martes, 13 de mayo de 2008

Benedicto XVI y el rezo del Rosario (sábado 03 de mayo)

El Papa ve una nueva primavera del Rosario

Intervención tras rezar la oración mariana en la Basílica de Santa María la Mayor

CIUDAD DEL VATICANO, martes, 13 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que pronunció Benedicto XVI al final del rezo del Rosario en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma el pasado sábado 3 de mayo de 2008.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Al final de este momento de oración mariana, os dirijo a todos mi cordial saludo y os agradezco vuestra participación. En particular, saludo al cardenal Bernard Francis Law, arcipreste de esta estupenda basílica de Santa María la Mayor. En Roma este es el templo mariano por excelencia, en el que los habitantes de la ciudad veneran con gran afecto el icono de María Salus populi romani. He aceptado de buen grado la invitación que me han hecho a dirigir el santo rosario el primer sábado del mes de mayo, según la hermosa tradición que he vivido desde mi infancia. En efecto, en la experiencia de mi generación, las tardes de mayo evocan dulces recuerdos relacionados con las citas vespertinas para rendir homenaje a la Virgen. ¿Cómo olvidar la oración del rosario en la parroquia, en los patios de las casas o en las calles de las aldeas?

Hoy, juntos, confirmamos que el santo rosario no es una práctica piadosa del pasado, como oración de otros tiempos en los que se podría pensar con nostalgia. Al contrario, el rosario está experimentando una nueva primavera. No cabe duda de que este es uno de los signos más elocuentes del amor que las generaciones jóvenes sienten por Jesús y por su Madre, María. En el mundo actual, tan dispersivo, esta oración ayuda a poner a Cristo en el centro, como hacía la Virgen, que meditaba en su corazón todo lo que se decía de su Hijo, y también lo que él hacía y decía.

Cuando se reza el rosario, se reviven los momentos importantes y significativos de la historia de la salvación; se recorren las diversas etapas de la misión de Cristo. Con María, el corazón se orienta hacia el misterio de Jesús. Se pone a Cristo en el centro de nuestra vida, de nuestro tiempo, de nuestras ciudades, mediante la contemplación y la meditación de sus santos misterios de gozo, de luz, de dolor y de gloria.

Que María nos ayude a acoger en nosotros la gracia que procede de estos misterios para que, a través de nosotros, pueda difundirse en la sociedad, a partir de las relaciones diarias, y purificarla de las numerosas fuerzas negativas, abriéndola a la novedad de Dios. En efecto, cuando se reza el rosario de modo auténtico, no mecánico y superficial sino profundo, trae paz y reconciliación. Encierra en sí la fuerza sanadora del Nombre santísimo de Jesús, invocado con fe y con amor en el centro de cada avemaría.

Queridos hermanos y hermanas, demos gracias a Dios, que nos ha concedido vivir esta tarde una hora de gracia tan hermosa, y en las próximas tardes de este mes mariano, aunque estemos distantes, cada uno en su propia familia y comunidad, sintámonos igualmente cercanos y unidos en la oración. Especialmente durante estos días que nos preparan para la solemnidad de Pentecostés, permanezcamos unidos a María, invocando para la Iglesia una renovada efusión del Espíritu Santo. Que, como en los orígenes, María santísima ayude a los fieles de cada comunidad cristiana a formar un solo corazón y una sola alma.

Os encomiendo las intenciones más urgentes de mi ministerio, las necesidades de la Iglesia, los grandes problemas de la humanidad: la paz en el mundo, la unidad de los cristianos, el diálogo entre todas las culturas. Y, pensando en Roma y en Italia, os invito a rezar por los objetivos pastorales de la diócesis y por el desarrollo solidario de este amado país.

Al nuevo alcalde de Roma, honorable Gianni Alemanno, a quien veo aquí presente, le expreso mi deseo de un servicio fructífero para el bien de toda la comunidad ciudadana. A todos vosotros, aquí reunidos, y a cuantos están unidos a nosotros mediante la radio y la televisión, en particular a los enfermos y a los que sufren, imparto de corazón la bendición apostólica.

