajaran a San Salvador a visitar la catedral donde permanecía el cadáver. Viajaron el viernes, pero en el desvío de Armenia una pareja de guardias detuvo al bus en que viajaban y los revisaron. Les advirtieron que si iban a ver a monseñor Romero les podía pasar algo.
En el camino se encontraron alrededor de diez retenes. Si alguien iba de negro o blanco, en señal de luto, lo apartaban y lo comenzaban a interrogar.
Leonor y su amiga Ana Luisa llegaron a catedral e hicieron una larga fila para ver el cadáver de monseñor. Cuando salieron buscando el mercado central para tomar el bus hacia la terminal de occidente, sintieron que alguien las perseguía. Aceleraron el paso y tuvieron que pagar taxi. Cuando estaban en el vehículo de alquiler notaron que dos hombres armados las perseguían. Ana Luisa tomó el bus hacia Armenia y Leonor se regresó para la colonia Miramonte. Había decidido asistir al entierro el domingo y consideró que iba a ser demasiado peligroso viajar desde Armenia.
El domingo, a las 8:00 de la mañana, Leonor con un grupo de compañeros de la universidad se juntaron en Metrocentro para salir juntos a catedral. Tuvieron que irse a pie porque no pasaban autobuses por miedo a lo que podría pasar en el centro de la capital.A las 9:00 lograron llegar al Palacio Nacional y el gentío era tal que consideraron que no iban a poder estar cerca del féretro. Repentinamente Leonor perdió de vista a sus tres compañeros. Los buscó, pero en aquel mar de gente le fue imposible. Hasta aquí ninguno de sus compañeros sabía que ella había presenciado la muerte de monseñor.
Logró llegar a la segunda calle avenida norte, hoy conocida como avenida monseñor Óscar Arnulfo Romero y con su 1.70 metros de altura alcanzaba a ver la entrada principal. Leonor estaba rodeada por fieles que con ramos pascuales (era domingo de ramos lloraban y rezaban por monseñor. A eso de las 10:50 vio movimientos extraños de hombres armados que se movilizaban en medio de la gente y alcanzó a ver a hombres armados sobre el palacio nacional. Algo raro estaba pasando porque la gente comenzó a ponerse incómoda. De repente, a eso de las 11:00 se escuchó un fuerte estruendo y un enfrentamiento armado. Disparaban desde el techo del palacio y desde el edificio del desaparecido banco Salvadoreño. La gente comenzó a correr de manera desesperada y a intentar meterse a la iglesia. Muchos murieron aplastados, especialmente anciano y niños. La catedral fue insuficiente para dar protección a los miles de feligreses.El tiroteo duró algunos minutos. Cuando terminó mucha gente había huido hacia a plaza Morazán, hacia el parque Libertad y hacia donde pudieron. En la calle quedaron zapatos, rastros de sangre y gente muerte. Algunas a balazos, otras aplastadas.
Leonor alcanzó a correr hacia el parque Libertad, donde se encontró a uno de sus compañeros que con un arma de fuego gritaba a la gente que se quedaran en los portales de la Dalia. No lo volvió a ver nunca más y luego supo que se había ido con la guerrilla.Regresó a catedral cuando la calma había vuelto, alcanzó a ver el féretro de monseñor Romero y se marchó para la colonia Miramonte. El lunes siguiente la pareja de esposos con los que vivía compraron La Prensa Gráfica y en una de las fotos aparecía Leonor observando el ataúd.
La joven tuvo miedo y por recomendación de su padre pasó cerca de un año sin volver a Armenia, porque en el pueblo todos habían visto la foto.Leonor jamás ha vuelto a ir a la capilla la Divina Providencia. Se graduó de administración de empresas a los 27 años se casó y ahora vive en Santa Tecla. Nunca nadie la llamó a atestiguar, aunque de “todos modos mi testimonio no aportaría mucho”, dice.De vez en cuando sueña que está en una capilla y que observa cuando un hombre mata al sacerdote, solo que en sus sueños la víctima es su padre, un hombre que aún vive y que por azares de la vida también se llama Óscar Romero… como monseñor.
Las bienaventuranzas se basan en el hecho de que existe una justicia divina, que ensalza a quien ha estado humillado y que abaja a quien se ha ensalzado (cfr Lc 14,11). De hecho, el evangelista Lucas, después de los cuatro “dichosos vosotros”, añade cuatro admoniciones: “ay de vosotros, los ricos... ay de vosotros, que estáis saciados... ay de vosotros, que reís” y “ay, cuando todos los hombres hable bien de vosotros”, porque, como afirma Jesús, las cosas se invertirán, los últimos serán primeros y los primeros últimos” (cfr Lc 13,30). Esta justicia y esta bienaventuranza se realizan en el “Reino de los cielos” o “Reino de Dios”, que tendrá su cumplimiento al final de los tiempos pero que está ya presente en la historia. Donde los pobres son consolados y admitidos al banquete de la vida, allí se manifiesta la justicia de Dios. (Benedicto XVI, Intervención con motivo del Ángelus dominical, 14-II-2010).
