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lunes, 11 de mayo de 2009

Benedicto XVI en Tierra Santa: diálogo entre cristianos y musulmanes

Debemos preocuparnos por el hecho de que hoy, con insistencia cada vez mayor, algunos consideran que la religión ha fracasado en su aspiración de ser, por su misma naturaleza, constructora de unidad y de armonía, una expresión de comunión entre personas y con Dios. De hecho, algunos afirman que la religión es necesariamente una causa de división en nuestro mundo; y por este motivo afirman que lo mejor es prestar la menor atención posible a la religión en la esfera pública. Por desgracia, no se pueden negar las tensiones y divisiones entre seguidores de diferentes tradiciones religiosas. Sin embargo, ¿acaso no sucede con frecuencia que la manipulación ideológica de las religiones, en ocasiones con objetivos políticos, se convierte en el auténtico catalizador de las tensiones y divisiones y con frecuencia también de la violencia en la sociedad? Ante esta situación, en la que los opositores de la religión no sólo tratan de acallar su voz sino de sustituirla con la suya, se experimenta de una manera más aguda la necesidad de que los creyentes sean fieles a sus principios y creencias. Musulmanes y cristianos, a causa del peso de nuestra historia común tan frecuentemente marcada por incomprensiones, tienen que comprometerse hoy por ser conocidos y reconocidos como adoradores de Dios fieles a la oración, deseosos de comportarse y vivir según las disposiciones del Omnipotente, misericordiosos y compasivos, coherentes para dar testimonio de todo lo que es justo y bueno, recordando siempre el origen común y la dignidad de cada persona humana, que constituye la cumbre del designio creador de Dios para el mundo y la historia.

Juntos, cristianos y musulmanes, están llamados a buscar todo lo que es justo y recto. Estamos comprometidos a sobrepasar nuestros intereses particulares y a alentar a los demás, en particular los administradores y líderes sociales, a hacer lo mismo para experimentar la satisfacción profunda de servir al bien común, incluso en detrimento de uno mismo. Se nos recuerda que precisamente porque nuestra dignidad humana constituye el origen de los derechos humanos universales, éstos son válidos para todo hombre y mujer, sin distinción de grupos religiosos, sociales o étnicos. Bajo este aspecto, tenemos que subrayar que el derecho a la libertad religiosa va más allá de la cuestión del culto e incluye el derecho --en particular de las minorías-- del justo acceso al mercado del empleo y a las demás esferas de la vida civil.
(Benedicto XVI, "Discurso en la mezquita nacional jordana de Al-Hussein Bin Talal", 09-V-2009)

sábado, 9 de mayo de 2009

Pregunta a Benedicto XVI: "¿Cómo ve el futuro del diálogo entre las dos comunidades: judía y católica?"

Lo importante es que en realidad tenemos la misma raíz, los mismos Libros del Antiguo Testamento que son -tanto para los judíos como para nosotros- Libro de la Revelación. Pero naturalmente, tras dos mil años de historias distintas, es más, separadas, no hay que sorprenderse por el hecho de que se den malentedidos, porque se han formado tradiciones de interpretación, de lenguaje, de pensamiento muy distintas, por así decirlo, un "cosmos semántico" muy distinto, de modo que las mismas palabras en ambas partes significan cosas distintas; y con este uso de palabras que, en el curso de la historia han conformado significados diversos, nacen obviamente malentendidos. (Benedicto XVI, “Entrevista por Federico Lombardi”, 08-V-2009).

viernes, 12 de septiembre de 2008

Benedicto XVI en Francia (12-09): "Ser antisemita significaba también ser anticristiano"

Discurso de Benedicto XVI a una delegación judía

"Ser antisemita significaba también ser anticristiano"

PARÍS, viernes, 12 septiembre 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI en la tarde de este viernes durante un breve encuentro con representantes de la comunidad judía en la nunciatura apostólica de París.

* * *

Queridos amigos, esta tarde os recibo con placer. Es una feliz circunstancia que nuestro encuentro se haya enmarcado en la vigilia de la celebración semanal del shabbat, el día que desde tiempos inmemoriales ocupa un lugar tan relevante en la vida religiosa y cultural del pueblo de Israel. Todo judío piadoso santifica el shabbat leyendo las Escrituras y recitando los salmos. Queridos amigos, vosotros lo sabéis, también la oración de Jesús se nutría de los salmos. Él acudía regularmente al Templo y a la sinagoga. Tomó allí la palabra el día del sábado. Quiso subrayar con qué bondad cuida Dios del hombre, también incluso en la organización del tiempo. ¿El Talmud Yoma (85b) no acaso: "El sábado os ha sido dado a vosotros, pero vosotros no habéis sido dados al sábado?". Cristo ha pedido al pueblo de la Alianza que reconozca siempre la inaudita grandeza y el amor del Creador de todos los hombres. Queridos amigos, con motivo de lo que nos une y por motivo de lo que nos separa, tenemos que vivir y fortalecer nuestra fraternidad. Y sabemos que los lazos de la fraternidad constituyen una invitación continua a conocerse mejor y a respetarse.

Por su misma naturaleza, la Iglesia católica se siente llamada a respetar la Alianza establecida por el Dios a Abraham, de Isaac y de Jacob. Ella se sitúa también, de hecho, en la Alianza eterna del Omnipotente, que no se arrepiente de sus designios, y respeta a los hijos de la Promesa, los hijos de la Alianza, como sus hermanos amados en la fe. Ella repite con fuerza, a través de mi voz, las palabras del gran Papa Pío XI, mi venerado predecesor: "Espiritualmente, nosotros somos semitas" (Alocución a peregrinos belgas, 6. 09. 1938). La Iglesia por ello se opone a toda forma de antisemitismo, del que no hay ninguna justificación teológica aceptable. El teólogo Henri de Lubac, en una hora "de tinieblas", como decía Pío XII (Summi Pontificatus, 20. 10. 1939), comprendió que ser antisemita significaba también ser anticristiano (Cf. Un nuevo frente religioso, publicado en 1942 en: Israel y la fe cristiana, p. 136). Una vez más siento el deber de rendir un conmovido homenaje a aquellos que han muerto injustamente y a aquellos que se han ocupado de que los nombres de las víctimas quedaran presentes en el recuerdo. ¡Dios no olvida!

No puedo dejar de reconocer, en una ocasión como ésta, el papel eminente que han tenido los hebreos de Francia para la edificación de la nación entera y su prestigiosa aportación a su patrimonio espiritual. Ellos han dado -y continúan dando- grandes figuras al mundo de la política, de la cultura y del arte. Hago votos respetuosos y llenos de afecto para cada uno de ellos e invoco con fervor sobre todas vuestras familias y todas vuestras comunidades una particular Bendición del Señor de los tiempos y de la historia. ¡Shabbat shalom!


[Traducción por Inma Álvarez
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

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