[Traducción distribuida por la Santa Sede
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

Un día como hoy pero hace dos años...la Virgen de Fátima

Esta imagen nos recordaba tu presencia amorosa mientras nos uníamos PARA SIEMPRE ante las leyes de los hombres. Nunca olvidaré las palabras de la Jefe Civil, que nos explicaba las leyes pero especialmentes el vivir el amor y las virtudes del matrimonio, y que el mismo es PARA SIEMPRE. Aunque en Venezuela exista el divorcio, esta representante de las leyes nos recordaba una Ley por encima de todas las leyes.


¡Qué día tan especial para casarnos!.

lunes, 12 de mayo de 2008

Benedicto XVI: Regina Caeli ( Pentecostés, 11 de mayo)

Benedicto XVI implora un nuevo Pentecostés
Intervención con motivo del Ángelus

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 11 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que dirigió Benedicto XVI este domingo de Pentecostés al rezar la oración mariana de Regina Caeli junto a 40.000 peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la solemnidad de Pentecostés, antigua fiesta judía en la que se recordaba la Alianza de Dios con su pueblo en el monte Sinaí (Cf. Éxodo 19). Se convirtió también en fiesta cristiana precisamente por lo que sucedió en esa ocasión, 50 días después de la Pascua de Jesús. Leemos en los Hechos de los Apóstoles que los discípulos estaban reunidos en oración en el Cenáculo cuando sobre ellos descendió con potencia el Espíritu Santo, como viento y fuego. Salieron entonces a anunciar en muchos idiomas la buena noticia de la resurrección de Cristo (Cf. 2,1-4). Aquel fue el «bautismo en el Espíritu Santo», que había sido anunciado por Juan Bautista: «Yo os bautizo en agua para conversión --decía a la muchedumbre--; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo... Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mateo 3, 11).
En efecto, toda la misión de Jesús estuvo orientada a entregar a los hombres el Espíritu de Dios y a bautizarles en su «lavatorio» de regeneración. Esto se realizó con su glorificación (Cf. Juan 7,39), es decir, mediante su muerte y resurrección: entonces el Espíritu de Dios fue difundido de manera sobreabundante, como una cascada capaz de purificar todo corazón, de apagar el incendio del mal y de encender en el mundo el fuego del amor divino.

Los Hechos de los Apóstoles presentan Pentecostés como cumplimiento de esta promesa y, por tanto, como coronación de toda la misión de Jesús. Él mismo, tras su resurrección, ordenó a los discípulos que permanecieran en Jerusalén, pues, como les dijo, «seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hechos 1, 5); y añadió: «recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hechos 1, 8).

Pentecostés es, por tanto, de manera especial, el bautismo de la Iglesia que emprende su misión universal, comenzando por las calles de Jerusalén, con la prodigiosa predicación en los diferentes idiomas de la humanidad. En este bautismo de Espíritu Santo son inseparables la dimensión personal y la comunitaria, el «yo» del discípulo y el «nosotros» de la Iglesia. El Espíritu consagra a la persona y hace de ella, al mismo tiempo, miembro vivo del Cuerpo místico de Cristo, partícipe de la misión de testimoniar su amor. Y esto tiene lugar mediante los sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo y la Confirmación.

En mi mensaje con motivo de la próxima Jornada Mundial de la Juventud 2008, he propuesto a los jóvenes que redescubran la presencia del Espíritu Santo en su vida y, por tanto, la importancia de estos sacramentos. Hoy quisiera ampliar la invitación a todos: redescubramos, queridos hermanos y hermanas, la belleza de ser bautizados en el Espíritu Santo; retomemos conciencia de nuestro Bautismo y de nuestra Confirmación, manantiales de gracia siempre actual.

Pidamos a la Virgen María que alcance también hoy a la Iglesia un nuevo Pentecostés, que infunda en todos, en especial en los jóvenes, la alegría de vivir y testimoniar el Evangelio.