Muchos critican esta visión, dándole a la religión el ser una forma de consuelo de los fracasados, pobres y sufrientes. Crees en Dios porque no te queda otro consuelo. En esta lógica, los ricos son arreligiosos o ateos; y la prueba (nos dicen) está en el ejemplo de la prosperidad de Europa ha generado el laicisimo más radical. Señor ¿Cómo responder a este argumento?.
¿Realmente es consuelo? ¿Acaso no es el cristianismo un reto moral y de transformación de vida que implica sacrificios y en algunos casos sufrimientos?. El cristianismo es el cambio de las pasiones…y su asimilación a una: la caridad. El cristianismo es otro tipo de justicia, quizás una que va más allá de ella: la misericordia. ¿Qué nos dices Señor en las bienaventuranzas? Pienso que no las he comprendido todavía. Un plan de vida nos dicen. Nos dices que debemos ser pacientes, nos recuerdas la realidad de la cruz, pero una cruz que no es definitiva. Nos muestras el camino de la cruz para llegar a la resurrección. Nos enseñas que el inevitable dolor de nuestro mundo libre y limitado no es un sufrimiento inútil. El dolor nos transforma moralmente siempre y cuando se ponga el Amor en medio de él.
Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas.
(…) Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle.
(…) ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de "lo suyo"? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.
Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.
(Benedicto XVI, Mensaje del Papa para la Cuaresma de 2010, 30-X-2009).
El excelente blog de Ljudmila Hribar sobre nuestro querido Papa: el siervo de Dios Juan Pablo II, nos permite leer sus impresiones sobre el inicio de la IIGM. Acá lo transcribimos.
1ro de septiembre de 1939 Alemania invade Polonia por el norte. Juan Pablo II recuerda esos dias en Don y Misterio de esta manera:“Aquel 1 de septiembre de 1939 no se borrará nunca de mi recuerdo: era el primer viernes de mes. Había ido a Wawel para confesarme. La catedral estaba vacía. Fue, quizás, la última vez que pude entrar libremente en el templo. Después fue cerrado. El castillo real de Wawel se convirtió en la sede del Gobernador General Hans Frank. El P. Figlewicz era el único sacerdote que podía celebrar la Santa Misa, dos veces por semana, en la catedral cerrada y bajo la vigilancia de policías alemanes…..La maduración definitiva de mi vocación sacerdotal.. tuvo lugar en el período de la segunda guerra mundial, durante la ocupación nazi. ¿Fue una simple coincidencia temporal? o ¿había un nexo más profundo entre lo que maduraba dentro de mí y el contexto histórico? Es difícil responder a tal pregunta. Es cierto que en los planes de Dios nada es casual. Lo que puedo afirmar es que la tragedia de la guerra dio un tinte particular al proceso de maduración de mi opción de vida. Me ayudó a percibir desde una nueva perspectiva el valor y la importancia de la vocación. Ante la difusión del mal y las atrocidades de la guerra era cada vez más claro para mí el sentido del sacerdocio y de su misión en el mundo…..El estallido de la guerra me alejó de los estudios y del ambiente universitario. En aquel período perdí a mí padre, la última persona que me quedaba de los familiares más íntimos. También esto suponía, objetivamente, un proceso de alejamiento de mis proyectos precedentes; en cierto modo era como desarraigarse del suelo en el cual hasta ese momento había crecido mi humanidad.Pero no se trataba de un proceso únicamente negativo. En efecto, en mi conciencia contemporáneamente se manifestaba cada vez más una luz: el Señor quiere que yo sea sacerdote. Un día lo percibí con mucha claridad: era como una iluminación interior que traía consigo la alegría y la seguridad de una nueva vocación. Y esta conciencia me llenó de gran paz interior….Esto ocurría durante los terribles acontecimientos que iban desarrollándose a mi alrededor en Cracovia, en Polonia, en Europa y en el mundo”. Se habia desatado la II Guerra Mundial, la guerra que los polacos llamaron la guerra que perdieron dos veces…seis millones de muertos de entre una población de 35 millones, un 18% de la población… “liberados” de los alemanes por los rusos en 1945 fueron después sometidos al yugo del comunismo durante largas decadas…
En la Carta a los Romanos, esta segunda parte comienza con el capítulo XII, en cuyos dos primeros versículos el apóstol resume rápidamente el núcleo esencial de la existencia cristiana. ¿Qué nos dice san Pablo en ese pasaje? Ante todo afirma, como algo fundamental, que con Cristo se inició una nueva manera de venerar a Dios, un nuevo culto, que consiste en el hecho de que el hombre viviente se transforma él mismo en adoración, "sacrificio" hasta en el propio cuerpo. Ya no se ofrecen cosas a Dios. Nuestra propia existencia debe convertirse en alabanza de Dios. ¿Pero cómo sucede esto? En el segundo versículo se nos da la respuesta: "No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de f orma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios..." (12, 2). Las dos palabras decisivas de este versículo son: "transformar" y "renovar". Debemos convertirnos en hombres nuevos, transformados en un nuevo modo de existencia. El mundo siempre está a la búsqueda de la novedad, porque con razón está siempre descontento de la realidad concreta. Pablo nos dice: el mundo no puede ser renovado sin hombres nuevos. Sólo si hay hombres nuevos, habrá también un mundo nuevo, un mundo renovado y mejor. En el inicio está la renovación del hombre. Esto vale después para cada uno. Sólo si nos convertimos en hombres nuevos, el mundo se convertirá en nuevo. Esto significa también que no basta adaptarse a la situación actual. El apóstol nos exhorta a no ser conformistas. En nuestra Carta se dice: no hay que someterse al esquema de la época actual. (...) Él se convirtió en nuevo, en otro, porque ya no vive para sí en virtud de sí mismo, sino por Cristo que está en él. En el curso de los años, sin embargo, pudo ver que este proceso de renovación y de transformación continúa durante toda la vida. Nos convertimos en nuevos, si nos dejamos conquistar y plasmar por el Hombre nuevo, Jesucristo. Él es el Hombre nuevo por excelencia. En Él la nueva existencia humana se convierte en realidad, y nosotros podemos verdaderamente convertirnos en nuevos si nos ponemos en sus manos y nos dejamos plasmar por Él.