[Al final de la oración del Regina Caeli, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En italiano dijo:]

He seguido con profunda preocupación, en los días pasados, la situación en el Líbano, donde al estancamiento de la iniciativa política le ha seguido en un primer momento la violencia verbal y después los enfrentamientos armados, con numerosos muertos y heridos. Si bien en las últimas horas la tensión se ha calmado, considero hoy un deber exhortar a los libaneses a abandonar toda lógica de contraposición agresiva que llevaría a su querido país hacia lo irreparable.

El diálogo, la comprensión mutua y la búsqueda del compromiso razonable son el único camino que puede restituir al Líbano sus instituciones y a la población la seguridad necesaria para una vida cotidiana digna y llena de esperanza en el mañana.

Que el Líbano, por la intercesión de Nuestra Señora del Líbano, sepa responder con valentía a su vocación de ser para Oriente Medio y para todo el mundo signo de la real posibilidad de pacifica y constructiva convivencia entre los hombres. Las diferentes comunidades que lo componen, como recuerda la exhortación apostólica postsinodal Una nueva esperanza para el Líbano (Cf n. 1), son al mismo tiempo «una riqueza, una originalidad y una dificultad. Pero hacer vivir el Líbano es una tarea común de todos sus habitantes». Con María, Virgen en oración en Pentecostés, pidamos al Omnipotente una abundante efusión del Espíritu Santo, el Espíritu de la unidad y de la concordia, que inspire en todos pensamientos de paz y de reconciliación.

Saludo con afecto al gran grupo de «Muchachos por la unidad» del Movimiento de los Focolares, procedentes de muchos países de los cinco continentes. ¡Queridos chicos, sois un hermoso signo del hecho de que la Iglesia habla todos los idiomas! Siguiendo el carisma de Chiara Lubich, seguid con entusiasmo vuestra «carrera por la unidad».

[En español, dijo:]

Saludo con afecto a los fieles de lengua española en esta solemnidad de Pentecostés, exhortando a todos a invocar los dones del Espíritu Santo, que guía la Iglesia, para robustecer la fe, vivificar la esperanza e iluminar el camino que lleva a renovar la faz de la tierra con la fuerza del amor y el compromiso por la paz y la unidad. ¡Feliz Pentecostés!

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

Más regalos de ZENIT: «El arte de ser feliz», según Ignacio Larrañaga

«El arte de ser feliz», según Ignacio Larrañaga

Habla el fundador de los «Talleres de Oración»

MADRID, lunes, 12 mayo 2008 (ZENIT.org).- El padre Ignacio Larrañaga, sacerdote franciscano, capuchino, fundador de los Talleres de Oración (http://www.tovpil.org/), que han beneficiado a más de diez millones de personas, es uno de los maestros del espíritu de estos inicios de milenio.

Autor de más de una docena de libros que han sido traducidos a más de diez idiomas, ha tenido una enorme influencia con su pedagogía que vincula la oración con la vida concreta, especialmente, con la vida de matrimonio.

Es autor de uno de los libros de espiritualidad de más éxito en estos momentos, «El arte de ser feliz» (LibrosLibres), que ya ha llegado a su séptima edición, con el que pretende ayudar al hombre moderno a salir de su angustia y encontrar la felicidad.

Así lo explica en esta entrevista este misionero, cuya obra, con reconocimiento pontificio, se ha extendido por todos los continentes.

--¿Es posible que el hombre sea realmente feliz?

--Pare Larrañaga: Aunque mágica, la palabra felicidad no deja de ser una palabra equívoca. En realidad nadie es feliz, completamente feliz. Puede haber momentos de éxtasis o exaltación y en esos momentos parece que se ha llegado a la plenitud de la felicidad; pero ¡vana ilusión!, son momentos efímeros, fugaces. Puede haber ráfagas de felicidad, copas de alegría, pero ¿la' felicidad misma? No. Lo que aborta la felicidad es el sufrimiento, y aquí podemos establecer una ley de proporcionalidad; cuanto más sufrimiento, menos felicidad; cuanto menos sufrimiento, más felicidad. «El arte de ser feliz» enseña a eliminar o aminorar cualquier sufrimiento y, por este camino, enseña no a ser feliz, pero sí a ser más feliz. He ahí el arte.
--Un hombre que sufre enfermedad o dolor físico, ¿puede ser feliz?

--Pare Larrañaga: Se puede decir que cualquier dolor corporal ya ha sido eliminado con las medicinas modernas. Pero, ¿y la enfermedad? El problema de la enfermedad no es la perturbación biológica sino la resistencia mental que tiene la angustia. La angustia es el peor aguijón de la enfermedad. Un enfermo inundado de una gran paz es un enfermo feliz.
Este libro enseña precisamente eso: arrancar a la enfermedad su peor aguijón que es la angustia. Transformar la enfermedad en la «hermana enfermedad» y hacer del enfermo un «enfermo feliz». He ahí el arte.
--Hoy en día vivimos pensando en tener éxito ¿Cómo prepararnos para aceptar el fracaso?

--Pare Larrañaga: Es verdad. Estamos inmersos en una sociedad excesivamente competitiva en la que el más fuerte, el más audaz, el más creativo se lleva la palma en una lucha sin cuartel. Por todos partes se oye el grito romano «ay de los vencidos», es decir, «ay de los fracasados». En esta sociedad no hay lugar para los fracasados; ellos son eliminados con crueldad y sin compasión. Usted me pregunta: ¿cómo aceptar el fracaso sin derrumbarse? Francamente no lo sé; o mejor, lo veo imposible. Tal vez, tan sólo en el espíritu de fe y abandono en Dios, podría suavizar el golpe y ayudarlo a mantenerse de pie. Sin fe es inevitable caerse de espaldas, hecho pedazos.

--Hay gente que cree que el hombre se tortura con angustias y obsesiones porque piensa demasiado.

--Pare Larrañaga: No porque piensa demasiado sino porque da vueltas en su mente, e inútilmente, a hechos consumados y episodios tristes. Y de tanto dar vueltas en su cabeza a sucesos tristes de la vida, las personas se hacen temperamentalmente tristes. Los hechos que no tienen solución o la solución no está en nuestras manos ¿para qué darles vueltas en la mente? Hay que dejarlos en manos de Dios.

--¿Por qué cree usted que tenemos tanto miedo a que los años se nos pasen y la muerte nos sorprenda sin haber vivido? ¿Cuál es su respuesta a los que temen la muerte?

--Pare Larrañaga: Es un sentimiento hondo, casi siempre inconsciente pero real: se les van pasando los años y están aproximándose al ocaso de la vida. No les falta nada. Por tenerlo todo, hasta tienen salud fisica y mental, pero están dominados por la sensación de que les falta todo. Si les preguntamos por la razón de su vivir, responderán que no la tienen. Es el vacío, la oscura sensación de que se les va la vida sin haberla vivido. Su existencia no ha sido gratificante. ¿Respuesta a los que temen la muerte? No es fácil responder. Es un fenómeno de gran complejidad. Ese temor, para los que no tienen fe, participa del «horror vacui», horror al vacío. Desde luego es un temor irracional: se debería pensar mil veces en la ley universal de que lo que comienza, acaba, ley respetada por todos los seres de la creación, excepto por el hombre.

--Al igual que aprendemos a leer, escribir... ¿tenemos que aprender a ser felices? ¿Depende de nosotros o de las circunstancias que nos toque vivir?