Pablo hace aún más claro este proceso de "refundición" diciendo que nos convertimos en nuevos si transformamos nuestro modo de pensar. Esto que aquí ha sido traducido como "modo de pensar", es el término griego "nous". Es una palabra compleja. Puede ser traducida como "espíritu", "sentimiento", "razón" y, también, como "modo de pensar". Nuestra razón debe convertirse en nueva . Esto nos sorprende. Tal vez habríamos esperado que tuviera que ver con alguna actitud: aquello que en nuestra acción debemos cambiar. Pero no: la renovación debe ser completa. Nuestro modo de ver el mundo, de comprender la realidad, todo nuestro pensar, debe cambiar a partir de su fundamento. El pensamiento del hombre viejo, el modo de pensar común está dirigido en general hacia la posesión, el bienestar, la influencia, el éxito, y la fama. Pero de esta manera tiene un alcance muy limitado. Así, en último análisis, queda el propio "yo" en el centro del mundo. Debemos aprender a pensar de manera profunda. Qué significa eso. Lo dice san Pablo en la segunda parte de la frase: es necesario aprender a comprender la voluntad de Dios, de modo que plasme nuestra voluntad, para que nosotros queramos lo que Dios quiere, porque reconocemos que aquello que Dios quiere es lo bello y lo bueno. Se trata, por t anto, de un viraje de fondo en nuestra orientación espiritual. Dios debe entrar en el horizonte de nuestro pensamiento: aquello que Dios quiere y el modo según el cual Él ha ideado al mundo y me ha ideado. Debemos aprender a participar en la manera de pensar y querer de Jesucristo. Entonces seremos hombres nuevos en los que emerge un mundo nuevo.
El vacío interior -la debilidad del hombre interior- es uno de los más grandes problemas de nuestro tiempo. Tiene que reforzarse la interioridad -la perspectiva del corazón; la capacidad de ver y comprender el mundo y el hombre desde dentro, con el corazón. Tenemos necesidad de una razón iluminada desde el corazón, para aprender a actuar según la verdad en la caridad. Pero esto no se realiza sin una íntima relación con Dios, sin la vida de oración. Tenemos necesidad del encuentro con Dios, que se nos ofrece en los sacramentos. Y no podemos hablar a Dios en la oración, sino le dejamos que hable antes Él mismo, si no le escuchamos en la palabra que Él nos ha donado. Sobre esto, Pablo nos dice: "que Cristo habite por la fe en sus corazones, para que arraigados y cimentados en el amor, puedan comprender con todos los Santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento" (Ef 3,17). El amor ve más allá de la simple razón, esto es lo que Pablo nos dice con sus palabras. Y nos dice además que sólo en la comunión con todos los santos, es decir en la gran comunidad de todos los creyentes -y no en contra o en ausencia de ella- podemos conoc er la enormidad del misterio de Cristo. (...) El amor de Cristo ha abrazado en la Cruz la profundidad más honda, la noche de la muerte, y la altura suprema, la elevación del mismo Dios. Y ha tomado entre sus brazos la amplitud y la enormidad de la humanidad y del mundo en todas sus distancias. Él abraza siempre al universo, a todos nosotros.
(Benedicto XVI, Homilía con motivo de la clausura del Año Paulino en la Basílica de San Pablo Extramuros, 28-VI-2009)
No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y serán enemigos del hombre, los de su casa. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.
En verdad que no soy el más indicado para analizarla, no soy teòlogo; pero lo que humildemente he entendido de dicha sentencia es lo siguiente.