--Pare Larrañaga: En la época prehumana, los animales no se hacían problemas para vivir. Todos sus problemas los encontraban solucionados mediante mecanismos instintivos con los que resolvían, casi mecánicamente, sus necesidades elementales. Los animales no pueden ser más felices de lo que son. No tienen problemas. No se aburren. El hombre, en cambio, desde que sale a la luz, todo son problemas: tiene que comenzar a respirar, alimentarse, a andar, a hablar... y así, a lo largo de los años, y hasta la muerte, su existencia es un eterno aprender a vivir y ser felices. Es verdad que hay personalidades genéticamente proclives a la tristeza, otras a la alegría. También es verdad que ciertas circunstancias de la vida pueden favorecer u obstaculizar la dicha del vivir. Pero es el lector mismo quien tiene que poner en práctica los medios de autoliberación que el libro entregará y, en un proceso de progresiva superación del sufrimiento humano, avanzar paulatinamente hacia la tranquilidad de la mente, la serenidad de los nervios y la paz del alma.

--En la actualidad disponemos de muchos medios materiales, avances tecnológicos... pero la gente parece más individualista, nerviosa, dispersiva, en una palabra, menos feliz. ¿Tendremos que huir a una isla desierta para ser felices?

--Pare Larrañaga: Efectivamente, la sociedad moderna es asesina, digamos así, porque acaba por desintegrar lo más sagrado del hombre que es la unidad interior y la estabilidad emocional. Y por ahí sobrevienen la dispersión, el estrés, y podemos aproximamos peligrosamente hacia la depresión, y todo esto en medio de la sensación generalizada de desasosiego. Para salvamos de una sociedad tan desestabilizadora no necesitamos retiramos a una isla solitaria. Pero tampoco se nos va a regalar la dicha de vivir como un presente de Navidad. El lector tendrá que someterse a un próceso de autoliberación siguiendo las pautas del libro.

--Usted da mucha importancia a la oración, ¿necesita de ella para vivir con alegría?

--Pare Larrañaga: Pienso absolutamente que el trato de amistad y la relación personal con Dios favorece enormemente, casi decididamente, la libertad interior, la ausencia del miedo y la alegría de vivir. Además sospecho que la oración y la actitud de abandono son el único camino de la paz profunda. De todas maneras pienso que los golpes rudos de la vida nos despedazarán inevitablemente si Dios está totalmente ausente del corazón.

--Y si no tienes fe ¿puedes ser igualmente feliz?

--Pare Larrañaga: Comprendo que puede haber hombres y mujeres completamente agnósticos e igualmente felices. Pero esto por excepción. El hombre, sin fe, tiene que sentir un gran vacío, allá, en la última soledad del ser, en aquel pozo infinito que sólo un infinito puede llenar. En todo caso, todas las reflexiones y orientaciones que entrega «El arte de ser feliz» van dirigidas a los que no tienen fe o la tienen débil.

Por Lidia González y Teresa de Diego

Más información en http://www.libroslibres.com/

sábado, 10 de mayo de 2008

Comentario al Evangelio del Domingo de Pentecostés: 11 de mayo (padre Cantalamessa)

Predicador del Papa: La plegaria, secreto para «un nuevo Pentecostés»
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
ROMA, viernes, 9 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, Solemnidad de Pentecostés.
* * *
Domingo de PentecostésHechos 2, 1-11; 1 Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
El poder de lo alto Todos hemos visto en alguna ocasión la escena de un coche averiado: dentro está el conductor y detrás una o dos personas empujando fatigosamente el vehículo, intentando inútilmente darle la velocidad necesaria para que arranque. Se detienen, se secan el sudor, vuelven a empujar... Y de repente, un ruido, el motor se pone en marcha, el coche avanza y los que lo empujaban se yerguen con un suspiro de alivio. Es una imagen de lo que ocurre en la vida cristiana. Se camina a fuerza de impulsos, con fatiga, sin grandes progresos. Y pensar que tenemos a disposición un motor potentísimo («¡el poder de lo alto!») que espera sólo que se le ponga en marcha. La fiesta de Pentecostés debería ayudarnos a descubrir este motor y cómo ponerlo en movimiento.
El relato de Hechos de los Apóstoles comienza diciendo: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar». De estas palabras deducimos que Pentecostés preexistía... a Pentecostés. En otras palabras: había ya una fiesta de Pentecostés en el judaísmo y fue durante tal fiesta que descendió el Espíritu Santo. No se entiende el Pentecostés cristiano sin tener en cuenta el Pentecostés judío que lo preparó. En el Antiguo Testamento ha habido dos interpretaciones de la fiesta de Pentecostés. Al principio era la fiesta de las siete semanas, la fiesta de la cosecha, cuando se ofrecía a Dios la primicia del trigo; pero sucesivamente, y ciertamente en tiempos de Jesús, la fiesta se había enriquecido de un nuevo significado: era la fiesta de la entrega de la ley en el monte Sinaí y de la alianza. Si el Espíritu Santo viene sobre la Iglesia precisamente el día en que en Israel se celebraba la fiesta de la ley y de la alianza es para indicar que el Espíritu Santo es la ley nueva, la ley espiritual que sella la nueva y eterna alianza.
Una ley escrita ya no sobre tablas de piedra, sino en tablas de carne, que son los corazones de los hombres. Estas consideraciones suscitan de inmediato un interrogante: ¿vivimos bajo la antigua ley o bajo la ley nueva? ¿Cumplimos nuestros deberes religiosos por constricción, por temor y por acostumbramiento, o en cambio por convicción íntima y casi por atracción? ¿Sentimos a Dios como padre o como patrón?Concluyo con una historia. A principios del XX, una familia del sur de Italia emigra a los Estados Unidos. Como carecen de suficiente dinero para pagar las comidas en el restaurante, llevan consigo vianda para el viaje: pan y queso. Con el paso de los días y de las semanas el pan se endurece y el queso enmohece; en cierto momento, el hijo no lo aguanta más y no hace más que llorar. Entonces sus padres sacan la poca calderilla que les queda y se la dan para que disfrute de una buena comida en el restaurante. El hijo va, come y vuelve a sus padres bañado en lágrimas. «¿Cómo? Hemos gastado todo para pagarte un almuerzo, ¿y sigues llorando?». «Lloro porque he descubierto que una comida al día en el restaurante estaba incluida en el precio, ¡y hemos pasado todo el tiempo a pan y queso!».
Muchos cristianos realizan la travesía de la vida «a pan y queso», sin alegría, sin entusiasmo, cuando podrían, espiritualmente hablando, disfrutar cada día de todo «bien de Dios», todo «incluido en el precio» de ser cristianos. El secreto para experimentar aquello que Juan XXIII llamaba «un nuevo Pentecostés» se llama oración. ¡Es ahí donde se prende la «chispa» que enciende el motor! Jesús ha prometido que el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan (Lc 11, 13). Entonces, ¡pedir! La liturgia de Pentecostés nos ofrece magníficas expresiones para hacerlo: «Ven, Espíritu Santo... Ven, Padre de los pobres; ven, dador de los dones; ven, luz de los corazones. En el esfuerzo, descanso; refugio en las horas de fuego; consuelo en el llanto. ¡Ven Espíritu Santo!».
[Traducción del original italiano por Marta Lago]

Video sobre el ejemplo que damos a nuestros hijos...

De verdad que me ha dejado pensando en lo que sin darme cuenta puedo enseñar (malamente) a mis hijos (cuando si Dios quiere los tenga). Espero nunca dormirme en ello... No dejen de ver este video.


Frases espirituales: Madre Teresa y el sufrimiento

Leyendo Fluvium, maravillosa página que no dejo de recomendar, me encuentro con dos cosas que me impactan: un pensamiento orante de la Madre Teresa que acá les dejo y un video que colocaré en otro post:
El sufrimiento, el dolor, el disgusto, la humillación, la experiencia de desolación,… no son más que un beso de Jesús, un signo claro de que están tan sumamente cerca de Él, que ha podido besarlos.

Madre Teresa
La verdad es que todavía no aprendo a vivirlo de esta manera.

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