La Biblia entera segùn el catolicismo debe entenderse bajo el sentido de la Caridad, ninguna sentencia puede contradecir este principio y de parecerlo debe buscarse su sentido frente al màs importante fundamento: Dios es Amor. En tal sentido, no se puede interpretar dichas palabras como que Jesùs desea sembrar la guerra...no, sino que se està refiriendo al problema, a los conflictos, a las divisiones que inevitablemente debe padecer el cristiano. La conversiòn a Dios puede llevar el rechazo de la gente, pero no por ello se debe dejar de ser cristiano. Esto es lo que entiendo. Debemos seguir a Dios aunque no lo deseen nuestro seres màs queridos, pero es evidente (para la octrina cristiana) que seguir a Dios significa amar BIEN a nuestros seres màs queridos. Una vez leyendo a Santa Teresa, no recuerdo el libro; esta santa señalaba que la ùnica forma de demostrar el amor a Dios era amando a los semejantes; porque saber si estamos amando a Dios no es tan evidente pero saber que estamos amando al pròjimo si es màs comprobable.
He hecho una selección de frases de nuestro Papa, que condensan las bases de la fuerza de cada cristiano en Oriente Medio, para lograr iluminar la vida en esta región tan castigada y sufriente.
Verdaderamente Jesús "nos conoce", más profundamente de lo que nos conocemos a nosotros mismos, y tiene un plan para cada uno. Debemos saber que allí donde Él nos llame, encontraremos felicidad y realización personal; de hecho nos encontraremos a nosotros mismos (cf. Mateo 10,39). Hoy invito a los muchos jóvenes aquí presentes a considerar cómo el Señor les está llamando a seguirle para edificar su Iglesia. Ya sea en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada, ya sea en el sacramento del matrimonio, Jesús tiene necesidad de vosotros para hacer escuchar su voz y para trabajar por el crecimiento de su Reino. (…) Que cada familia cristiana pueda crecer en la fidelidad a esta noble vocación de ser una verdadera escuela de oración, en la que los niños aprendan el sincero amor de Dios, maduren en la autodisciplina y en la atención a las necesidades de los demás, y en la que, modelados por la sabiduría que proviene de la fe, contribuyan a construir una sociedad cada vez más justa y fraterna. (…) La Iglesia, y la sociedad en su conjunto, han llegado a darse cuenta de la urgencia con la que necesitamos eso que mi predecesor, el Papa Juan Pablo II, llamaba "el carisma profético" de las mujeres (cf. Mulieris dignitatem, 29) como portadoras de amor, maestras de misericordia y constructoras de paz, comunicadoras de calor y humanidad a un mundo que con frecuencia juzga el valor de la persona con fríos criterios de explotación y provecho. Con su testimonio público de respeto por las mujeres y con su defensa de la connatural dignidad de cada persona humana, la Iglesia en Tierra Santa puede dar una importante contribución al desarrollo de una cultura de verdadera humanidad y a la construcción de una civilización del amor. La comunidad católica de aquí está profundamente afectada por las dificultades e incertidumbres que viven todos los habitantes de Oriente Medio; ¡no olvidéis nunca la gran dignidad que deriva de vuestra herencia cristiana, y que no desfallezca el sentido de amorosa solidaridad hacia todos vuestros hermanos y hermanas de la Iglesia en todo el mundo!. (…) La fidelidad a sus raíces cristianas, la fidelidad a la misión de la Iglesia en Tierra Santa, os exigen una valentía particular: la valentía de la convicción que nace de una fe personal, no simplemente de una convicción social o de una tradición familia; la valentía para comprometerse en el diálogo y trabajar codo a codo con los demás cristianos en el servicio del Evangelio y en la solidaridad con el pobre, el refugiado y las víctimas de profundas tragedias humanas; la valentía de construir nuevos puentes para hacer posible un fecundo encuentro de personas de diferentes religiones y culturas y así enriquecer el tejido de la sociedad. Esto significa también dar testimonio del amor que nos inspira a "sacrificar" vuestra vida en el servicio a los demás y así afrontar maneras de pensar que justifican el "truncamiento" de vidas inocentes. (Benedicto XVI, “Homilía en la misa celebrada en el Estadio Internacional de Ammán, Jordania”, 11-V-2009).
Queridos amigos: cada uno de nosotros es un peregrino. Todos estamos orientados a avanzar decididamente por el camino de Dios. (…) A veces es difícil encontrar una razón para aquello que se nos presenta sólo como un obstáculo que superar o como una prueba -física o emotiva- que soportar. Pero la fe y la razón nos ayudan a ver un horizonte más allá de nosotros para imaginar la vida como Dios la quiere. El amor incondicional de Dios, que da la vida a cada individuo, tiene un significado y un objetivo para cada vida humana. Su amor salva (Cf. Juan 12,32). Como lo profesan los cristianos, a través de la Cruz, Jesús nos introduce en la vida eterna y de este modo nos indica el camino hacia el futuro, el camino de la esperanza que guía cada paso que damos a través del camino, de manera que también nosotros nos convertimos en difusores de esta esperanza y caridad para los demás. (…) En nuestras pruebas personales y estando al lado de los demás en sus sufrimientos nos hacemos, de alguna forma, más humanos. Y empezamos a aprender que, en otro nivel, también los corazones endurecidos por el cinismo o la injusticia o por la reluctancia a perdonar no están nunca fuera del alcance del radio de acción de Dios y pueden abrirse siempre a un nuevo modo de ser, a una visión de paz. (Benedicto XVI, “Discurso de Benedicto XVI a jóvenes discapacitados del Centro Nuestra Señora Reina de la Paz en Ammán”, 08-V-2009).
Dios tiene una vida para cada uno de nosotros; y no es lo que nosotros queremos, es lo que Él quiere. Muchas veces queremos tantas cosas, y nos cuesta encontrar el equilibrio entre la lucha por lo que queremos y Su voluntad. Ver todo con paz, como llevado de Su mano. Ver las dificultades como parte de la cruz, Su cruz; y aceptar todo lo que nos manda, incluso lo que no deseamos y que no se nos den todos nuestros sueños.
Descubrid la Providencia de Dios en todo lo que os suceda.Cabe interrogarnos: ¿cómo es mi reacción ante lo que me disgusta o me supone una contrariedad? ¿Peleo para rectificar y elevar cada cuestión al plano sobrenatural? Después de un momento de vacilación —muy comprensible, porque somos personas humanas— respondamos enseguida y decididamente: “¿Lo quieres, Señor?... ¡Yo también lo quiero!” (San Josemaría, Camino, n. 762)
(Carta del Prelado del Opus Dei: Javier Echevarría, abril 2009)
No sé si ya lo dije, pero no importa, me lo repito una y mil veces: si somos cristianos debemos vivir como Cristo, y Cristo en su gloria en la Tierra es cruz. Es su símbolo, es el ejemplo de esta misteriosa religión que adora a un Dios sufriente.
Hoy en misa ante un gran dolor miré el Cristo crucificado del templo donde estaba (Iglesia de La Chiquinquirá, en la Florida), ese que cuelga sobre el altar; y meditaba estas cosas...yo puedo ofrecer mi cruz a Él, puedo parecerme algo a Él, aunque sea un poquito, sólo en un poco de dolor. Así pedí que se hiciera su voluntad y no la mía.
Imagen de Sinflash, al fondo el Cristo sobre el altar y más cerca, la columnas con los santos que me fascina.
Más Dios, menos yo, Más los demás, menos yo, Más cruz, menos yo.
Más caridad que justicia, Más amor que egoísmo, Más silencio que palabras, Más espíritu que carne, Más reconocimiento del otro, Menos crítica del otro, Más hablar de las virtudes, Menos hablar de los defectos.
Homilía de la Santa Misa por el 150 aniversario de las Apariciones Marianas de Lourdes (ACIPRENSA)
Señores Cardenales, Querido Mons. Perrier,
Queridos Hermanos en el Episcopado y el Sacerdocio,
Queridos peregrinos,
Hermanos y hermanas
"Id y decid a los sacerdotes que vengan en procesión y que se construya aquí una capilla". Éste es el mensaje que Bernadette recibió de la "Hermosa Señora" en las apariciones del 2 de marzo de 1858. Desde hace ciento cincuenta años, los peregrinos nunca han dejado de venir a la gruta de Massabielle para escuchar el mensaje de conversión y esperanza. Y también nosotros, estamos aquí esta mañana a los pies de María, la Virgen Inmaculada, para acudir a su escuela con la pequeña Bernadette.
Agradezco muy especialmente a Monseñor Jacques Perrier, Obispo de Tarbes y Lourdes, por la calurosa acogida que me ha brindado y por las amables palabras que me ha dirigido. Saludo a los Cardenales, a los Obispos, a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos y a las religiosas, así como a todos vosotros, queridos peregrinos de Lourdes, especialmente a los enfermos. Habéis venido aquí en gran número para realizar esta peregrinación jubilar conmigo y encomendar a Nuestra Señora vuestras familias, vuestros parientes y amigos y todas vuestras intenciones. Mi gratitud se dirige también a las Autoridades civiles y militares, presentes en esta celebración eucarística.
"¡Qué dicha tener la Cruz! Quien posee la Cruz posee un tesoro" (S. Andrés de Creta, Sermón 10, sobre la Exaltación de la Santa Cruz: PG 97,1020). En este día en el que la liturgia de la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el Evangelio que acabamos de escuchar, nos recuerda el significado de este gran misterio: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para salvar a los hombres (cf. Jn 3,16). El Hijo de Dios se hizo vulnerable, tomando la condición de siervo, obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (cf. Fil 2,8). Por su Cruz hemos sido salvados. El instrumento de suplicio que mostró, el Viernes Santo, el juicio de Dios sobre el mundo, se ha transformado en fuente de vida, de perdón, de misericordia, signo de reconciliación y de paz. "Para ser curados del pecado, miremos a Cristo crucificado", decía san Agustín (Tratado sobre el Evangelio de san Juan, XII, 11). Al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a Aquel que vino para quitar el pecado del mundo y darnos la vida eterna. La Iglesia nos invita a levantar con orgullo la Cruz gloriosa para que el mundo vea hasta dónde ha llegado el amor del Crucificado por los hombres. Nos invita a dar gracias a Dios porque de un árbol portador de muerte, ha surgido de nuevo la vida. Sobre este árbol, Jesús nos revela su majestad soberana, nos revela que Él es el exaltado en la gloria. Sí, "venid a adorarlo". En medio de nosotros se encuentra Quien nos ha amado hasta dar su vida por nosotros, Quien invita a todo ser humano a acercarse a Él con confianza.
Es el gran misterio que María nos confía también esta mañana invitándonos a volvernos hacia su Hijo. En efecto, es significativo que, en la primera aparición a Bernadette, María comience su encuentro con la señal de la Cruz. Más que un simple signo, Bernadette recibe de María una iniciación a los misterios de la fe. La señal de la Cruz es de alguna forma el compendio de nuestra fe, porque nos dice cuánto nos ha amado Dios; nos dice que, en el mundo, hay un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras debilidades y pecados. El poder del amor es más fuerte que el mal que nos amenaza. Este misterio de la universalidad del amor de Dios por los hombres, es el que María reveló aquí, en Lourdes. Ella invita a todos los hombres de buena voluntad, a todos los que sufren en su corazón o en su cuerpo, a levantar los ojos hacia la Cruz de Jesús para encontrar en ella la fuente de la vida, la fuente de la salvación.
La Iglesia ha recibido la misión de mostrar a todos el rostro amoroso de Dios, manifestado en Jesucristo. ¿Sabremos comprender que en el Crucificado del Gólgota está nuestra dignidad de hijos de Dios que, empañada por el pecado, nos fue devuelta? Volvamos nuestras miradas hacia Cristo. Él nos hará libres para amar como Él nos ama y para construir un mundo reconciliado. Porque, con esta Cruz, Jesús cargó el peso de todos los sufrimientos e injusticias de nuestra humanidad. Él ha cargado las humillaciones y discriminaciones, las torturas sufridas en numerosas regiones del mundo por muchos hermanos y hermanas nuestros por amor a Cristo. Les encomendamos a María, Madre de Jesús y Madre nuestra, presente al pie de la Cruz.
Para acoger en nuestras vidas la Cruz gloriosa, la celebración del jubileo de las apariciones de Nuestra Señora en Lourdes nos ha permitido entrar en una senda de fe y conversión. Hoy, María sale a nuestro encuentro para indicarnos los caminos de la renovación de la vida de nuestras comunidades y de cada uno de nosotros. Al acoger a su Hijo, que Ella nos muestra, nos sumergimos en una fuente viva en la que la fe puede encontrar un renovado vigor, en la que la Iglesia puede fortalecerse para proclamar cada vez con más audacia el misterio de Cristo. Jesús, nacido de María, es el Hijo de Dios, el único Salvador de todos los hombres, vivo y operante en su Iglesia y en el mundo. La Iglesia ha sido enviada a todo el mundo para proclamar este único mensaje e invitar a los hombres a acogerlo mediante una conversión auténtica del corazón. Esta misión, que fue confiada por Jesús a sus discípulos, recibe aquí, con ocasión de este jubileo, un nuevo impulso. Que siguiendo a los grandes evangelizadores de vuestro País, el espíritu misionero que animó tantos hombres y mujeres de Francia a lo largo de los siglos, sea todavía vuestro orgullo y compromiso.
Siguiendo el recorrido jubilar tras las huellas de Bernadette, se nos recuerda lo esencial del mensaje de Lourdes. Bernadette era la primogénita de una familia muy pobre, sin sabiduría ni poder, de salud frágil. María la eligió para transmitir su mensaje de conversión, de oración y penitencia, en total sintonía con la palabra de Jesús: "Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla" (Mt 11,25). En su camino espiritual, también los cristianos están llamados a desarrollar la gracia de su Bautismo, a alimentarse de la Eucaristía, a sacar de la oración la fuerza para el testimonio y la solidaridad con todos sus hermanos en la humanidad (cf. Homenaje a la Inmaculada Concepción, Plaza de España, 8 diciembre 2007). Es, pues, una auténtica catequesis la que también a nosotros se nos propone, bajo la mirada de María. Dejémonos también nosotros instruir y guiar en el camino que conduce al Reino de su Hijo.
Continuando su catequesis, la "Hermosa Señora" revela su nombre a Bernadette: "Yo soy la Inmaculada Concepción". María le desvela de este modo la gracia extraordinaria que Ella recibió de Dios, la de ser concebida sin pecado, porque "ha mirado la humillación de su esclava" (cf. Lc 1,48). María es la mujer de nuestra tierra que se entregó por completo a Dios y que recibió de Él el privilegio de dar la vida humana a su eterno Hijo. "Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Ella es la hermosura transfigurada, la imagen de la nueva humanidad. De esta forma, al presentarse en una dependencia total de Dios, María expresa en realidad una actitud de plena libertad, cimentada en el completo reconocimiento de su genuina dignidad. Este privilegio nos concierne también a nosotros, porque nos desvela nuestra propia dignidad de hombres y mujeres, marcados ciertamente por el pecado, pero salvados en la esperanza, una esperanza que nos permite afrontar nuestra vida cotidiana. Es el camino que María abre también al hombre. Ponerse completamente en manos de Dios, es encontrar el camino de la verdadera libertad. Porque, volviéndose hacia Dios, el hombre llega a ser él mismo. Encuentra su vocación original de persona creada a su imagen y semejanza.
Queridos hermanos y hermanas, la vocación primera del santuario de Lourdes es ser un lugar de encuentro con Dios en la oración, y un lugar de servicio fraterno, especialmente por la acogida a los enfermos, a los pobres y a todos los que sufren. En este lugar, María sale a nuestro encuentro como la Madre, siempre disponible a las necesidades de sus hijos. Mediante la luz que brota de su rostro, se trasparenta la misericordia de Dios. Dejemos que su mirada nos acaricie y nos diga que Dios nos ama y nunca nos abandona. María nos recuerda aquí que la oración, intensa y humilde, confiada y perseverante debe tener un puesto central en nuestra vida cristiana. La oración es indispensable para acoger la fuerza de Cristo. "Quien reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga pensar en una situación de emergencia y parezca impulsar sólo a la acción" (Deus caritas est, n. 36). Dejarse absorber por las actividades entraña el riesgo de quitar de la plegaria su especificad cristiana y su verdadera eficacia. En el Rosario, tan querido para Bernadette y los peregrinos en Lourdes, se concentra la profundidad del mensaje evangélico. Nos introduce en la contemplación del rostro de Cristo. De esta oración de los humildes podemos sacar copiosas gracias.
La presencia de los jóvenes en Lourdes es también una realidad importante. Queridos amigos aquí presentes esta mañana alrededor de la Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud, cuando María recibió la visita del ángel, era una jovencita en Nazaret, que llevaba la vida sencilla y animosa de las mujeres de su pueblo. Y si la mirada de Dios se posó especialmente en Ella, fiándose, María quiere deciros también que nadie es indiferente para Dios. Él os mira con amor a cada uno de vosotros y os llama a una vida dichosa y llena de sentido. No dejéis que las dificultades os descorazonen. María se turbó cuando el ángel le anunció que sería la Madre del Salvador. Ella conocía cuánta era su debilidad ante la omnipotencia de Dios. Sin embargo, dijo "sí" sin vacilar. Y gracias a su sí, la salvación entró en el mundo, cambiando así la historia de la humanidad. Queridos jóvenes, por vuestra parte, no tengáis miedo de decir sí a las llamadas del Señor, cuando Él os invite a seguirlo. Responded generosamente al Señor. Sólo Él puede colmar los anhelos más profundos de vuestro corazón. Sois muchos los que venís a Lourdes para servir esmerada y generosamente a los enfermos o a otros peregrinos, imitando así a Cristo servidor. El servicio a los hermanos y a las hermanas ensancha el corazón y lo hace disponible. En el silencio de la oración, que María sea vuestra confidente, Ella que supo hablar a Bernadette con respeto y confianza. Que María ayude a los llamados al matrimonio a descubrir la belleza de un amor auténtico y profundo, vivido como don recíproco y fiel. A aquellos, entre vosotros, que Él llama a seguirlo en la vocación sacerdotal o religiosa, quisiera decirles la felicidad que existe en entregar la propia vida al servicio de Dios y de los hombres. Que las familias y las comunidades cristianas sean lugares donde puedan nacer y crecer sólidas vocaciones al servicio de la Iglesia y del mundo.
El mensaje de María es un mensaje de esperanza para todos los hombres y para todas las mujeres de nuestro tiempo, sean del país que sean. Me gusta invocar a María como "Estrella de la esperanza" (Spe salvi, n. 50). En el camino de nuestras vidas, a menudo oscuro, Ella es una luz de esperanza, que nos ilumina y nos orienta en nuestro caminar. Por su sí, por el don generoso de sí misma, Ella abrió a Dios las puertas de nuestro mundo y nuestra historia. Nos invita a vivir como Ella en una esperanza inquebrantable, rechazando escuchar a los que pretenden que nos encerremos en el fatalismo. Nos acompaña con su presencia maternal en medio de las vicisitudes personales, familiares y nacionales. Dichosos los hombres y las mujeres que ponen su confianza en Aquel que, en el momento de ofrecer su vida por nuestra salvación, nos dio a su Madre para que fuera nuestra Madre.
Queridos hermanos y hermanas, en Francia, la Madre del Señor es venerada en innumerables santuarios, que manifiestan así la fe transmitida de generación en generación. Celebrada en su Asunción, Ella es la amada patrona de vuestro país. Que Ella sea siempre venerada con fervor en cada una de vuestras familias, de vuestras comunidades religiosas y parroquiales. Que María vele sobre todos los habitantes de vuestro hermoso País y sobre todos los numerosos peregrinos que han venido de otros países a celebrar este jubileo. Que Ella sea para todos la Madre que acompaña a sus hijos tanto en sus gozos como en sus pruebas. Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, enséñanos a creer, a esperar y a amar contigo. Muéstranos el camino hacia el Reino de tu Hijo Jesús. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino (cf. Spe salvi, n. 50). Amén.
Desde el domingo 31 de julio me propuse comentar el Evangelio dominical con el fin de hacer vida lo me propone Jesús cada domingo. Aquí va un tanto retrasado.
Domingo XVIII del T. O. (31 de julio de 2005) Mateo (14,13-21)En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer». Dícenle ellos: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Él dijo: «Traédmelos acá». Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos. Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sino contar mujeres y niños.
Hoy en el Evangelio del día (Mateo14,13-21) se nos narra la multiplicación de los panes, el cual es el milagro que he visto con mayor frecuencia en mi vida como cristiano, y en la vida de muchos cristianos que he tenido la suerte de conocer. Es el milagro de cómo la disposición a resolver el problema de las carencias, se soluciona de manera misteriosa cuando ponemos de nuestra parte haciendo amorosos sacrificios. Es la esencia del cristianismo condensado en un pasaje de la vida de Jesús: Dios se preocupa por nuestras necesidades vitales (salud, comida, ropa, vivienda, familia) y las satisface siempre y cuando estemos dispuestos a sacrificar nuestro esfuerzo (el trabajo) por los demás (solidaridad) imitándolo a él que es Amor. Me gusta ver a Jesús preocupado por lo terrenal: las necesidades del hombre, me recuerda constantemente que la religión no es sólo mirar al Cielo, es un mirar al Cielo en medio de la Tierra, se podría decir que es un llegar a lo Eterno a través de nuestra vida en el Tiempo. Este pasaje me hace pensar en la preocupación del cristiano por la justicia, la cual sólo se puede resolver por la CARIDAD, nunca por la venganza, por el rencor, por el robo, por la violencia. El cristiano no es una persona que mira el cielo despreocupada de lo que pasa en al tierra, el cristiano no puede ver las injusticias en especial las relativas a las necesidades más vitales como la alimentación y quedarse en silencio y de brazos cruzadas. El cristiano es una mujer y es un hombre de acción, en especial la acción que busca la justicia calmando el hambre y resolviendo las causas del hambre. Es por ello que el cristiano no puede ser indiferente a la política, y mucho menos cuando esta se ha vaciado de moralidad y más aún de caridad.
Al caminar por mi ciudad (la Caracas del 2005) todos los días me topo con un ejército de mendigos que cada día crecen y crecen...me angustio...y recuerdo el Evangelio de hoy cuando Jesús les dice a sus apóstoles: «¡Dadles vosotros de comer!». Mi mano así entra al bolsillo muchas veces en busca de dinero, o compro algo y les doy de comer, pero Señor son tantos...y yo también soy pobre: «¡No tenemos más que cinco panes y dos peces!», pero Dios vuelve a hacer el milagro hoy, la sonrisa que me regala el mendigo al saciar su hambre es esa misteriosa multiplicación de los panes, y no lo vemos pero cuando esa comida es guardada por el necesitado y llevada a otros como él que tienen hambre ¿acaso no se repetirá el milagro otra vez y muchos quedarán satisfechos?, y en nuestras vidas...¿acaso lo que sacrificamos por el que nos pide no se multiplica luego en nuestro trabajo, en nuestras casas; en el momento que pedimos salud, logros, y amor?. Es en ese momento que se multiplican los panes de nuestra caridad.
Hoy conmemoramos el día de San Ignacio de Loyola fundador de la Compañía de Jesús, la cual ha dado tantos frutos de evangelización y conversión por medio de la palabra, el ejemplo, y la promoción y lucha por la justicia. En lo personal tengo un cariño especial por los jesuitas al trabajar como profesor en la Universidad Católica Andrés Bello y poseer muchos amigos dentro de la Compañía, pero en especial por compartir y vivir la espiritualidad ignaciana que se podría traducir en la forma en que han evangelizado y siguen evangelizando hoy en día que no es más que “exaltar la gloria de Dios en la gloria del hombre. Buscan a los hombres en su infinita diversidad (seres, grupos, culturas, etnias, etc). Han buscado ser “todo en todos” (LACOUTURE. Jean. 1991. Jesuitas).
Los Jesuitas han sido muy marianos como toda la Iglesia que se fortaleció en la oración y la eucaristía junto a María: la Madre de Dios, de Cristo, Nuestra Madre. Ella fue la que impulsó a Nuestro Señor a hacer su primer milagro y fue un milagro que satisfacía una necesidad vital, pero no eran panes los que se multiplicaron esa vez, sino el vino para celebrar las bodas de Canaan y lograr así poder saciar nuestra sed de celebración, de alegría y de fiesta por la creación de una nueva familia. Pidámosle a la Virgen que siga moviéndonos a celebrar, a rezar, a seguir a su Hijo. Amén.